sábado, 28 de mayo de 2011

LA CENICIENTA Y EL PINTOR


LA CENICIENTA Y EL PINTOR

YOANI SÁNCHEZ

(TOMADO DE VOCES 8)

La Cenicienta, la cola de este caimán aletargado, el punto más occidental de un país que hace mucho tiempo dejó de decirse a sí mismo occidental. Eso es Pinar del Río, un lugar que ha quedado en el recuerdo de miles de habaneros por pasar allí nuestras largas escuelas en el campo, con sus madrugadas frías y la resina del tabaco que se nos pegaba a la ropa y nos arrancaba los pelos del brazo. Territorio en sentido contrario, eso también es, si no me lo creen intenten comprar un boleto de tren u ómnibus en Santa Clara o Camagüey para viajar directo hacia esa urbe deslucida que está a 150 kilómetros de la capital. Nada llega desde el centro o el oriente de Cuba hasta la tierra del Cuyaguateje. Con su cine Praga cerrado y su Coppelia de un único sabor, Pinar del Río es —en cierto sentido— más Isla que la propia Isla de Pinos, más pantanosa que la ciénaga de Zapata, más árida que la reseca Guantánamo. Porque la suya es la poquedad llegada con el olvido, la sequía que trae la emigración constante de los suyos hacia tierras de mayor esperanza, el sopor resultante del colapso económico adornado con vallas rebosantes de triunfalismo.

Reconozcámoslo, los cuentos infantiles —y las fábulas políticas— nos han engañado. A la Cenicienta no le dieron siquiera el zapato que le prometió un príncipe cuyo interés nunca fue realmente el de instalarla en palacio.

Y tomando de la mano —o sirviéndole de muleta— a esa damisela alicaída que es Pinar del Río, están sus pintores. ¡Vaya zona para dar pinceles, figuras que salen de la estrecha marquetería de un cuadro, de los contornos trazados en acrílico u óleo! Sin alumbrado público en sus calles, le ha tocado sin embargo el perenne resplandor de la creación artística. Cuando en enero de 1998 el avión de Juan Pablo II sobrevoló la región, en las azoteas y los patios miles de pinareños apuntaron con trozos de espejos hacia la nave papal que nunca aterrizaría allí. Porque esta porción relegada de nuestra isla, tiene fascinación con las piruetas que hace la luz, está rendida a los reflejos y las fosforescencias.

Quizás por eso, fue justamente allí donde se concibió y se realizó “El gran apagón”, obra de Pedro Pablo Oliva, que ha sido catalogada por muchos como el Guernica cubano. La oscuridad, los rostros desesperados —no por los obuses sino por las penurias del Período Especial—, fueron trasladados por Oliva desde su realidad de provincia reiteradamente afectada hasta el caballete. Aunque en ese momento ya había hecho una obra digna de estar colgada en museos de todo el mundo, fue su recreación del descalabro material y moral de aquellos años la que lo ubicó en el imaginario visual de sus compatriotas. “Tenía que ser pinareño”, decíamos todos y no en referencia a los chiste crueles que se hacen sobre quienes nacieron en esa zona del país. Lo decíamos porque sabemos que para ellos la oscuridad suma el doble, la miseria es mayor, el desengaño más profundo.

Así, como quien tiene una luciérnaga en la mano, Pedro Pablo Oliva fue encendiendo el crepúsculo. Abrió su casa-taller en una rotonda circunvalada de viviendas coloniales, que de pronto se convirtió en el punto más vivo de toda la villa. Después de atravesar el amplio portal se llega a una sala de mecedoras y esculturas por todos lados. Un grifo hecho de barro muestra una perenne gota de agua que nunca cae sobre la madera de la mesa donde está colocado. El patio al final de la casona es también como el propio Oliva: acogedor, risueño, sabio. Y con el pincel en la mano nos podíamos topar en su cuarto-estudio al mismo hombre que mezcla con atrevimiento tonos en sus pinturas y amigos en la vida.

Cuando ganó el Premio Nacional de Artes Plásticas en 2006 pensábamos que sólo le esperaba el reposo. La abulia plácida que embarga a quienes creen haber alcanzado la cúspide. Pero él decidió seguir metiéndose en problemas, lo que para un pintor significa continuar pintando. También empezó a formar parte de la Asamblea Provincial del Poder Popular, lo cual no tiene nada que ver con el arte pero sí con ciertas ilusiones que albergaba. Creía poder influir en el derrotero nacional como un ciudadano, desde la silla de un delegado y militando en el único partido permitido por la ley. Hasta qué punto esa filiación ideológica le permitió bregar con suerte en su labor pictórica, es algo que todos nos preguntamos. Pero prefiero creer que la osadía de su paleta compensaba cualquier otra prudencia, cualquiera de sus controvertidos aplausos.

