lunes, 30 de diciembre de 2013

EN LA MUERTE MALA DE UN HOMBRE BUENO



LÁGRIMAS PLÁSTICAS
Orlando Luis Pardo Lazo

En la cárcel de Boniato, en Santiago de Cuba, un impedido físico, un preso común (para mí ningún preso es común), Norge Cervantes, un ciego, le dijo como despedida a Antonio Villareal, uno de los 75 prisioneros de la Primavera Negra con que Fidel Castro reaccionó al Proyecto Varela: “las lágrimas que corren por mis mejillas son del corazón, porque tengo los ojos de plástico”.

Antonio Villareal apareció muerto en Miami el sábado 28 de diciembre pasado. Día de los Inocentes, que en paz descanse este niñón noble de sesentitantos años, que fue torturado hasta la saciedad en Cuba. Hasta perder por etapas la voluntad sobre sus reflejos más elementales, como el de controlar su micción. Y sus lágrimas. Habló con muchos llorando dentro y fuera de Cuba, por teléfono o en cámara, pero nunca sus verdugos de verde olivo lo lograron quebrar. Por eso mismo se ensañaron.

Nosotros no, por supuesto, a nosotros no nos pasará nada parecido. Nosotros estamos sanos y en control. Nosotros triunfamos, como triunfó ya Miami y muy pronto triunfará La Habana. Miami, una ciudad largamente modelada desde La Habana para cumplir el rol histórico que a partir del 2014 se precipitará: salvar a la Revolución castrista, gestionar un futuro empresarial para su militariado mafioso de cuello y corbata. Putinismo a pulso.

No hay nada que el gobierno cubano haga que no esté signado por la muerte (de ahí mana su verdadero poder a perpetuidad). La liberación de los 75, por ejemplo, ya arrastra con varias muertes, incluida la de Laura Pollán, que aún estaría entre nosotros de no haber ocurrido esas “liberaciones”, pues ella por sí sola se sabía defender mucho mejor del complot asesino que le quitó la vida por la espalda y la cremó para no dejar evidencias.

El Cardenal Jaime Ortega es artífice de todas estas deportaciones forzosas y cómplice de la ristra de crímenes a los que él en persona les va dando el consumatum est. Los Castros ponen sólo la mano de obra.

Se especula que fue un suicidio y enseguida la prensa lo perdona porque Antonio Villareal tenía “problemas mentales” o “estaba enfermo de los nervios”. Suicidarse no es un síntoma de enfermedad mental, sino de fortaleza espiritual: es un bofetón a la arrogancia de Dios o el sinsentido de la Nada. Si se mató, es porque así se lo merecía Miami. Pero, en cualquier caso, no existe la menor evidencia de que haya sido un suicidio. Atentado o enfermedad, lo que sí es un hecho es que los cubanos lo habíamos abandonado, incluso desde La Habana.

Los cubanos somos todos como ese prisionero ciego, pero al revés. Nuestras lágrimas sí son de plástico, como los ojos con que miramos sin ver.


sábado, 28 de diciembre de 2013

LA EDAD DE LA INOCENCIA












Se imaginan. Que aquel golpe de Estado militar del primero de enero de 1959 hubiera sido considerado una Revolución en medio planeta. O planeta y medio. Se imaginan. Y que haya militarizado todo el país y exportado la guerra por más de 55 años de historia universal. Se imaginan. Que lo que no pudo conquistar mediante la muerte, lo conquiste finalmente mediante las urnas y el capital. Se imaginan. Que en el 2014 todavía los cubanos estuviéramos hablando de aquel tal Fidel o cualquiera que haya sido su nombre. Se imaginan.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

GONE WITH THE REVOLUTION


¿Cuál es nuestra lección después de 55 años de castrismo, más los que hubo incluso antes del batistato en Cuba (el castrismo es anterior a Castro), más los que falten aún, mientras no mueran los hermanos Castro (el castrismo no será posterior a Castro) y comience por fin la violencia de la libertad? ¿Hay una lección? ¡Qué pedagogía histórica tan perversa! Pero sí. Y si no la hay, entonces debiera haberla.

Como los buenos maestros de escuelita pública primaria, quisiera reducirlo todo a un par de puntos elementales, si bien parecerán traídos por los pelos y yuxtapuestos en el pizarrón. Prometo ser más que breve. Además, la tiza se cae muy fácil con un trapo húmedo y no deja huella en la memoria del aula.

1. Desde antes del inicio, la Revolución fue una falacia en nuestro imaginario nacional. No fue traicionada por Fidel Castro ni mucho menos. De hecho, la Revolución fue la causa fundacional de nuestra independencia y fue a eso a lo que estuvimos jugando durante el período republicano, abortando cualquier instante de entendimiento. Creíamos en la transformación violenta de la sociedad. Tratamos criminalmente a nuestros contemporáneos para no sucumbir criminalmente ante ellos. Castro fue incubado meticulosamente por los cubanos, hasta acumular suficiente maldad crítica como para hacerlo lo que es: un mal inderrotable sin aplicarle suficiente mal. Con suerte, o como venganza, el castrismo debería significar entonces el fin de esa ristra de Revoluciones cubanas. Habría que dejar de pensar y actuar revolucionariamente, porque todos los aliados iniciales de la Revolución, traicionados, encarcelados, exiliados o asesinados, pecaron también de ingenuidad cómplice: ignoraron a propósito que nunca ninguna Revolución en clave de muerte ha traído otra cosa que eso, más muerte.

