¿Qué hubiera pasado si Oswaldo Payá portara un arma legal
cuando la tragedia de su muerte tantas veces pronosticada por el Estado cubano?
De existir el derecho de obtener licencias para el uso
civil de armas (derecho abolido, como tantos, tras la catástrofe legislativa de
1959), la policía política, por ejemplo, no podría ya actuar con esa impunidad
de hampones que se te enciman en cualquier calle, lo mismo a pie que en motos Suzuki
que en un carro.
La mafia del materialismo revolucionario sabría entonces
que, ante semejantes asaltos sin siquiera identificarse, podrían irse con un
balazo en la frente y sin derecho a reclamación, pues la legítima defensa
propia es un valor universal que sobrevive incluso aquí.
El irrespeto con que los represores cubanos tratan al
cuerpo de sus víctimas terminaría. Ni un secuestro express más. Ni una coacción
más. Ni una amenaza pública más. Ni un acto de repudio más. El derecho de
defendernos con armas, en tanto ciudadanos, sanaría toda la podredumbre
humillante que ha denigrado a miles y miles de cubanos en las últimas décadas.
Si no estás investido de autoridad, y con la debida
documentación emitida por los poderes correspondientes, ni te me acerques a
darme pau-pau, porque te doy ¡pum-pum! en pleno ejercicio de mis facultades
legales.
La convivencia pacífica pasa por ese empoderamiento
primero, por esa responsabilidad de los hombres buenos que no merecen ser
tratados como criminales por una policía despóticamente manipulada por los
políticos.
Oswaldo Payá fue asesinado cientos de veces durante su
vida como activista democristiano en Cuba. No se pudo defender apropiadamente
ni una sola vez. No pudo defender su hogar de las hordas a sueldo que le
pintarrajeaban su fachada. No pudo defender a su valiente familia acosada
incluso en los hospitales. No pudo vender cara su vida al final.
Tal vez la tardía transición democrática hacia una Cuba futura
debiera empezar por conservar a sus hombres y mujeres pro-democráticos, por
detener este holocausto silencioso a cuentagotas.
Podrían dejar de exigirse tantos derechos abstractos y enfocarse
hacia una sola reivindicación concretísima, que contaría con el apoyo de la
abrumadora mayoría del pueblo, más allá de colores políticos, sobre todo ahora
que comienzan a crearse intereses en la economía privada y los maleantes ya
están poniendo en riesgo la seguridad de sus dueños (los delincuentes, como la
policía, siempre consiguen las armas: ¿por qué no entonces sus indefensas víctimas
ciudadanas?).
Por favor, ¿podría postularse alguien pronto para
presidir un hipotético Partido Popular del Pum-Pum? El programa tendría apenas
un punto, pero de tremenda puntería biológica:
1) NO QUEREMOS DEJARNOS MATAR.