sábado, 28 de enero de 2012

DEL COMBATE CORRED, PORTENTOSOS PORTEROS


LA MUERTE DE LOS PORTEROS

Orlando Luis Pardo Lazo


Nadie en Cuba piensa en ellos, por supuesto: son los primeros porteros muertos anónimamente en cada aventura patriótica de nuestros pistoleros más mediáticos.



Está el portero del Cuartel Moncada (es sólo un ejemplo), en una posta etílica de la madrugada carnavalesca de Santiago de Cuba, un domingo de julio de 1953, cuando el pueblo cubano se disfrazó de soldadesca de la dictadura para gozar también de una licencia para matar.



Y está, en esa misma década indecente, el porterito a ras de primavera del Palacio Presidencial de La Habana (es sólo otro ejemplo), con su vientre abierto de vísceras por el fuego traicionero de estudiantes saltando de un troyano camión de repartición de flores (augurio funerario).



Son más, por supuesto, muchos muertos merecidos más: esos son los prescindibles habitantes de nuestra Historia, los marcados para morir sin decir ni pío (y sin que ningún erudito impío se atreva a decirlo por ellos tampoco).



Menos aún nos incumbe la suerte de sus madres ancianas dejadas sin hijos y sin derecho a reclamación (víctimas enmudecidas por el horror), ni sabemos nada de sus parejas enviudadas temprano por la aventura de los tétricos tiratiros (tipos sin puntería, al parecer, pues jamás han matado al que alardeaban matar), ni vale la pena pensar en sus proles dejadas huérfanas en nombre del proletariado de este país, siempre tan presto a la hora de despingar (pero incapaz de producir, por ejemplo, una sola familia feliz).



Hoy 28 de enero, sábado suicida en que uno siente ganas de ocupar la plaza pública o subirse a una estatua mártir en el Parque Central y gritar "qué triste es todo" mientras nos hacemos pipi de puro pánico, recuerdo a esta plaga promiscua de porteros, a esos seres o ceros humanos que pagaron el precio de nuestro presente con sus cadáveres medio analfabetos a medio camino de la vida.



Nadie les preguntó nunca nada. Pum pum y punto. A una fosa infértil y sin fechas ( - ). Borrón y hombre nuevo. Eran peso muerto de la patria entera embravecida. Envilecida.



Es tan difícil entonces permanecer parado esta tarde tediosa en la puerta de mi casa.

viernes, 27 de enero de 2012



RÉQUIEM POR HUMBERTO ARENAL


Orlando Luis Pardo Lazo


Me lo señaló el escritor cubano Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD). Humberto Arenal acababa de premiar un libro mío de narrativa (Collage Karaoke) en el Concurso "Pinos Nuevos" del año cero o 2000. JAAD me dijo: "Ve y preséntate tú mismo. Ese viejito es el último testigo de otra época".


En verdad se veía muy viejito, enflaquecido, con su garbo un tanto anglo y ciertos dejos de lord. Un hombre con estilo, en medio del patio central amorfo del Instituto Cubano del Libro.


Me le acerqué. Hablamos. Fui varias veces a su apartamento en el edificio de Infanta y Manglar. Él siempre cordial para con un principiante tardío, como era yo, elogiando mis "condiciones para contar". Luego hasta fuimos Jurados juntos de otro certamen literario (sus criterios eran demasiados aburguesados a esas alturas de su vida: detestaba el realismo sucio por causas extra-literarias que él consideraba literarias). Todo fue acelerado. Todo consumido en el transcurso de un año. Entonces escribí mi cuento "Réquiem por Humberto Arenal", ganador de una Mención en el concurso de "La Gaceta de Cuba" (diciembre 2001), y nunca publicado a petición mía.


Fui y se lo dejé a Humberto Arenal tan pronto como se hizo público el anuncio de mi Mención. Y ese fue el fin.