2. El comunismo organizado ha cometido genocidio en Cuba. Vendió la nación a potencias extranjeras, bajo un disfraz popular y nacionalista. Pactó con un gángster carismático una dictadura a perpetuidad, vigente mientras él y su clan vivieran. Cauterizó toda vida civil: léase, desintegró la nación, fomentando un destierro que irreversiblemente diasporizó a Cuba. Abolió la idea del individuo, y eso lo hizo desde el marxismo no por concepto sino por coyuntura histórica (hoy ya sabemos que es viable un comunismo capitalista). Envileció al dios que en el hombre habitaba en Cuba, dejándonos como pueblo en una intemperie despótica ante el Estado. Dejó sin futuro cualquier esperanza de cambio. Por lo tanto ha perdido así su derecho de formar parte de cualquier futuro más inclusivo, tras la debacle que implicará la caída de los Castros. Aunque pocos cubanos tengan el coraje de mencionarlo (una excepción es el Proyecto de Transición de Oswaldo Payá Sardiñas), mientras no sea ilegal el comunismo organizado en la Isla, no habrá reconstrucción nacional que no sea controlada o boicoteada por los comunistas organizados.


Como todo buen maestro de escuelita pública primaria, no cobro salario por mi lección de tiza sobre la pizarra. He cumplido mi promesa de ser más que breve. A los alumnos no se les miente. Ahora ya pueden borrarme. O váyanse del aula.

viernes, 20 de diciembre de 2013

MI NOMBRE ES WILLIAM SAROYAN



K ABAJO


Mi padre había muerto, el buen Armenak (1918-1998).

Lo tendieron en la funeraria de Calzada y K, no lejos del hospital materno municipal: el América Arias.

Capilla K: fue mi madre quien eligió la letra. Le recordaba a su patria, Armenia, que en armenio oriundo se escribe Armenika. Le recordaba a mi propio padre, el cadáver reciente de Armenak. Se recordaba de sí: una viuda súbita llamada Takuji. En ambos casos, Saroyan.

Mis padres fueron primos antes de ser amantes. La familia Saroyan los excomulgó: no toleraban libertades dentro del propio clan. Ellos insistieron.

Después fue la Armenika ocupada quien los excomulgó: tampoco toleraban libertades dentro de sus falsas fronteras impuestas por los rusos, los turcos y los iranios. Ellos insistieron.

Cruzaron en mil dos escalas el continente y el mar, hasta naufragar por azar en otra patria pequeña llamada La Habana, trayendo a Armenika de polizón, doblada mil dos veces junto a los billetes sin banca de sus bolsillos.

Ellos insistieron. Pero ahora la muerte excomulgaba por fin a estos dos primos-amantes de su tan insistente pasión por la libertad.

En la funeraria más lujosa y solitaria del Vedado, La Habana, Cuba, mi madre Takuji me lo advirtió:

—No llores a tu padre, el buen Armenak —dijo—. Llórame a mí, que no me supe morir junto a él. Llórate a ti, que tus padres te humillaron así: primero sin patria y ahora sin familia.

Takuji mi madre todo lo pronunció en armenio suave y frágil, como ella, una lengua aún más muerta que si nadie en el mundo la recordara. Era el lenguaje de la desmemoria y de la frustración como hogar: igual en la patria que en la familia, ya no sabíamos nada de nuestro sino, desterradas con tierra pero sin destino.

Takuji mi madre continuó:

—Vilniak —después de siglos, volvía a pronunciar mi nombre en armenio—, no dejes que tus hijos tengan demasiada patria, ¿sí?

—Sí, madre —le dije.

—Vilniak —insistía Takuji—, no dejes que tus hijos amen demasiado a ningún hijo de patria, ¿sí?

—Sí, madre —le dije.

—Vilniak —sosteniendo con sus manos el peso de mi cabeza, como si aún no me diera crédito del todo—, no dejes que tus hijos te escuchen demasiado. Ni a ti ni a las palabras de tu madre que se te queden por dentro, ¿sí?

—Sí, madre —le dije.

Todo pronunciado en la medianoche con su armenio suave y frágil, como sus manos ingrávidas, como Takuji mi madre toda, como la flacidez del hombre muerto que permanecía tumbado en la caja, todavía con su altanera corbata negra, de algodón de la patria, muerto pero todavía a la escucha de nosotros dos, como de costumbre, incapaz de interrumpir ni a nuestro silencio: Armenak o, como hacía siglos ya nunca yo lo llamaba, Papazik Saroyan.

