sábado, 29 de enero de 2011

VACUNA PENTAVAL(I)ENTE DE VOCES

VOCES 5 (VAYAAA, COGE LA ÚLTIMA GRATIS Y CON MUÑEQUITOS...!!!)
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VOCES 4
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VOCES 3
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VOCES 2
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VOCES 1
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jueves, 27 de enero de 2011

ESTA NO ES LA NOVELA DE LA REVOLUCIÓN ( 4 )


( ...CAPÍTULO 4... )

Orlando Luis Pardo Lazo



Prendo el televisor.

Retransmiten una vieja Mesa Redonda donde Fidel sonríe haciendo gala de su prótesis dental. Tiene un brazo enyesado, pero con el otro articula de más. Habla del dólar, esa maldición sin la cual la vida no sería potable.

Fidel discursea sobre los pros y contras del dólar norteamericano circulando a su antojo en la Isla de la Libertad. Afirma que ya ha sido suficiente descaro. Si se molesta, le va a poner un impuesto imposible. Tantea la idea. Se hace el tonto. Los panelistas lo apoyan por unanimidad. Casi lo empujan al medio de la arena. El pueblo de Cuba en pleno apunta hacia abajo con su pulgares, cada cual comiendo con un plato de lata frente al televisor. Pobre dólar, perderá esta espartaquiada tan teatral. Y Fidel le impone por fin aquel impuesto imposible. Domó al toro de las barras y las estrellas y un ojo no tan hermético como pineal. No le ha tomado ni una hora borrar una década de próceres yanquis como íconos de nuestra salvación nacional.

Es una Mesa Redonda de mediados del 2005, creo. Un año de ciclones y cortes de electricidad. El año en que Fidel tropezó en público y se partió la rótula en mil novecientos cincuenta y nueve pedazos, creo. Su último año en el poder. Y ni él mismo lo sabía. Todavía en esta madrugada de retransmisiones Fidel no se entera. Por eso es un inmortal, creo.

Apago el televisor.

El chasquido del tubo de pantalla ex-soviético deja un olor a ozono en la sala. Electrón-216.

Relampaguea a través de las persianas.

Al rato se escucha un trueno lejano, acaso sobre el mar abierto al otro lado del muro del malecón y la farola bífida del castillo del Morro.

Retumba un eco allá lejos, allá afuera. En la vida, creo, en ninguna parte.

martes, 25 de enero de 2011

ESTA NO ES LA NOVELA DE LA REVOLUCIÓN ( 3 )


( ...CAPÍTULO 3... )

Orlando Luis Pardo Lazo



No era.

Era JAAD.

Me llamaba desde la apacible mañanita de España. Seis años o seis horas de diferencia entre mi amigo escritor y yo.

Se oía jocoso, casi feliz. Después de décadas de parálisis por culpa de la política más pedestre, había ganado su primer concurso literario. Y no uno cualquiera. El Hucha de Oro. Euros, muchos euros en sus bolsillos rotos de librero ambulante. Con oxiuros y piojos, pero con el cerebro incandescente. Indecente.

JAAD cantaba boleros en la bocinilla de mi auricular. Hacía remix con temas de Habana Abierta: fuimos amigos de Orlando, qué tremenda gozadera...

Citaba frases enteras de su cuento ganador. El inicio era al parecer lo máximo: Tenía un culo de sesenta y unas tetas de veinte, pero no llegaba ni a los quince años...

JAAD sería libre ahora. Por fin.

La falta de dinero lo ahogaba desde pequeño. Él mismo era un personaje arruinado de JAAD. O de Pedro Juan Gutiérrez. O de Charles Bukowsky. O de Lino Novás Calvo. O de Roberto Arlt. Un tipo trágico. Siempre agónico entre el suicidio y el semen y el próximo dolor de muelas.

JAAD colgó entre sus propios aplausos y mi felicitación.

Yo amaba a ese hombre, pero ya era demasiado tarde para todo. Para todos.

Púdrete en tu Europa de éxitos y de putas japonesas turisteando con flashes en los museos de Valencia sin salir del todo de la adolescencia. Ten sexo zen en posición de loto bajo sus vulvitas hentai. Vomita dentro de las vaginas del Primer Mundo todo tu odio subnacional. Folla con tu polla de albricias que ya pronto no sabrá escribir ni singa con tu pinga, cojones. Descansa en pus.

JAAD, el idiota de la familia. JAAD, el genio pornógrafo de mi generación. Coito ergo sum. Todo lo que tocaba se convertía en horror. En Hucha de Horror.

Te deseo ahora una historia kitsch de Kim Ki Duk. Te deseo una muerte rizomática. Te deseo todo lo que te depare molecularmente el porvenir.

Adiós, JAAD.

Estuve mucho rato escuchando la estática de un teléfono descolgado en La Habana, primer y único territorio libre de América.

Afuera se oían los cláxones madrugadores de la avenida Porvenir. De vez en cuando un tren en el Crucero de Luyanó. De cuando en vez un barco a la deriva en el aceite del puerto.

Me enredé el cable helicoidal en el cuello.

Sólo entonces colgué.

lunes, 24 de enero de 2011

ESTA NO ES LA NOVELA DE LA REVOLUCIÓN ( 2 )


( ...CAPÍTULO 2... )

Orlando Luis Pardo Lazo


Llegué a Lawton dos horas después.

