sábado, 10 de septiembre de 2011

DEL DESAMOR Y OTROS DEMONIOS


IGLESIA CERCADA, CIELO CIEGO, YO PRONUNCIO TU NOMBRE EN LAS NOCHES OSCURAS

Orlando Luis Pardo Lazo

He estado en esos cultos. Un amor una vez me obligó a asistir a una de esas capillitas por cuenta propia, en la frontera fangosa entre Juanelo y un barrio anónimo de San Miguel del Padrón.

Era un amor enfermo, en todos los sentidos. Le dolía la columna, todavía le duele. A principios del 2007 la medicina cubana no alcanzaba ni para darle un diagnóstico a medias. Y entonces mi amor desesperado oyó hablar de un pastor que viajaba medio mundo curando con la palabra potenciada por el evangelio viviente de sus manos. Y allá fuimos, mi amor en trace de muerte y yo. Al culto. A cantar. A caernos de espaldas si el pastor nos curaba su columna vertebral.

De noche, a la luz de nada. Como ahora.

Fue horrible. Todo era allí demagogia de imbéciles. Al menos la Iglesia Católica, de tanto contraer su universo divino, casi ya ha reconocido implícitamente que la Biblia es un libro sin Dios. Pero aquel Pastor, en efecto, contó por un micrófono sus experiencias de sanación en Nueva York y en el resto de medio mundo, entre aleluyas y otros lugares comunes que no significan nada, excepto el dolor y el daño íntimos de este pueblo, de todos los pueblos que nos hemos quedado tan solos con el Estado. Tan solo con el Estado.

Había un video-beam o data-show, un aparato que antecedía al boom local de la USAID en la Isla. Había una cámara y muchos cables. Y sobre la tela podrida se multiplicaba la carota en tiempo real del pastor particular de aquel culto protestante hoy con raíces en toda Cuba y América.

Gritaba horrísonamente. Vi al diablo en sus ojos, en su prepotente humildad, en su ropaje con cinto por encima del ombligo y su camisita de Seguridad del Estado. En su relojazo de oro o imitación igual de cara. En su adultez (mi amor era tan adolescente que). En su lascivia (mi amor era tan limpio que). Algo perverso me daba arqueadas en aquel discurso que culminó conminando a la audiencia a la exclusividad de ser sanada por él (mi amor estaba tan enfermo que). Su audiencia robada al medio siglo de Revolución Socialista: la pobre gente que nunca del todo se alfabetizó, aunque vinieran de la mismísima universidad gratuita.

La gente se veía realmente mal, necesitada de consuelo, tal vez al borde ya del colapso. El pastor sería apenas un catalizador de la histeria colectiva. Miré a mi amor. Miré mis manos en ella, sobre sus hombros ganchudos, de ave lánguida y rapaz. No le pedí que no se dejara tocar por el energúmeno que balbuceaba versículos santos. Mi amor, vámonos de este infierno, por favor, nunca le dije. No tenía tanto derecho sobre la pena que le partía los huesos en dos, irradiando su ingle y sus muslos, haciéndole odioso incluso hacer el amor. Incluso ser el amor.

El pastor la empujó por la frente y dijo un anatema de mierda. Casi le doy un puñetazo, pero pronuncié unas pusilánimes gracias. Mi amor no cayó hacia atrás, como el resto de los sanados. Y el resto de los sanados la miró entonces como una poseída, como un peligro para sus remedios instantáneos contra las caries o el cáncer, como una intrusa que rompía el cien por ciento de efectividad de su demonio en jefe, como una puta que singaba fuera de comunión con la secta (por eso seguro era justo su castigo celestial).

La abracé. Fuerte, fuerte, fuerte. Le hice trizas los nervios apachurrados por su propia columna. Le dije, ahora sí: mi amor, vámonos de este infierno, por favor. Y ella me miró con esos ojos que ya se alejaban de mí, y su mirada era vidrio salpicado de lágrimas, y reconocí que ella no se reconocía ya en los míos como al inicio, que su desesperación era mi fin, que contra la desesperanza no hay deseo que sobreviva, y mi ex-amor me dijo: no sentí nada, sigo igual, siento que me voy a morir, siento que me voy a volver loca.

