viernes, 27 de abril de 2012

DULCE MARIA LOYNAZ 1997-2012


EL DULCE NOMBRE DE LA MUERTE MARÍA
Para MT y MJ
Orlando Luis Pardo Lazo

En los años noventa, iban los grandes pájaros y le rendían pleitesía de aura, como si ella fuera una diva de la televisión cubana, una marioneta de María Antonieta. Iban hasta su casona de El Vedado a pajarear en aquella pajarera en ruinas al margen de la Revolución, águila imperial incluida. Iban sin leerla o leyéndola muy por arribita (por arribismo), deslumbrados sin causa, diletantes sin casa, con sus aplausos de analfabetos que son el peor ostracismo para un autor. Iban, también, a robarle un trapito de lujo usado por ella, a arañarle algún dato anecdótico con que luego darse caché, a sacarle un autógrafo vendible en dólares, fetichismo geriátrico con los restos reumáticos de la República. Yo no, yo quería pero nunca fui a la casa que no existía de Dulce María Loynaz.

De hecho, tenía confundida esa mansión. De niño, mi padre me enseñaba una casi finca muy próxima al mar y, no sé por qué, al leerla yo asumía que ella aún vivía encerrada allí (para colmo de fantasmagorías, se trataba en efecto del caserón decrepitizado de su novela Jardín). De adolescente, a mi madre María le gustaban los Poemas Sin Nombre de la anciana Dulce María: disfrutaba su suave religiosidad, su temerario temor de Dios, su desolación de mujer sin prole bajo los cielos proletarios de Cuba. De adulto nunca he vuelto a sus versos, ya sólo me interesa lo dicho en prosa por los cubanos.

Cuando estudié Bioquímica en la Universidad de La Habana, Duce María Loynaz del Castillo fenecía en su boom pasado por un Premio Cervantes entre la corona de España y la mano post-marxista de Lisandro Otero. Sus poemitas, antes tildados de decadentes y aburguesados, de un torremarfilismo ridículo según la crítica comunista (incluida su contraparte católica del Sobreviviente en Jefe del grupo Orígenes), volvían a editarse o veían la luz por primera vez en el país. Se rodaron documentales pésimos, pero con dos o tres planos donde cristalizaron sus lágrimas de cara a la eternidad, su desesperación ecuánime, su entereza ante el horror de una carne ya sin hormonas, su dolor indecible por ser el último testigo de una familia de otro mundo, de otra Cuba. Aparecieron impúdicamente las cartas, como es costumbre post-mórtem. Y también algunos pertinentes parientes. Más el Historiador o acaso Atesorador de la Ciudad. Y de paso vio la luz un conato de autobiografía conmovedor, por la grandeza de la fe con que aborda su propia debacle, y por la fidelidad con que supo hacer silencio sobre los asuntos sucios de los suyos (excentricismos, homosexualidades, elitismos, adulterio, exilios y otros etcéteras con problemas ideológicos).

La casona de 19 y E es hoy un bastión desbastado por la gubia de la cultura gubernamental, incluidas mis lecturas y publicaciones allí, cuando OLPL era un escritor paladeable por los talibanes del Ministerio de Cultura y el Instituto Cubano del Libro. De no haber sido remodelado/decomisado, igual ahora sería un solar vandalizado por un populacho de pánfilos para subastar hasta sus ladrillos en el exilio ilustrado (así y todo, es sabido de manuscritos sacros que se fugaron, junto a cierta estatuaria fuera de todo inventario). De todas formas, qué importa, si total, Dulce María ya nunca más estará. Su muerte tiene el don de ser una muerte sin mayor mito. Su gloria no pasará por momificar la memoria de unos huesitos que nacieron y murieron con su siglo. Lo escrito (por ella y por mí), escrito está, ahora y hasta el fin geopolítico de nuestra Isla.

Mi madre María ronca dulcemente su enfisema. Ella también escribe, décimas de guajira que son un puro lugar común (y que por eso mismo me dan tanta lástima y tanta conmiseración: sé que nunca las olvidaré). Mi María hoy, viernes 27 de abril, ha sobrevivido por escrito quince años a nuestra otra María. Se parecen las dos dormidas. La boca sin dientes, los labios de flor arrugada de lis, cubanitas hundidas en esa angustia pesadillesca de la alta edad, a donde sus hijos no llegaremos pues ha sido secuestrado el injusto tiempo humano de nuestra nación. Los párpados perplejos, la cabellera de plata (metáfora obligada), el cuerpo enteco buscando su medida en una caja, con o sin el sudario tricoloro nacional (ese trapo heroico).

Y es la noche otra vez allá afuera, con sus ruidos de chimeneas y alarmas y ladridos. La madrugada en pleno siglo XXI con sus guijarros y estrellas. Con su río Almendares mansamente albañal. Con sus pájaros de ningún agüero a estas alturas de una historia sin histología. La noche cubana inconcebible. Hermanitas convertidas en cadáveres ya sin nombre y sin fecha: sin madre, sin mujer, sin muerte.

Sin Marías.