A esa hora, mi madre y yo éramos los únicos habitantes de la capilla K, en el piso más alto de Calzada y calle K. En el Vedado, 1998: doce de la medianoche.

Hacía también siglos desde que el anciano Armenak se moría, lo mismo que el jovencito Armenak. Su terror a la muerte lo hacía fingirse moribundo ante sí, a pesar de haber sido siempre un hombre vital ante los demás. Así exorcizaba su pánico. Así, y con la compañía parlante de una viuda súbita llamada Takuji.

Mi madre me pidió apagar las luces de la capilla. Fui hasta el interruptor y lo pulsé. Nada ocurrió. La lámpara era permanente.

Con la lima de un cortaúñas zafé el único tornillo remanente en el brake. Halé los cables y ambos cedieron con facilidad. La luz desapareció, o se escurrió por las persianas rotas de la glamorosa habitación.

Regresé junto a mi madre y el largo cirio, fundido con las ceras del eterno panal de abejas de nuestro jardín, ya estaba flameando: Takuji lo había encendido.

—Vilniak —había olvidado todas las lenguas del mundo y ahora ya sólo contaba con el armenio: su idioma natal junto al Lago Van, 1921—, nadie muere nunca su muerte definitiva. Ahora será necesario ir muriendo a tu padre de cada objeto, de cada espacio, y de cada recuerdo, ¿sí?

—Sí, madre —le dije.

—Vilniak —insistía Takuji—, sabes que ningún hombre es bueno mientras no escuche su nombre en boca de una mujer. Y sabes que todo hombre termina creando de la nada a quien será su mujer. Lo sabes y, sin embargo, tú te resistes. Entiendes que eso pasa cuando no se ama demasiado a la realidad, ¿sí?

—Sí, madre —le dije.

—Vilniak –sosteniendo con las manos la falta de peso de su propia cabeza, como si aún no se diera crédito del todo–, ¿por qué ya nunca hablamos en armenio?

Tenía razón. Ya nunca hablábamos en armenio.

No tenía razón. Ya nunca hablábamos.

Arqueé las cejas. Callé. Hice una mueca con tal de sonreír.

Cerré los ojos. Me doblé sobre su sillón y sentí su aliento. Era suave y frágil, acaso cansado. Como de corteza ahumada de haya. En ese instante me despertó un alarido.

Desde la puerta de la capilla K, cierto funcionario K. pataleaba. Nos insultaba sin inmutarse, apuntándonos con el índice roñoso de su mano izquierda. ¿Cómo rayos habíamos conseguido apagar la luz...? Eso estaba terminantemente prohibido por la administración. Éramos unos irresponsables, unos transgresores, casi unos excomulgables por la institución funeraria: la vieja historia congénita de los armenios.

El señor K. trajo a otros señores K. y entre todos restauraron la luz: una bombilla de al menos un kilowatt. El cirio de cera ahora ya no iluminaba junto a la caja. Miel inútil de flores procesadas por abejas obreras.

Mi madre se escupió los dedos y lo apagó. Agradeció en cubano correcto a la comitiva estatal, y me pidió en armenio también correcto que la dejase sola un buen rato. Había un rencor funéreo en semejante corrección: un odio póstumo que yo no recordaba en ella.

—Sí, madre —le dije, y salí.

Salí de la capilla K al parquecito en cuchillo de Calzada y K, donde se alzaba el edificio de aquella funeraria republicana.

Seguía siendo El Vedado, 1998: doce y un poco de la medianoche. Decenas de hombres dormían sobre los bancos de mármol y el césped de tierra, a lo largo de la calle Calzada y casi hasta el Malecón. Su sueño parecía demasiado profundo para ser dolientes de los cadáveres tendidos en cada piso de la funeraria.

Una viejita vendía café de un termo y yo remonté por K hacia arriba alejándome del mar. Pensaba en la vida de mis padres y en la vida en general. Recordé aquellos libros de grandes caracteres armenios que me leían durante la infancia. Son treinta y ocho letras y son muy bellas de dibujar, pero aún más hermosas de pronunciar. Recordé la cúpula siempre nevada del monte Ararat, tal como se ve desde la capital Eriván: una cumbre ahora olvidada al otro lado de la falsa frontera con la Turquía de verdad. Recordé las historias del genocidio y el odio genético a la palabra otomano.

Tres cuadras después alcancé la gran avenida. Vi el parquecito en cuchillo enclavado entre Línea y K. Me acerqué al busto de bronce y era, como de costumbre, Mustafá Kemal Ataturk (1881-1938): padre de la nación turca y despedidor de duelo de la desnación armenia.

Paz en el país, paz en el mundo: decía una tarja a esa hora casi ilegible por la carencia de luz. Fui tanteando el sobrerrelieve de caracteres latinos. Pax turka, pensé, y me senté bajo el farol sin bombillo o con el bombillo fundido, no sé.