Y, claro, los dos lo estábamos un poco esa noche. Locos. Dos cubanos preciosos y súperinteligentes, dos seres sacados del futuro que nunca fue, los dos humillados por aquella bazofia. Fui fascista esa madrugada y muchas otras. Tuve una alta graduación en la Seguridadsísima del Estado. Hubiera podido dinamitar esa secta y muchas. Infiltrarlas y llevarlas a un juicio bien trucado, como todos los de tema político en Cuba. Leí aquella congregación y a todas las similares (y de más dinero y hasta con representación parlamentaria) como enemigas de la belleza libre de mi país. Las vi como un tumor tétrico y manipulador, oscurantismo de medio milenio atrás. Ni pinga. No quería que mis hijos con el próximo amor conocieran ni de refilón una masa amorfa así. No quería que la noción humanísima de su Dios, fuera cual fuera, se les adulterara con una liturgia de heces represivas así. No quería más fealdad que la de la realidad.

(Para no hablar de las historias de exorcismo y de detección de demonios entre los fieles, y de cómo se expulsaban hipócritamente a los demonios o hijodeputamente a los fieles.)

Recuerdo todo esto después de temblar. Ha sido un día de muerte. Murió o mataron a un travesti en una estación policial, a solas. Otro cubano sin testigos queridos en su agonía final. Un país no hace eso sin que deba renunciar desde el Máximo Líder hasta el basurero de la funeraria. Un país depende de cierto rubor moral ante la desgracia o el abuso con el compatriota. Por eso nuestra nación ya se desvaneció. Lo digo en serio, no se hagan ilusiones. O háganse solamente ilusiones. No habitaremos nunca más en ninguna Cuba. Estás leyendo tu testamento.

Y, un poco más tarde, la avalancha de sms inentendibles. Un pastor. Una iglesia protestante. Asamblea de Dios (prefiero de corazón la Asamblea del Partido, es más coherente este segundo absurdo). Tomada. Secuestro. Rodeada. Francotiradores. Secta. Dinero. Provisiones. Desalojo. Y un rumor sospechoso de tan homogéneo. Fui allí, en Infanta casi esquina Manglar. Vi los despliegues secretos de motos y militares. La acera se fue llenando de otro tipo de pueblo (algunos llegados directamente del día anterior en la procesión de La Caridad). Todos hablaban en voz altísima con todos, con mil y un uniformes de profesiones mentirosas (como es todo el trabajo en Cuba), lanzando ideas de qué se debía hacer, tanteando reacciones, espiítas singaos y agentes provocadores.

Cuando casi me iban a botar, me fui. El edificio de la iglesia estaba cerrado con rejas, pero ya iban abriendo su portón lateral y tomando los accesos traseros y azoteas circundantes. Luego volví a las cuatro o cinco horas y la zona era un polígono militar. En tres o cuatro cuadras a la redonda no se podía pasar. Patrullas, vanes vacíos o con personal al acecho, cintas como en las películas, ni una palabra al peatón, policías en ramilletes en cada esquina, el tráfico desviado con nerviosismo, casi ningún curioso (era obvio que el peligro era de verdad). A lo lejos, frente a la iglesia, un compactísimo pelotón parece que policial, ya sin testigos oculares ni por supuesto prensa internacional. Otra vez la soledad terminal de los cubanos ante un poder secretamente subpatrio.

Tecleo estas líneas al unísono del asalto. Estoy seguro que de esta madrugada no pasa. Ahora pienso que tal vez el Pastor Braulio era tan falsante como el que sanó sin sanar a mi amor, como todos, pero también pienso que el relato difundido era la típica caricatura del Lobo Feroz (los órganos de seguridad en el mundo entero llegan hasta matar inspirados en los muñequitos). Y que tal vez ese burujón de fieles que cerró filas, incluso contra la Ley, sólo querían protestar pacíficamente por la remoción de su pastor quién sabe por cuáles razones no religiosas sino sociales (las iglesias en Cuba viven para complacer al Estado en sus nombramientos).

Ahora pienso que debería volver a la carga por tercera. Aparecerme allí. Hacerme arrestar en el cordón más externo del despotismo. Después averiguar quién fue justo o no.

En cualquier caso, cualquier víctima de la violencia será responsabilidad directa de los asaltadores armados. ¿No hubo otros canales de diálogo con el Pastor Braulio? ¿Los déspotas no se entienden bien entre sí? ¿Para qué me meto en esta parafernalia? Si no fueran las 3:03 de la madrugada mortecina cubana, levantaría el teléfono y le diría a mi ex-amor: disculpa, sólo quería escuchar otra vez tu voz.

viernes, 9 de septiembre de 2011

VIRGEN MAMBISA ¿O MÁRTIR?






