viernes, 27 de enero de 2012



RÉQUIEM POR HUMBERTO ARENAL


Orlando Luis Pardo Lazo


Me lo señaló el escritor cubano Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD). Humberto Arenal acababa de premiar un libro mío de narrativa (Collage Karaoke) en el Concurso "Pinos Nuevos" del año cero o 2000. JAAD me dijo: "Ve y preséntate tú mismo. Ese viejito es el último testigo de otra época".


En verdad se veía muy viejito, enflaquecido, con su garbo un tanto anglo y ciertos dejos de lord. Un hombre con estilo, en medio del patio central amorfo del Instituto Cubano del Libro.


Me le acerqué. Hablamos. Fui varias veces a su apartamento en el edificio de Infanta y Manglar. Él siempre cordial para con un principiante tardío, como era yo, elogiando mis "condiciones para contar". Luego hasta fuimos Jurados juntos de otro certamen literario (sus criterios eran demasiados aburguesados a esas alturas de su vida: detestaba el realismo sucio por causas extra-literarias que él consideraba literarias). Todo fue acelerado. Todo consumido en el transcurso de un año. Entonces escribí mi cuento "Réquiem por Humberto Arenal", ganador de una Mención en el concurso de "La Gaceta de Cuba" (diciembre 2001), y nunca publicado a petición mía.


Fui y se lo dejé a Humberto Arenal tan pronto como se hizo público el anuncio de mi Mención. Y ese fue el fin.


Recibí llamadas amenazantes de él y del entonces esposo de su hija. Mi cuento era una mierda ofensiva. Lo insultaba. Me burlaba de su vejez. Lo ridiculizaba en su relación con los muertos. Me metía con su sexualidad. Se me aguaron los ojos (yo estaba en el teléfono público de la bodega de 21 y H, en El Vedado, nunca lo olvidaré). Sentí pena por mí y por él, por la Cuba que nos caería encima, por no poder jugar al límite en un texto donde yo usaba su nombre de puente entre los vivos y los muertos, caricaturizando no sólo su estampa doméstica sino a toda nuestra ciudad literaria, cenotafio de cadáveres cobardes y secreticos insepultos. Creo que su familia influyó en aquella loca lectura.


La llamada del yerno fue menos dolorosa: sólo me amenazó físicamente y también con denigrarme en público en un programa que él conducía en la televisión nacional. La permanente epidemia de dengue que pulula en La Habana lo impidió o al menos lo disuadió.


A ninguno le pude pedir ni perdón. Me colgaron. A pesar de mi promesa de no hacerlo público nunca, Humberto Arenal llevó mi cuento a una Comisión de Ética en la UNEAC, aunque entonces yo aún no pertenecía a la UNEAC. Ignoro los resultados, pero al parecer fue favorable a mí. Luego vino su Premio Nacional de Literatura y me alegré secretamente por él. No se lo merecía en un sentido. Pero se lo merecía en muchísimos otros.


Desde entonces me dediqué a leer a Humberto Arenal (publicó bastante en la última década). Me encontré incluso un ejemplar príncipe de la por él llamada "primera novela publicada en la Revolución": El sol a plomo. Tenía excelentes cuentos, suficientes para inmortalizarlo en nuestro contexto. Pero sus textos de largo aliento son sin excepción muy muy muy débiles, alguien debió impedírselo (Reinaldo Arenas en "El color del verano" deja esa tarea en manos de Virgilio Piñera). No opinaré sobre otras zonas de su creación. Como todo intelectual que no provocó una ruptura, su corrección ya no me convoca (no soy su lector, evidentemente, como él tampoco era el lector de "Réquiem por Humberto Arenal").


Qué lástima.


Otros azares y personajes tejieron nuestros desencuentros siguientes, donde siempre nos esquivamos con diplomacia. Jamás cruzamos otra palabra, como si fuéramos políticos antípodas en lugar de dos escritores.


Qué lástima, maestro.


Mi cara cambió tanto que tal vez él ya no me reconocía. Humberto Arenal también lucía más radiante por momentos. Verlo vital y lúcido siempre me daba ánimos, sobre todo cuando comenzaron, hace bastante, los rumores carroñeros sobre esta o aquella enfermedad.


Cumpliré hasta mi propio final la promesa de no publicar nunca mi cuento de 2001 "Réquiem por Humberto Arenal". Sé que en el exilio cubano se conserva una copia (el exilio como causa y consecuencia de todas las cosas), y pido respeto hacia esta vocación póstuma de dos cubanos cabales que no conseguimos colegiar nuestras maneras de crear o acaso interpretar.


Adiós, pues, Humberto Arenal. A nadie le queda ya demasiado tiempo. Los parajes finales de mi cuento apocalíptico se trocan ahora con el realismo. Permanecemos en un páramo patrio. Nada nos consuela. Tu generación, no sólo de escritores sino de gobernantes, no nos va a dejar ni una pizca de país para después respirar.


Adiós, pues, Orlando Luis Pardo Lazo.

2 comentarios:

Armienne dijo...

No sé quién es.

Anónimo dijo...

este Veroco o es el yerno ... o le pica cerca !! ja ja ja