MORIR EN JUNIO Y CON LA LENGUA AFUERA
Orlando
Luis Pardo Lazo
La radiación solar en la Esquina de Tejas puede matar a
un adulto en poco más de una hora. O dejarlo con efectos irreversibles en sus
cromosomas. A un niño, podría calcinarlo en muchísimo menos tiempo. Minutos.
Eso es lo que nos queda de vida antes de combustionar uno de estos mediodías de
manera espontánea. Minutos. Cuba se acabó. No tuvimos tiempo de recuperarnos de
la agonía vertiginosa de la Revolución. La historia nos enchufó a un horno de
helio llamado siglo XXI. Moriremos como quería Martí en el XIX; caeremos como lo
cantaba el fascismo que en la Metrópoli del XX plagió al Apóstol: de cara al sol…
Siglas, siglos, sigilos. ¿Nunca va a nevar en La Habana?
Uno extraña aquellos reportes de viajeros europeos que
vieron escarcha en los mogotes jurásicos de Viñales, cientos de años atrás, en
la mentira arqueológica de nuestra isla todavía sin deforestar. Uno quisiera
que Cuba no hubiera emergido nunca del Mar Caribe, que fuera una costra
continental, un puñado de esponjas húmedas, un río de lava submarino, el jardín
de un octópodo donde la política fuera sólo el sueño de un dios que hubiera
rebasado su fecha de caducación.
He dicho. ¿Qué digo? ¿Estaré ya afectado por los fotones cósmicos
que ninguna atmósfera terrestre podría desacelerar?
De niño recuerdo los abriguitos raídos de invierno en
invierno (las palabras “corduroy” e “impermeable”), el talante gris de esta
urbe con cada cambio de fecha, cierto recogimiento de Primer Mundo que hacía tolerable
la inelegancia laborera del socialismo real. La luz era oblicua. Los mediodías
no rebotaban contra el concreto criminal, ni siquiera en agosto: mes de las
mayores exposiciones al sol en las playas. De adolescente, íbamos casi a diario
al mar cubano y en septiembre entrábamos tostados y sanos al aula. Éramos un
pueblo pobre, pero lleno de julioiglesias cutáneos. De noche, la luna era
abismal y la locura nos ponía a desnudarnos sin más sudor del necesario para
amar al otro.
Las cafeterías, las guaguas, las colas, las esquinas, las
fiestas en azoteas. La cercanía del prójimo parecía tolerable entonces. Hoy, en
los días finales del mundo, la luz límite nos ciega y separa. Nadie desea
escrutarse con tanto detalle bajo los cielos decrépitamente azules de la
post-patria. Crepitamos. Sólo los líderes en su aire acondicionado se conservan
intactos. Como momias de la Era Revoluciozoica.
¿Qué decían los aztecas del 2012? Porque fueron los
aztecas, ¿no? ¿Quién sabe leer un poco de cordura en el mareo materialista de
aquellos calendarios circulares? Porque eran circulares, ¿no? La desmemoria me
mata. Espero ser testigo del castigo estelar que nos hemos ido ganando aquí, en
pleno paraíso proletario. No moriré sin ver los crótalos de los cascarones
desplomarse como por un efecto de edición. Fachadas, columnatas, soportales,
bloques inmemoriales sublimados por la temperatura terminal que en breve nos
canibalizará.
Hoy toqué el contén de Monte y San Joaquín, territorio devastado
por las miradas mezquinas de sus deshabitantes. Juro que hervía. Juro que no
quité la mano. Me dejé quemar. Y ahora tecleo a duras penas con la cicatriz en
carne viva. Supuro una lechita deslavazada. He perdido buena parte de las
huellas digitales de mi diestra. Juro que me son absolutamente innecesarias.
Nadie vendrá a identificarme en la frontera frágil entre los municipios Diez de
Octubre, Cerro y Centro Habana.
Es mi supuración, mi estupor. Arde. Me duele en exclusiva
a mí. Estoy eufórico. Lamo. La amo. He visto en tiempo presente precario cómo
el infierno se nos infiltra en cualquier paisaje. He practicado a palos con las
palabras. No he huido ante la debacle piromaniaca de una guerra solarizada. Mi biografía
incinerada en Cuba se conservará intacta en ti por todos los rescoldos del planeta.
¿No es perfecto? No rompas este equilibrio de cadáveres cocidos. ¿Qué podría faltar
entonces para que tú bebas violentamente de mis tejidos y por fin a dúo callar?