CACHITA SE DESENCADENA

Orlando Luis Pardo Lazo

No es paranoia, es hiperplasia patria. Toda vez que te has visto rodeado por ellos, presionado por ellos, monitoreado al descaro por los paparazzi de la parapolicía política, el resto de la población cubana te parece que es de ellos también. Y lo es, al seguro. Déjenme delirar en paz y pagar los platos rotos de acusar a inocentes ciudadanos de civil (no hay nada más civil que la Seguridad del Estado). Además, no los acuso: los uso. Basta de abuso.

Las procesiones religiosas no son ni remotamente la excepción. Al contrario, el espíritu devoto de este pueblo se mantiene gracias a los seguratas, que repletan las iglesias y calles, que corean con los ojitos en blanco sus avemarías y todo, que te retratan como curiosos turistas preferiblemente con credenciales de prensa free-lance, que hablan olímpicamente por celular (aunque aún no saben twittear en vivo, los muy torpes), pero que se reorganizan y se convierten en fieras en un dos por tres, gritándole obscenidades a mujeres vestidas de blanco o despingando a patadas a un disidentico de cartel muchas veces con faltas de ortografía.

Ayer 8 de septiembre los vi al por mayor (las fotos de este post fueron tomadas durante la cumbancha de La Caridad, pero no guardan relación con mi post, son solo ejemplos de fisionomías típicas cubanas: lo advierto desde ya, para los que gustan de incriminarme enseguida por difamación). Había más fideles que fieles. Tipos reportando para nadie, acaso para mi expediente penal. Cagándose en la madre de dios con su mascarada de pulovitos del mismo corte o color. Camajanes fuertotes de regurgitar a diario sus buenos bistecs (exhiben sus bíceps de búfalo). Homúnculos en dialoguito de señas con los uniformados de la Policía Nacional Revolucionaria, que a ratos los acatan sin chistar y a ratos los desprecian más que los propios disidentes.

No sé a dónde iba con esta trova. Hubo su conato de guerrita incivil ayer, por cierto. En la esquina de Galiano y Reina, donde se pudrió y ya no hay ni restos de la pancartona de un Fidel sonriente, viví una estampida al estilo del 5 de agosto de 1994. No tuve miedo. Pero la adrenalina se me disparó. Parecían caballos. Lo eran. Es tan fácil matar en esas condiciones de bestialidad. Pensé que el que lance a este pueblo a semejante debacle, es limpiamente un criminal. Pensé que la misión de la Seguridad del Estado es fingir el repudio, teatralizarlo como exorcismo social, inventarse una corrida de toros con sangre de tramoya para impedir que la caldera reviente con un sobrevoltaje de verdad.

Por un segundo viví en una revolución espontánea. Oí gritos, gente recogiendo sus puestos de fritangas en un segundo. Rumores falsos: una bronca..., la gente no respeta ni a dios..., fueron dos pero ya los cogieron..., y un set planificado a priori de mentiritas consolatorias. Policías corriendo Reina arriba con las manos en la cartuchera. Y un Geely rojo con chapa del MININT pitando en la misma dirección. La estrategia fue empujar hacia los portales. Dejar la calle libre para que la Virgen de la Caridad (esa muñequita de plástico que da tanta guerra por gusto) siguiera avanzando en hombros de hombres píos (presuntamente informantes) y ni se enterara de quién será siempre el dueño de este país.

En medio minuto nada había pasado. Un micro-acto de repudio, ignoro si con arrestos. Un bit de barbarie. Estos órganos de la policía secreta tienen vocación de arte minimal antes que de ponerse a matar ante las cámaras de ellos mismos (ya se sabe que la prensa internacional en Cuba está conVINCENTemente maniatada).

Igual la adrenalina nunca se me calmó. El corazón a bocanadas de tun-tún, quién es, cierra la muralla, que es la parafernalia del G-2 (ninguno de mis colegas escritores sabe qué significa este código DavinChe). Los curitas con sus prédicas melodiosas sobre el asfalto. La realidad rugiendo en otra cuerda mucho menos armónica por las aceras. Los cubanos son una mierda. Los cubanos necesitan arnés. Los cubanos en la calle: no, no, no...

