lunes, 28 de mayo de 2012

TU NIÑA



TU NIÑA...
Orlando Luis Pardo Lazo

Infinitamente más lúcida, más siglo XX, menos cobarde que él.

Infinitamente más bella, más puta, menos reaccionaria que ella.

Infinitamente mejor que él e infinitamente mejor que la mujer con que se matrimoniaría por miedo.

Era una Virgo de 17 años, una virgen latinoamericana (no por gusto se llama María), una visión de las suculentas selvas de Guatemala, popol-vahgina mártir de amor. Firmando en exclusiva para un José Martí veinteañero como nunca nadie en el mundo se iba a atrever, como nunca nadie lo poseyó: Tu niña...

"Tu niña", casi el título de una novela inescrita, inescribible. Era la hija de un general. Era la hija de un presidente. Quetzal que quizás debió ser la Eva de la entonces desconocida nación cubana (de la incluso hoy irreconocible nación cubana). Pupila que desde su pupitre se entregaba abierta en alma y carne, para que se la tragase y luego la pariera el torrentoso profesorcito Martí. Para que le partiera su vida en un antes y un después de él. Para que se la partiera a secas, a húmedas.

María García Granados, cristalización del tiempo y apócope de la verdad. No necesitaba ella de la grandilocuente oratoria de él. Le bastaba con saber mirarlo (minarlo) sin demagogia de adultos, ni deleite de adulterados, ni delito de adúlteros (y esto último Martí siempre lo fue: para colmo de calamidades, entre la culpa y la represión). Sólo ella supo el milagro genésico de salvarlo de sí, de impedir a tiempo, con la independencia de sus dos corazones inconcebibles, que se extendiera entre ambos la noche de las mil y una muertes que vino después (que vendrá todavía después).

Estoy seguro que se acostaron. Estoy seguro que lo hicieron de pie. En una escena pulcrísima de río, con una luz epifánica (epifálica), bajo la canopia copiosa como un ovario que cubrió los cielos del istmo (esclavismo, abolicionismo, autonomismo, reformismo, anexionismo, colonialismo, independentismo, imperialismo, republicanismo, liberalismo, conservadurismo, capitalismo, sindicalismo, socialismo, comunismo).

Estoy seguro que en semejante paraje se singaron más solos que la primera pareja del mundo, sin violencia y sin ansia, sin vorágine ni vileza (aunque luego la arquetípica bondad martiana no haya sido más que eso: dualismos despóticos donde democráticamente cabemos todos, a la par que no cabe nadie sino él, Él). Tiene que haber sido una cópula en más de un sentido asexuada, sin géneros (la niña-hombre que pudo ser ella clavada en medio de su eje espiritual por la mujer-niño que siempre fue él): Martí y María, machihembrados al margen de la historia de la humanidad contada por sus tan tétricos tribunos (y en uno de los más patéticos terminó convirtiéndose él).

Estoy seguro que fue en ese mismo río donde ella iría a tuberculizarse la primavera próxima, cuando él impotentemente traicionó esa libertad de pájaros procreadores, a cambio de un lecho de leches cortadas en la inquina íntima de toda alcoba matrimonial.

Martí la mató impunemente. Peor: la forzó a matarse desde su insolente inmunidad diplomática. Dos décadas decadentes después, él repetiría la misma fórmula de María con la patria que se inventó a falta de gentes reales a quien amar. Los apóstoles son eso: instigan por mero instinto de desaparecerse después. Fundan sólo para fundirse y fugar a la hora de la verdad. Y, en lugar de cuerpos cómplices de ser contemporáneos, dejan a cambio poemitas oportunistas con rima de dos por tres, prosodia de cumpleaños (memorizable por los niños y niñas que no son literales, sino apenas la esperanza literaria del mundo), versos de lo pacato a lo perverso, escritos en la madrugada mezquina de espaldas a su cónyuge por convicción, quién sabe si por conveniencia.

En fin, el joven José Julián eligió la palabra y no la persona. Ideas antes que vidas. La crónica del crimen: su contemplación en silencio, que es más cobarde que cometerlo (la retórica y no la redención). Acaso se consideraba demasiado grande para tener algo pequeño que hacer (y María era pequeña a pesar de ser tan alta, pequeñitota, meñiquisísima: porque tu niña... es también la promesa de nunca crecer).

Ahí quedó, con su epitafio él se hundió de estrofa en estrofa como ser humano con luz de futuro. Ahí quedó, cero humano opaco con su traje ingrávido y su calva de calvario, de incontables cadáveres en claustros de mármol, que en pleno siglo XXI seguimos ocultando en el closet de aquella Revolución. Tal vez por eso el joven Martí y Pérez no mereció dejar descendencia fecunda (voló como Matías Pérez, en genio y genes), pagando su discursivo don de impotente con el estigma de la esterilidad. Desamor con desamor se paga. Desamor con desamor se patria.

Perdónalo, María, porque él sabía demasiado bien lo que no hacía.