viernes, 17 de junio de 2011

#TWITTHELP



MI POST PARA EL 2025...

Orlando Luis Pardo Lazo

El futuro es tan lejano. Tan mentira que lo vayamos a vivir. Tan pánico. Tan pendejo. Que. Mejor habitarlo un poco por escrito justo ahora, cuando nadie nos ve ni oye a ras de la madrugada cubana. Mejor el sentido que la experiencia. Mejor la retórica antes que la represión. Ambas tan reales. Tan. Mejor empezar por una fecha al azar. El primero de julio de 2011, por ejemplo. Viernes, como todos los días del mundo en que me he atrevido a abrir los ojos y pronunciar: "estoy ahora y aquí, soy cierto, soy cientos, la muerte nos hermana y mejora, nunca nada malo nos va a (volver a) pasar, ven".

Hay una cosa que mata a Cuba. No al gobierno ni al pueblo ni a ninguna de esas palabras concretas como escupitajos en boca de los demagogos de turno (o eternos). A Cuba, dije. Hay una cosa que mata a Cuba como expresión poética de lo que jamás supimos nombrar. Esa cosa somos nosotros posponiendo nuestras biografías, rehusándonos a protagonizar, sobremuriendo al tiempo ajeno de otra generación desconocida y atroz.

El país ya no produce país. Cualquiera de nosotros juega su rol un tiempo, finge fungir un papelito de utilería. Luego se cansa, con razón. Lo coliman, sin razón. Luego se adapta o se va. Aplausos. Se llama crecer. Madurar. Ser los otros. Es la democracia darwiniana del instinto de conservación. También la muerte de la idea misma de una revolución, sea interior o pública.

De tanto conservar, ya no conservamos nada. Salvo objetos importados de nuestra infancia, ese otro exilio tan irreparable como el que nos espera dentro de un rato, no más. Los viernes todo ese material emerge como un volcán de la memoria. Lava triste, enfriada. Soplo del corazón incivil. Los días primeros son propicios para matarnos. Y julio bien podría ser el nombre anónimo de nuestro último mes. ¿Quién hablará de nosotros después que tanto nos resistimos a hablar de nosotros mismos?

Desconocidos. Ciudadanos de alcoba. Humilladitos ante la Historia anterior. Eludiendo la sirena de la patrulla política o el toque de nudillos de un oficial de seguridad. Zigzagueantes. Tan inválidos, tan preciosos, tan contemporáneos. Me hubiera gustado conocer a los cubanos de mi generación. Mas no fue posible. No existen. No me abrazaron. Locos. No se mojaron en mi sudor. No los cautivé con mi voz. No olieron mi olor, tan reiterativo. No los vi por ahí, en una esquina post-habanera como, por ejemplo, la de 23 y 12, en pleno Vedado, Cuba, América. En medio siglo o medio milenio lo único espontáneo ha sido la falta de espontaneidad.

Hoy me entero que las olas del disparate tornan a reventarse contra el muro mental de nuestro malecón. Oigo un hashtag impronunciable en voz alta, #twitthab. Yo mismo lo reciclo y difundo al infinito y difumino hasta lo infinitesimal. ¿Quién habló? ¿De dónde sale esa rebeldía social de mirarse de frente? ¿Quién es el responsable ante las cámaras y micrófonos de la prensa o el interrogatorio prejudicial? ¿Por dónde se abrirá la brecha del odio, tan innato entre los cubanos? ¿Qué funcionario será el primero en ejercer la violencia física o laboral? Fue lindo. Ahora basta. No es necesario estirar el tedio como un chicle hasta dos viernes después. Hoy es el último viernes. El tiempo se consumió. Por un día fuimos libres y lúcidos y locuaces y lúdicos. Hoy comenzarán las fuerzas oscuras con su eficaz trabajo de desintegración, chernóbil criollo con tantas víctimas como sea necesario, en un efecto de dominó profiláctico que en Cuba se llama "gobernabilidad".

Ya fue primero de julio, en nuestra imaginación visionaria. Ya fue viernes otra vez, como hoy. Ya nos vimos con pulóveres y avatares impresos, redefiniendo el mapa fósil de nuestra sociedad sin azul que vuele. Ya nos proyectamos en público con candor de bucaneros y pizzas en moneda nacional. Ya filmamos nuestro neorrealismo bien expresivo en una marejada de tweets. Ya se nos acusó de títeres o titiriteros. Ya hay nombres (es decir, ya hay daño). Ya no supimos explicarnos (porque saber explicarse es el único error). Ya nos quedamos con la ropa puesta y no nos atrevimos a desnudarnos entre perfectos desconocidos, animales salvajes que retozan como cachorros y fugan luego para no fracasar. No paramos ni el tráfico. Ya hicimos otra vez un ridículo de estreno mundial.

Lo siento. Les llevo la ventaja de mi absoluto estado de genialidad (léase, mi desconsolado estado de desesperación). No habrá #twitthab en La Habana. La ciudad no se merece tanto tampoco. Este epitafio es una manera de proteger a priori a las víctimas de esta maniobra maravillosa que me condena a no perder del todo la esperanza. No era ahora. No es ahora. No será ahora. Tranquilos. Estamos tan nerviosos. Estamos tan cerca. Tan ahí. Pero hay que esperar. Un tin. Otro tin más. Amaguen. Se nos agita la respiración. Ya casi. Atentos a mí. Cualquiera de estos viernes seré yo mismo quien de pronto dará la voz.

jueves, 16 de junio de 2011

TILL TWITTER DO US APART...

