viernes, 30 de septiembre de 2011

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Gatos actores endémicos de Cuba


Silvia´s kitty, originally uploaded by orlandoluispardolazo.

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Silvia´s kitty


Silvia´s kitty, originally uploaded by orlandoluispardolazo.

Miaumiaus de Buenavista Social Cats con música Clatsica del cine cubano de los 60s...

Bury my heart at wounded Becerra

SI MUERO, ENTIERREN MI CORAZÓN EN EL BECERRA

Orlando Luis Pardo Lazo

70 y 19, esquina caliente cubana. Con esa arquitecturita chata de la clase media sin pretensiones (hoy clase cadáver): abajo, un cafetín; arriba, apartamentos para alquilar. Todo rectangular, hasta las escaleras, al estilo de un cuartel (y los años cincuenta fueron pródigos en cuartelazos no lejos de aquí). Todo con esa línea institucional que divide en dos colores planos la pared, para que quede claro desde la distancia que estamos en un nicho público y no en nuestro hogar.

Se llama El Becerra. No me pregunten por qué. Un apellido articulizado, seguramente. Antes, cada casa tenía ínfulas de Villa Algo, cada bar parecía único en el planeta, cada cine era un cosmos y cada gasolinera anunciaba a su dueño el señor Coyula, por ejemplo. Diplomacias decrépitas de la democracia.

Los regímenes van y vienen, con sus mártires a priori y luego sus despotismos desde el poder. La ciudad se moderniza o se torna un antro rural. La gente muere o migra o está muy triste mientras más solidariamente sonríe. Étnicamente ennegrecemos. Etariamente envejecemos. Ideológicamente nos idiotizamos. Todo cambia a una velocidad atroz, inamovible. Pero El Becerra será El Becerra acaso hasta verificar el segundo tránsito terrenal del mesías Hijo de Dios (apuesto a que el post-Jesús sube en un ruta P-10 desde los arrecifes por la calle 70 y respeta la larga luz roja digital del semáforo bullente de 19, y quién sabe si una de sus penúltimas tentaciones no sea paladear un sorbito satánico de café, ya pueden imaginar ustedes dónde).

El Becerra, fuente de luz y calor. De mugre y caché. De kitsch popular de baja estofa y nobilísimos sentimientos, de economía solvente antes de que la policía política les detecte un defalco. De borracheras de suiciditas de Buenavista y de carcajadas con caries como ningún latinoamericanito sabría reír (nuestra raza de trapiche y manigua nunca ha sido humillada, mucho menos bajo la homilía miliciana de la Revolución).

Cuando parecía que El Becerra iba a morir, en el año de su medio centenario, una empresa estatal espontáneamente lo engulle, atestándolo de mesitas y bafles, con un surtido oprobiosamente barato y opíparamente inagotable (varias tablas del mural apenas alcanzan), desde condones vencidos Made in China hasta es probable que un equipo de DVD ligeramente contrabandeado.

Han colgado de todo en la atmósfera bicolora de este local. Banderas y pulóveres del equipo Industriales, estandartes de la ciudad, frescos ochentosos de artistas aficionados del área, un pez león muerto que pendula desde una lámpara de neón, un televisor de último modelo, bandejas con tocinillo del cielo o panes perennes de jamón mutante, nylons y cubos (hay que ver cómo es la factura socialista del Frozen Nuevo).

Los dependientes se cuentan de pronto por decenas, con uniformes, para mayor asombro del vecindario. Jóvenes con entusiasmo (sé que es inverosímil, como toda verdad), incluidas muchachas alocadas que, como era predecible, desde el primer contacto visual me centrifugaron con su pinta de Cenicientas las hormonas y mi pésima poesía de melodramón.

La humareda de El Becerra es 24 horas al día, algo que ni los cuentapropistas negocios en CUC se atreven del todo a cumplir. Puedes encontrarte a tu mesero roncando sobre un taburete, pero rodeado de un pandemónium de productos (hay un galón de mermelada que vale como 240 pesos cubanos) y presto a saltarte encima con un bostezo y un ¿qué bolá...?

Se despacha a mano, a sudor, a pelo enconado, a ajustador, a acné, a moco, a rascadera de partes privadas: da igual. La fraternidad que ni masones ni marxistas lograron con sus leyes de pelar al moñito la libertad, en este templo ecuménico de El Becerra es pura emanación proletaria natural. No estoy siendo irónico, sólo incisivo. He sido tratado en El Becerra mejor que un Rey (aunque la oferta apeste). Me han mirado a los ojos seres casi analfabetos y me han abierto su alma, con o sin la propina con que me compadezco de tanta brutal bondad.

