martes, 3 de julio de 2012

BURNT BY THE SUN



MORIR EN JUNIO Y CON LA LENGUA AFUERA
Orlando Luis Pardo Lazo

La radiación solar en la Esquina de Tejas puede matar a un adulto en poco más de una hora. O dejarlo con efectos irreversibles en sus cromosomas. A un niño, podría calcinarlo en muchísimo menos tiempo. Minutos. Eso es lo que nos queda de vida antes de combustionar uno de estos mediodías de manera espontánea. Minutos. Cuba se acabó. No tuvimos tiempo de recuperarnos de la agonía vertiginosa de la Revolución. La historia nos enchufó a un horno de helio llamado siglo XXI. Moriremos como quería Martí en el XIX; caeremos como lo cantaba el fascismo que en la Metrópoli del XX plagió al Apóstol: de cara al sol

Siglas, siglos, sigilos. ¿Nunca va a nevar en La Habana?

Uno extraña aquellos reportes de viajeros europeos que vieron escarcha en los mogotes jurásicos de Viñales, cientos de años atrás, en la mentira arqueológica de nuestra isla todavía sin deforestar. Uno quisiera que Cuba no hubiera emergido nunca del Mar Caribe, que fuera una costra continental, un puñado de esponjas húmedas, un río de lava submarino, el jardín de un octópodo donde la política fuera sólo el sueño de un dios que hubiera rebasado su fecha de caducación.

He dicho. ¿Qué digo? ¿Estaré ya afectado por los fotones cósmicos que ninguna atmósfera terrestre podría desacelerar?

De niño recuerdo los abriguitos raídos de invierno en invierno (las palabras “corduroy” e “impermeable”), el talante gris de esta urbe con cada cambio de fecha, cierto recogimiento de Primer Mundo que hacía tolerable la inelegancia laborera del socialismo real. La luz era oblicua. Los mediodías no rebotaban contra el concreto criminal, ni siquiera en agosto: mes de las mayores exposiciones al sol en las playas. De adolescente, íbamos casi a diario al mar cubano y en septiembre entrábamos tostados y sanos al aula. Éramos un pueblo pobre, pero lleno de julioiglesias cutáneos. De noche, la luna era abismal y la locura nos ponía a desnudarnos sin más sudor del necesario para amar al otro.

Las cafeterías, las guaguas, las colas, las esquinas, las fiestas en azoteas. La cercanía del prójimo parecía tolerable entonces. Hoy, en los días finales del mundo, la luz límite nos ciega y separa. Nadie desea escrutarse con tanto detalle bajo los cielos decrépitamente azules de la post-patria. Crepitamos. Sólo los líderes en su aire acondicionado se conservan intactos. Como momias de la Era Revoluciozoica.

¿Qué decían los aztecas del 2012? Porque fueron los aztecas, ¿no? ¿Quién sabe leer un poco de cordura en el mareo materialista de aquellos calendarios circulares? Porque eran circulares, ¿no? La desmemoria me mata. Espero ser testigo del castigo estelar que nos hemos ido ganando aquí, en pleno paraíso proletario. No moriré sin ver los crótalos de los cascarones desplomarse como por un efecto de edición. Fachadas, columnatas, soportales, bloques inmemoriales sublimados por la temperatura terminal que en breve nos canibalizará.

Hoy toqué el contén de Monte y San Joaquín, territorio devastado por las miradas mezquinas de sus deshabitantes. Juro que hervía. Juro que no quité la mano. Me dejé quemar. Y ahora tecleo a duras penas con la cicatriz en carne viva. Supuro una lechita deslavazada. He perdido buena parte de las huellas digitales de mi diestra. Juro que me son absolutamente innecesarias. Nadie vendrá a identificarme en la frontera frágil entre los municipios Diez de Octubre, Cerro y Centro Habana.

Es mi supuración, mi estupor. Arde. Me duele en exclusiva a mí. Estoy eufórico. Lamo. La amo. He visto en tiempo presente precario cómo el infierno se nos infiltra en cualquier paisaje. He practicado a palos con las palabras. No he huido ante la debacle piromaniaca de una guerra solarizada. Mi biografía incinerada en Cuba se conservará intacta en ti por todos los rescoldos del planeta. ¿No es perfecto? No rompas este equilibrio de cadáveres cocidos. ¿Qué podría faltar entonces para que tú bebas violentamente de mis tejidos y por fin a dúo callar?