Esquina equina de 23 y 12 en El Vedado...
1ro de julio de 2011...
4 pm...
Sin carteles ni marchas ni no-violencias ni Geelys...
Just you y tú avatar en Twitter...
Just tu nick de usuario y tu contraseña como gesto de buena wwwoulntad...

(ESTE MENSAJE NO ESTÁ RELACIONADO CON LA CONVOCATORIA REAL EN
twitterencuentro.blogspot.com)

miércoles, 15 de junio de 2011

UN POST DE ANTOLOGÍA

POLICÍAS Y LADRONES

Orlando Luis Pardo Lazo

Aquí estamos todos. No podía ser de otra forma, siendo Francia la cuna moderna de la Revolución (y de la guillotina). Es sabido que una antología no hace verano, pero no deja de ser un síntoma de la enfermedad: esa dolencia sin cura llamada la Literatura Cubana.

La Isla Errante (Orizons, Paris, 2011) son doscientas y tantas páginas de escritura Made in Cuba y traducida al francés por Liliane Hasson (también es la antologadora) más un post-facio de Armando Valdés-Zamora. Como objeto es lindo. Como delirio, es mucho mejor. Porque en esta cajita mágica están clásicos e impostores (como yo), líricos y sucio-realistas, blogueros del G-2 y ciudadanos españoles, exiliados y chivatones, gays y machistas, muertos y vivos, policías y ladrones en general. Destapados todos los demonios del discurso, en el fondo del cofre queda, por supuesto, la desesperanza.

Es maravillosa la experiencia de leer literatura cubana en francés. De hecho, los relatos de Liliane Hasson en su mayoría resultan más potables que en el cubano de calle original. Toda la literatura debió ser francesa en sus inicios, y la nuestra, por más pacata que sea, no podía ser la excepción.

Como con cualquier antología, le doy vueltas a este libro que ha sobrevivido a los peritos (y perritos) de Aduana, y al final nunca logro entender qué conecta un texto con sus vecinos. La respuesta es simple, pero uno se resiste a soltarla: nada. Apenas somos contemporáneos. Cada quien es un refugiado de su propia maquinita narrativa. Cada cual creyéndose en posesión de un estilo. Tirando chistes contestatarios o retruécanos retóricos, fingiendo diálogos y personajes de palo, inventándose una verosimilitud igual perdida de antemano porque ya es muy tarde en Cuba para creer en ninguna ficción (la última se llamó Fidel). No por gusto vivimos en la epoquita sin épica del B-GAN. Copy and paste, doble-click and delete.

Más que los cuentos ya conocidos de estos 24 escritores elegidos por puro azar cibernético, leo con interés novelístico los currículos que cada uno nos inventamos para resultar llamativos en medio de la masa sin biografía. Nuestra obra se ilumina con cada gesto extra-literario: mientras más mediático y escandaloso, mejor (he sido víctima y héroe html de tales jugarretas).

Espero que La Isla Errante se olvide pronto, que pase sin penas ni glorias en Francia, que se haga literatura fósil cuanto antes. Hay algo ridículo en el hecho irreparable de pertenecer a cierta generación. Preferiría no ser tenido como un autor. Con ser teclero me basta. Un tipo rápido con las letras, como este post improvisado mientras cabeceo sin atreverme a dormir (últimamente sueño sueños de yo en prisión).

Gracias por haberme incluido. No hacía falta. No hago falta para nada yo. Gracias mejor por no quitar el nombre de Raúl Antonio Capote, por ejemplo, quien espiaba para los órganos de Seguridad en el show televisivo oficial Las Razones de Cuba. O el de Ernesto Pérez Castillo, devenido ilustre (e iluso) anti-Yoani en el blog del DSE llamado Cambios en Cuba. Ambos son buenos escritores, y ya me temía que nunca nadie los considerara de nuevo como tales por sus posturas de contubernio con la policía política.

Ahora, a lo mejor el mes próximo, cuando todos y cada uno de los 24, puntual, secreta y mercenariamente cobremos nuestros derechos de autor, la patria habrá dado entonces otro pequeño gran paso en la camita ecuménica de la reconciliación nacional antes de cualquier conato de transición.

Debiéramos celebrarlo con una ponina. La literatura no es mucho más que eso a estas alturas del siglo XXI. Un toma y dame de cualquier gaveta, una rapiña de raterito de tendedera que usa las prendas del otro, un cortocircuito entre política y estética, entre discurso y delación. Debiéramos donar esos euros que ya vienen en camino, por todos y para el bien de todos, para importar el primer B-GAN con papeles en regla de la internet por cable bolivariano que se nos viene encima junto con la cirugía cubana de Hugo Chávez (los paranoicos de la oposición hablan ahora hasta de clonación inter-presidencial).

La Isla Errante es en resumen un error insular. Un equívoco de excelencia. Me gusta haber sido incluido en este pie forzado, en este pastel de poéticas. Para ahorrar trabajo, mi próximo cuento lo redactaré directamente en francés. Voulez vous lisez avec moi cette soir...?