Una vez tapiaron la vista a 70 y 19 con unos ladrillos prefabricados. Se metieron casi un mes para lograr su mierdera murallita de siforé. Al día siguiente contrataron otra brigada vanguardia demoledora. Si no se apuran la Revolución hubiera hecho aguas por ahí. Para los arqueólogos del futuro no quedó ni media huella sobre el granito percudido desde la Prehistoria. Y es que El Becerra es exterioridad o no es nada. Intemperie. Calle bajo un techito para paliar el sol y la lluvia. Un poco como la cárcel o como un panteón.

Si vienes a Cuba ni se te ocurra pasar por mi descripción. Te daría asco. Repugnancia de primermundista. Tampoco entenderías ni una sola de sus coordenadas, de su energía movilizativa al punto de dar conciertos de noche en plena acera (los camiones de policías prestos para hacer la zafra que las Fuerzas Armadas no lograron resucitar). No tendrías misericordia en tanto exiliado. Te faltaría tacto, a exceso de moneda dura y derechos ciudadanos.

Yo, virgencita espía que todo lo sabe ver (por eso soy ubicuo), en mis lúgubres noches de recostarme a la barra para cambiar un peso, oliendo el meadito de cloaca de los personajes que pernoctan aquí, yo he soñado despierto con El Becerra como metáfora mefítica del saco sin fondo de mi país, donde la abundancia inminente no será sinónimo de salir para nada de la barbarie, y donde la miseria municipal tampoco será sinónimo de mezquindad.

Es en el páramo de El Becerra donde deberían fundarse los partidos políticos de oposición, no en una sede diplomática con cobertura online de la prensa profesional. Es aquí donde las Damas de Blanco deberían rendirle procesión a su pueblo y no a Dios o a un presidente foráneo (por el momento, ellas sólo contratan sus meriendas de domingo con la administración). El funeral de Fidel Castro, como en una pesadilla de Boarding Home o de Training Days, habría de ocurrir masivísimamente aquí, a ras de cucarachas, pero también en la última reserva no hipócrita del corazón indígena más que indigentemente popular.

jueves, 29 de septiembre de 2011

domingo, 25 de septiembre de 2011

UN DÍA ANTES DE LA GUERRA CON LOS ESQUIMALES




PATRIA DÉSPOTA, PATRIA PERFECTA, PATRIA PERDIDA PARA SIEMPRE: SOY YO, ORLANDO LUIS

Orlando Luis Pardo Lazo

Necesidad de una guerra civil. Necesidad de salir a la calle. De barbotear de barbarie a barbarie. De manotear entre animales, entre criminales, cuerpos en libertad súbita, sin moral y sin culpa y también, por supuesto, sin Dios (como los animales, he dicho). Necesidad de dejar atrás la demagogia cincuentenaria de una paz perpetua y perpetuamente precaria. Constituciones en piras de humo histórico. Insignes mamotretos de Derecho usados como algodón para desinfectar las heridas de la violencia desatada. Necesidad de gritar palabrotas en público, cojones, qué resingueta nos pasa, y correr sobre el asfalto a agredir o a buscar refugio. Me matan, nos matan. Perdón, perdónennos. Desconfiando de todo el vecindario y de pronto confiados como infantes en el guiño de una reja abierta por donde atravesar hasta la otra cuadra, garrochando muros y pasillos y escaleras y solares, y quién sabe si descubrir de paso a nuestro amor enfermo de muerte sobre su paupérrimo camastro. Una virgen triste. La vida está en la otra calle. Basta de letras. Basta de entendimientos. No hay más diálogo que el topetazo. Noción de la no-nación. Necesidad de una guerra incivil. Argh.

Sería tan fácil. Una División de Tanques llegaría tarde por la Avenida de Rancho Boyeros. Los túneles con dinamita que permean los intestinos de La Habana desde los años 90´s serían tan inútiles como su misión original: amedrentar de muerte a la población, no matarla del todo. Con la muerte en vida fue suficiente para comprar dos décadas decadentes más del tiempo intangible de la Revolución Cubana (tiempo inagotable y agotador). Sabes de sobra de lo que estoy hablando. Menos mal. Yo no.

