NOCHE DE
ESTA NOCHE
Orlando
Luis Pardo Lazo
Leer a Víktor Frankl en una esquina habanera es un acto
de temeridad. Esos vieneses siquiátricos nos pueden trastornar todavía más, en
tanto deshabitantes de una nación desaparecida. Habana, no nos dejes salir del
hechizo histérico de nuestra depresión. Cuba como catatonia.
Son las ocho de la noche y parece que ya son las doce. Es
un miércoles de muerte. Se hace un silencio atronador. El aire es denso y
amarillo, como pus volátil. Los árboles se doblan bajo el peso de una tristeza
sin otra causa que el desamor, la cobardía y el odio. Yo tampoco escapo de ese
trío en fase terminal. No debería estar vivo a estas alturas de la historieta.
Sobrevivir ha sido mi peor humillación. No amo, soy cobarde, los odio. A ti,
no.
Leo y luego pronuncio en voz alta para nadie, sentado en
la bodega en ruinas de 21 y F, esperando la nada, a nadie: “El prisionero de un
campo de concentración tiene un miedo brutal a tomar decisiones o adoptar
cualquier tipo de iniciativa”.
El austriaco, por supuesto, está hablando de mí. Su
logoterapia a esta hora del mundo es perfectamente disfuncional. Cuba no cabe
en un campo de concentración. Cuba es en todo caso un campo anti-gravitatorio
de dispersión pura, magnetismo inverso, la evanescencia de la memoria, un
olvido sin biografía, país sin personas en estado absoluto de ingravidez. Ayúdame,
en el nombre desconocido de Víktor Frankl. Déjame en el tuyo propio,
irreconocible.
Espero, mando mensajes por mi teléfono móvil. El tiempo
se colapsa entre texto y texto. Qué desolado todo. No recuerdo quién yo era. No
sé ni a quién me dirijo. Y, sin embargo, no puedo dejar de pensar. A mi
alrededor pasan cosas, objetos, sonidos sordos. Es un teatro de operaciones,
una escena de justo antes de la bomba nuclear. Es hermoso este fascismo de
marionetas del siglo XXI cubano. Estoy atrapado en una imagen única el
laberinto, en una especie de subrogada salvación. Me lo temía desde el primer
fogonazo, en un verano asesino. Debí desaparecer, no insistir. Estoy perdido. Huyo,
pero soy incapaz de escaparme. Las vísceras no me lo perdonan. Tiemblo. Es
obvio. Recupero el ritmo rabioso de mi corazón, caballo a patadas bajo mis
costillas. Verte, vértigo. He resucitado. Lo siento, es cierto. Me enamoré.
Cierro “El hombre en busca de sentido”. A la mierda el
mundo. Muera el amor. Me voy. A ninguna parte. La vida siempre está en ninguna
parte.
Penetro como un fantasma en los aleros aéreos del Edifico
Arcos, buque tenebroso de otra época no menos criminal. Esto se cae. La
arquitectura, la noche incipiente, la ciudad desierta, desertada, los restos de
mi país, tú. Todo cae por su propia falta de peso. Yo pensaba que nunca me iba
a deslumbrar nadie en este simulacro de ciudad. Estaba equivocado. Yo pensaba
que la luz no tenía velocidad. Que las partículas elementales no lo serían
tanto: elementales, inevitables. Que los astros no reirían otra vez. Entre otras
metáforas ridículas, como le corresponde siempre al amor cuando no es de Cuba,
sino de una Cuba que acaba. Estaba tan equivocado.
En las escaleras de abajo, una hembra se sienta a
desenredarse el pelo. Largo, larguísimo. Negro. Ella es india. Se abre de patas
y le veo en la distancia su ropa interior. Un blúmer azul. Pujante, magnánimo,
cogiendo fresco antes de perderse de nuevo en la luz mortecina de su cuartucho.