Por primera vez pensé que había presenciado una ruptura definitiva, que ese conato de represión en el parque El Curita iba a ser el germen de una tsunami, que la Iglesia Católica tendría que replicar en voz alta y que hasta Pablo Milanés y Silvio Rodríguez iban a coincidir en que se nos fue el país de las manos (¡y sin ministro de las Fuerzas Armadas para sacar o guardar los tanques!). Un instante después, todo había sido una ilusión. Los cientos que corrieron ya estaban de vuelta o eran parte de una coreografía gigante modelo Corea del Norte. Una tabla gimnástica que casi me parte en dos el corazón. Juro que vi humo (se me subieron los humos). No sé si fue un efecto de la serie Lost o de ver los documentales occidentales sobre el genocidio de Tianamén.

Lo cierto es que algo en mi rosto me delató. Comenzaron a sacarme más fotos que lo habitual. No sonreí, aunque lo hubiera deseado. Por ahí debo de andar, en el Photoshop represivo de alguna escuela convertida en cuartel, con mi cámara en ristre y mi barba de alzado. A lo mejor hasta me ponen un numerito debajo.

No sé a dónde voy con esta trova. Pobre la gente enferma que vi. La mayoría no sobrevivirá al Jubileo 2012 de nuestra endémica Cachita (hasta el Cardenal está tirado en cama con una gripe del diablo). Estaban vendados. Con cicatrices. Sucios, ajados. Prendiendo velas y comprando flores carísimas (el día de la virgen cubana es un holocausto de pétalos amarillos para las pobres flores, también luego vendrán los no pocos sacrificios de los pobres animalitos). ¿Por qué toda esta pobre gente tan solitaria no está en un hospital? (Yo sé la respuesta: los hospitales son de mal agüero en estos tiempos, pues hay un pedido grande de almas para reforestar el cielo y la gerencia terrenal de nuestro Ministerio de Salud intenta sobrecumplir con el Vaticano.)

No sé. Sentí pena por los pocos que estaban allí por fe o por dolor. Todos me recordaron a mi madre María allá tan sola en Lawton, trepando con su enfisema las escalinatas de la iglesia del barrio para asistir a otra misa tan vigilada y falsa como la de Manrique y Salud. Pobre iglesita de dios, pobre mi mamá (yo la amo aunque ya no puedo decírselo, apenas abrazarla), pobre país (yo lo amo y mientras más se lo digo por escrito, él más me abraza con odio a mí), pobre palabra que sirve sólo para dar la orden del corretaje, no para comunicarnos ni un tin.

Pobre yo, pobre tú. No puedo ser feliz. No lo puedo olvidar. Siento que me perdí.

jueves, 8 de septiembre de 2011

HANNABA


HANNA DE HABANNA

Orlando Luis Pardo Lazo

¿Qué es La Habana?, pregunta, y sus ojos nórdicos se transparentan aún más. Sus ojos no, su mirada nórdica, traslúcida, calma, salva, a salvo de esta ciudad crónica por la que Hanna me pregunta como si yo fuera su fundador o acaso su despedidor de duelo.

Hanna, por supuesto, no se llama Hanna (ni lo sueñen, perseguidores políticos). Hanna es una obsesión para toda la people in need que pulula por esta aldea necesitada como nunca antes de las usaides y de una bomba atómica de ongs y de una división aerotransportada de alangrosses que engrose nuestras cárceles en lugar de nosotros. Hanna fue una invención, por si la desmemoria de este pueblo no alcanza, de Santo Tomás (Gutiérrez Alea). Basta volver a ver Memorias del Subdesarrollo.

¿Qué es La Habana?, pregunta Hanna y me deja respirar dentro de su boca importada, sus dientecitos como de leche uzbeka, su lengua de gata baikal, su piel impoluta, sus párpados atentos, todavía no contaminados por el horror, sus labios de bella durmiente alimentada con compotas post-socialistas. Dios mío, Chernóbil mío, Ararat de mi corazón, Baikanour de mis vísceras, qué edad tiene esta criatura, cómo la dejan cruzar sola el Atlántico anchuroso en un tarequito Cubana de Aviación, de qué asteroide cayó este angelito ateo con pasaporte H725, qué estaban haciendo los trapicheros de la aduana que no la viraron a casita en el mismo aeropuerto José Martí, mi niña de Guatemala, por qué la Seguridad del Estado me ha elegido precisamente a mí, tus padres sabrán que tú estás ahora y aquí preguntándole a OLPL qué es La Habana.