Vivimos ahora, sin embargo, tiempos de definiciones extremas y encasillamientos estereotipados. Alguien que pueda lo mismo hablar con el Ministro de Cultura y a su vez asistir a una recepción en una embajada europea no cabe en ninguno de esos moldes que cada día ganan más fuerza jurídica y mediática. De manera que Pedro Pablo Oliva sintió cómo crecía la ojeriza, los susurros tras sus espaldas y le ponían —una y otra vez— las zancadillas para verlo negar o negarse. Como es un guajiro llano y franco, capaz de decir “mira qué triste se ha puesto de pronto la mañana”, comenzó a contar por ahí lo que creía acerca de algunos temas espinosos. Asuntos ante los cuales otros guardan cuidadoso mutismo. Oliva bien podía haberse callado también. Recordemos que la posibilidad de comerciar su arte en el extranjero y de ganar en esa moneda fuerte —con la que no nos pagan los salarios— ha sellado la boca de más de un artista. Los hemos visto renunciar al conflicto, al precipicio de la crítica, y trastocar el trazo atrevido de sus balsas que escapan por una mansión en la zona más protegida de la capital.

Ninguna posesión material alcanzada con el talento sería obscena si no estuviera también acompañada de la complicidad y la simulación. De posturas así, lamentablemente, parece enfermo el arte cubano que se hace al interior de la Isla. Demasiadas concesiones, demasiado miedo, demasiada UNEAC, demasiado Abel Prieto, demasiado “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”. Se nota en cada trazo, se percibe en los giros folclóricos y costumbristas que inundan los lienzos, en los motivos cómodos que se adoptan para vender y no meterse en problemas.

Pedro Pablo Oliva hubiera podido elegir envejecer en paz, mantener el “título nobiliario” que le había otorgado el Poder Popular, recluirse en su casona de alto puntal o en los viajes al extranjero. El día en que decidió pronunciarse lo ganamos para nosotros, pero él comenzó un largo camino tan oscuro como “El gran apagón”. El hecho —entre otros— de dar una entrevista y enviar una misiva donde declaraba estar a favor de la existencia de otros partidos, le ha traído un castigo desproporcionado y unos ataques verbales que denigran más a quienes los lanzan. Considero que estando o no en la misma orilla ideológica que él asumió, no es este el momento de recriminarle haber optado por la sinceridad. Darle la bienvenida comprensiva al grupo de los inconformes, es la manera de decirle a quienes no se han atrevido a pronunciarse críticamente, que del lado de acá no les espera ni el regaño ni la venganza, sino el apoyo. A buena parte de los que hoy somos satanizados por la propaganda oficial, nos tocó un día elegir entre la máscara o el castigo. No fue un proceso fácil, tuvo mucho de titubeo y de culpa, de gente advirtiéndonos que íbamos a “ser manipulados” como si ya por décadas el gobierno cubano no hubiera estado manipulando nuestro silencio, sumándonos —al no pronunciarnos— a las cifras engordadas de quienes aplaudían. Ahora el pintor de un “Saturno devorando a sus hijos” casi premonitorio, se ha señalado públicamente como alguien que no se calla lo que piensa.

La carta que escribió en su sitio de internet, a raíz de ser destituido de sus funciones como diputado, así lo atestigua. En ella no percibo un conveniente mea culpa por pensar, por decir, por contactar con gente como Dagoberto Valdés o con la diminuta servidora que redacta estas líneas. Su texto parece más bien el testamento de un desengañado. La misma reflexión que hubiera podido escribir mi padre cuando vio al ferrocarril que amaba hundirse en el caos, o la que una veintena de filólogos, graduados conmigo en el año 2000, repetirían si se les preguntara a lo largo de los cuatro puntos cardinales por qué se han ido de un país donde el futuro no se avista. No hay arrepentimiento, pero sí dolor en cada frase de esa declaración pública de Pedro Pablo Oliva, cuyo caso ya tiene la etiqueta en Twitter de #PPO. Es la molestia de quien se creyó que “cambiar todo lo que debe ser cambiado” no era sólo una frase lanzada desde la tribuna o música para los oídos de los ingenuos.

