martes, 17 de julio de 2012

BIOSTALGIA


BIOQSTALGIA
Orlando Luis Pardo Lazo

Nostalgia por la vida vivida o tal vez no tanto.

Nostalgia por la gente que se nos escurrió como agua entre las manos con el cambio de siglo y milenio. Todos magníficos, todos preciosos seres humanos, la memoria borra los mojones o los hace desesperadamente respirables.

Nostalgia por los límites que nos imaginamos entonces, como antídoto contra nuestro mucho miedo y nuestra no poca mediocridad. Nunca fuimos nosotros.

Nostalgia de una biografía que ninguno tiene del todo todavía, así en La Habana como en el exilio.

Nostalgia por la biología que ya va traicionando los cuerpos y mentes de nuestra generación, tan huérfana de revolución y tan abortada de capitalismo.

Nostalgia, en última instancia, por la Facultad de Biología, mole esplendorosa de aulas matutinas en una de las calles más inolvidables del mundo: la número 25, en las estribaciones de El Vedado.

Nostalgia por los pupitres republicanos donde conocimos Bioquímica en 1989, cuando morían generales cubanos y los sobrevivientes censuraban las publicaciones soviéticas, mientras los civiles colaterales emigraban en masa tras ser expulsados de sus trabajos por poner en voz alta lo que hasta los represores pensaban.

Nostalgia por una época de luz cruda pero no tan inclemente como la del vacío que se traga a los años cero o dos mil.

Nostalgia por la carrera que, antes de entrar a la universidad, nos sonaba como la más complicada del planeta Tierra: Bioquímica.

Bioqstalgia.

Teníamos de todo. Genios importados de las escuelas vocacionales, hoy exportados puntualmente al Primer Mundo. Estalinistas que devinieron demócratas. Homeópatas. Místicos. Una escritora que incluso cayó en las redes del salvador Redonet. Guajiros nobilísimos. Buscavidas de becas. Brutos de solemnidad. Congoleses de alcurnia principesca. Y de otras nacionalidades impronunciables. Retornantes de las carreras nucleares en un campo socialista en desintegración. Gays engavetados. Los militantes comunistas más apáticos (y simpáticos) desde Carlos Marx. También suicidas en potencia (alguien que se tomó demasiado en serio el dogma de la toxicología: no hay sustancias tóxicas sino formas tóxicas de emplearlas...). Gente a la que se le rompió la cordura (alguien que se limpió las lágrimas, al decir adiós en la escalinata, con un certificado siquiátrico que parecía una tesis de doctorado). Y también asesinos sin sueldo (alguien que mató muy temprano a su pareja durante unas vacaciones en provincia).

La Facultad de Biología era como una manzana cubista. Un cajón lleno de recovecos ásperamente art-decó. Umbrosa. Con una vivienda de familia sin desalojar en pleno parqueo. Con olor a soluciones vencidas en frascos de boticario de la era colonial. Con profesores magistrales, sobre todo en esa ala derecha del cuarto piso. Un prodigio de conferencistas entusiastas con eones de experiencia y libros de textos donados por los estudiantes que desertaban, discretamente, cada vez que conseguían una bequita en el extranjero.

Han pasado dos decadentes décadas desde entonces. Todos, a nuestra peculiar manera, hemos triunfado aquí o allá. Todos hemos corrido riesgos increíbles que a la vuelta del tiempo suenan ridículos. Todos nos amamos en un crucigrama de corazones que al final, claro, nos devuelve solitarios a casa. Podría pronunciar nombres, pero se me traban en la garganta. Además, casi todos tienen hijos con personas perfectamente extrañas. Los otros, los estériles, ya no tendremos ni tiempo.

Hoy por hoy nunca nos comunicamos. Lo que se sabe, no se dice. La verdad es totalitaria. Atrás, dentro o fuera, quedó una juventud decrépita en Cuba. Tuvimos que buscar más abajo para no morir de tristeza, en las generaciones que nos sucedieron con diez o quince años de diferencia, personitas que llegaron infantes al Período Especial y que nunca oyeron hablar en vivo a Fidel.

Estamos en el verano del 2012. Todo permanece a flor de ADN, tan secreto como un gen mortífero que espera su detonación. Todo queda suave, intangible, como las miradas de los muchachos y muchachas que nos azoramos entonces ante la tabla de los aminoácidos vitales, en un libro plagiado cuyo prólogo lo tildaba de tener problemas ideológicos.

Nada vuelve, sin embargo. Estamos embotados. Vamos a morir sin contar con nadie, sin cruzarnos siquiera un e-mail. Sin precisar el precio de los panes con pasta anaranjada de la cafetería del fondo, donde el olor a cadáveres desde el Hospital Calixto García no fue para nosotros suficiente síntoma para despertar. Sin revivir las guardias de madrugada, entre las borracheras de los vecinos donde el nombre de Isolina Carillo era gritado en el edificio de al lado, a ras del silencio de fin de época con que amanecía La Habana en aquellos años noventa (no hay otros). Sin no sé qué.

Nostalgia por la vida invivible o tal vez no tanto.

Nostalgia por la gente que no recuperaremos ni con el pensamiento (la esperanza es que la muerte sea un sueño más generoso que la duermevela que nos destripa entre la bolsa de empleos en el exilio y la perpetua policía política aquí. Todos esplendentes, impecables, daban ganas de saltar desnudo sobre esa masa de ángeles y pedirles que no se movieran de allí: tan escuálidos y excepcionales.

Nostalgia por lo que imitamos en lugar de poner en marcha nuestra imaginación (como universitarios, jamás tuvimos una causa común que defender de cara a la sociedad: eso es lo que las izquierdas latinoamericanas no comprenden indigna o indígenamente de Cuba).

Nostalgia de la nostalgia que ya desde entonces deshabitamos, animales a la intemperie de un Estado intempestivo.

Nostalgia por la biología que se nos agotó o se llenó de mutaciones intraducibles.

Nostalgia, en primera instancia, por la Facultad de Biología y sus claustros de granitos y su bibliotecaria antediluviana.

Nostalgia por ciertos colores y escalones desde donde no nos lanzamos al mundo en 1989, cuando Panamá caía de culo hacia la libertad y el próximo Canciller cubano daba sus primeras piruetas sobre el asfalto porque "el que no salte es un yanqui" (la payasada como gobernabilidad).

Nostalgia por un período en que se mató y se murió "a hierro", como diría en el cementerio el actual Premier (hierro de hemoglobina, se sobreentiende).

Nostalgia por la carrera que, después de salir de la universidad, aún nos suena como la más cariñosa del planeta Tierra: Bioquímica.

Bioqstalgia.