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sábado, 5 de mayo de 2012
DE LA HABANA AL CIELO A LA NADA
LA MUERE ES VERDAD CUANDO SE HA CUMPLIDO MAL LA OBRA DE LA VIDA
DE LA MUERTE A
LA MUERTE
Orlando Luis
Pardo Lazo
Fue una generación muertera. Pusieron por delante su propio
cuerpo y, por supuesto, también el cuerpo impropio de los demás: esa masa amorfa,
el pueblo o como se le quiera demagógicamente invocar... En Cuba la acción
social, a favor o en contra de nuestra patria tan pétrea, siempre se ha
vinculado al gesto patético de perecer.
Un piloto y guerrero mítico cubano, un hombre de
revoluciones tomar, Pedro Luis Díaz Lanz, se mató con 81 años en la pobreza
atroz de Miami, en una esquina de esa Cuba criminal que nos acompaña a todos
hasta el camposanto.
No será ni el primero ni el último (en su familia y en
su país hay una sabrosa tradición luctuosa al respecto). Lo mismo historiadores
que protagonistas de la historia. Lo mismo machos que mujerongas. Jóvenes o
vejestorios. Enfermos terminales o atletas sanos. Locos o cuerdos de remate. En
circunstancias oscuras (sospecha de asesinato mafioso o estatal o ambos) o en
el medio de la cosa pública (acaso cosa pútrida). Lo cierto es que, después de matar
hasta donde nos sea posible matar en vida, tarde o temprano los cubanos
cómplicemente nos matamos.
Una generación muertefílica. De mentes en son de
muerte. Todo embalado en la discursiva distinguida de la democracia por venir o
en la retórica rabiosa de una Revolución retro. Un asco.
Ese es el verdadero mensaje a las nuevas generaciones:
mata o mátate antes de que sea tu compatriota prójimo el que te mate.
Por suerte, por azar inexplicable de dios o su
ausencia crónica, la mayor parte de esas nuevas generaciones no escucha, no
lee, no recuerda ya nada de sus mayores matones. Esa desmemoria es el primer
paso hacia una vida verdadera, sin inmolaciones inútiles que cada cual ha manipulado
cómplicemente a conveniencia. Ese estado de ignorancia es como un período
transitivo hacia la salvación de los cuerpos cubanos, que hace ya bastante nos merecemos
un buen rato de placer sin patria, sin sepultureros de prosapia política.
Descanse en paz, Pedro Luis Díaz Lanz y todo un ejército
de condenados al cadalso de morir la vida. Yo, desafortunadamente, todavía
recuerdo la eufonía terrorífica de tus apellidos en las conversaciones durante
las comelatas en familia de mi infancia. Eran los años setenta en una Cuba
comunista, rural, rasa y rusificada. Y aquellos vuelos de volantes y anti-aéreas y desembarcos
y fusilados y ametrallamientos y la calamidad o el crimen de Camilo y los
condenados de La Cabaña y envenenamientos y analfabetos con grados y sabotajes y las boronillas del
techo de tablas cayendo sobre la comida cuando la explosión de La Coubre (lo
contaba mi mamá, con el mismo entusiasmo con que mi abuelo narraba la debacle del Maine) eran
parte de nuestra atroz cotidianidad.
Yo tenía seis o siete años, no más. Y juré que
escaparía de semejante parafernalia de puerco con cervecita y cadáveres humanos.
Perdónenme, no lo he logrado.
Publicado por
Orlando Luis Pardo Lazo
en
10:50
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lunes, 30 de abril de 2012
BUSCANDO DESESPERADAMENTE A CAMILA
Publicado por
Orlando Luis Pardo Lazo
en
14:50
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Camila Vallejo,
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