¿Qué es La Habana?, pregunta Hanna y a mí se me aguan los ojos porque sé que puedo fundar todo un universo si me atrevo a contestarle.

Es tarde, madrugada mefítica. Por las alcantarillas rugen las olas. Hace un calor indeseable. Todo se pega. Todo brilla de sudor. Salitre o sangre, indistinguible sabor. Sus axilas huelen a hembra prístina. Hanna es pulcra y natural. Creo que es virgen. Su falta de desolación delata que no es esclava de sus deseos. La belleza que destila es un efecto colateral. No se marea de ganas genitales, como un insecto entre las instituciones estériles, como todos en esta plataforma flotante llamada la Isla de la Revolución, como tú, como yo. Hanna duele.

El muro del malecón es un cinto represivísimo de gente fea incapaz de amarse en libertad. Cuando esto cambie, será peor. Nos mataremos como latinoamericanos. Qué atraso. Los policías se tocan sus güevas guantanameras y piden carnets a trocha y mocha. Los travestis están de fiesta. Les encanta el cacheo y las sirenas y los perros pastores sin bozal. Pinochet aplaudiría. Pero al menos los chilenos tenían una izquierda. Nosotros ni eso. Masa. Masas geriátricas de adolescentes con tatuajes y dientes de oro. De alguna manera, aunque estemos al borde del mar, La Habana habita en pleno Combinado del Este. Eso. La Habana es un Combinado oriental. La occisa de Occidente.

Le tomo las dos manos a Hanna y le digo: me tengo que ir, me quiero ir, no quiero cruzar contigo ni media sílaba más, cuando se acabe la magia de tu visa de falsa turista tú volverás a tu trabajo de élite y yo me voy a volver loco, estoy en riesgo, discúlpame, cada visión tuya es un holocausto, Hanna, ojalá Hitler se hubiera hecho cargo de tus europeísimos padres o tal vez abuelos. Tan joven, tan hoy, tan futuro. Y le suelto las dos manos a Hanna y no le digo absolutamente nada, nada, nada. Estoy perdido. Soy Orlando Luis.

Déjame descansar un poco. Déjame dormir en tu cuello, oír el tránsito democrático de tu circulación. Déjame ahorcarme en tus extremidades de abedul. Las guásimas son tan obscenas. Toda la sangre que he conocido en esta ciudad ha sido sólo un torrente de coágulos. Despotismo y mediocridad. Discúlpame. No sé lo que digo. Se supone que soy optimista. Que el público espera otra cosa de mí. Que hay esperanza más allá de la enfermedad. ¿Qué me preguntabas? ¿Que qué es La Habana? Lo siento. Llegué hace muy poco aquí, en diciembre de 1971. La Habana no tiene historia.

Hanna trae objetos del insondable mundo. Noticias de la realidad. Hay personas moviéndose allá afuera. Hay pasajes de aviones y apenas visas. Hay extraños productos televisivos. Noticias en colores impresos por las mañanas. Tiendas crispadas. Boicots a los productos que violen el ecosistema. Cafés tristes de soledad. Universidades laxas. Ropa interior imaginativa. Otros lenguajes más sustantivos que la retórica retro del español. Lenguas abocadas al silencio. Eso. Hay mucha mudez allá afuera. Ni trazas de la grandilocuencia de Fidel. Nada que justificar. Nada que modificar. Nada que te neurotice si sabes cómo inventarte una vida. Hanna lo sabe. Hanna entiende que mi silencio es carencia y no plenitud. No puede curarme. El tiempo se acaba y no pasa. Hanna es dios.

¿Qué es La Habana?, mi amor, cojones, qué clase de pregunta es esa si tú apenas dominas el argot con que los cubanos nos mentimos y nos ofendemos a diario. La Habana es un hito, un hueco, un hastío de Habana.

Hanna mira el mar. Es negro y con las lucecitas claustrofóbicas de los pescadores, que nunca se atreven a rebasar el veril. Los pescadores son la policía espontánea del pueblo. Hanna respira. Para ella todo es nuevo. Nada es tan terrible comparado con Sudán. Su trabajo la ha llevado armada hasta allí. Hanna no entiende que La Habana era París o New York. Ignora el bombardeo ideológico que deslavazó sus fachadas. La gente en estampida. Los diálogos rotos. El alma sin más luces que la del alumbrado público. Sin propiedad privada es imposible el amor. Hanna es un error.

