sábado, 22 de septiembre de 2012

CUBICULO DE MUERTE


Sala N. N de Nada, de Nadie, de Ningún.

Escribo en la noche suburbana del Clínico-Quirúrgico de Calle 26, a un costado de la Ciudad Deportiva, platillo volador bloqueado por la propia arquitectura del hospital.

A la vista, la corona de luces de la Plaza de la Revolución. Desde el tercer piso, pasan en cámara lenta los metrobuses y las sirenas de las patrullas y las ambulancias. Hay árboles ancestrales. Copas a vuelo de pájaro. Y humedad, tibia y estimulante para sentarse en un silloncito a teclear.

Eso hago. Soy testigo. Desde el balcón la noche es nueva, primer-mundista, habitable. Una noche de libertad post-socialista. Una noche de belleza ucrónica, anacrónica. Una noche donde recuerdo a todas las personas que amé, que me gustaría amar hasta el fin de la eternidad. Desde este antro gratuito del MINSAP, dan ganas de ser inmortal en La Habana, de vivir reversiblemente, de sobremorir a este tiempo y lugar y, por supuesto, nunca contarlo. Porque sería criminal contaminar a los que aún no han nacido.

Mi tío. No es la primera vez que escribo de esos tíos atávicos que de pronto caen en cama y ya no hay remedio, caguairanes de un comunismo hoy ya sin comunistas, maderamen de un materialismo marxista que, ante este dolor con moscas de la Cama 12, ya no significa absolutamente nada, nadie, ningún. Sala N de la Revolución.

Su nombre es Félix, pero siempre le llamamos Kin (de niño yo lo escribía con m), supongo que por algún juego de palabras perdido. La columna, parecía al inicio, lo fulminaba de dolor en mil astillas. Una vértebra colapsada, osteoporosis y otros paliativos contra lo peor. Luego, el diagnóstico dejó a un lado toda traza benigna. Un diagnóstico susurrado a cuentagotas de semana en semana, para engañar como a un niño a nuestro paciente de 80 años, según se le han ido sumando pruebas y pruebas que hay que resolver dentro y fuera del hospital.

No es la primera vez que pernocto aquí. Vi un error con los inyectables cometido por una enfermera casi adolescente, que de milagro pudo ser solucionado cuando la reacción del afectado parecía ya irreversible, taquicardia y temblores incluidos (después vino el tapa-tapa entre colegas para justificarse en la historia clínica). Vi a un padre moribundo golpear en pleno rostro a su hija, ya adulta, en medio de su delirio terminal, reflejo entre estertores de lo que siempre él hizo mientras estuvo sano. Vi los baños, por más esfuerzo que se haga, siempre infectos de olor (y de orines con sangre, y de mojoncitos insumergibles durante días). Vi, y veo esta noche de nuevo, a viejitos abandonados por su familia, sin acompañantes al menos de madrugada, dependiendo de la caridad del resto de los pacientes y sus familiares (justo ahora me miran como esperanzados al verme teclear manchas de sentido en la pantalla, última luz por apagarse en este cubículo).

Me asomo a ratos al pasillo de afuera. Veo las chimeneas con vapor blanco del Departamento de Esterilización, supongo. Hay un cartel que dice Nefrología. Faltan algunas ventanas (no tantas como en otros morideros de esta ciudad) y atisbo siluetas acostadas en la distancia, pacientes acaso muy graves que no sé por qué se me aparecen todos como mujeres. Soy eso, un fisgón de la más terrible intimidad ajena.

Hay gatos sobre las azoteas del nivel inferior, unas bestias regordetas que dependen de los restos de comida que les lanzan desde todos los pisos del hospital, nylons que estallan con un sonido grasoso. Aquí nunca ingiero ni bebo ni voy al baño, como con miedo a contraer cierto tipo de susceptibilidad que me obligue después a ingresar. Las bombillas del parqueo son amarillo-naranjas y le dan al edificio un oscuro esplendor. Es bello. Es hermoso asistir a este espectáculo de la debacle, imaginando que a uno nunca le tocará ser su víctima, que estamos a salvo de qué.