Yo pensaba y pensaba, y de tanto en tanto algún carro fúnebre bajaba sin caja rumbo a occidente, por la calle K, iluminándome con el spotlight amarillo de sus faroles. Era una paz desproporcionada y aterradora. Yo pensaba y pensaba en el amanecer de un nuevo mundo cuando por fin amaneció en el viejo mundo de este lado del Atlántico.

Los gorriones piaban con rabia, expiaban sus frustraciones de la última noche. Una pareja se posó en la calva metálica del Ataturk. Jugaban, probablemente hoy terminarían por hacer el amor. Muchas veces: rápido, pero muchas veces. Literalmente como gorriones.

El macho se limpió el pico en el busto, mostró por última vez la altanera corbata negra alrededor de su cuello, y voló hacia ningún cielo en especial.

La hembra engrifó las plumas de la cola, dejó caer una copiosa cagada líquida, y también voló en la dirección trazada por su pareja. Hacia el oriente, hacia el hospital materno municipal: el América Arias, literalmente de Armenika a América.

Volví casi al galope K abajo hasta alcanzar la capilla K de la solitaria y lujosa funeraria de la calle Calzada.

El velorio de mis padres sería ese viernes de invierno a las ocho y media de la madrugada.

Yo sería el único doliente en asistir y me resultaba imposible desistir ahora.


Sólo eso.

domingo, 8 de diciembre de 2013

ADAGIO DE HABANONI

WENDY WAR



CRECIDA EN EJERCICIOS DE MUERTE
Wendy Guerra 
(Tomado de su blog HABÁNAME)

Tengo la muerte blanca y la verdad
lejana… -No me des tus rosas frescas;
soy grave para rosas. Dame el mar…
Dulce María Loynaz

Solícita la muerte, vigilante,
anduvo tras de mi hasta mi caída.
Me acompañó –solícita y amante–
Rafaela Chacón Nardi

“Voz pavorosa en funeral lamento,
desde los mares de mi patria vuela
a las playas de Iberia; tristemente
en son confuso la dilata el viento;
el dulce canto en mi garganta hiela,
y sombras de dolor viste a mi mente.
¡Ay!, que esa voz doliente,
con que su pena América denota
y en estas playas lanza el océano,
«Murió –pronuncia- el férvido patriota…»
«Murió –repite- el trovador cubano»;
y un eco triste en lontananza gime,
«¡murió el cantor del Niágara sublime!»”
Gertrudis Gómez de Avellaneda

Llevo muy mal el tema de la muerte. Me inclino ante la muerte con demasiado dolor. Al asomarme a un colgadizo puedo descender abrumada por el miedo.

Esta semana despierto con el recuerdo de mis muertes. Mis padres, mis amigos, mis poetas, mis santos personales.

El alma, el cuerpo, el vacío, el abandono o la estela que dejan nuestros muertos más entrañables, combaten en mí con heridas intensas.

En esta semana los periódicos del mundo hablan sobre la muerte, el encierro, las huelgas de hambre en mi país. Mi cabeza y mi cuerpo son atrapados en la jaula de pájaro que es el acto de morir.

Para muchas culturas es un ciclo que se cierra para abrir otros ciclos claros y luminosos. De esta forma debería verlo yo, a quien la muerte le parece el final de todo. Pero la muerte me pesa y me arroja a una oscuridad poderosa.

Siempre me pareció normal que alguien decidiera morir ante la perspectiva de vivir y padecer indefinidamente por una enfermedad irremediable. Siempre, hasta que me tocó de cerca la disyuntiva de la eutanasia. Miré el cuerpo aún vivo de mi madre, miré su cara y me cerré a cualquier otra posibilidad que no fuera la de encontrar el milagro o desenterrar una esperanza. Me convencí de que en el cuidado del cuerpo que aún aletea ante nosotros, vive la esperanza.

Se abre la jaula de la vida.

Manejo mal la muerte, pero hay que enfrentarla. Seis marzos atrás, el día de la muerte de mi madre me rendía yo ante ella.

Entre coronas de flores, rituales del lamento, pésames o visitas a enfermos terminales yo me desarmo.

No apoyo la pena de muerte. Lamento cada día de una huelga de hambre.
En mi adolescencia soñaba con un mismo fusilamiento. No podía ver las caras, escuchaba el disparo y veía los muros grises llenos de agujeros de bala. La pesadilla se me repitió por años.

Soy muy conciente, tanto la hemos llamado que no debemos asombrarnos de que aparezca. Cada día, desde muy pequeños, repetimos aquella frase en la que debíamos elegir entre la patria o la muerte; juramos ser como un hombre ya muerto y en esa muerte pusimos toda la energía de nuestro crecimiento. “Pioneros por el comunismo, seremos como El Ché”.

Los bustos, los himnos, los patriotas, los nombres de héroes idos y mártires que llevaban nuestras escuelas. Cada octubre las flores en el mar para Camilo.

Hicimos filas y filas para ver cajas de muertos venidas de guerras lejanas a la isla.