Oí a los vecinos de la calle Neptuno. Entre desconcertados e incrédulos. Ni uno solo de ellos sabía del acto de repudio complotado días atrás en el blog de Manuel H Lagarde a nombre de la Seguridad del Estado. Debo apuntar ante todo que este me parece un momento maravilloso de nuestra Historia Contemporánea. Si un blog es capaz de apuntalar las vigas del falso techo de nuestra política, entonces ni siquiera hay que tener mucha imaginación para concebir el escenario concomitante: un blog también será capaz de aserrar de un solo post esas vigas de caguairán, con o sin comején. Cuidado, conmigo, compañeros.

Reían, negros sanísimos de la salud pública estatal en ruinas, sus espaldas brillosas en el septiembre de la patria, cicatrices y tatuajes, halitosis y dominó, bíceps de basket y calzoncillos por los riñones, los pingones a punto de portañuela, sus colmillos refulgentes de chealdad obturada con noble metal, los molares 100% ausentes. Nuestra estomatología amateur es una asignatura estrictamente estética.

No reían, murmuraban, los blanquitos siempre algo más entecos, mezquinos incluso (toda ilustración es inquina), taimados y acosadores de turistas con cámaras Canon, como yo. My friend, amici, mon ami... Wanna tabaco, wanna food, wanna singar...?

Y yo que quería de todo y sin embargo no me detenía en nada. Yo babeante de política, pus de los desposeídos. Yo, orgasmos de Orlando, amén. Excitación de tweets en vivo para miles y miles en el mundo ancho y añejo. Yo, Fidel de tribuna virtual. Testigo, espía, traidor. Invadiendo el laberinto descentrado de Centro Habana, ese alef maléfico que nunca fue Londres y nunca será Buenos Aires y que, al menos esta tarde inmisericorde de sábado 24, tampoco recordaba a La Habana. Color deslocalizado.

La comentariada era pragmática. No hay meriendas para los niños y viejos, pero aquí las regalan por miles a los zangandongos. No hay audio para meter fetecún en las ferias del agro ni en las disco-mierdas, pero aquí lo ponen a todo meter con la cancioncita de En Silencio Ha Tenido Que Ser y la tuerca tuerta de Sara González (esta aliteración es un milagro de cita textual). Sube pa´l balcón, white, pa´ que vendas las mejores fotos de la internet... Cuidado con esos gordos de allí, que son fulas sin uniforme... Si se forma la desagradable, yuma, no te metas en el barullo que te carterea aquel enano... Y un etnográfico etcétera que los Premios Nacionales de Literatura nunca sabrán leer.

Intenté ser revolucionario radical por un fin de semana. La histeria colectiva me crispó contra las Damas de Blanco. Brujas de Blanco, les gritaban. Tenemos un Comandante que le roncan los cojones. Eso. Catarsis. Carnaval. Las ventajas del poder. Válvula de escape. Me tiré de cabeza contra la esquina de Neptuno y Soledad. Iba a pasar. Viejucas de Blanco, denme de comer. Iba a sumarme al repudio. A mí también me roncaban comandantescamente los cojones. Ser un miserable sin conmiseración de ninguna clase (social). Ser vil, pero ser verosímil. Y en la esquina me saltaron arriba unos chiquillos lampiños, confundidos con mi barba ripiosa que ya pespunta canas: Sorry, míster, la calle está cerrada (y sobregesticulaban con lenguaje de mudos, para hacerme entender que el circo ya estaba cerrado, que no hacía falta más revolucionarios indignados bajo la carpa, que bastaba con los contratados quién sabe por cuál empresita en quiebra estatal).

De nada valió sobregesticular que me interesaba ingenuamente hacer fotos zoonóticas. Out. Off. La caja estaba cerrada (el ataúd). Los gritones se reemplazaban como en una coreografía de pizarra inhumana (no sería de extrañar la prima mano absoluta del Ballet Nacional de Cuba detrás de este acto). Salían en tándem y en tandas regresaban al spotlight de sombra definido por dos horribles banderas: el buitre heroico de la cubana y los hematíes anarcoterroristas del M-26-7, movimiento inexistente desde medio siglo atrás (archipiélago Cubag acaso no menos inexistente desde medio milenio atrás).

Cuando las repudiadas sacaron sus cabezas de blanco (o de cheques en blanco), los de la compañía coral las apolismaron en un pas-de-diez millones. Tiraron una guagua metropolitana contra la puerta de Laura Pollán, como si de una sede diplomática se tratara. Juro que el público aplaudió, como en un estudio en vivo de televisión (de esos donde Cuba ya no se arriesga a filmar), mientras desembarcaba un pelotoncito élite de uniformadas de verde aguacate. Eros de medias negras y sayitas apresando sus nalgas en un jalón de artes marciales. Nunca he hecho el amor con una militar. La psico-rigidez estas capitanas marianas grajales debe ser hormonalmente muy estimulante de someter.

