jueves, 30 de junio de 2011

growwwing old.cu


20TH CENTURY OLD MAN

Orlando Luis Pardo Lazo

Hoy envejecí de pronto.

Vivía mi vida normal, al margen de todo, sin entender ya nada demasiado, pero sin preocuparme por ello. Miraba la muerte con indiferencia. El placer con un toque de horror. La sociedad como un mal tolerable. La mentira como metáfora. A mi madre como si aún fuera mi madre. Sospecho que yo estaba hoy en paz.

Y entonces envejecí de pronto.

En el televisor, Fidel y Chávez encarnaban la imagen descarnada de la derrota. No la derrota política, por supuesto. En eso ambos tienden ya a la inmortalidad. Sino la derrota biológica. El canto de cisne del cuerpo. Aferrados a los periódicos cubanos, que tan poco dicen, por suerte. Arrebatándose titulares insulsos. Fijando la fecha del día ante las cámaras sin micrófonos (el audio era pésimo, tal vez a propósito) para que el mundo entero los juzgara como zombis vivientes.

Me miré las manos. Desde el preuniversitario no sentía ese pánico. Las venas visibles, la piel porosa. Pensé en mi edad. Cumplo 40 en diciembre. Dentro de otro tanto yo luciría probablemente peor que Fidel. Dentro de mucho menos podría pasarme algo así como el misterioso absceso pélvico de Chávez (sólo que yo tendría una pésima atención médica gratuita en mi propio país). Dentro de nada no habría marcha atrás para mi vejez. De hecho, ya me siento viejísimo. Ancestral. Arcaico. Es suficiente, por favor.

Parece que fue imprescindible liberar ese video híper-editado para la siempre presionante opinión pública internacional. A mí me pareció patético. Nunca había visto a Fidel así (tal vez hacía décadas que no le prestaba atención). Recordé a los ancianos de mi familia, todos demasiado longevos. Sus mandíbulas y pómulos y gesticulación eran ahora los de un Fidel guiado más o menos por la incontinencia infantil de Chávez.

Estiré la mano. Quise tocar al hombre antes de que fuera muy tarde. Se llama piedad. Muy tarde podía perfectamente ser muy tarde para mí. Los ojos se me aguaron. No hay belleza en las ruinas de un ser humano. Nunca hay justicia en tanta decadencia. Sería monstruoso que no muriéramos, pero cualquier cadáver parloteante es de una monstruosidad sobrecogedora. Lo digo únicamente por mis abuelos, se sobreentiende. Estoy hablando únicamente de mí.

Cuando el videíto terminó, sentí que no podía incorporarme frente al televisor. Las articulaciones me ardían. Las mejillas mucho más. Tenía hambre. Quería salir afuera y comprar cosas. Cosas para acompañarme hasta el fin del mundo. Pero no me atreví. El planeta Cuba se me antojaba un sitio espectral, una holografía en pasado perfecto, un frágil fractal cuyo orden disciplinario estaba a punto de hacer explosión.

Mi huesitos tintineaban. Sentí una lástima insuperable por mí. La televisión cubana está cavando la fosa donde sus ciudadanos sensibles se van a dejar caer. Yo lo hubiera hecho hoy, casi sin darme cuenta. No quiero verme así, por favor. No quiero ver a nadie nunca más así.