jueves, 13 de septiembre de 2012

El Sexto en honor a Oswaldo Paya

El grafitero cubano Danilo Maldonado Machado EL SEXTO +53-53798491 se tatúa como homenaje viviente en su piel la imagen de Oswaldo Payá Sardiñas (1952-2012), líder fundador del Movimiento Cristiano Liberación y autor del Proyecto Varela que debió reformar legalmente el sistema socialista cubano. La música es del disco CONCEPTOS Y PRINCIPIOS de Silvito El Libre, hijo del trovador trabado en el pasado Silvio Rodríguez.

domingo, 9 de septiembre de 2012

SMILVIA



DÉJENME HUNDIRME SUAVEMENTE EN LA LOCURA
Orlando Luis Pardo Lazo

Me llama un antiguo amor de Matanzas (ningún amor es antiguo mientras no muera uno de los dos) y me dice: “tengo miedo de volverme loca este domingo, tengo miedo de hacer una locura, ayúdame”.

Nos separan más de cien kilómetros, pero para sobrevivir a este día aún podemos aferrarnos a mi teléfono espiado por la policía política para conversar en intimidad. Muchas veces, a principios de los años cero o dos mil, hicimos el amor por teléfono. Una experiencia extrema. Su voz ahogada en llanto, como ahora (ella siempre fue triste, como su provincia). Su libertad de madre joven que no encaja en Cuba ni en su (también tan triste) familia. Sus deseos desaforados, su poliorgasmia sobrecogedora, su lluvia muslos abajo, como los ríos póstumos que surcan Matanzas hasta desmayarse en la bahía (ese apócope de vagina). Su ética de escritora desconocida y austera. Sus ansías de aniquilarse y su pánico de que sea algo genético, una herencia de sus múltiples antecesores suicidas. Su desamparo de niña que descubre, primero que sus padres, que todos se tendrán que morir.

Le hablo. Un hilo de tensión entre nosotros. Un golpe de sangre eréctil en nuestras entrepiernas, lo sé. Tenemos todo todavía en carne viva entre la memoria y la imaginación. Un desliz podría introducirnos el uno en la otra por milésima vez. Nos tanteamos, nos preservamos. Le cuento cosas. Le hablo de la utilidad del rencor. Le pido que no se deje abatir por su propia bondad. Que desprecie y sea vil, que escape de sus contemporáneos y piense sólo en Dios y en mí (muchas veces la resucité después de verterse como un volcán, vómito de espasmos y ayes, por eso ahora soy su dios más tangible, como ella era el mío después del pantallazo en blanco de mis supernovas). Le exijo que odie a Cuba y sus domingos deprimentes del post-castrismo. Que no tengas miedo, mi amor, si de todas formas los militares uno a una nos van a matar, antes de que llegue y se vaya el invierno que purifica al infierno que es este país.

Ella me oye. Llora. Suena desconsolada. Me habla con una calma sepulcral (los cementerios de provincia son peor que la peor muerte). Me hace notar que para nosotros la vida ni siquiera existe en ningún otro lugar. Que estamos solos. Que envejecimos (yo la veo tan bebé traviesa a sus cuarenta años, tan virgen de la década de los setenta, tan manantial como el que nace en el traspatio de su casa y dentro de sus órganos más impúdicamente impronunciables). Que es muy tarde para todo. Que la venganza rabiosa no alcanza para recuperar nuestra respiración. Que estamos enfermos y nadie nos creerá. Que no podemos seguir así. Que qué vamos a hacer entonces, mi amor. Y que no le cuelgue el teléfono al menos durante el día de hoy.

Y así se nos alarga el tiempo orate de la tarde de un domingo del septiembre cubano de 2012. A veces es sólo oírla tragar saliva. A veces llegan voces del holocausto. Un perro. Una niña. Un claxon. Una música de moda que cruza el abismo de Bacunayagua y nos trae de vuelta a la realidad.

Me lee sus últimos poemas maravillosos. Textos salidos de ninguna parte en la literatura cubana, porque fueron escritos antes y después de cualquier literatura o nación. Me pregunta de qué estoy escribiendo y tengo que confesarle que hace años dejé de escribir. Que soy un títere en las manos criminales del Estado cubano. Que habito una biografía ajena. Pero que estoy orgulloso de ser justo eso, porque tampoco hubiera valido la pena haber sido yo.

Le cuento que hay un lugar en el mundo llamado La Habana (ella lo olvida a cada rato), que venga conmigo, que en medio de la nada hay un coto a mi alrededor donde me topo con personas que vale la pena amar, algunas muy heridas pues les han arrancado de las manos a sus seres queridos, algunas suicidas congénitas como ella, algunas flotando en la espuma retórica de la Revolución, incluso algunas pixeladas en otra realidad rota por el despotismo digital. Todos desconsolados, todos desquiciados. Pero que resista ella. Que dé testimonio de su horror íntimo, ínfimo y descomunal. Que se toque por mí. Que se recorra. Que la amo como los dos supimos que nunca nos dejaríamos de amar cuando cruzamos cientos de cartas, hasta que el oficial de la contrainteligencia del correo de Lawton me interrogó, no sin cómplice curiosidad, a inicio de los años cero o dos mil.

Le cuelgo por fin a mi antiguo amor de Matanzas con la promesa de comunicarnos y vernos más a menudo (a veces pasan años y años de ausencia) y le digo: “vuélvete loca este domingo, pero no hagas ninguna locura: por favor, no les des esa satisfacción”.