¿POR QUÉ
LAGE NO RÍE?
Orlando
Luis Pardo Lazo
Carlos Lage no ríe porque sería cruel pedirle risas a un
condenado a muerte (ya sólo le quedaban meses en su alto cargo). Aunque él lo
estaba desde el inicio, por supuesto, desde aquellas décadas en que viajaba de
camuflaje en un avión militar.
Estaba muerto con su casco de ingeniero o detrás de su
buró. Muerto de remate en el noticiero de las 8 pm, repartiendo o quitando jabitas
con jabones a fin de mes. Muerto cultural y civilmente, acatando a ciegas y apenas
acumulando cosas en secreto, como todos los cargos públicos en Cuba desde 1959
o 1902 o 1492.
Estaba muerto y, para colmo, sin cuerpo. Porque el cuerpo
en el comunismo es siempre una fuente contestataria que debe ser abolida.
Muerto y más lejano que nunca de ser nuestro “hombre ante la Comunidad Europea
para protagonizar la Transición”.
Un europeo hubiera sabido reír y habitar su propio cuerpo;
Lage, no. Un europeo hubiera entendido que una protesta en carne viva es
también una fiesta de los sentidos; Lage, no. De ahí la cubanidad
constitucional de nuestro político hoy defenestrado. De ahí su debilidad y su
despotismo para con las nuevas generaciones de cubanos que literalmente nos
cagamos (preferiblemente, eyaculamos) sobre tanto traje y tanto uniforme
incapaz de articular siquiera una sonrisita falsa (es el rictus del verdugo,
que mata lo mismo a un Candidato al Nobel de la Paz que a un General de
División).
Seguro Lage pensó en qué dirían sus jefes los Castros si
lo vieran menos austero, más relajado en la foto, casi tolerando el derecho de
los ciudadanos a gritar desnudos en un pleno presidencial. De hecho, Carlos
Lage se asustó. Acaso intuyó que la súper-modelo estaba sacando allí un cartel
en contra de la Revolución Cubana (y tenía razón: todo cartel espontáneo o en
campaña, en cualquier parte del mundo, es en contra de la Revolución Cubana).
Es triste. Medio siglo sin tocarse, sin templar (o peor,
intentándolo, pero hipócritamente, dada la certeza de que las cámaras de la Seguridad
estarían registrando cada músculo y cada estertor).
Triste es mierda. Es tétrico.
Cuba no tiene cubanos que sirvan más allá de sus pacatas piltrafas.
Cuba no tiene cuerpos. No hay culo ni tetas que exhibir pulcramente en público,
como fe de que hemos sobrevivido a la barbarie del holocausto. Cuba no queda en
Europa. Cuba sólo tiene cabecitas perversas, el deseo en la Isla es el reino de
la violencia y la posesión. La libertad de estallar cuerpo afuera ha sido
suplantada por el castigo al cadáver, por la estigmatización carcelaria, por la
fobia al prójimo. Nuestro comunismo es apócrifo (como todos en la práctica),
una palabra pronunciada por nadie. Peor aún, pronunciada por millones de nadies
(nuestros nombres verdaderos sólo emergen en un expediente de la Seguridad, a
la espera del instante de aniquilarnos).
Cubanos y cubanas que me escuchan (esta columna se oye,
no se lee), para mí ha sido suficiente. Quiero irme ya. Ser otros. Ser real, no
asociable con esta raza de tapaderas y rostros serios desencajados, cuyas
calvas son sinónimos de calvario. No tolero ser más tu contemporáneo (la
democracia no se salva de la indecencia). No nos merecemos mutuamente el futuro.
Deberíamos estar ahora mismo suicidándonos de aburrimiento en familia, como el
revoluciosaurio de la foto europea. Tendríamos que auto-someternos a un Plan Piyama
hasta que Cuba nos calcine los restos del corazón con que estoy a punto de
odiarte, de hacerme daño, de trocar mi cuerpo en combate.
Mira, mejor déjame partir. Olvídate de mi voz en vivo, de
esta imaginación tan intolerablemente vital. Y, por favor, de no ser mucho pedirte,
bórrate a tiempo también tú.
Hasta que Europa nos devuelva la risa.

