viernes, 24 de junio de 2011

BOOKONEANDO...


LA NOCHE DE LOS LIBROS

Orlando Luis Pardo Lazo

Ese título propagandístico me ha parecido siempre un poquito aterrador: La Noche de Los Libros...

Suena a que se ha puesto el sol para los libros, a que la claridad y la lucidez se acabaron, a que ha llegado la oscuridad textual y los letras tendrán que esperar insomnes a que para ellas vuelva a hacerse la luz. Merd Licht...

El primero de julio habrá otra de esas parrandas a lo largo y aburrido de calle 23, en El Vedado de La Habana. Cualquier otra cosa que ocurra ese viernes 1 (aunque ahora mismo no logro recordar nada importante), quedará a la sombra de la ya de por sí umbrosa Noche de los Libros.

Recuerdo una escenita en la Casa de la FEU, una de esas matazoncitas por comprar cultura que tan vanas me parecen. También recuerdo una bronca entre los poetas del Café G y 23 contra los gastronómicos del lugar, empeñados en botarlos de allí porque no consumían ni un quilo prieto mientras ocupaban las mesas con el palenque de su post-lectura. Recuerdo banderas enkaloiadas y cartelones de tela. Diablos ilustrados y ex-presidentes de institutos librescos. Asienticos plásticos (la disidencia y la oficialidad en Cuba comparten la fragilidad de unas patas que se parten de nada). Meriendas. Poses. Todos quieren ser considerados un autor (la literatura cubana es soporífera al punto de lo insoportable). Pero, ay, lo siento, mejor lo dejo aquí. Parece un párrafo resentido, pero no lo es. Es un post que no sabe bien de qué irá. Así que ni te busques que no vale la pena teclear tu nombre aquí.

Uno de esos viernes del mundo, día 6 del mes 7, caminaba tan triste que pensé que no sobreviviría al verano (año 7). La Noche de Orlando Luis. Un amigo se cruzó conmigo a la altura de la AIN (esa agencia azul con olor a Coppelia) y siguió de largo porque no me reconoció. Luego sí viró y casi es él quien se echa a llorar a mares (en Los 7 Mares): me dijo que mis facciones estaban desfiguradas por la angustia, que yo ya no era yo. Pero ahí recordé que eso mismo le había dicho José Lezama Lima a Lorenzo García Vega otra noche sin noche, pero republicana. Y la parodia me hizo sentir mejor a pesar de que en verdad tenía un peso imposible en los pómulos y el esternón.

El viernes próximo, 1 de julio de 2011, Año de a Nadie en Cuba le Importa Qué, a las 4 de la tarde, por poner un ejemplo al azar, caminaré otra vez entre los quioscos abarrotados mirando sin decidir qué comprar (hace meses que no compro un libro, hace años no me leo uno). Iré silbando, imitando acaso a los pajaritos, o me dedicaré a filmar a los sospechosos de segurosos que siempre pululan travestidos de civil en esos días de apelotonamiento masivo. Puede que me compre una Bucanero (cada vez saben menos a Bucanero) o que trate de seducir a una emo linda y adolescentaria de los parques post-presidenciales que bajan hasta el mar por calle G.

Si fallo, me iré a 23 y 12 a confundirme entre los anónimos tiradores de cine en algún ciclo erótico presentado sin mucho pathos por Frank Padrón (¿para qué tengo que mencionar a nadie en mis posts?). Si acierto, si escoge un pétalo de margarita que diga Sí, me la llevaré a donde nadie nos vea, a donde no lleguen las cámaras chinas de seguridad nacional, a donde la cobertura espía de Cubacel no nos delate el deseo, a donde el lenguaje sea libre y no ritual, a un territorio árido a donde las Suzuki de los securatas no les alcance el fuel fiel, allí donde yo le pueda inventar con ingenio los veintitantos años de diferencia que seguro le llevaré de edad (nadie a quien pueda amar ahora en Cuba ha nacido en 1971).

Seguro que mi relato para una emo preciosa de peinado caído y ojos ahuecados por la pintura negra es mejor que toda toda toda la mierditeratura cubana que cada primer viernes de julio anochece entre libros más y más.

domingo, 19 de junio de 2011

MONEY IS A HIT.. (AND A HASHTAG!)



Orlando Luis Pardo Lazo

La dictadura del mercado. He oído incontables veces la frase, en aburridas reuniones de esta o aquella institución estatal. El mercado mutila y mata a los mejores. El mercado es una de las múltiples máscaras modernas de la mediocridad. El mercado es mierda, mi amor.

