martes, 18 de octubre de 2011






Los ojos de Gia eran Tierras, planetas Tierras en miniatura. Hace poco Silvia me preguntó: ¿Están habitados los ojos de Gia?

Gia, bendición que no nos merecíamos. Al menos no en este país.

Gia llegó y se fue en el 2011, como los ángeles más efímeros que ya nunca se animan a visitar nuestra isla.

Pero Gia fue generosa. En ese tiempo se hizo mamá. Y fue mi mamá. Y mía. Miau. Por eso mismo me la mataron.

Esperó casi cinco horas. Moribunda. Entre la tierra de bibijaguas y su sangre de otro planeta. Bajo la lluvia de invierno otoñal. Sola. Con la memoria de la violencia que le ejercieron, sin quejarse. Nunca se hubiera ido sin despedirse. Gia no era así. Mi amor no es así. Ya nunca será así.

Tenía un tajazo en el bajo vientre. Qué iba a pensar yo. El doctor fue laxo y sin entusiasmo. No hay anestesia. Te voy a resolver, pero sin esperanzas. La abrió. "Esto es un desastre", dijo: "Tiene no sé cuántos órganos perforados. No sé ni cómo está viva. Va a sufrir."

Yo sí sabía cómo. Yo sí sabía por qué. Es tan simple. Porque si no, no hubiera sido Gia. Porque si no, no hubiera sido mi amor. Nuestro amor.

Una vez le hice el amor. Casi físicamente el amor. Gia estaba descompuesta y aún era virgen. El siamés y el barcino se disputaban sus feromonas felinas. Yo jugaba a competir con los machos (mis ojos son más de gatos que los de ambos). Y les escondía a Gia en un cuarto, para que se desesperaran un poco. Para que cantaran la canción desafinada del deseo. Para que Gia se entregara por primera vez a mí. Y se entregó.

Me mordisqueaba las axilas y paraba la cola de peluche y Gia se hizo toda invitación a ser poseída por Landy. Y la abracé duro y adentro y halé sus bigotes tan femeninos como sus cejas y olí su saliva tan pulcra y besé su naricita de piedra lunar y me comí sus labios de emo gótica (tan negros, tan negros) y le prometí que uno de sus gaticos sería mío, sólo mío y de ella, una alianza genética que nos salvara de la traición y el olvido. Y sólo entonces liberé a Gia para que el siamés y el barcino se repartieran los óvulos remanentes.

Hasta que el doctor la puso a dormir. Tuvo un estertor con el cloruro de potasio. En realidad, dos. Lo hice jurar que eran sólo reflejos involuntarios, inconscientes, que no sufrió. Todo por gusto. Yo sé que sí. Que le quedaba aún más vida conmigo, justo ahora que terminaba de lactar a sus tres gaticos y podíamos volver a ser solo ella y yo. Silvia, ella y yo.

La enterré en Lawton, bien profundo, 24 horas después. Estaba dura, pero igual de preciosa. No había cambiado en nada. Igualita, pero de roca. Estaba otra vez a la espera para no darnos una última imagen atroz. Silvia no quiso verla, no sé por qué. Yo sabía que Gia seguiría siendo Gia mientras no la pusiéramos a podrirse lejos de nuestra vista.

Los ojos de Gia eran Tierras, planetas Tierras en miniatura. ¿Qué me va a preguntar Silvia ahora? ¿Que si estarán habitados los ojos de Gia bajo tierra?

Tú sabes que sí.

Siempre.

4 comentarios:

Puti Armienne dijo...

Es cierto que un animal se llega a QUERER.

La Guardarraya de la Siberia dijo...

Vaya, la patada del corazón del día.

Sandra dijo...

Farewell to Gia...
http://dl2.mp3lemon.net/file/358740

Anónimo dijo...

Que HDP como se atrevieron a hacer eso.

Yo me muero sin mis 2 gatos, que descance en paz Gia, era hermosisima.