lunes, 23 de enero de 2012

MUERA LA MUERTE


MUERA LA MUERTE

Orlando Luis Pardo Lazo


"Si tenemos que matar, matamos". En los años noventa en Cuba oí en más de una ocasión esa sentencia, siempre en voz de los policías en trance de represión, nunca represión política sino por conflictos de tipo tumultuario, incluida la noche de los cristales rotos en un cine en pleno Festival Latinoamericano de La Habana.


Corrían entonces los años más ríspidos del Período Especial en Tiempos de Paz. Tras el cambio de siglo y milenio no recuerdo haberla escuchado de nuevo. Al principio, me ilusioné con la educación cívica y humanística que pudiera estar recibiendo la Policía Nacional Revolucionaria. Luego empezaron a aparecer testimonios de que el copyright de la frase había pasado a los interrogadores de los cuerpos secretos de seguridad. Finalmente se hizo obvio el anacronismo implícito en aquella construcción gramatical. Técnicamente, "tuvieron que matar, y mataron". Me atrevería a conjugar que "tendrán que seguir matando, y matarán".


Ahí está la Pena de Muerte para probarlo, ese eufemismo fósil de nuestro obsoleto Código Penal, tan flamante como al inicio de la Revolución cubana. Lo cierto es que no es penosa para nada la muerte legalizada entre nuestro populacho. En los últimos meses, dada la vertiginosa espiral de atracos y crímenes en la capital, se escucha como al azar que Raúl Castro tendrá que aplicar con mano dura el "palito" (es decir, el fusilamiento del reo atado a un poste, una práctica que el actual Presidente ejerció).


Año tras año se me acercan con culpa los colegas remanentes del campo científico o cultural (soy bioquímico y escritor). Vienen a despedirse del país en mi persona, preocupados por un destino desperdiciado (el mío; el del país ya a ninguno le importa). Paradójicamente, con no poco dolor, a todos les recomiendo sin remordimiento que dejen a Cuba atrás. Que salvando sus vidas se salva la memoria imaginaria de nuestra nación. Que la Cuba del alma sólo puede sobrevivir bien lejos de la Cuba del cuerpo. Que nadie merece ser verdugo ni víctima en esta masacre de baja intensidad. Ni siquiera testigo.


Tres décadas después de los asqueantes actos de repudio cuando el éxodo masivo por el puerto del Mariel en 1980 (los viví en la carne pioneril de la primera muchacha que amé), coincido increíblemente con las consignas gubernamentales de entonces: ¡Que se vayan, que se vayan...!


Me asiste un motivo de fuerza moral superior. Creo en la inviolabilidad de la vida humana (y de toda forma de vida) y sé de sobra que muchos de mis colegas terminarían en Cuba condenados a ostracismos que podrían radicalizarlos y granjearles una condena carcelaria para la que no están en absoluto preparados y donde lo más natural del mundo sería morir (por la violencia rampante entre los reclusos, por las enfermedades incurables en esas condiciones tan cómplices, por la tristeza terminal de un destino desperdiciado (el de ellos; el mío ya no me importa).


A nuestros demagogos así en la Isla como en el Exilio les cuesta dinero reconocerlo, pero la transición democrática en Cuba primero ha de ser demográfica. De hecho, más de un quinto de nuestra población es ya cosmopolíticamente libre. Contadísimas republiquitas de Latinoamérica pueden vanagloriarse de semejante índice civilizatorio.


La tierra natal no tiene por qué ser también tierra de cementerio. La lógica liquidadora impuesta a las masas desde la élite es tan insultante como inevitable y se confunde con la lógica liquidadora impuesta a la élite desde las masas. No hay vida verosímil en ese clima crispado a perpetuidad entre la arrogancia y el despotismo. Cuba como carroña. Si tienen que matar, que se maten entre ellos, compañeros.


En este punto mis colegas puntualmente me abrazan llorando de agradecimiento y se van. La sensación que me dejan es la de haber sido su salvador. En serio. El Estado cubano estigmatiza a muerte. Yo los exilio a la vida.

2 comentarios:

Rolando Pulido dijo...

Aaaaahhhh que triste Orlando.
Sí, es cierto que se aprende a amar a Cuba cuando se está afuera, cuando se está lejos, "Cuanto mas lejos estoy, mas me acuerdo de ti" decían el Dúo Dinámico y estaban en lo cierto.
Cuba es mía, cuando no la tengo. Cuba es mi tierra cuando no la piso.
Odié a Cuba, cuando me dijo que me fuera, que NO me necesitaba...y lo dijo a coro.
Luego me dijo ven, ésta es tu casa si vienes con fula, tú, mariposa.
Todavía me dicen que me calle, que no hable mierda, que no vale la pena, que aquello no, lo tumba nadie.
Cuba no es tierra ni mar, Cuba no es mi pueblo ni mi ciudad. No es Martí ni Maceo. Cuba no es su historia, ni su himno ni su bandera ni son sus palmas.
Cuba eres tú, es Yoani, es Reinaldo, es Marta Beatriz, es Sara Marta, es Fariñas, es Payá, es Ciro, es Gorki, es Celaya, son mis pobres primos.
Quizás tengas razón, tuve que irme muy lejos. Si esa es la fórmula,ya funcionó. Ahora, seguiré luchando por lo mio porque ahora, sí me pertenece.

Hugs and hugs.

Armienne dijo...

Para mi la Cuba física quedó atrás aunque lleve todavía algunos de sus átomos dispersos en mi cuerpo y lo triste es la realidad de que hay que irse de Cuba para vivir y para pensar.
Dura realidad.