EN LA MUERTE DEL INGENIERO, EL PROFE
QUE “NO ERA FÁCIL”, MI DESCONOCIDO TOCAYO DURANTE DOS DECANDENTES DÉCADAS DANDO
VUELTAS EN CÍRCULOS EN EL MISMO CACHITO DE PAÍS
Orlando Luis Pardo Lazo
Lo
vi durante años y años de movimiento browniano desquiciado en el corazón del
Vedado. Cada cual afanándose en su propia ruina.
Él,
cruzando la barrera de los ochenta, como un Castro de carretera (con su carácter
ciertamente castrista pero no criminal), como un Cristo con traje y corbata de la
República (aunque casi toda su carrera de Física ocurrió bajo las leyes lineales
de la Revolución). Yo, cruzando la raya límite de la locura, de los treinta a
los cuarenta, del Período Especial a los Años Cero (una década doble), tan
viejo como “el profe” mismo pero con la mitad de su edad.
Caminaba
con orgullo de caminante, con porte de ciudadano que se vale por sí mismo, sin
patetismo quejoso de ninguna clase, el Ingeniero Durán. No se detuvo por más
raídas que estuvieran sus ropas, por más que olieran a sudor de ser humano que
ya no se sabe del todo asear (o que ya no vale la pena del todo perder el
poquito tiempo que queda en eso). Yo lo veía desde taxis y guaguas, desde cines
y citas, desde mi propio y pobre desasosiego que me reducía a un cero humano. Definitivamente
patética mi mirada, al contrario que él, con lagrimitas incluidas que eran una
especie de culpa en mis mejillas de un Orlando que también se iba quedando solo
en medio del socialismo (los dos dejados atrás por la historia de una época que
será, por suerte, la de la dispersión definitiva de nuestra nación).
Yo
lo veía, como en un stop-motion ralentizado,
y me tocaba por instinto en mis bolsillos. Cuando trabajaba para el Estado
cubano, yo era un ser mezquino. ¿Qué podría ofrecerle al antiguo profesor de la
facultad de Física? ¿Cien pesos cubanos (4 dólares), un tercio de mi salario revolucionario
de profesional? La idea de entregárselo todo entonces no se me ocurría. Yo aún no
había conocido ese tipo de solidaridad. Yo aún tenía pánico de salirme del
sistema y “marcarme”. Pensaba que era posible acumular algo en Cuba y ser libre.
Ignoraba que, en un cementerio, nuestras manos han de estar siempre radicalmente
vacías. Ignoraba que la libertad, si no habita en tu alma, como dios, ningún policía
o párroco te la puede insuflar (y mucho menos arrebatar).
El
ingeniero Durán parecía libre. Me humillaba un poco su dignidad. Su coraje de
no desmayarse, como a ratos siento en mi pecho yo.
Vivía
en un palacete convertido en solar, por detrás de otro palacete privado devenido
Museo Napoleónico, muy cerca de la universidad. Allí lo cuidaron hasta donde se
dejó cuidar. Allí el vecinazgo sonreía a sus espaldas entre la sorna y la misericordia,
susurrando que “el profe nunca había sido fácil”. Él los atacaba cuando podía y
desconfiaba de ellos como si lo quisieran desvalijar de sus últimos bienes
(también los quería, por supuesto, aunque ni en mil vidas Durán hubiera
pronunciado eso en voz alta).
Su
Departamento de Física intentó contratarlo justo hasta el final (hasta antier
acaso), no tanto por el dinero y la comida, como para que no se convirtiera en
otro mendigo por ahí, y para que siguiera siendo útil a sus pupilos más allá del
retiro laboral y su pensión (sus pupilos, a los que ya él no tenía nada que
enseñar excepto su biología de fierro, su experiencia recia de no dar jamás su
testa a torcer). Parecía un vasco, un siciliano, un inmigrante de paso por este
trópico donde todo flota violando la gravedad, mientras que él conservaba
cierto empaque de criatura continental, de animal civil caído de otra Era Geológica.
A
finales del 2012, cargué con un maletín de donaciones que el exilio cubano pone
generosamente en las manos de muchos activistas libres dentro de Cuba (el
exilio de los Estados Unidos de América, digámoslo con orgullo y sin resquemores).