El tiempo avanza lento, pero no demasiado. Con el vasito de leche tibia, suena el cañonazo sobre el horizonte y cierran los portones de la sala (como para no atraer a la muerte a estas horas en que no hay doctores por todo esto). Tras las reyertas habituales del cubaneo entre personal y pacientes, el silencio se hace sepulcral, apenas quejidos apócrifos bajo las sábanas. Mudez de medianoche. La agradezco. Es un augurio de lo inevitable, de la paz póstuma que tanto martirio le costará primero a mi tío. Apagan las luminarias de neón sobre mi cabeza y entonces refresca todavía más.

Leo a un polaco, Adam Zagajewski, y su prosa preciosamente política. Bebo de esas barbaries en el corazón de la civilización occidental. Su libro supura compasión por el ser humano. Quisiera imitarlo cuando mi tiempo llegue. Quisiera ser un noble escritor europeo y no este arrebatado cubano del que aún no me consigo librar.

Años atrás, mi tío (materno) y mi padre discutían por culpa de Fidel, en una casita de Lawton durante nuestros almuerzos en familia de fin de semana (técnicamente, fin de la historia). Yo estaba de parte de los dos, pero no de Fidel, tan abusivamente ubicuo. Mi padre era mucho más inteligente y cínico (eso me enorgullecía, pero me ponía triste por Kin) y tal vez por eso murió primero, sarcásticamente un trece de agosto (por metástasis misericorde, indolora), aquel domingo oprobioso de los años cero o dos mil. Así, la bronca quedó trunca entre el guajiro cojunadamente comunista y el funcionario cobardemente liberal. Hombres longevos ambos, que vivieron vidas difíciles de maneras distintas. Antípodas. Ahora, el destino parece pretender borrar de un solo escobazo las otras dos patas de la discusión: Félix y Fidel.

Escuba amarga. ¿Cuántas noches como esta me esperan, entre toces y ayes y arqueadas, entre mi memoria y esta manipulación en secreto? ¿A cuántos amigos y amores he traicionado a propósito, fingiendo no darme cuenta de que la verdad es vil? ¿Por eso nadie me llama para compadecerme ahora de qué? ¿Acaso estoy a salvo de la Seguridad del Estado en este bunker del aburrimiento? ¿Mi escritura adánica de estilo zagajewski tendrá en este septiembre su Génesis? Orlando Luis, 1:1.

Oigo los avatares del activismo civil por sms, cadenas de mensajes en masa. Presos por gusto, actos de repudio, cargos inverosímiles, proclamas al por mayor, condenas que se burlan del mismo tribunal que las dictó, huelgas de hambre con reporteros, accidentes a conveniencia, nuevas generaciones de gente brillante despilfarradas mientras yo me desvelo aquí. Arropado por el tic-tac de mi laptop. Al margen del Bien y del Mal. Perdido, como al inicio del mundo. Como antes de la primera línea a la vista benéfica de La Habana. Como después de la última que demoniacamente me atreva a escribir.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Recargas moviles cubanos en http://www.ezetop.com @ezetop

Hoy 19 y mañana 20 de septiembre el sitio www.ezetop.com hará
una promoción para la recarga por internet de móviles cubanos dentro
de la Isla.

Buena oportunidad para ayudar a tus familiares y amigos (o a tu
ex-critor favorito...!!!)

Mi @OLPL es +53-53340187.

Gracias Thanks Merci Danke

domingo, 16 de septiembre de 2012

MEXICO DF, DE FIDEL


FASCISMO DE LA CHINGADA
Orlando Luis Pardo Lazo

La única vez que salí de Cuba fue a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Jalisco, en noviembre-diciembre de 2002. Allí México me regaló una descorazonante lección. En Cuba, ya todos sabíamos que íbamos de cabeza hacia un capitalismo de Estado policial. Pero en México tuve una sorpresa a la que nunca hubiera accedido por sí misma mi inquieta imaginación: en México, la Revolución Cubana día a día reverdecía laureles, era legado vivo, teoría tangible, retórica de la redención.