Somos una cultura que no se ha preparado para la muerte, pero que la nombra con facilidad. No celebramos el día de los muertos como podría hacerlo un mexicano, pero la mencionamos a diario como un mantra, mirándola a la cara, como una posibilidad permanente.

En los ochenta, cuando los sucesos de Granada, escuchamos la narración oficial de una falsa inmolación. Sus protagonistas, perdidos en un lugar lejano de la patria, morían combatiendo envueltos en una enorme bandera cubana. Una imagen tan fuerte que todavía nos sobrecoge. Aunque la vida y la patria sean para mí, una presencia real, luminosa, fértil, continua y sobre todo perdurable, se nos impone, constantemente, en contraposición a la muerte.

Muchas consignas tienen un contexto, pero nuestro énfasis en la asfixia, en la “no salida” nos ha soldado a una inmovilidad que deriva en LA MUERTE.

“Patria o muerte, venceremos”.

“Quien intente apoderarse de Cuba, recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre sino perece en la lucha”.

“Nuestros muertos alzando los brazos, la sabrán defender todavía”.

“Hasta después de muertos somos útiles”.

“Todos gritarán, será mejor hundirnos en el mar, que antes traicionar la gloria que se ha vivido”.

A los nueve años imaginaba “hundirnos en el mar” como la acción de halar una palanca que desencadenaría un enorme remolino que nos arrastraría hasta el mismísimo fondo del mar. Mi madre me explicaba que se trataba de una metáfora, pero yo volvía a verme en el fondo, con todo y patria.

En el malecón, entre la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba y nuestra cotidianidad ondea un mar de banderas negras.

Varios de nuestros amigos perdieron a sus padres en las guerras de África.

Las despedidas familiares en la orilla, esas despedidas que garantizaban la posibilidad de una travesía marcaron los años noventa cuando el éxodo de los balseros.

Titulares de mi infancia: Atentados, sabotajes, amenazas, epidemias. Nuestros padres abonando eternamente un día de haber para las Milicias de Tropas Territoriales que nos defenderán.

Los túneles populares, los campos de tiro. Reservas de guerra. Período especial en tiempos de paz. Plan de evacuación. Trincheras. Sirenas de Alarma aérea. “Cada cubano debe aprender a tirar y tirar bien”. La preparación militar como una asignatura y el concentrado militar al final de nuestras carreras universitarias, imprescindible para poder recoger tu título. En fin, la diaria posibilidad de una guerra, de la muerte. Los discursos develaban su inminencia, entonces la sentíamos muy cerca, estaba a nuestro lado. La muerte ha sido una leve lámina que nos une o nos separa.

Un guaguancó incendia el aire y cuenta que la muerte nos llama. Ciertos boleros desgarrados prefieren la muerte en su desenlace. Cuántas canciones maravillosas, clásicos que no vamos a olvidar ni después de muertos, hablan de la muerte.

Me pregunto por qué diablos no me acabo de acostumbrar a su presencia.

En las noticias y análisis de estos días se habla de la muerte como una posible solución. ¿Es sobre la muerte que debemos construir la vida plena? El hambre se convierte en muerte y la muerte es parte de un hambre que nos provoca vacío, debilidad, luto.

Quiero aprender a transformar la vida desde la vida misma.

No me acabo de acomodar a la muerte. En los cementerios, donde puedo ir a visitar a la mayoría de mis seres queridos, busco y comulgo con la vida que se abre paso bajo los ángeles y las grietas de mármol. Debería saludar a la muerte con normalidad. Pero no puedo quedarme quieta ante ella. Amo el modo en que Tomás Gutiérrez Alea la recreaba, relacionándola con nuestra cotidianeidad, traveseando con su presencia.

Hoy pienso en mi madre Oya tan unida a Ikú, divinidad de la muerte. Miro hacia la calle, sigo pensando en que Oya propicia los temporales, los vientos fuertes y huracanados, los rayos y centellas. Ella simboliza el carácter violento e impetuoso y vive en la puerta de los cementerios. Representa la intensidad de los sentimientos lúgubres, el mundo de los muertos. Toda ella es la reencarnación de los antepasados, la falta de memoria y el sentimiento de pesar en la mujer. La bandera, las sayas y los paños de Oya llevan una combinación de todos los colores… excepto el negro.

Pido a Oya que me ayude a entender la muerte, porque acecha, y ya corre a nuestro paso. Mucho la hemos invocado, nombrado, mucho la hemos aludido y ahora que viene ante nosotros y se presenta. ¿Qué hacer? Quienes le hemos llamado debemos recibirla.

Ahora, ¿qué cara le vamos a poner a la muerte?

lunes, 2 de diciembre de 2013

ME DICE DICIEMBRE



Comienza diciembre en Nueva York.

La gente no lo nota, porque no son cubanos. Pero diciembre es el mes de la muerte y la ilusión. Termina un año. Todavía estamos aquí. Comienza otro año. No sabemos si será el de nuestra fecha final. La belleza y la libertad nos rodean sin otra alternativa que la tristeza. Extrañamos a algún amor.