Medicinas y alimentos (temibles armas para tumbar al gobierno de La Habana). Todo
de estreno, todo gratis. Y lo busqué, al Ingeniero. Hacía mucho que no
coincidía con él por las calles. Nada más verlo, enseguida supe por qué. Durán
estaba liquidado, el valiente guerrero. Su pecho hundido, la respiración a
saltos, las mejillas huecas, los ojos alucinados, la ropa se le caía y mostraba
con eso un pudor inviolable. Me dijeron que padecía no sé qué deficiencia respiratoria
con complicaciones renales, pero eso es lo que dice nuestra medicina cuando no
se molesta en diagnosticar lo obvio. Cáncer. Estoy seguro, es un deterioro tan
típico. Y lo he visto en tanta gente buena a mi alrededor.
Le
dije que el paquete se lo mandaban estudiantes suyos de medio mundo. No me
creyó. Fui más específico en mi mentira. Le dije que eran dos o tres colegas
que trabajaban en Suiza, en un ciclotrón, y me di cuenta que a partir de ese
instante yo dejaba de ser Bioquímico y debía asumir su misma profesión. La
palabra “ciclotrón” pareció iluminar su mirada. Le dije que nunca lo olvidaban,
que muchos otros querían ayudarlo pero no sabían su dirección, que nunca lo
había olvidado yo (a pesar de que apenas si recibí unas pocas Prácticas de Laboratorio
de su mano, donde invariablemente él me suspendía con un reverendo 2, pero esto
no se lo dije, claro, esto sólo lo sonreí para adentro mientras le ayudaba a ponerse
la ropa después de hacer pis: con mi padre anciano nunca llegué a tanta
intimidad durante su brevísima agonía).
Recuerdo
un pujo que yo le hacía a mis hermanos del alma en la Facultad de Biología, a
principios de los años noventa y de la barbarie. El Profe tenía una bata blanca
en cuyo bolsillo decía ING DURÁN. Desde entonces ya era un cascarrabias
insufrible. Y, en venganza, yo fabulaba para mis amigos y novias, tan jóvenes,
casi adolescentes, que aquel membrete no quería decir INGENIERO DURÁN, sino que
era una errata de IGNACIO DURÁN, que el Profe seguramente era un cocinero que
se había colado, en pleno Laboratorio de Mecánica, desde el comedor de la
universidad.
Y
reíamos. Reíamos no porque fuéramos estúpidos (que lo éramos), sino porque
estábamos todos muy tristes. Éramos tan frágiles y en el país se incubaba tanta
muerte… Reíamos porque sabíamos que el tiempo de mirarnos a los ojos y amarnos
se escurría a cuentagotas para nuestra generación.
Miré
los ojos de Durán. Pregunté su nombre a la vuelta de un nuevo siglo y milenio.
Me miró asombrado. Qué mala memoria la mía, Orlando. ¿Orlando? Orlando. Todo
este tiempo el Profe se había llamado como yo, Orlando. Lo dejé pixelarse entonces
entre mis lágrimas que no permití que él las notara. Me encargó bajar de su
palomar rococó a comprarle un refresco gaseado en moneda nacional. Fui y viré. Me
instruyó cómo reparar su agendita de papel, sobresaturada de contactos. Se la
reparé lo peor que pude y la puse al sol, pues estaba mojada, no quise
averiguar de qué. Tampoco me atreví a lavarme las manos.
Entendí
que el Ingeniero Orlando Durán apenas si probaría una compota o media
multivitamina Made in USA. Agradecí a
las personas que lo rodeaban y les dije que, por favor, podían consumir lo que
quisieran de ese paquete, dejando siempre la porción que el Profe necesitara
(nada, a estas alturas él no necesitaba nada). La semana siguiente lo llevarían
a un asilo médico gracias a una gestión con algunas monjas católicas, creí
entender. Me colgué de su cuello y le aseguré que todo iba a estar bien, que no
temiera, como hasta ahora, que pronto lo volvería a ver.
Hoy
recibo un sms desde probablemente un ciclotrón de verdad, en Suiza. Su muerte
me llega a varias veces la velocidad de la luz desde allí, desde un mundo donde
la Física no depende de la Fidelidad. Adiós, Profe. Adiós, ING DURÁN (ingeniero
o ignacio, ahora da igual). Adiós, Orlando.

1 comentario:
tristisimo. como tantos casos. por estos dias le dieron algun premio a la dra. vigil. recuerdo perfectamente al ing. duran del laboratorio de mecanica donde implacablemente nos hacia repetir una y otra vez los experimentos que corroboraban las leyes de newton con carritos de madera construidos por el mismo. con el empece a entender la importancia de los “detalles” que tanto menosprecian los portadores del gen de la indigencia conceptual concreta.
Publicar un comentario en la entrada