Como en una máquina del tiempo totalitario, vi la histeria izquierdosa de multitudes de adolescentes con temas atrasadísimos de Silvio Rodríguez (ni él mismo se atrevería a tararearlos en Cuba). Incluso los carga-maletas del hotel me lanzaban elogios de Fidel. Las familias me recibían con admiración en sus hogares (me regalaban dinero al comprar mis malos libros por piedad: siempre fui un mercenárido). En los restaurantes tendían a no cobrarme los mejores platos por el privilegio de ser cubano de Cuba y no un mierdita de Miami. Sin ser nadie, sentí trato de embajador: de haberme postulado, por lo menos alcalde de la ciudad hubiera salido sin mayor traba.

Hasta un acto de repudio viví en aquella FIL 2002, cuando en la presentación de la revista Letras Libres hubo una invasión chaparra de coros comemierdangas y, así, una tropita universitaria pagada desde La Habana (acaso por el Rojas local) le boicoteaba fratricidamente el evento al Rojas de rango universal que sería su presentador.

Por supuesto, hay muchos más ejemplos, incluidos asesinatos, que los que mi pobre biografía recuerda en carne propia. Ahora, las brigadas de espías rápidos van y crucifican una amenaza mafiosa en la puerta de una familia cubana que reside entre el DF y La Habana (el DF que, como sus siglas lo indican, también es De Fidel). Clavar carteles: en eso sí somos rentables en medio de nuestra miseria material. Se lo han hecho a tantos y tantos dentro de la Isla, y ahora le tocó el turno terrible a una familia de gente preciosa y leal, cuyo pecado capital es pensar con palabra propia en voz alta. Una familia cuya culpa original acaso sea preferir a los poetas oscuros antes que al sol socialipsista de esta nación de la coacción. Una familia libre cuya belleza ha atraído vilmente a la muerte.

Nuestros agentes son especialistas en intimidar y timar. En minarnos el cuerpo por dentro (con pánico o con cancerígenos, les da igual): acaso por eso es imprescindible gastar millones y millones en un ministerio del interior. Borramos la verdad a patadas. Tapiamos los deseos de futuro a cal y canto. De ahí el odio obsceno que remueve a los generales sin nombre cuando una editorial extranjera como Cal y Arena lanza un libro de crónicas como Viento a favor, de Eliseo Alberto (1951–2011).

A Lichi jamás le perdonaron lo suyo, su informe incómodo de finales de otro siglo y milenio (el último de la Revolución, excepto en México). Su espiral de la traición sigue vigente hoy post-mortem, a pesar de darle hasta el final aquellos permisitos de entrada a su propio país, a pesar de tolerar sus sagradas cenizas en un puente a punto de colapsar, a pesar de buscarle con desgano un riñón a título del MINSAP, a pesar de las palmaditas con melena del ex-ministro de cultura Abel Prieto (hoy candidato a presidente civil de la Junta Militar de esta atroz auto-transición). Eso lo sabemos todos.

Filman una película que por desgracia pronostico que será pésima, tras editarle esa novela paladeable para el poder. Lichi en ninguna parte. Y a la par masacran la salud mental de sus descendientes. Dejándoles saber que las cadenas cubanas son perpetuas más allá de la muerte. Que el ojo en la punta de la pirámide de la Plazatl cada vez cuenta con más criminales a sueldo de la utopía. Que vivir por la patria es morir. Que el corazón nos lo comieron los barbudos ya sin barba sobre la piedra sacrificial de la barbarie, quieras o no.

He leído la noticia con lágrimas. De misericordia. Soy un energúmeno. En México me hubieran metido un balazo en el culo y pa´ la pinga el bloguero maricón. Esa es la jerga globalizada que muy pronto vendrá. Y venderá. Que se vengará de los inconformes, de los poquísimos que aún no usen uniformes. De Lichi y de mí y de todos.

Releo esta columna con lágrimas. Para nada de misericordia.