Había caminado rápido. Me sangraba la nariz. Tenía escalofríos.

Me pasé de mi cuadra. No reconocía mi casona de tablas.

Viré varias veces, ubicándome por la escalinata que hace de la esquina de Fonts y Beales un pozo ciego.

Los postes sin luz. Los portales sin luz. La luna arriba sin luz. Una luna de atrezo, recortada como una cuquita bajo la lona cóncava del cielo.

Por fin abrí la rejita.

Fonts 125, mi casa.

Mi perro ladró al fondo. Kelly, recordé.

Reí. Kelly, la primera palabra del mundo.

La risa me dio mareo. Falta de aire. Me sequé la nariz con las mangas de la enguatada.

Ya no goteaba. Eran sólo los postillones frescos de la sangre coagulada. Negra.

Respiré.

Olor a hierro, a óxido, a trenes, a bahía.

Saqué las llaves. Me senté en el portal. La arecas se movían en cámara lenta. El frente frío entumecía toda la realidad.

Miré el jardín. La tuna mansa traída de casa de Fernández-Larrea en Víbora Park. Los falsos flamboyanes amarillos. Los lirios frágiles, de vidrio. Las brujitas anteriores a la historia del hombre en Cuba. Los caracolitos endémicos de mi casa. Las rosas, por supuesto. Y una mata de espárragos podada en cada boda pobre del barrio.

Lawton, la segunda palabra del mundo. También corsee.

No hablo español.

No hablo.

No.

.

Me acosté sobre las baldosas. Hincaban. Hielo en mi espalda. Tosí. Tener pulmones es un peligro.

Si pasaba una patrulla, me darían por muerto. Mejor así.

Después me tomarían por loco. Eso no.

Me incorporé.

Abrí la puerta. Pasé adentro. Cerré. Caminé sin ver, a lo largo y estrecho del pasillo de tablas machihembradas. Llegué hasta el baño.

Meé.

Larga y desconsoladamente, meé.

Borboteaba mi orina, espumosa. Cerveza de olor incivil y tierno.

Estuve mucho rato parado allí, en la oscuridad absoluta del baño. El pene descolgado en mi mano. La izquierda, siempre.

El pene flácido primero. Luego turgente, luego parado. Músculos tetánicos, circulación atroz. El pene reconocible en medio de un estado total de irrecognición.

Si movía ahora la mano me iba a desmayar.

No lo hice. Quería, pero no lo hice.

Más quería sobrevivir a esa noche. Que no amaneciera nunca, pero sobrevivir yo a esa noche.

Entonces sonó el teléfono.

Un latigazo de escalofríos en mi columna vertebral.

Un relámpago en la nada.

Por supuesto, era Ipatria.

Tendría que ser Ipatria.

domingo, 23 de enero de 2011

ESTA NO ES LA NOVELA DE LA REVOLUCIÓN ( 1 )


( ...CAPÍTULO 1... )

Orlando Luis Pardo Lazo



Miré arriba.

Vi dos lunas.

Me dije: “Mierda, Orlando, hoy te vas a matar”.

Dos lunas.

Perfectas, sobreenfocadas, demenciales.

La noche invernal de La Habana como una mortaja rojiza.

Pensé en mi madre.

Pensé en Ipatria.

Pensé en mí, en nosotros.

En todos los muertos y en todos los amores muertos, ¿cómo distinguir?

Pensé en la belleza y mentira de toda Revolución.

Crimen, gritos, ganas de correr, odio, ternura. Basta.

Dos lunas.

Me estaba volviendo loco. Por fin.

Me arrodillé.

No quería volverme loco. Me aterraba la idea.

Me aterraba darme cuenta de que la locura era ahora la pura verdad.

"No, por favor", susurré para Dios o para nadie y cerré los ojos y comencé a rezar.

En silencio. No sé rezar. No me enseñaron a tiempo.

En medio de la madrugada sin Cuba. ¿Cómo se llama a esta hora del mundo esta ilusión de ciudad?

Habana, ruega por nosotros, pecadores...

Bajo el semáforo daltónico de calle 12 y avenida 23, la esquina más céntrica y desierta del universo. Más céntrica y desertada.

Habana, ahora y en la hora de nuestra muerte...

Dos lunas, Landy, de pinga.

Comencé a rezar pero el dolor no se iba.

Lo peor siempre permanece. El resto son palabras.

Abrí los ojos. Mis ojos sin color definido. De agua.

La luna seguía allí.

Única. Inconmensurable. Inerte. Miope.

Un sol nocturno sobre nuestros cuerpos cubanos una y otra vez dándose cabezazos en medio de la madrugada.

“Orlando”, me dije, “Orlando".

Tragué en seco.

Limpié mis lágrimas.

Me puse de pie.

"Tu nombre es Orlando y no te vas a matar", repetí en voz alta para nadie: "Tu nombre es Orlando y nunca nunca nunca te vas a matar".

Le saqué la mano a un taxi en dólares.

Me le tiré encima al carro.

El chofer me eludió con un frenazo y un corte. Entonces dio un giro en U y se alejó chillando gomas hacia Zapata.

Huía de mí.

Como mi madre.

Como Ipatria.

Como toda Revolución.

Como el amor.

Como la muerte.