sábado, 21 de enero de 2012

WHEN I'M 59



CUANDO TENGA 59

Orlando Luis Pardo Lazo


Que no falta mucho, por cierto (recién cumplí los 40 años).


Que se acerca la mitad otra de mi vida y el tiempo en Cuba continúa coagulado o, peor, cristaliza en una Era aún más atroz, casi feudal.


Que la gente muere al por mayor, aunque siga viva.


Que el desgaste nos mina la voluntad.


Que el miedo ni siquiera necesita expresarse: antes que el miedo nos paralice, la anomia muscular nos carcome o, peor, una distrofia de la voluntad.


Nos miramos al rostro y ya no sabemos ni a quién vemos.


Es el fin. Es el fin. Es el fin.


Tal vez sea un alivio, tal vez un premio por nuestra apatía.


Cuba cansa y corroe.


Hace mucho nos merecíamos desaparecer en tanto nación.


¿Quién sentirá nostalgia de ese tiempo futuro que nunca fue? ¿Quién querría vivir para siempre?


Hay algo de locura en la amabilidad de la gente, algo anacrónico en nuestra solidaridad por inercia.


Veo los carros cruzar las avenidas remanentes, el humo adulterado ascender entre los tugurios y los edificios de mi Habana del alma. Veo el tic tac acelerado de los semáforos digitales. Veo cómo todavía se me desenfoca la luna si no entrecierro mis ojos ya no más miopes. Hay algo defectuoso en mi capacidad de mirar, algo que no lee bien las cosas reales dentro de mí. Y es congénito, un error sin el que no podría sobrevivir.


Me maravilla que los cubanos aún hablemos en cubano. Siempre me causa extrañeza que las palabras nos permitan la ilusión de participar.


Es falso. Es falso. Es falso.


Nos entendemos sólo por los movimientos de labios. Nos prestamos atención sólo porque estamos espiando la sensualidad del otro en cada conversación. Porque somos violadores de cuerpos o, peor, de cadáveres. Porque la muerte de cualquier cubano ya no nos disminuye.


Nunca nos disminuyó.


Como población caníbal, crecemos exponencialmente. Sólo una Seguridad del Estado podrá controlar las energías telúricas de esa masa amorfa. Necesitamos de los perros de presa, sádicos sedientos de sangre, peritos prestos a saltar a traición sobre nuestras nucas hasta arrancarnos una confesión (sea ante el paredón de fusilamiento o en la climatizada aduana del aeropuerto internacional).


Ser nosotros mismos sería un pecado impagable para nuestro pobre pueblo perdido. Yo lo amo y por eso pido sin ironías su perpetua prisión. No somos culpables. No nos merecemos el castigo de la libertad.


¿Cuando tenga 59 qué le diré de todo esto a mis nietos?


Mentira, mentira. Sin hijos, huérfano de padre y con una madre viva hasta después de las últimas consecuencias, hoy es obvio que a los 59 años yo mismo seré mi nieto. Me achico. Cada vez pienso peor. Mis palabras pierden peso. Me cuesta completar una oración. Hace siglos que no ideo una idea. A veces las copio, a veces las imito, a veces las.


Mentira, mentira. Cuando tenga 59 años nadie nos recordará. Los muertos se merecen al menos la decencia de nuestra desmemoria.


Habitamos lo irreconocible, lo hueco, lo inhistoriable.


Se acabaron los actores. Se van calmando los protagonistas. Los extras nos tocamos por el codo desconcertados. ¿Qué pintamos en la próxima escena? ¿Dónde están las cámaras y los micrófonos que nos seguían y desde dónde nos colima ahora esa luz?


Lemmings.


El resto de mis días y mis columnas serán un túnel. No me leo ni yo. Ni Dios. No coincido con nadie en ninguna oración. Las flechas se hunden hondo en mi cráneo. Me están cazando. En cada interrogatorio el poder le pregunta a los lemmings por mí. Los asesinos en serie a sueldo no están interesados en la manada. Es la cabeza del líder locuaz lo que desean servirse. Y la lograrán, de cobardía en cobardía de los interrogados, y masticarán mi misterio en la carota cómplice del mundo. Tienen más tiempo que Revolución.


No me salven a tiempo. No se atrevan a semejante insulto.


Ya me salvé antes de tiempo yo.


Que no falta mucho, por cierto (recién cumplí los 59 años).