lunes, 9 de enero de 2012

VIENDO MELANCHOLIA EN LA HABANA



FÜR ANTARES 2012


El ocaso no de los dioses, muertos desde mucho antes de la invención del cine, sino el de una estrella rojiza: de hecho, una súper-gigante roja mil veces más grande que el sol. Con ese eclipse definitivamente post-comunista, causado por un pequeño planeta imprevisto en la historia estelar, el director Lars von Trier ha puesto a temblar con su último film a los tres o cuatro gatos que aún ven sus películas en La Habana. Específicamente, en el cine La Rampa de calle La Rampa, 23 casi esquina Infanta casi esquina Malecón, a ras de los travestis rentados de la cremería Bim-Bom (paraíso seminal) y un mar muerto de policías ávidos de puticas orientales free-gratis para pasar la noche entre ronquidos y represión.

La película probablemente sea la peor de este cincuentón chico terrible danés, acaso una auto-antología de su obra fílmica anterior, entre otras parodias por el estilo. No tengo ni idea ni me interesa tenerla. No estoy para intelectualizaciones que al final no remueven nada en el corazón tupido de los cubanos. MELANCHOLIA es una obra humana libre y eso me cautiva y me obliga a no olvidarme de ella jamás. Ver la vida de otros seres vivientes en el planeta Tierra es un don inusual en Cuba, donde día a día deshabitamos con la sensación de estar involucionando incluso molecularmente a nivel del DNA (se acumulan mutaciones y deleciones en nuestro material genético como nación: ya nunca volveremos a ser igual a lo que nunca tampoco fuimos).


Como todo fin del mundo, MELANCHOLIA es exquisitamente bella y orate y nos quita el aire según la atmósfera de la sala oscura es robada por la colisión de astros que se anuncia desde el plano inicial. Mi desesperación es la de ambas hermanas: amo la vida y no quiero perderla bajo ninguna circunstancia humillante (una dictadura perpetua, por ejemplo), pero a la vez no sintonizo el sentido de la existencia incluso en un sistema de bienestar (una película de Lars von Trier, por ejemplo).


¿A quién le tomaría la mano en caso de una catástrofe cósmica? ¿En quién pensaría además de en mí? ¿Amo a alguien, amo algo yo? ¿A quién le sirve mi vida como Orlando Luis Pardo Lazo entre mis contemporáneos? ¿Quién me buscaría entre las tinieblas magnéticas de una pesadilla planetaria como la que tantas veces de niño soñé (ya nunca sueño nada): los astros girando a toda velocidad hasta fugarse por el punto más alto del cielo o caer en remolino contra La Tierra?


Wagner o Wagner, es igual. Toda música es un don. Toda palabra es sagrada. Toda imagen una tajada imposible de la eternidad. MELANCHOLIA es tan íntima como universal. Recordé algunas escenas dialogadas en las filmaciones apocalípticas del más reciente Tomás Piard, también atorado con la noción del fin de los tiempos. Sólo que aquí la belleza del presupuesto es sobrecogedora. La danza macabra de la cámara en mano. Los detalles nimios, imperceptibles, que nos colman la desolación. El suspense hecho con alambritos y alta dramaturgia digital. Fotón a fotón o píxel a píxel, la luz logra el milagro de desvanecer incluso la grosería de las acomodadoras de un cine socialista en una ciudad socialista en un año 2012 que será como un timonazo mal dado.


A nadie, a nada. No tendría en quién pensar a la hora de cerrar los ojos y tomar la mano de un amor en trance terminal. Mi mente en blanco seminal, travesti de mí mismo, marioneta que se cree libre cuando en realidad barbotea las notas políticas que le dicta a contrapelo el poder. Mi generación cae ya de cabeza en ese abismo sin guión. Vamos a morir solos de remate, insolidarios e insulsos, gesticulando acaso por una bocanada de compasión entre antropoformas extrañas llamadas los "cubanos del siglo XXI".


Nadie se enterará de nuestra tragedia, porque nadie nos supo narrar (mucho menos leer). En más de un sentido, Cuba no es Antares de Escorpio sino Corea Septentrional, la súper-estrella roja que ningún planetica de atrezo podrá eclipsar. No hay dolor, sólo indolencia: muecas de muertos en la incivil noche caribe. Una noche única, inextinguible, que nos llega desde las masacres sacrificiales de los aztecas hasta el holocausto incesante del Estrecho de la Florida.

Y no hay nada que lamentar. Lamentar es un verbo con implicaciones humanísticas demasiado complejas para nuestro grado cero de primitividad (hasta la animalidad sería mucho más sutil que nuestras biografías vaciadas). Se nos acabó el tiempo imaginario, cubanos. Nos acabamos también nosotros, reconozcámoslo. Hay daños corporales en el movimiento de los signos que no tienen perdón. Ni telescopios ni virgencitas nos salvan. Hemos extraviado la complicidad del viaje y el amor. Ni siquiera somos ya mortales de verdad: moriremos en un escenario ajeno, inconexo, súbito, sin causas ni consecuencias legibles, entre palabras y situaciones planeadas por el diablo o por nadie.


En efecto, se extraña a un Hitler en este universo de los últimos segundos antes del telón y los créditos. Necesitamos un orden, por favor, una mentira contra el miedo: alguien que nos discursee hasta el final con la dulce demagogia de los libros didácticos, una escolástica para estar-sin-estar antes que la catatonia del ser-sin-ser. Lars von Trier encarnó este domingo 8 de enero el lujo de un ciudadano cubano en una Cuba sin ciudadanos. En efecto, ante el hueco negro de nuestra extinción, somos niños inocentes y, a falta de dios, extrañamos entonces al Gran Dictador.

2 comentarios:

Antonio dijo...

Hola Luis Orlando... llevo siguiendo varios post tuyos en tu página, y de verdad te digo, que este que comento me asombra y me deleita hasta el punto de verme en la necesidad de dejarte mi comentario. Pocas veces he leído(sentido) una descripción tan magistral como tú has reflejado en pocas líneas, describiendo la esencia de la abulia, de la mentira, y de la desidia que impera en el escenario que describes y por los rincones que citas. Gracias por tu profundidad y tu aportación a la conciencia de todos... Un abrazo

antares dijo...

No sé si antares es real, si estamos en el 2012 o el 2010, o en 1971 quizás. Algo tarde en la vida pero definitivamente encontramos un hermano y hermana en el mundo, alguien que sí estará ahí y estará su mano, a millas de distancia pero tan cerca siempre. 
A tu lado seguro tendrás a tu Ipatria amada, y también a esta hermana, nueva, desde hace 1 año o 40 o mil años luz. No estarás solo... 

Aquí a la vuelta del río de mi ciudad al norte pasan Melancholia y estaba esperando para ir a verla, será más hermoso ahora a través de tus ojos, y poder ofrecerte mi mano en la oscuridad del cine y de todas las noches.