Recibí llamadas amenazantes de él y del entonces esposo de su hija. Mi cuento era una mierda ofensiva. Lo insultaba. Me burlaba de su vejez. Lo ridiculizaba en su relación con los muertos. Me metía con su sexualidad. Se me aguaron los ojos (yo estaba en el teléfono público de la bodega de 21 y H, en El Vedado, nunca lo olvidaré). Sentí pena por mí y por él, por la Cuba que nos caería encima, por no poder jugar al límite en un texto donde yo usaba su nombre de puente entre los vivos y los muertos, caricaturizando no sólo su estampa doméstica sino a toda nuestra ciudad literaria, cenotafio de cadáveres cobardes y secreticos insepultos. Creo que su familia influyó en aquella loca lectura.


La llamada del yerno fue menos dolorosa: sólo me amenazó físicamente y también con denigrarme en público en un programa que él conducía en la televisión nacional. La permanente epidemia de dengue que pulula en La Habana lo impidió o al menos lo disuadió.


A ninguno le pude pedir ni perdón. Me colgaron. A pesar de mi promesa de no hacerlo público nunca, Humberto Arenal llevó mi cuento a una Comisión de Ética en la UNEAC, aunque entonces yo aún no pertenecía a la UNEAC. Ignoro los resultados, pero al parecer fue favorable a mí. Luego vino su Premio Nacional de Literatura y me alegré secretamente por él. No se lo merecía en un sentido. Pero se lo merecía en muchísimos otros.


Desde entonces me dediqué a leer a Humberto Arenal (publicó bastante en la última década). Me encontré incluso un ejemplar príncipe de la por él llamada "primera novela publicada en la Revolución": El sol a plomo. Tenía excelentes cuentos, suficientes para inmortalizarlo en nuestro contexto. Pero sus textos de largo aliento son sin excepción muy muy muy débiles, alguien debió impedírselo (Reinaldo Arenas en "El color del verano" deja esa tarea en manos de Virgilio Piñera). No opinaré sobre otras zonas de su creación. Como todo intelectual que no provocó una ruptura, su corrección ya no me convoca (no soy su lector, evidentemente, como él tampoco era el lector de "Réquiem por Humberto Arenal").


Qué lástima.


Otros azares y personajes tejieron nuestros desencuentros siguientes, donde siempre nos esquivamos con diplomacia. Jamás cruzamos otra palabra, como si fuéramos políticos antípodas en lugar de dos escritores.


Qué lástima, maestro.


Mi cara cambió tanto que tal vez él ya no me reconocía. Humberto Arenal también lucía más radiante por momentos. Verlo vital y lúcido siempre me daba ánimos, sobre todo cuando comenzaron, hace bastante, los rumores carroñeros sobre esta o aquella enfermedad.


Cumpliré hasta mi propio final la promesa de no publicar nunca mi cuento de 2001 "Réquiem por Humberto Arenal". Sé que en el exilio cubano se conserva una copia (el exilio como causa y consecuencia de todas las cosas), y pido respeto hacia esta vocación póstuma de dos cubanos cabales que no conseguimos colegiar nuestras maneras de crear o acaso interpretar.


Adiós, pues, Humberto Arenal. A nadie le queda ya demasiado tiempo. Los parajes finales de mi cuento apocalíptico se trocan ahora con el realismo. Permanecemos en un páramo patrio. Nada nos consuela. Tu generación, no sólo de escritores sino de gobernantes, no nos va a dejar ni una pizca de país para después respirar.


Adiós, pues, Orlando Luis Pardo Lazo.

miércoles, 25 de enero de 2012

NECESIDAD DE TRANSFUSIÓN DE SANGRE O-NEGATIVA

www.revolico.com/servicios/otros/necesidad-de-transfusion...

Una emergencia quirúrgica familiar y un faltante de O-Negativa en el
Banco de Sangre me obligan a solicitar ayuda pública humanitaria para
un ser querido cercano.

Gracias!

María Lazo, 698-82-69

NECESIDAD DE TRANSFUSIÓN O-NEGATIVA

www.revolico.com/servicios/otros/necesidad-de-transfusion...

Una emergencia quirúrgica familiar y un faltante de O-Negativa en el
Banco de Sangre me obligan a solicitar ayuda pública humanitaria para
un ser querido cercano.