Invariablemente me he sentido culpable en esos locales oficialistas. Un bicho hipócrita en medio de los aplausos al unísono. Un oportunista que en su fuero interno sólo desea triunfar y triunfar. Un arribista sin talento (en sus dos acepciones: la espiritual y la numismática). Alguien que debía renunciar al carnet de su gremio (la UNEAC) antes de ser expulsado del sacrosanto templo amateur de la cultura nacional. Un mercader de mierda, mi amor.

Después crecí y me hice adulto mental (¿metal?). Vi cómo mis compañeros rasgaban sus vestiduras obreras para salir de gira a cualquier simposio o feria del libro en el extranjero, eventos corruptos de capital en chequecitos insolidarios a nombre únicamente del autor. Vi cómo se desvivían a mi alrededor para hospedar hasta la humillación a los visitantes con dólares traídos a nuestra patria desde ese “absurdo Primer Mundo”. Vi cómo edulcoraban el relato retrovolucionario de nuestra rala realidad con sus sonrisitas subnormales en función de guía turístico. Vi que existía el dinero más allá del arte y los discursos paternalistas de los ministerios del arte. Y vi que el dinero era bueno, mi amor. Y un derecho del pueblo.

Así me convertí en un radical de los derechos de autor en el campo de las letras. Teoricé disparates lúcidos al respecto, como esta columna misma. Concluí que no hay autor sin derecho de autor. Que la dictadura del mercado es inexistente o imprescindible para resistir ante otra dictadura mucho peor: la del voluntarismo burócrata. Por eso en Cuba no hay best-sellers. Ni buenos lectores. Ni críticos creíbles. Ni cuenta la opinión o el prestigio pensante de ningún escritor (la policía política los considera, no sin razón, volubles e irresponsables: una intelectualidad pioneril). Por eso no se gasta nada del presupuesto gubernamental en campañas promocionales que legitimen nombres o conformen la moda de cada temporada. Por eso el campo literario insular es tan insulso como insultante, literárido. Por eso la insolidaridad zoocialista. Por eso también el miedo a descubrirnos de pronto en un páramo político de sinceridad, entre los aplausos unánimes de nuestra expulsión de un gremio grotesco pero gratificante: concursos, cargos, (con)jurados, carticas de invitación, en fin El Mal... Por eso la fuga y jamás el robo de cerebros hacia el “mundo real”. Cuba, qué triste es Cuba, mi amor. Quien la ofende la quiere más.

No creo que las nuevas generaciones vengan con valores ni con valor para dinamizar y mucho menos dinamitar semejante abulia absoluta. De radical devine ahora en residual. Hice mi nicho nihilista, cavé mi catacumba creativa, atesoré 30 o 300 o 3000 monedas duras y me compré al cabo un carísimo un casco de irrealidad virtual. Soy feliz, soy libre, soy intocable, soy inmortal (¿inmoral, mi amor?).

El estado de cosas, dicen. El estado del alma, dicen. Ja. La dictadura del mercado, dicen. La dictadura del proletariado, dicen. Je. La sociedad civil, dicen. La guerra civil, dicen. Ji. Responsabilidad, retórica. Jo. Generación, degeneración. Ju.

Pero a veces, mi amor, sólo a veces, en mis lúgubres noches de escalinatas mudas en Lawton, cuando la luna límite no es loca sino locuaz, un lobo estepario salta con sus garras desde mi garganta. Una bestia pura de la barbarie. Sin tapujos ni tabúes ni pánico a los hombres que matan y mienten sólo por mezquindad. Un lobo pardo libérrimo, lúcido y lúdico. Sin estilo ni estética, sin edad. Un animal acelerador de ideas e imágenes (la belleza de la poesía no es más que eso: la verdad de la velocidad). Un mamífero que aúlla, pero de pronto ya no huye. El último de los mohicubanos. El dolor hecho carne esta madrugada, mi amor. La carne hecha texto antes del alba, mi amor. Cara a cara y cuerpo a cuerpo y Cuba a Cuba a diario, mi amor. Y entonces, sólo entonces, esperanza y enfermedad dejan de ser sinónimos en nuestro futuro que nunca fue. Y entonces, sólo entonces, me siento bueno y real en medio de lo no tanto. Y entonces, sólo entonces, me perdono con una oración materialista que siempre deja un pupitre vacío, de propiedad estatal, por si una de esas madrugadas de muerte quisiera sentarse a mi lado Dios.