Manhattan es eso. El sitio donde con cada nueva vida extrañamos al mismo viejo amor. Aunque la gente no lo note, porque no son cubanos, y diciembre se disimula apenas como otra excelente oportunidad comercial.

Mi nombre es Orlando Luis. Nací el 10 de este mes, en 1971. Cumpliré fuera de Cuba 42 años. Valga la ambivalencia. Tal vez cumpla fuera de Cuba mi cumpleaños 42. Tal vez sean ya 42 años desde que mi patria me deportó.

Digan lo que digan las estadísticas del Estado revolucionario y sus comparaciones cómplices con otros emigrantes, no hay un solo cubano fuera de Cuba que no haya sido deportado. Lo prueban los sueños, aunque estos no basten para llevar a los hermanos Castro a una corte internacional.

Esas pesadillas recurrentes de exilio nos reúnen alrededor del eje malévolo de lo que ha significado el castrismo para nuestros cuerpos. Ya sabemos que el pueblo cubano es una invención fascista desde antes de la independencia. Pero nuestros cuerpos colimados de pronto por los mismos sueños soberanos aún nos permiten reconocernos como nación.

Somos cubanos porque soñamos un terror equivalente, porque nos aterra nuestra tierra a la que nadie que de verdad sea cubano querría de verdad regresar.

Somos cubanos porque nuestras cabezas se columpian en comunión durante las madrugadas de sudor, temblores, sonambulismo, muecas, halitosis, carraspera, pastillas, ronquidos, apnea, y despertares con lágrimas, mientras nos damos cuenta de que se parece cantidad a La Habana, pero quien persiste perversamente allá afuera es ahora New York.

El diciembre de Manhattan es la estación más desolada y habitable del año.

Nos acordamos, también, de nuestros cadáveres abandonados al pairo con la prisa prosaica de la partida. Bien, pues, tengo malas noticias de recién llegado de nuestra isla: en los cementerios cubanos es un timo tétrico intentar recuperar nada sagrado. Muchos huesos han sido saqueados por el panteón negruno. Otros han sido secuestrados por la policía política para osteoporizar la historia de sus crímenes y, de paso, sabotear cualquier homenaje futuro a sus víctimas. Aún otros están en manos del noviciado médico y también de los artesanos en CUC de bisuterías de carey.

El resto es confusión de fosas comunes con familiares. Ni Martí ni el Ché ni ninguno de los despojos de nuestro patrimonio despótico son lo que dicen sus etiquetas. El mármol miente. Ni abuelita ni tía ni tu amor te esperan allí. Los cementerios cubanos son un crucigrama que nuestra propia fuga ha dejado sin clave para descifrar.

Se los repito no sin dolor: es muy tarde ya, no volvamos allí donde no dejamos a nadie.

La nación difusa de diciembre espera así sus primeras nieves y celebraciones de resumen anual. Las Cubitas diaspóricas poco a poco se espesan, según el exilio cubano se evaporó. Somos un fuego fatuo, un juego de luces malabares, un error óptico de refracción.

Respiremos. Traguemos el aire libre de Nueva York. Reconozcámonos entre seres extraños ante las vidrieras de un lujo casi luctuoso. Ser los maniquíes fantasmas del lado de acá. No integrarse a nada, porque de todas formas siempre estaremos con una mitad del alma a cada lado del vidrio, sombras violentamente cubanescas cuya memoria es frágil pero bien fermentada. No sólo estamos, sino que somos mitad New York y mitad Habana.

Me subo el cuello del abrigo. Hundo mis manos en los bolsillos. Parezco un personaje de algún policiaco, a medio camino entre el detective privado y el asesino en serie. Toso. La tos neoyorkina de los cubanos sin Cuba también es un síntoma residual. Tosemos por pura tozudez. Tememos por nuestros pulmones, por el ritmo reumático de nuestra respiración, pero en la práctica casi nunca enfermamos sino es para morir.

Para entonces, para cuando se agote el diciembre de Nueva York, estaremos ya arrasados, consumidos. La gente no lo notará, porque no serán cubanos. Pero diciembre habrá sido de nuevo el mes de la muerte de la ilusión. Otro año que no habrá terminado del todo. Ya no estaremos tantos aquí. Otro año que tampoco acaba nunca de comenzar, pues ninguna fecha sería capaz de culminarlo en nosotros.


La tristeza que nos rodea nos hace libres y bellos con ese brillo bárbaro y sin alternativas que implica toda verdad. Extrañamos, por supuesto, a algún amor.

sábado, 30 de noviembre de 2013

NADAVIDADES

http://www.penultimosdias.com/2008/12/22/nadavidades/



De Julián del Casal (1863-1893) conservo sólo su inviernofilia.