Hoy la rotonda de la calle Martí está tan oscura como el resto de Pinar del Río. Parece el talón lastimado de una Cenicienta tratando de colocarse aquel zapato que no fue hecho para pie humano alguno. Un sistema que aparta a alguien con la capacidad creativa y la sinceridad de palabras de Pedro Pablo Oliva, no puede hacernos creer que quiere el bien para la nación, lo mejor para sus hijos. Si incluso a quienes militan en sus filas y coinciden con su ideología, se les cierran sus centros culturales y se les acusa de “traicionar” a la patria, qué quedará para los contestatarios, los frontalmente opositores, los escépticos de siempre.

No es que este vaya a ser un caso que remueva la conciencia de otros artistas y haga salir la voz que tienen trabada en las gargantas, pero de tanto cerrar el interruptor de un lámpara hay un momento en que la luz se apaga. Un último rayito de claridad se ha ido con este castigo, se esfumó una postrera posibilidad de darle a tan desteñido proyecto social algo de colorido, algún matiz de tolerancia y de inclusividad. En Pinar, mientras tanto, no se ven ni las manos.

KAONI SÁNCHEZ.....?!

www.kaosenlared.net/noticia/la-cenicienta-y-el-pintor

(TOMADO DE LA REVISTA ALTERNATIVA CUBANA voces 8)
issuu.com/OLPL/docs/voces8

www.vocescuba.com

OLPL en LA ISLA ERRANTE

www.editions-harmattan.fr/index.asp?navig=catalogue&o...

http://issuu.com/OLPL/docs/voces8

domingo, 22 de mayo de 2011

MIAU MIAU LA MUERTE



Murió, por fin, sin nombre, el pobre gatito en blanco y negro de alto contraste. Murió de hambre y frío a pesar de todo lo que lo cobijamos en tela y toda la leche tibia que goteamos en su boquita de fresa. Murió solo, entre nosotros. Separado de su madre por la mano mezquina de un vecino de pocas luces de Buenavista, en La Habana. Lo echaron antier en el portal de esta casa, tan pequeño (¿costaba tanto esperar un par de semanas?). Lo pusieron como una promesa en esta casa "contrarrevolucionaria" donde aún hay piedad de los animales. De esta casa donde acaso se emplean los "dólares del Imperialismo y la CIA" y otras invenciones imbéciles de nuestra patria para comprar leche evaporada en moneda dura, y dedicar horas y horas a salvar una vida maullante que a nadie más en Cuba en medio de la Crisis General del Socialismo (CGS) le importa salvar.

Qué les va a importar. Si viven día a día para matar o hacerse matar, justo como en el ejército o la cárcel: lógicas preferidas del Estado Total.

Justo esta semana los peritos de la policía política acorralaron a otro director de la televisión cubana (otro Caso Padilla apenas unos meses después del Expediente Piard), y lo sentaron sin explicaciones en la sala de edición del ICRT para que borrase, capítulo por capítulo, mi crédito como foto-fija de la telenovela de turno en esta Isla de la Iniquidad (los aterra el tetragrámaton de OLPL). Justo esta semana, también, varios trámites personales me fueron interferidos por un operativo en tiempo real que escucha en mi teléfono celular (+53)-53340187, sin que la compañía cautiva CUBACEL se dé por enterada al respecto (a ellos les basta con cobrar los dólares que el "enemigo" me envía gracias a nuestro filocapitalista sistema de recargas digitales a través de ezetop.com).

Qué se van a dar por enterados. Si seguro que la mayoría de las operadoras y directivos ya están terminando sus trámites para hacerse españoles y huir cuanto antes a la Plaza del Sol, para protestar en paz contra el establishment mierdero de Europa y olvidar lo cómplicemente censores que fueron con sus compatriotas dejados atrás.

Gatito murió, por fin (yo lo sabía: con días de nacidos nunca sobreviven) y no es el primero que se me muere. Ni el primero que debo sacrificar para no verlos sufrir entre los estertores del hambre o de una golpiza o intoxicación no accidental. Gatito dejó de moverse, de madrugada, culpándome a mí por toda mi especie con cada retorcijón en mis manos, quejándose a nadie cada vez que lo obligué por gusto a abrir la boca y tragar.

Decidí enterrarlo en la mañanita anónima de este domingo anodino de mayo. Día de los Nadies.

Le puse tierra roja. Piedras del mar. Y una postal robada. Le hablé un poquito antes de alejarme.

Todavía tengo cosas que hacer por él. Por otros como él, felinos o humanos. Seres convertidos en ceros por la apatía pedestre de mi país o planeta.

Mi cielo, no existe el cielo. Te guardo mucho más cerca que esa palabra podrida. Desde mi ventana te veo.

Gatito, adiós (ya lo he escrito así mismo antes en este cementerio de blogspot).