El nacimiento del mundo entre sus ancas de aborigen creek, sexo sioux. La
deseo de inmediato, pienso, ojalá levante la vista y me haga una señal obscena.
Tras las rejas, de cara al vacío, asoman unas ancianas inmemoriales, no pocas
de ellas en sillas de ruedas. Mugre, milagro, mentira, muerte y más muerte. Me
siento tan viejo, pienso: somos una cofradía de cadáveres caídos como de otra
época. Un flaco larguísimo arrastra sus dos jabas plásticas de basura hasta el
latón desbordado, los brazos enclenques abiertos en cruz como un cristo de
espantapájaros. Preferiría no haber nacido antes que terminar siendo él, pienso:
tal vez sin saberlo ya lo sea. Bajo el poste, unos muchachones hablan sin
camisa en un recodo de las arcadas. Negros al por mayor, a la carta, al
cuadrado, al cubo, a la cuba. Me miran con sospecha. Soy una piel pálida desconocida,
a lo peor hasta vengo aquí como delator. Y están en lo cierto, mi desasosiego
es el de un espía perverso. El de un niño monstruoso y solo que apura el paso,
por si acaso, por si las moscas, por si los gusanos, por si tú. Estrujo a Víktor
Frankl en mi mochila y por fin sigo de largo.
Sudo. Hiedo. Llevo un día entero en las calles cubanas.
No sé si sea un privilegio que medio exilio nunca tendrá. Para mí, es una
maldición. Qué digo. Me contradigo. Atravieso patios colgantes interiores.
Salgo a una acera sin identificación. Es la calle 19, una de las más bellas de
todo este barrido barrio de El Vedado.
Sobre el horizonte, cables y rascacielos enanos. Pongo
música clásica en mi iPod. Me hundo hasta el fondo de mis audífonos. Raspan las
cuerdas de un cello, las pulsan con violencia, pero la melodía es tan tierna.
La belleza comete todo tipo de abuso atroz. “Allí nadie vivía sin que otro
muriera”, lo mismo en la Europa de la guerra mundial que en los Habanalager de un exterminio espiritual
del que ningún siquiatra sacará por escrito sus analíticas conclusiones.
Pasa La Habana viva ante Orlando Luis y sus ojos
inevitablemente comienzan a restallar. Parpadeo, emano brillo. Soy una mueca de
gas, la angustia coagulada en mi garganta, pómulos y bajo el esternón. Acabo de
acordarme que estoy muerto y sólo por eso soy inmortal. Lloro. Lloro mansamente
y sin lágrimas. Perdón. Es democráticamente mi derecho. Mi cuota de
incivilidad. Ahora ya sé que voy a ser un testigo de estos tiempos intolerables
hasta su mismo final. Ven. Me quedé. Respiro. El paisaje poco a poco se refleja
invertido dentro de mis pulmones. Y me alejo, energía estéril entre los carros
de alquiler y buses de la Calle G, libre por fin, iletrado, por donde tú nunca
llegaste. Por donde mis huellas mañana te volverán mansamente a esperar. Estoy
domesticado, no pude evitarlo, “aunque los mejores de entre nosotros no
regresaran a casa”.
A la altura de G y 23, los Kameradenpolizei cubanos me piden el carnet de identidad. Mis pelos
largos y mi mirada extraviada en pleno paraíso bien merecen una identificación.
Un número. 71121011680. Una cifra desquiciada para que el Estado revolucionario
o el conservadurísimo de Dios sepan esta noche sin noche quién soy.
Tómenme, soy otro, soy de ustedes. Por favor.

3 comentarios:
No te me deprimas, primito mío, que queda mucho por hacer.
Gracias, OLPL, por esta nueva joya. Que sigan acompanandote las Musas y dandote aliento los Dioses.
Camilo
Invitación
Yo soy brasileño, y tengo un blog, muy simple.
Estoy lhe invitando a visitar-me, y se posible, seguimos juntos por ellos.
Fuerza, Alegría y Amizad.
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