Esas crónicas semanales donde se añora un invierno que dure meses en Cuba, para así disfrutar del silencio de unas calles ya apenas habaneras después del crepúsculo:

[…] ¡y que la nieve principiara a caer, colocando sus arandelas alrededor de los troncos de los árboles, poniendo sus caperuzas sobre las montañas eternamente verdes, y empezando a extender los pliegues del sudario en que todos nos hemos de abrigar!

Narrativamente, desde 1998 las Navidades cubanas se me han ido haciendo cada año menos rentables y más inverosímiles. Algo sutil se ha perdido en el aura vieja de la noche de 24 para 25. Algo sacro flotaba antes en el espíritu de resistencia contra su prohibición por edicto. Algo triste que se ha hecho ahora demasiado tangible.

Mientras Cuba más se mimetiza con el resto del mundo, cuando "demagogia" y "democracia" parecen parónimos o padecen de parodia, mientras la gente más se entusiasma con el día después o se suicida el día antes, yo intuyo que nuestro futuro está condenado a repetir represivamente siempre la misma vacua representación.

Habitamos una Habana deshabitada hasta por aquellas películas lánguidas, al estilo de "Los paraguas de Cherburgo", que la Cinemateca programaba puntualmente cada fin de año.

En el 2002, diciembre me sorprendió en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (Jalisco, México). Desde los primeros días del mes, la ciudad se llenó de flores rojas que yo no sabía nombrar y que ridículamente confundí con toda la parafernalia de adornos artificiales.

Un funcionario cubanófilo me preguntó de buena fe cómo era en Cuba el decorado de Merry Christmas, Revolución (el buen hombre me recordaba al John Lennon de una balada de navidad). Por entonces desgraciadamente yo aún no conocía esa útil figura retórica que se llama “diálogo diplomático”, así que le solté un desplante por el que después vía e-mail hasta le pedí perdón: "Nosotros colgamos banderas cubanas y caritas de Fidel en los arbolitos de Navidad".

En efecto, desde hace un par de años las he vuelto a ver, sobre todo en las tiendas en divisas de Ciudad de La Habana. Simulan ser estampas navideñas del Compañero Fidel. La barba cana como última reminiscencia de Papá Noel. El uniforme verde daltónico de Santa Claus. Y, al fondo, una marea humana de renos desfilando ante la Plaza de la Revolución.

Ese fin de año de 2002 una poeta valiente y callada de Matanzas me escribió, con los rescoldos o los resabios de nuestro amor, un poema como aguinaldo, cuya lectura siempre me deja cierto sabor a pesadilla post-Padilla:

[…] Cercenaron nuestra infancia en consignas vacías,
historias de mar, cárceles inútiles.
Nos arrancaron las manos de construir castillos de arena,
las piernas de correr delante de la muerte,
la voz de cantar salmos, los ojos de mirar a las estrellas.

Nos volvieron austeros, siniestros.
Han querido borrarnos el alma pero nos queda el llanto y la rabia
y la memoria como escudo ante tanta mentira.
Hoy todo es vacío y una densa paz ciñe la noche […].

Mi amiga poeta y yo cumplíamos ese diciembre 31 años. También 31 tenía Joseph Brodsky cuando escribió su poema “24 de diciembre de 1971″ (justo el año en que nacimos mi amiga poeta y yo):

[…] Vacío. Pero ante la idea del vacío ves
de pronto como una luz de ninguna parte.
Si el Monstruo supiera que mientras más fuerte es,
más creíble e inevitable es el milagro […].

Mientras tanto, la prensa plana cubana nos devuelve efemérides fúnebres de la patria. Es obvio que el Estado nunca desea la desmemoria total: antes bien, según Ricardo Piglia, se trata de un pugilato entre ficción de autor versus ficción estatal. De (mala) suerte que otra vez leemos reciclados los titulares y testimonios de las Pascuas Sangrientas, asesinatos cometidos hace medio siglo por Fulgencio Batista (anti-héroe al estilo de un Herodes local) sólo para aderezar la sangre amniótica de una revolución.

Sea solsticio o sean saturnales, disfruten de la venia papal o de una prohibición puritana, entre pesebres y despotismos, a ritmo de villancicos o de reguetón, igual las navidades en Cuba me remiten a otras crónicas finiseculares donde añoramos un invierno que dure milenios, para así disfrutar del silencio de unas calles apenas crepusculares ya después de La Habana:

[…] ¿qué mejor mortaja que la nieve puede ambicionarse en un pueblo que bosteza de hambre o agoniza de consunción?

ALASKA AND MY DAD



ALASKA
Orlando Luis Pardo Lazo


“Would you like to live in Alaska?”,
my father used to say.
“If you never go to Alaska, son,
death will surprise you incomplete”.

Mysterious words
pronounced in the late 70´s of an island
under the shrieking socialist sun of
La Habana.

Words not in English
nor in Spanish, of course,
but in a Cuban jargon with no references:
a dead tongue that in my childhood
sounded
as a curse.

I was 9 or 10
or maybe no age at all
and I looked as frightened as today.
But I had my father
which was also my grandpa
although he talked of death
and
Alaska
and
other incomprehensible
fates.

