sábado, 25 de febrero de 2012

II Coloquio sobre reggaetón y problemáticas sociales en Cuba




REGUETÓN, A LOVE STORY: MEJOR BAYUTI QUE DICTATUTI

Orlando Luis Pardo Lazo

En tiempo real es ilegible, pero la prensa cubana llega a ser muy creativa si se lee con cinco años de desfasaje: "chabacanería, lujo, lujuria, lamentable, vicio, consumo de tóxicos, banalidad, cursi, quincalla, atuendos exagerados, bagatela", y un etcétera mitad ético y mitad étnico. El auto-titulado Diario de la Juventud Cubana hizo su mejor esfuerzo al inicio para enmarcar las coordenadas condenadas del reguetón, si bien luego, con el paso del tiempo y el dinero, se han intentado bastantes atisbos de tolerancia.

¿Por qué la intelectualidad cubana tendría que pensar o al menos sopesar al reguetón? ¿Porqué no es el reguetón quien se entromete con los estribillos teóricos del campo cultural? Pensar es posesión. Queremos meter todo fenómeno en la cintura civil del poder. No soportamos quedarnos fuera de los flujos de sentido que, a su vez, son fuente de capital. Sabemos que podemos legitimar o estigmatizar a un género musical que, mientras más boconea y se pega en el pueblo, más mudo e indefenso parece ante la institución siempre un tanto inquisitorial. Tanteamos, por el momento (nos hacemos los tontos). Todavía es temprano para dictar sentencia y tal vez nos toque antes una buena tajada del pastel.

El reguetón me cautivó siempre como violencia lingüística, como distorsión de la norma cubana (cabrerainfantismos inconscientes o captions traducidos acaso del filme La Naranja Mecánica). Toda fuga o vaciamiento del idioma me fascina, aún cuando se cierre sobre sí misma y no le explote en plena cara al consenso social.

En términos de terrorismo textual, la jerga reguetonera territorial en verdad prometuvo mucho más de lo produció, pero en Cuba esa ineficacia lejos de ser pecado, a estas alturas ya debiera ser un acápite constitucional. No llegamos a límites libertarios. Nos pasamos, sí, pero sólo de un conservadurismo pesado, jamás pasado de moda. Cuba como comodidad.

Las extrañas sagas familiares de los primeros textos que mal recuerdo, con sus retorcidos edipismos y ciertos lugares comunes criminalescos, pronto fueron disolviéndose en la simpatía mediática de la caricatura. Los temas terminaron antes de ser explorados, incluso antes de resultar interesantes para nuestra más intranquila intelectualidad (valga el oxímoron).

Quedaron entonces los tics eternos de la cubanidad: el macho alfa desplantado o depredador, la hembrita avara y voraz, el consumo a barra abierta (el CUC como medida de todas las cosas, el fula como única efemérides efectiva), desmemoria antes que martirologio, hedonismo antes que historicismo, cierta "permisividad sexual" y mucho "relativismo moral" (que aún le dan pánico al coro crístico de nuestras iglesias insulares), y etcétera estético que pasa por la iconografía: ropas de marca, tatuajes, joyas, carros de lujo, mascotas de raza, la orgía en masa como subrogada de la organización de masas; en fin, un asalto a todas esas delicadas desviaciones que la élite ideológica ocultó durante décadas por instinto austero de conservación.

Al ser autorizado (salvo excepciones) a reproducirse en los medios oficiales, el reguetón pagó el peaje de la popularidad (lo cobraban, por la izquierda —y me perdonan los de izquierda aquí presentes esta mala metáfora—, los locutores y productores radiales, entre otros nuevos actores del post-socialismo cubano del siglo XXI). El Quinquenio de Oro de este género no se manchó los dedos con la tinta de los "mejores bolígrafos de la República", como se han hecho llamar sus letristas un poco al estilo de las best minds of my generation de Allen Ginsberg: mucho aullido y pocas censuras. Más bien, récords de asistencias y precios prohibitivos para sus espectáculos tipo valla de gallos pero de vodevil. No perdía nadie. Ni siquiera quienes perdían la cabeza para perder luego la ropa en público como clímax corpóreo del show corporativo (hubo hasta quien involucró su piel en el primer tatuaje comandantesco en las cinco décadas discursivas de la Revolución).

Precisamente entonces, tras la primera muerte putativa de Fidel, fue el Estado cubano quien comenzó a descubrirse fuera del juego, victimizado presupuestariamente, arreguetonizado por una industria emergente mucho mejor que todos sus funcionarios. Los billetes corrían entre la corruptela y la legalidad, entre las disqueras clandestinas y los videoclips de la televisión nacional (contaminando a artistas y técnicos cada vez más profesionales), entre la Makumba y Miami (es sólo un ejemplo), y el poder no sabía cómo boicotear ese short-cut directo al futuro no, al futurísimo.

Los peritos quién sabe si de la policía política (es sólo otro ejemplo) echaron mano entonces a sus marionetas ministeriales. Aquí o allá en cada semestre surgía alguna conferencia magistral que increpaba al reguetón en el sacrosanto nombre la educación de la plebe, esa tara fascistotalitaria de la demagogia disfrazada de pedagogía. Cuando el Premier de la Cultura se personó en una Mesa Redonda de Cubavisión Internacional (que es nuestro Parlamento de facto ante el mundo), se eligió una cabeza de truco y fue simplísimo deconstruir los restos de un argot que ya apenas balbuceaba sílabas genitales.

Caso cerrado, circo cómico, aom semántico de semen cíclico: chabacanería, lujo, lujuria, lamentable, vicio, consumo de tóxicos, banalidad, cursi, quincalla, atuendos exagerados, bagatela (pónganse el calentuqui, desarmen el bayuti y escúpanlo tuti de la bocuti, porque llegó la dictatuti y mandó a paruti).

A la nueva clase de no consumidores del reguetón le asiste todo el derecho de defender el statu-quo de su gobernabilidad ad infinitum. A falta de intentonas intelectuales, la Transición en Cuba bien hubiera podido colarse en el background de barrio del último tam-tám. Era necesario un escarmiento para exponer la insolidaridad del gremio (ni una sola recogida de firmas contra la censura), y desocializar de paso a sus líderes de mayor éxito.

Ahora, en la segunda etapa del reclutamiento retórico del reguetón como palanca estatal, seguro se llegará a un pacto mutuo en términos de impuestos y resoluciones contra los morosos e infractores, códigos de ética y sanciones incluso hasta por causas gramáticas, salarios simbólicos empresariales y permisos en los pasaportes para partir y retornar con plata a la patria, más las consuetudinarias carteleras comunitarias, claro, y acaso estos coloquios y cátedras donde legitimar o estigmatizar a este hijo idiota de la posmodernidad que, mientras más perrea y se promiscua en el pueblo, más mudo e indefendible lo dejamos ante nuestra inquisición siempre un tanto institucional. Tanteemos, por el momento (hagámonos los tontos). Nunca es tarde para dictar sentencia y creo nos tocará antes una buena tajada del pastel.

1 comentario:

Puta Armienne dijo...

Como mismo dices "mejor bayuti que dictatuti", yo digo mejor puta que comunista.