¿Qué es La Habana? ¿Qué es Europa? Un día, después de esta paz eterna, te tomaré en mis brazos y te haré el amor. Si después de esta paz eterna aún corren los días. Si después de una paz eterna resucita el amor.

martes, 6 de septiembre de 2011



LOVE AT FIRST STAGE

Orlando Luis Pardo Lazo

El domingo de la patria te arrasa, te asola, te hace trizas de cubano sin ilusiones, y entonces coges la Canon y te metes de cabeza en un teatro. En el cine Trianón, por ejemplo, donde Carlos Díaz lleva décadas desnudando deslumbrantemente a su piquete de actores.

No sabes de qué delirio o disparate se trata esta vez. Parece Shakespeare, con su Noche de Reyes, pero igual podría ser un pujo castizo de Fernando de Rojas o uno de aquellos panfletos de denuncia sartreana. Da igual. Teatro El Público no deja títere con cabeza en el escenario. Desde un embajador europeo hasta nuestro monseñor novelista: toda la burguesía proletaria sale ofendida de entre las lunetas a mitad de espectáculo (¡tan viejos y que todavía ninguno sepa leer!).

No es posmodernismo. Es putería. Provocación. Abaratamiento de los altos y pedantes códigos. Disfrute. Deseo. Delito (al respecto, el Ministro de Cultura no se atreve a decir ni jí). El público de El Público entra a consumir lo que no pueden encontrar en ninguna otra parte en la Cuba pacata oficial. Vamos al Trianón a despenalizar las pingas y las papayas (en ese orden), como cuerpos y como conceptos, como pieles y como palabras (con la complicidad tras bambalinas de un poeta espinoso vestido de Norge).

Cubanidad es corporalidad. Por supuesto, no pueden faltar las metáforas tras las máscaras. Parlamentos travestidos contra el modus operandi de la pedestre política actual. Deconstrucciones de hitos históricos. Resonancias del Palacio Real o de la Realvolución. Temas tabúes tratados con desfachatez. Pásate de la raya, cojones. Asómate al nuevo set del tanatos Shanghai, pero con un cierto cariz digamos que cultural.

Los críticos se tienen que comer esta papa caliente. Hasta en un spot pendejito aparece promocionada la obra en la televisión nacional. Pero el domingo de verano es de pinga, queridos amiguitos: una comedia silente siniestra, donde La Habana hace valer su hache más que helocuente y te arrasa, te asola, te hace trizas de ilusión ya sin cubanía, y entonces coges la Canon y te metes de cabeza en la primera fila, allí donde los salivazos de los actores te rebotan en plena cara, allí donde los prepucios patrios penden sobre tu lente de ángulo ancho, allí donde podrías quedar preñado desde el proscenio o desde la fila de atrás, allí donde la palabrota es libertad gozosa y el cuerpo es propiedad ilimitada, allí donde todo es trampa tendida entre personajes que a la primera oportunidad chamuscan a Shakespeare y se ponen a guarachear (¿Umberto detectaría ecos de su Ur-fascismo en esta vocación de collage?), allí donde las luces y músicas se revuelven en tu desmemoria y te comen por una pata de alegría y tristeza (desde Fresa y Chocolate hasta Nemesia, flor carbonera), allí donde por diez pesos cubanos se expone gratis la poco intensa mediocridad de tu vidita infranacional, allí donde también tú como un censor te pararías a mitad del show para irte huyendo de ti, pero allí donde te enamoraste desconsoladamente de un rostro de muchacha vestida como muchacho (¿quién sabe si no al revés?) y ya no pudiste fotografiar a nadie más en escena, ni irte de la tortura, ni quedarte muerto en la carretera con ella (¿con él?), ni callar, ni dejar de callar, ni pensar en otro rostro, ni dejar de pensar.

La locura. El pasmo. La muerte shakespereana con delicados y obscenos gestos de veneno visual. Todos a punto de quitarse la ropa, excepto ella, excepto él. Y cuando lo van a hacer, ella o él se viran de espaldas de súbito y la belleza es absoluta y absolutamente frustrante. Violencia contra el corazón compungido del espectador. Crimen de lesa teatralidad. Estafa de baja estofa. Carlos Díaz al paredón (cuando vire de los USA), sin perdón.

