martes, 5 de junio de 2012

LORD ENZO GARCIA VEGA


¿Qué serán los Estados Unidos?

Una cajita china, cámara oscura de la libertad, un carrito loco.

Un parking-lot al por mayor, cosa publix, boarding home demócrata donde refugiarnos del horror: es decir, de la política Made In Cuba.

Lorenzo García Vega ha muerto.

Este hecho no amerita ni una línea de más.

Dejará de apuntar sus párrafos zen. Sólo eso. Quedará un poco trunco el disparate cubano de la Transición.

Por lo demás, hacía ya siglos que era un hombre de otra época, de otras barbaries, de otras angustias que le desfiguraban el rostro en aquella Habana donde Lezama cogía carros. Y culos (o pagaba por darlo, como por publicar impúberes poetas).

La poesía cubana ni se dará por enterada del caso LGV, como no se da por enterada de nada, como no ha visto pasar por escrito el fin de la Revolución.

En algunos órganos oficiales se publicará ahora una respetuosa esquela, escupitajo funerario sin sentido del borrón, de la jugarreta, sin el menor estilo de nuestro destartalo.

Homenajes. Dossiers. Comemierdurías de traje y corbata, casi con un cagüita de bombín.

Qué cheos somos, qué pacatos, qué entecos, qué origenistas.

A la espera dejó por construir un Disneylandia en la Sierra Maestra, que son nuestros Alpes albinos. Caballitos de Troya y catacumbas de utilería, Castricos pop-up, fusiladitos de fricción, tanquecitos de cuerda, libros de hojalata a cambio de una buena propina bajo el desaforado sol.

Hacía también siglos, desde la despingante década de los sesenta, LGV era el último de su generación. No lo sobrevive nadie. Al menos no un testigo.

Un joven amigo escritor, lector privilegiado y el único que reparó en Cuba en su muerte, tuvo deseos de soltarme un lugar común, casi un titular de corte republicano, pronunciado a través de nuestros teléfonos espiados groseramente por el gobierno: cada vez estamos más solos...

De ese aislamiento constitucional, de esa balcanización a estas alturas de la debacle, de ese silencio subsocialista, de esa insolidaridad insufrible, vamos poblando el desamparo de nuestro solar yermo. De esas chinches se compone el hábitat de nuestra colchoneta.

Cada vez estamos más solos porque cada vez estamos más cerca de los asalariados del Clan Castro, porque ya no quedan intermediarios, ni sobrevivientes, porque los uniformados de verde oliva no nos dejarán la opción de emigrar y hacernos explotar por un capitalista del Primer Mundo, empujando los víveres de otros en un mall, haciéndonos octogenarios en un ilegible estado de ineditez, como bebitos que todavía no saben leer (y mucho menos escribir).

Cada vez estamos más sórdidos. Lorenzo García Vega no se enterará de nuestro cadalso, no pensará nada de nuestra literatura por venir, textos intraducibles con los que congraciarnos con nadie.

Estamos condenados al canon de los triunfadores, de los eruditos becarios, de los revisteros con su obra integra en las grandes editoriales de España.

No fuimos más arteros que la policía política. No supimos deshacernos a tiempo de nuestra biografía. Tuvimos pánico. Fuimos pendejos. Nos queda tragar pastillas y publicar.