Me alejé, macho de mierda. Busqué como un tonto la colina de la universidad para tener perspectiva con el teleobjetivo. Tiré fotos más o menos movidas, más o menos desenfocadas. Cada vez lo hago peor. Sé que pronto abandonaré del todo el oficio. Una párrafo vale más que mil píxeles.

Dentro del círculo de fuego, descubrí a mis colegas los foto-corresponsales de agencias. Pensé que no tenía caso seguir allí. No correría la sangre con esas camarotas profesionales autorizadas a reportar el repudio de las masas contra las mercenarias (Laura, sin embargo, sí sangraba). Ok, correría, pero no llegaría al río (debo destacar que en toda Centro Habana no hay más ríos que las cloacas explotadas de heces). En cualquier caso, cómplicemente me fui. Las abandoné a su suerte de dólares y radioemisoras de Miami (en las cárceles, los presos ya no esperan nada de nadie).

Busqué a cada rato a mis espaldas y nunca entendí por qué no aparecía una contracandela contestataria, una suerte de Segundo Frente Occidental. ¿Cuesta tanto trabajo no hacer las demostraciones lineales, de una en una, sino simplemente planear en un mismo día en un mismo sitio dos marchas? ¿En qué pánico no caerían los energúmenos si vieran bajar otra tropa de blanco Neptuno abajo? Especulaciones de estratega sin experiencia. En fin.

La adrenalina se respiraba incluso dentro de los taxis particulares desviados. Curiosidad, morbo, necesidad de cazar. Todo había sido tan fácil. El poder no debe arriesgarse a estas demostraciones de debilidad. Yo mismo pude haber corrido contra el cordón de cerdos dormidos y perforarlo como un proyectil. Pude haberme dado candela como una mujer despechada (los policías orientales hubieran entendido bien de cerca este código). Pude gritar locuras. Hacerme enjaular con una camisa de fuerza en las ambulancias. Saltar dentro de una pipa de agua o morder los bafles justo cuando Silvio Rodríguez rasgara las cuerdas de su poesía peor (difícil de distinguir). Pude haber incluso infartado y sería ahora el muerto número no sé cuántos del MININT.cu en los últimos meses (lo soy, entérate de una buena vez).

Patria, no me dejes tan solo, coño de tu madre. Patria padrastro, patria impuesta, patria déspota, patria impoluta como las guayaberas de los presidentes y los verdugos (y los disidentes en sus recepciones embajatoriales), patria perfecta, patria paisaje imperdonable, patria perdida para siempre: soy yo, Orlando Luis. Te veo toda, estoy ciego. Te leo toda, soy ubicuo. La carne de tus fachadas será mi mejor mortaja entre dos fechas. Habana, ábrete y trágame, lapidaria.

Necesidad de una guerra civil. Los bárbaros ya están bautizando caballos de raza en el Senado enemigo. Animalia de la democracia crasa, cuerpos en libido súbita, eyaculación sin ayes ni ataduras (sólo dolor de los músculos macerados, emasculados, histerectomizados). Necesidad de delimitar el delirio de nuestros discursos (¿cómo me atrevo a teclear esto precisamente yo?). Vaciar las bibliotecas de todo sistema posible. Deshabitar en el desagüe de lo micro, como la mueca de esas viejas que abrían azoradas la quijá y se sentaban en la peste de su contén a ver el cadáver de los segurosos pasar. La Ley es Guerra (parece un tatuaje de Los Aldeanos). Necesidad de protagonizar, Padre, porque no sabemos lo que haremos. Trancados o a trancazos dentro del templo claustrofóbico en que hemos convertido nuestra desmemoria del no-futuro (eso es ya harina de otro pentecostal). Cruzando guiños seropositivos hasta con las jineteras de bares baratos, buscando desconsolado un latigazo mínimo de lucidez. Me muero, me matan. El niño aquel, senil. Inclinando moribundo de tedio y horror mi cabeza sobre el cuello amado y olvidado, en un almendrón yanqui amordazado a andar sólo con luz brillante. Yo tampoco pude tener un Buick. La vida está en otro taxi. Basta de sílabas. Basta de simulaciones. El diablo son los diálogos. Nación sin noción de no serlo. Necesidad de una guerra incivil. Argh.