domingo, 8 de enero de 2012

VICTORIA


Murió Victoria, ida de sus cabales, venerable viejecita que saludaba a todos desde la acera, en sus paseítos matinales bajo custodia, con su senil candidez que no dejaba otra opción que la tristeza y el perdón. Victoria, en su momento la emblemática presidenta del Comité de Defensa de Revolución de la única cuadra en que he vivido. Victoria, la testigo de los inventarios y allanamientos policiales y las fiestas patrióticas y los Círculos de Estudio y el vigilante Libro de la Guardia. También la de la familia rota cuando una de sus hijas se exilió.


Esto no es un ajuste de cuentas, ni siquiera uno emotivo. Me caía bien. Tal vez nunca sufrí su rol social en los años 70s y 80s. Tal vez me gustaba su voz cordial, cada vez más cordial según se fue quedando sola dentro de su cerebro, reduciéndose físicamente como un personaje macondiano. Tal vez siempre respeté su don de pueblo (aunque su familia fuera más que solvente), sus ropitas de barrio, el estoicismo con que trocó sus negocios de familia antes de 1959 en quién sabe qué durante los años duros y militantes de la Revolución cubana en Lawton. Tal vez es simplemente que soy humano, demasiado humano, y no me alcanza el alma para juzgar a otra alma. Tal vez es que, más pronto de lo que parece, yo también caminaré por las aceras de la esquina de Fonts y Beales, ondeando mis manos con una sonrisita infantilmente octogenaria ante un país en pretérito, una patria irreconocible donde todas las ideas murieron con sus habitantes, quedando sólo la inercia huérfana de millones de cuerpos desconocidos en, digamos, el inminente año de 2059.


Su casa era de mampostería (todavía lo es), la mía de madera. Los equipos electrodomésticos entraron allí una década antes de en la mía, incluido el simple televisor. Su hijas viajaban "por el trabajo", mis padres jamás. Cuando pasaban los ciclones por el barrio, había que considerar la posibilidad de una evacuación de la mía a la suya, lo que de niño me aterraba a la vez que me excitaba por sus nietas contemporáneas conmigo (a la postre inaccesibles: hoy a su vez madres, yo soltero a perpetuidad). Sonaba un ampuloso piano en los amplios cuartos de Victoria, yo alcancé sólo a una guitarra, si bien de excelente calidad (sacrificio máximo de mis padres por mí). Tuvieron carros que cambiaron varias veces de marca, yo apenas un garaje que a veces alquilamos a otro vecino. Fui, como contrapeso, mucho más despierto y brillante que ellas, en la ciencias primero y ahora en este desastre por escrito aquí.


Era mi vecina, Victoria. Tan vecina como tú que me lees allí, acaso mejor, más íntima y desconocida. Hasta el final pronunció distintivamente mi nombre: a veces Orlandito, a veces Pardito. Siempre fui niño en Victoria: ¿qué me voy a hacer ahora entre esta tunda de adultos déspotas del nuevo año 2012? Nunca dejó de preguntarme puntualmente por mi mamá María. También por mi papá Dionisio Manuel, muerto desde el horrendo domingo 13 de agosto del 2000. En su amable insania, ella era la última persona del mundo que se acordaba que yo alguna vez había tenido un papá (de hecho, para Victoria nunca lo perdí, qué felicidad haber estado en su mente).


Ni siquiera fui a la funeraria de Luyanó. Falleció entre los libros de condolencia de un genocida coreano (venerado) y un demócrata checo (vilipendiado). Allí el muerto hubiera sido obviamente yo. Un tipo perdido entre sobremurientes, con una vida hedonista secreta, con una libertad virtuosa más que virtual pero asfixiante entre manos, con toda la nostalgia de nadas y nadie en mi mirada al margen del mundo. Tampoco tendría nada que decirle a sus descendientes. Sus nietas de mi edad son ahora siglos mayores que yo. Hablamos lenguas antípodas. Ignoran que yo sé que su abuela murió. Por eso esto ahora es estrictamente en secreto entre Victoria y yo. Tengo miedo ponerme viejo de súbito y podrirme sin ella, como ese extraño personaje de Poe llamado el Señor Valdemar. Me da pánico teclear cada madrugada más y más aislado de mis testigos. Sólo de ese abismo saco la locura mínima para cada madrugada resistir unas cuantas palabras más. Saludando a todos los cubanos del mundo con cada patada que les doy. Sonriendo son sorna. Lo contrario de Victoria en un sentido, pero a la vez ella y yo sabemos que exactamente igual.

6 comentarios:

Odalis dijo...

Que bien que la diferencia de puntos de vista políticos no nos haga necesariamente enemigos a muerte, que bien que se mantenga sobre todo la humanidad, que se pueda entender y "perdonar" al "contrario" como dice un comentarista por aqui, !que bien!

Leidisu dijo...

Gracias OLPL. Aqui te dejo un suspiro y un poco de apretazon en el pecho. Bello post.

Tersites Domilo dijo...

Sólo podemos elegir a nuestros amigos. La familia, los vecinos y los enemigos, son los que la suerte nos depara. Hay que dar gracias cuando nos tocan enemigos amables. El post me recuerda la Primera Carta a los Corintios, "¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?". Podría haber llevado este título: "¿Dónde está, oh Victoria, tu muerte?" Gracias,

Tersites

Puta Armienne dijo...

Muy emotivo tu panegírico, Orlandito. Sencillo y humano. Quizás Victoria no fue más que otra víctima.

Jesus JB dijo...

'VI' a esa Victoria que describes y todo lo que en ella y sus vinculos contigo revela de nuestra trayectoria nacional. en excelente prosa. Felicidades por esto y por tu interesante blog. Jesus

Camilo dijo...

Genial, OLPL, genial!