lunes, 5 de marzo de 2012

FÁBULA NO, FABULOSO



SÓLO TU ROSTRO ES DE FÁBULA

Orlando Luis Pardo Lazo


No quiero volver a hablar de cine cubano hasta dentro de dos mil años. En los largometrajes de nuestra industria oficial se suceden los guiones de palo, con una realidad que apenas logran creerse los actores que la encarnan. Tal podría ser el caso de Fábula, película de Lester Hamlet (2011) que se inspira en un relato antiguo de Alberto Garrandés. Podría ser el caso, pero no me importa. Porque hay cosas mucho más importantes que repetir una y otra vez lo mismo: no sabemos narrarnos en el audiovisual. Estamos llenos de tics.


La política, por ejemplo, es un tópico que me fascina. Y el cine cubano es soso al respecto. Zonzo.


Sin embargo, en Fábula hay una veta inusitada de politicidad. Y es el rostro fabuloso de su actriz, que, como los milagros imaginarios, no deseo nombrarla para no despertar de ella.

No hay nada más peligroso que una cara dispuesta a darse, a actuar de cara a la masa sin rasgos que por sí sola no podría experimentar ninguna emoción.


He debido recorrer el archivo digital como un poseso, tanteando primeros planos de ese rostro súbito y con currículo de ADN, encuadres inesperados, soledades y risas, mirada telefoteada o abierta de par en par por las diagonales obscenas de un ángulo ancho, frente de hangar (promesa de una corteza cerebral de lujo, de lujuria), pelos al azar, y he debido para colmo renderiar tales facciones con su voz. Una voz que sólo podría encajar con semejante geometría cefálica de cubana joven. Muy joven. Demasiado para no resultar memorable.


Si en Cuba existiera el star-system, esta columna no tendría que ser tecleada. Otros fotógrafos de mayor garra ya hubieran ubicado a este talento adormilado en la zona de fuego de la libertad de expresión, al límite de cualquier osadía o mercado (que muchas veces son sinónimos). Adormilado, literalmente. Almendrado, socarrón, de semilla dura que debe ser golpeada por una dramaturgia fuerte antes de deshacerse en llanto o rabia.


No diré más. Yo me entiendo. El título de esta película traiciona todas las intenciones del relato original. Pero, pensándolo mejor, acaso se refiera solo al rostro de su protagónica, a esa ilusión en ciernes, a esa futuridad prometida y que nunca estalla dentro del film (nunca cruza el espejo del realismo ramplán).


Sólo ese rostro es de fábula, de biblia, mítico. Joya clave de relojería que pide con urgencia representar otra historia íntima y epocal, privada y politiquísima: la gran película imposible hecha en Cuba, para no extenderme más.


He debido, por lo demás, enamorarme como corresponde a todo fenómeno fabuloso que me sorprende justo cuando más resabiosa se iba poniendo mi retórica. Lo siento. Aflojé mi prosodia de pedradas patrias. Ahora debo empezar de nuevo. Desde cero (acaso la vocal de mi nombre con O). Desde la letra A.