viernes, 2 de septiembre de 2011

ESQUINA EQUINA DE CUBA


CORNER

Orlando Luis Pardo Lazo

Son los limpiapeceras de la calle Neptuno, esquina a Belascoaín (hay hasta un blog que inmortaliza a esta esquina habanémica). Los limpiaparabrisas, los limpiamierdas. Los limpiapingas, para que te vayas escandalizando antes del primer punto y apártate.

Día y noche, pero sobre todo en la tardenoche. En el crepúsculo mortecino de la Isla (el sol se pone justo detrás de la Universidad, empinando aún más a nuestra virgenzota de la iglesia de Infanta). A esa hora sin hora es cuando se les acaban los pesitos nacionales que sabe Dios cómo mendigan o trapichean ellos. Entonces los limpialimpias agarran un trapo del latón de basura más cercano (y Centro Habana entera lo es: un cenicero o una cloaca abierta como una caries bajo el cielo subsocialista que nos comerá a todos por una pata), y con esa tela que huele a heces humanas se paran en la esquina menos digital del planeta Cuba.

En Neptuno y Belascoaín, repito, a torear almendrones por cuenta propia, taxis particulares importados de la Gran Norteamérica de los años cincuenta (mi única patria, cojones, la que mis padres me escamotearon por no fornicar un década antes y encima llevarme al cine a enamorarme a la par de James Dean y de Nathalie Wood), colas de pato hechos de hierros y pistones que van a sobrevivir como propiedad privada a la burumba colectivista de la Revolución. Que ya la sobrevivieron, digo yo.

Y allí, entre el inverosímil fango que se forma a golpes de asfalto y radiación, tres o trece perdedores de la historia infranacional se paran, zigzagueantes de ron y rabia, a limpiar los parabrisas de los carros que corren Neptuno arriba hacia El Vedado, 23, Línea, Miramar, 3ra, 41, 31, Paradero de Playa, 19, Ceguera, Obelisco, Hospital Militar, Marianao, La Lisa, y demás gentilicios de nuestro infierno local.

Allí emborronan de grumos el vidrio de los choferes privados, y encima le exigen una monedita, cabrón, sálvame la vida, que estoy endragonao, casi escupiéndole en la cara sus vahos etílicos (metílicos: porque ya son inmunes a la muerte por metanol), con un no seas abusador, pipo, mira que hasta el otro día mismo tú eras aquí y allá tremendo tronco de arrastrao...

Los choferes no tienen defensa contra este oficio que no cabría en Los Mil y Un Lineamientos ni en el 666to congreso del Partido Comunista de Cuba (porque habrá un 666to congreso del PCC, de eso no le quepa a nadie la menor duda). A veces frenan media cuadra antes, embotando el tráfico de la magra Neptuno, para después acelerar a full con la efímera luz verde del semáforo y cruzar Belascoaín (Belle Asco Inc) rozando a los limpianadas, centrifugando a estos toreros tétricos contra el contén, mientras maldicen al Ford o al Cadillac o al Mercury o al Chevrolet y le desean a berridos un accidente fatal, mientras se incorporan para acosar al siguiente Dodge o Pontiac o Plymouth o despreciativamente un Rambler: el carro que compraban sólo los negros en el capitalismo, según ellos (como ellos) y según medio barrio (de negros) o media ciudad (racista aún sin racismo en nuestro igualitarismo materialista hasta de melaninas).

Puaf, puaf, me han salpicado por la ventanilla con sus estopas. Nunca jamás se me ha ocurrido protestar. Mi pedante impedancia intelectual se hace humilde ante ellos. Son los parias. Son mis personajes queridos. Mis despojos. Helos aquí, tú, oportunista lector. Son la materia prima que sólo yo podría alzar, como el tipógrafo élite de la descojonación revolucionaria, y lanzarlos a miles de hits de distancia de su esquina malojera de fritangas y cerveceras y negocitos de los ochenta y una tristeza que parte el alma, primos, y desfigura el rostro con una mueca de horror. Ellos son mis niños y yo soy su esperanza blanca del mundo.

De que los vea a ellos el blanco mundo.