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sábado, 21 de julio de 2012
martes, 17 de julio de 2012
BIOSTALGIA
BIOQSTALGIA
Orlando Luis Pardo Lazo
Nostalgia por la vida vivida o tal vez no tanto.
Nostalgia por la gente que se nos escurrió como agua
entre las manos con el cambio de siglo y milenio. Todos magníficos, todos
preciosos seres humanos, la memoria borra los mojones o los hace
desesperadamente respirables.
Nostalgia por los límites que nos imaginamos entonces,
como antídoto contra nuestro mucho miedo y nuestra no poca mediocridad. Nunca
fuimos nosotros.
Nostalgia de una biografía que ninguno tiene del todo
todavía, así en La Habana como en el exilio.
Nostalgia por la biología que ya va traicionando los
cuerpos y mentes de nuestra generación, tan huérfana de revolución y tan
abortada de capitalismo.
Nostalgia, en última instancia, por la Facultad de Biología,
mole esplendorosa de aulas matutinas en una de las calles más inolvidables del
mundo: la número 25, en las estribaciones de El Vedado.
Nostalgia por los pupitres republicanos donde
conocimos Bioquímica en 1989, cuando morían generales cubanos y los
sobrevivientes censuraban las publicaciones soviéticas, mientras los civiles
colaterales emigraban en masa tras ser expulsados de sus trabajos por poner en
voz alta lo que hasta los represores pensaban.
Nostalgia por una época de luz cruda pero no tan inclemente
como la del vacío que se traga a los años cero o dos mil.
Nostalgia por la carrera que, antes de entrar a la
universidad, nos sonaba como la más complicada del planeta Tierra: Bioquímica.
Bioqstalgia.
Teníamos de todo. Genios importados de las escuelas
vocacionales, hoy exportados puntualmente al Primer Mundo. Estalinistas que
devinieron demócratas. Homeópatas. Místicos. Una escritora que incluso cayó en
las redes del salvador Redonet. Guajiros nobilísimos. Buscavidas de becas.
Brutos de solemnidad. Congoleses de alcurnia principesca. Y de otras
nacionalidades impronunciables. Retornantes de las carreras nucleares en un campo
socialista en desintegración. Gays engavetados. Los militantes comunistas más
apáticos (y simpáticos) desde Carlos Marx. También suicidas en potencia
(alguien que se tomó demasiado en serio el dogma de la toxicología: no hay sustancias tóxicas sino formas
tóxicas de emplearlas...). Gente a la que se le rompió la cordura (alguien
que se limpió las lágrimas, al decir adiós en la escalinata, con un certificado
siquiátrico que parecía una tesis de doctorado). Y también asesinos sin sueldo
(alguien que mató muy temprano a su pareja durante unas vacaciones en
provincia).
La Facultad de Biología era como una manzana cubista.
Un cajón lleno de recovecos ásperamente art-decó. Umbrosa. Con una vivienda de
familia sin desalojar en pleno parqueo. Con olor a soluciones vencidas en
frascos de boticario de la era colonial. Con profesores magistrales, sobre todo
en esa ala derecha del cuarto piso. Un prodigio de conferencistas entusiastas
con eones de experiencia y libros de textos donados por los estudiantes que
desertaban, discretamente, cada vez que conseguían una bequita en el
extranjero.
Han pasado dos decadentes décadas desde entonces.
Todos, a nuestra peculiar manera, hemos triunfado aquí o allá. Todos hemos
corrido riesgos increíbles que a la vuelta del tiempo suenan ridículos. Todos
nos amamos en un crucigrama de corazones que al final, claro, nos devuelve
solitarios a casa. Podría pronunciar nombres, pero se me traban en la garganta.
Además, casi todos tienen hijos con personas perfectamente extrañas. Los otros,
los estériles, ya no tendremos ni tiempo.
Hoy por hoy nunca nos comunicamos. Lo que se sabe, no
se dice. La verdad es totalitaria. Atrás, dentro o fuera, quedó una juventud
decrépita en Cuba. Tuvimos que buscar más abajo para no morir de tristeza, en
las generaciones que nos sucedieron con diez o quince años de diferencia,
personitas que llegaron infantes al Período Especial y que nunca oyeron hablar
en vivo a Fidel.
Estamos en el verano del 2012. Todo permanece a flor
de ADN, tan secreto como un gen mortífero que espera su detonación. Todo queda
suave, intangible, como las miradas de los muchachos y muchachas que nos azoramos
entonces ante la tabla de los aminoácidos vitales, en un libro plagiado cuyo
prólogo lo tildaba de tener problemas ideológicos.
Nada vuelve, sin embargo. Estamos embotados. Vamos a
morir sin contar con nadie, sin cruzarnos siquiera un e-mail. Sin precisar el
precio de los panes con pasta anaranjada de la cafetería del fondo, donde el
olor a cadáveres desde el Hospital Calixto García no fue para nosotros
suficiente síntoma para despertar. Sin revivir las guardias de madrugada, entre
las borracheras de los vecinos donde el nombre de Isolina Carillo era gritado
en el edificio de al lado, a ras del silencio de fin de época con que amanecía
La Habana en aquellos años noventa (no hay otros). Sin no sé qué.
Nostalgia por la vida invivible o tal vez no tanto.
Nostalgia por la gente que no recuperaremos ni con el
pensamiento (la esperanza es que la muerte sea un sueño más generoso que la
duermevela que nos destripa entre la bolsa de empleos en el exilio y la
perpetua policía política aquí. Todos esplendentes, impecables, daban ganas de
saltar desnudo sobre esa masa de ángeles y pedirles que no se movieran de allí:
tan escuálidos y excepcionales.
Nostalgia por lo que imitamos en lugar de poner en
marcha nuestra imaginación (como universitarios, jamás tuvimos una causa común
que defender de cara a la sociedad: eso es lo que las izquierdas
latinoamericanas no comprenden indigna o indígenamente de Cuba).
Nostalgia de la nostalgia que ya desde entonces
deshabitamos, animales a la intemperie de un Estado intempestivo.
Nostalgia por la biología que se nos agotó o se llenó
de mutaciones intraducibles.
Nostalgia, en primera instancia, por la Facultad de
Biología y sus claustros de granitos y su bibliotecaria antediluviana.
Nostalgia por ciertos colores y escalones desde donde
no nos lanzamos al mundo en 1989, cuando Panamá caía de culo hacia la libertad
y el próximo Canciller cubano daba sus primeras piruetas sobre el asfalto porque
"el que no salte es un yanqui" (la payasada como gobernabilidad).
Nostalgia por un período en que se mató y se murió
"a hierro", como diría en el cementerio el actual Premier (hierro de
hemoglobina, se sobreentiende).
Nostalgia por la carrera que, después de salir de la
universidad, aún nos suena como la más cariñosa del planeta Tierra: Bioquímica.
Bioqstalgia.
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