Y se enciende el teatro al final de la farsa y todos tan profesionalmente felices y todos aplaudiendo en el acto menos tú. Los saludos son crueles como la felicidad ajena. La pasarela es un camino de vuelta a la calle. A las siete de la tardenoche tediosa de tu insulsa isla inicua inisecular, sobresaturada de instituciones y desvalida de amor. Me muero. Me pesa la Canon. No puedo disparar nunca más. No quiero volver a este teatro. No quiero volver a verla, a verlo. No puedo dejar de volver. Ni dejar de verla, de verlo.

Es injusto. Todo arte es pésimo y peligroso. Un atentado contra la desesperación. Un asalto contra la soledad. Cómanse su rostro ahora ustedes, carroñeros. Deslíanla en la nada del cíber-espacio píxel a píxel por mí. No me devuelvan nada. Ni siquiera los restos de su retórica de actriz, de actor. Aniquilen lo que no pudo captar la Canon cómplice de mi cerebro hecho talco por mi septiembre sin ella, sin él.

Sin ti.

domingo, 4 de septiembre de 2011

BAD BYE, VINCENT


QUERIDO MAURICIO:

Orlando Luis Pardo Lazo

Así nos va a pasar a todos con Cuba. No escarmentamos. La cogemos con querer a esta islita inicua e inimaginable, y al final, aunque hagamos piruetas patéticas y pactos impublicables con Dios, el Diablo y la Seguridad del Estado, a todos nos van a botar de Cuba. A patadas. En Cuba no caben ni los cubanos.

Hoy le tocó a Mauricio Vincent. Por fin el país se queda sin El País. Ya era hora. Desde el siglo y milenio pasado el gobierno de La Habana se la ha pasado con un lloriqueo de niñita perdida en el bosque. Ay, que no me toquen a la Revolucioncita de mis ojos querida. Ay, malos capitalistas, que me hacen daño con el pétalo de un reportaje. Ay, que esos píxeles son del peor quintacolumnismo al servicio de la CIA. Ay, que soy una puta con pánico a la Transición (con perdón de las putas, por supuesto). Ay, que el cambio no, por favor, o sólo la puntica, que me duele mucho, de verdad...

Da pena la labor de años (de daños o de baños) del Centro de Prensa Internacional. Han entorpecido y torpedeado la inteligencia de cientos de profesionales del mundo libre. Los han tratado como a escolares (y ellos se han dejado tratar así, con tal de conservar su ristra de euros). Espionaje, chantajitos, sugerencias, regañitos, y un estupidisísimo etcétera.

Así y todo, el Centro de Prensa Internacional ya es obsoleto. La blogosfera libre le saca la lengua a todos esos solapines y licencias que valen miles de miles y no aportan nada en concreto sobre la rala realidad cubana. La primicia de la hora cero no será ya de los corresponsales (corresponsables). Lo siento. Recojan y váyanse a casa. Pueden seguirnos y hasta glosarnos por Twitter. Porque se acerca el tie-break y seguimos todavía aquí. Vivos y deseosos de dar el gran palo periodístico. De ser la voz del futuro que nunca será.

Igual me parece una cuestión moral decir "Gracias" a los que hicieron lo que pudieron bajo la botaza militar y las guayaberas inciviles del Centro de Prensa Internacional. La presencia de la prensa libre ha sido un respiro contra la represión. Un hueco (un huequito, no más). Contribuyeron a tumbar el Telón de Azúcar y así se les hará notificar en un Diploma mañana, para no perder las costumbres burocráticas de 53 años de Fidel y su Revolución.

Por el momento, adiós a Mauricio Vincent. Coincidimos por aquí y por allá. Envidié tu puesto, y por eso mismo no me alegro de que lo hayas perdido por culpa de los carceleros de la prosa que pululan en mi país. En competencia legal, ya veremos si cubro tu plaza.

Qué lástima, después de aguantar tanto... Por horas no pudiste publicar la gran necrológica post-nacional (para estas Navidades o cuidado no se adelante). Me da curiosidad si tenías redactadas ya algunas líneas a priori. Te las compro, vaya (no aprietes, que soy un cubano de a pie, de a blog), siempre y cuando sea un trámite legal. O, mejor, te cambio tus notas por el boceto de la gran necrológica mía, en un trueque póstumo entre caballeros que prometen que no se van a plagiar.

Espero respuesta en el +53-53340187 (te advierto que está siendo monitoreado en tiempo real: si vas a usar un seudónimo, sé bien imaginativo, ponte peluca como ya sabes quién). Y date PRISA, por favor, que el próximo expulsado perfectamente podría ser yo.

OLPL