Gracias!

lunes, 23 de enero de 2012

GREEN RIVER REPRESSION

WENDY AL DESNUDO

MUERA LA MUERTE


MUERA LA MUERTE

Orlando Luis Pardo Lazo


"Si tenemos que matar, matamos". En los años noventa en Cuba oí en más de una ocasión esa sentencia, siempre en voz de los policías en trance de represión, nunca represión política sino por conflictos de tipo tumultuario, incluida la noche de los cristales rotos en un cine en pleno Festival Latinoamericano de La Habana.


Corrían entonces los años más ríspidos del Período Especial en Tiempos de Paz. Tras el cambio de siglo y milenio no recuerdo haberla escuchado de nuevo. Al principio, me ilusioné con la educación cívica y humanística que pudiera estar recibiendo la Policía Nacional Revolucionaria. Luego empezaron a aparecer testimonios de que el copyright de la frase había pasado a los interrogadores de los cuerpos secretos de seguridad. Finalmente se hizo obvio el anacronismo implícito en aquella construcción gramatical. Técnicamente, "tuvieron que matar, y mataron". Me atrevería a conjugar que "tendrán que seguir matando, y matarán".


Ahí está la Pena de Muerte para probarlo, ese eufemismo fósil de nuestro obsoleto Código Penal, tan flamante como al inicio de la Revolución cubana. Lo cierto es que no es penosa para nada la muerte legalizada entre nuestro populacho. En los últimos meses, dada la vertiginosa espiral de atracos y crímenes en la capital, se escucha como al azar que Raúl Castro tendrá que aplicar con mano dura el "palito" (es decir, el fusilamiento del reo atado a un poste, una práctica que el actual Presidente ejerció).


Año tras año se me acercan con culpa los colegas remanentes del campo científico o cultural (soy bioquímico y escritor). Vienen a despedirse del país en mi persona, preocupados por un destino desperdiciado (el mío; el del país ya a ninguno le importa). Paradójicamente, con no poco dolor, a todos les recomiendo sin remordimiento que dejen a Cuba atrás. Que salvando sus vidas se salva la memoria imaginaria de nuestra nación. Que la Cuba del alma sólo puede sobrevivir bien lejos de la Cuba del cuerpo. Que nadie merece ser verdugo ni víctima en esta masacre de baja intensidad. Ni siquiera testigo.


Tres décadas después de los asqueantes actos de repudio cuando el éxodo masivo por el puerto del Mariel en 1980 (los viví en la carne pioneril de la primera muchacha que amé), coincido increíblemente con las consignas gubernamentales de entonces: ¡Que se vayan, que se vayan...!


Me asiste un motivo de fuerza moral superior. Creo en la inviolabilidad de la vida humana (y de toda forma de vida) y sé de sobra que muchos de mis colegas terminarían en Cuba condenados a ostracismos que podrían radicalizarlos y granjearles una condena carcelaria para la que no están en absoluto preparados y donde lo más natural del mundo sería morir (por la violencia rampante entre los reclusos, por las enfermedades incurables en esas condiciones tan cómplices, por la tristeza terminal de un destino desperdiciado (el de ellos; el mío ya no me importa).


A nuestros demagogos así en la Isla como en el Exilio les cuesta dinero reconocerlo, pero la transición democrática en Cuba primero ha de ser demográfica. De hecho, más de un quinto de nuestra población es ya cosmopolíticamente libre. Contadísimas republiquitas de Latinoamérica pueden vanagloriarse de semejante índice civilizatorio.


La tierra natal no tiene por qué ser también tierra de cementerio. La lógica liquidadora impuesta a las masas desde la élite es tan insultante como inevitable y se confunde con la lógica liquidadora impuesta a la élite desde las masas. No hay vida verosímil en ese clima crispado a perpetuidad entre la arrogancia y el despotismo. Cuba como carroña. Si tienen que matar, que se maten entre ellos, compañeros.


En este punto mis colegas puntualmente me abrazan llorando de agradecimiento y se van. La sensación que me dejan es la de haber sido su salvador. En serio. El Estado cubano estigmatiza a muerte. Yo los exilio a la vida.