He was 52
when I was born
in the early 70´s of an island
under the socialist sunny shrieks of
La Habana.

Besides the transparency
of his Sicilian eyes,
I inherited two private homelands
from dad:
chess
and
English,
two labyrinths hard to distinguish
in the magic of his bookshelf.

We lived in Lawton
a delicate neighborhood
in the outskirts of La
Habana
now turned into a suburban wasteland
in the outskirts of La
Revolución.

My father so humble
so lucid
so loser
so tamed under the spell
of the official speech,
swallowing permitted pills
to overcome his nightmares of
Alaska
and
death.

My father so much my
grandfather.

He retired when I was still a kid.
Here and there he insisted
with his northern case
(technically, an escape)
calling me sometimes
“son”
and sometimes
“grandson”.

He hated life under Fidel
for sure
but this was something nobody around him
ever
guessed.

My father so shrewd.

He thought he would survive the
Commander in Chief.
But August is the cruelest month.
And on the 74th birthday of the
Maximum Leader
my father was generous enough
as to pass away
thus losing forever his bet
with his former Jesuit classmate:
Fidel.

It was a sudden Sunday and grandpa
had just turned 81.

An amateur autopsy
told us later he had cancer,
a merciful metastasis
that put him to sleep with no nightmares
and
no pain.

Never been to a doctor.
Never suspected a thing.
Just a couple of coffee-like throw-ups
and the transparency of his Sicilian eyes
became so opaque.
Maybe he did win his bet
with the decaying corpse of
Fidel.

“Forget about life in Alaska, son”,
were almost his last words:
“there´s not such a place on Earth”.

His name was Dionisio Manuel Pardo Fernández
(almost a 19th century name).

Since then,
it has taken me 13 years to understand
I wouldn´t need to pronounce more
his long and musical name.
No need to take him out of his sacred chamber
where decades and decades of American magazines
were frozen after the splendor of the 50´s
in his bookself.
His reading resistance resembled
the dearest delusions of a Don Quixote in La Habana of
Fidel.

I´m sorry, grandpa.
A deal is a deal, dad.

Not only there was indeed such a place on Earth called
death
or
Alaska
but I am here now
to challenge you to display
the chessboard
over those archaic English dictionaries
bought in the 80´s for a couple of Cuban pesos in
La Habana.

1. Pawn King-Four.

I know how you will defend.
Once Sicilian, always Sicilian.
The terminal transparency of your eyes
makes obvious that black square
now emptied for the ages.

1.      (…)     Pawn Queen-Bishop-Four.

FAREWELL CUBALASKA, WELCOME MANHATTABANA


Llego a la casita de Queens después de una semana en Alaska. Seis aviones intercontinentales. Menos veinte grados Celsius y el sol del mediodía asomando por el horizonte. Fui tan libre y tan feliz. Voy a amar allí, bajo las auroras boreales de Fairbanks. Allí nacerá mi hijo. Y será tan cubano como tú. O más. Porque no tendrá memoria del horror.

Llego a la casita de Queens y caigo muerto sobre el sofá. Ni desempaco. Estoy partido del hambre. Me duele la garganta. Casi no tengo voz. Si me enfermo en los Estados Unidos, tendré que curarme solo. Virar a Cuba sería un suicidio. Allá los médicos de la Seguridad del Estado me esperan para cumplir su misión.

Salgo y traigo una carne asada medio colombiana, con arroz y frijoles colorados. Le ponen una lonja de aguacate. Nada sabe a nada, pero en Estados Unidos es así. Huele, me da revolturas. Me quedo con hambre. 

En realidad, no me gusta comprarle a los latinos del barrio. Tienen una pinta mortuoria que ni los cubanos después de Castro. Entras al restaurant y se te quedan mirando como iguanas, con palillos de dientes y la ropa más chea el mundo, superada sólo por la música melosa que se disparan.

Igual ya lo compré. Mastico un rato. Luego, boto todo el sancocho a la basura. O no. Lo voy a botar, pero no alcanzo al latón de la cocina. Porque en ese instante se mete en el medio un ratoncito. 

Es gris. Está famélico. Es obvio que llevaba una semana sin mí, trancado en la casita de Queens, sin tener nada que tragar. Debe ser muy joven. Ahora casi me implora con la mirada, es como una mascota espontánea. Sería tan fácil caerle a palazos. Eso es lo que hacemos en la islita.

Pero yo le pongo las sobras sobre una jabita de nylon. Casi se las puse en la boca. Y el ratoncito comienza a comer los restos de mi comida en la casita de Queens. A cada rato me mira. Lo miro. Nos miramos. Estamos del carajo los dos. Qué solos. Qué desvalidos. Nadie se acordaría de nosotros si no nos ayudamos él y yo.

Me tiro de vuelta sobre el sofá. El exilio es eso. Sustituir lo que en Cuba hubiera sido una muerte sangrienta por una pizca de lástima mutua y solidaridad.