sábado, 5 de enero de 2013

DURAN, EPD





EN LA MUERTE DEL INGENIERO, EL PROFE QUE “NO ERA FÁCIL”, MI DESCONOCIDO TOCAYO DURANTE DOS DECANDENTES DÉCADAS DANDO VUELTAS EN CÍRCULOS EN EL MISMO CACHITO DE PAÍS
Orlando Luis Pardo Lazo

Lo vi durante años y años de movimiento browniano desquiciado en el corazón del Vedado. Cada cual afanándose en su propia ruina.

Él, cruzando la barrera de los ochenta, como un Castro de carretera (con su carácter ciertamente castrista pero no criminal), como un Cristo con traje y corbata de la República (aunque casi toda su carrera de Física ocurrió bajo las leyes lineales de la Revolución). Yo, cruzando la raya límite de la locura, de los treinta a los cuarenta, del Período Especial a los Años Cero (una década doble), tan viejo como “el profe” mismo pero con la mitad de su edad.

Caminaba con orgullo de caminante, con porte de ciudadano que se vale por sí mismo, sin patetismo quejoso de ninguna clase, el Ingeniero Durán. No se detuvo por más raídas que estuvieran sus ropas, por más que olieran a sudor de ser humano que ya no se sabe del todo asear (o que ya no vale la pena del todo perder el poquito tiempo que queda en eso). Yo lo veía desde taxis y guaguas, desde cines y citas, desde mi propio y pobre desasosiego que me reducía a un cero humano. Definitivamente patética mi mirada, al contrario que él, con lagrimitas incluidas que eran una especie de culpa en mis mejillas de un Orlando que también se iba quedando solo en medio del socialismo (los dos dejados atrás por la historia de una época que será, por suerte, la de la dispersión definitiva de nuestra nación).

Yo lo veía, como en un stop-motion ralentizado, y me tocaba por instinto en mis bolsillos. Cuando trabajaba para el Estado cubano, yo era un ser mezquino. ¿Qué podría ofrecerle al antiguo profesor de la facultad de Física? ¿Cien pesos cubanos (4 dólares), un tercio de mi salario revolucionario de profesional? La idea de entregárselo todo entonces no se me ocurría. Yo aún no había conocido ese tipo de solidaridad. Yo aún tenía pánico de salirme del sistema y “marcarme”. Pensaba que era posible acumular algo en Cuba y ser libre. Ignoraba que, en un cementerio, nuestras manos han de estar siempre radicalmente vacías. Ignoraba que la libertad, si no habita en tu alma, como dios, ningún policía o párroco te la puede insuflar (y mucho menos arrebatar).

El ingeniero Durán parecía libre. Me humillaba un poco su dignidad. Su coraje de no desmayarse, como a ratos siento en mi pecho yo.

Vivía en un palacete convertido en solar, por detrás de otro palacete privado devenido Museo Napoleónico, muy cerca de la universidad. Allí lo cuidaron hasta donde se dejó cuidar. Allí el vecinazgo sonreía a sus espaldas entre la sorna y la misericordia, susurrando que “el profe nunca había sido fácil”. Él los atacaba cuando podía y desconfiaba de ellos como si lo quisieran desvalijar de sus últimos bienes (también los quería, por supuesto, aunque ni en mil vidas Durán hubiera pronunciado eso en voz alta).

Su Departamento de Física intentó contratarlo justo hasta el final (hasta antier acaso), no tanto por el dinero y la comida, como para que no se convirtiera en otro mendigo por ahí, y para que siguiera siendo útil a sus pupilos más allá del retiro laboral y su pensión (sus pupilos, a los que ya él no tenía nada que enseñar excepto su biología de fierro, su experiencia recia de no dar jamás su testa a torcer). Parecía un vasco, un siciliano, un inmigrante de paso por este trópico donde todo flota violando la gravedad, mientras que él conservaba cierto empaque de criatura continental, de animal civil caído de otra Era Geológica.

A finales del 2012, cargué con un maletín de donaciones que el exilio cubano pone generosamente en las manos de muchos activistas libres dentro de Cuba (el exilio de los Estados Unidos de América, digámoslo con orgullo y sin resquemores). Medicinas y alimentos (temibles armas para tumbar al gobierno de La Habana). Todo de estreno, todo gratis. Y lo busqué, al Ingeniero. Hacía mucho que no coincidía con él por las calles. Nada más verlo, enseguida supe por qué. Durán estaba liquidado, el valiente guerrero. Su pecho hundido, la respiración a saltos, las mejillas huecas, los ojos alucinados, la ropa se le caía y mostraba con eso un pudor inviolable. Me dijeron que padecía no sé qué deficiencia respiratoria con complicaciones renales, pero eso es lo que dice nuestra medicina cuando no se molesta en diagnosticar lo obvio. Cáncer. Estoy seguro, es un deterioro tan típico. Y lo he visto en tanta gente buena a mi alrededor.

Le dije que el paquete se lo mandaban estudiantes suyos de medio mundo. No me creyó. Fui más específico en mi mentira. Le dije que eran dos o tres colegas que trabajaban en Suiza, en un ciclotrón, y me di cuenta que a partir de ese instante yo dejaba de ser Bioquímico y debía asumir su misma profesión. La palabra “ciclotrón” pareció iluminar su mirada. Le dije que nunca lo olvidaban, que muchos otros querían ayudarlo pero no sabían su dirección, que nunca lo había olvidado yo (a pesar de que apenas si recibí unas pocas Prácticas de Laboratorio de su mano, donde invariablemente él me suspendía con un reverendo 2, pero esto no se lo dije, claro, esto sólo lo sonreí para adentro mientras le ayudaba a ponerse la ropa después de hacer pis: con mi padre anciano nunca llegué a tanta intimidad durante su brevísima agonía).

Recuerdo un pujo que yo le hacía a mis hermanos del alma en la Facultad de Biología, a principios de los años noventa y de la barbarie. El Profe tenía una bata blanca en cuyo bolsillo decía ING DURÁN. Desde entonces ya era un cascarrabias insufrible. Y, en venganza, yo fabulaba para mis amigos y novias, tan jóvenes, casi adolescentes, que aquel membrete no quería decir INGENIERO DURÁN, sino que era una errata de IGNACIO DURÁN, que el Profe seguramente era un cocinero que se había colado, en pleno Laboratorio de Mecánica, desde el comedor de la universidad.

Y reíamos. Reíamos no porque fuéramos estúpidos (que lo éramos), sino porque estábamos todos muy tristes. Éramos tan frágiles y en el país se incubaba tanta muerte… Reíamos porque sabíamos que el tiempo de mirarnos a los ojos y amarnos se escurría a cuentagotas para nuestra generación.

Miré los ojos de Durán. Pregunté su nombre a la vuelta de un nuevo siglo y milenio. Me miró asombrado. Qué mala memoria la mía, Orlando. ¿Orlando? Orlando. Todo este tiempo el Profe se había llamado como yo, Orlando. Lo dejé pixelarse entonces entre mis lágrimas que no permití que él las notara. Me encargó bajar de su palomar rococó a comprarle un refresco gaseado en moneda nacional. Fui y viré. Me instruyó cómo reparar su agendita de papel, sobresaturada de contactos. Se la reparé lo peor que pude y la puse al sol, pues estaba mojada, no quise averiguar de qué. Tampoco me atreví a lavarme las manos.

Entendí que el Ingeniero Orlando Durán apenas si probaría una compota o media multivitamina Made in USA. Agradecí a las personas que lo rodeaban y les dije que, por favor, podían consumir lo que quisieran de ese paquete, dejando siempre la porción que el Profe necesitara (nada, a estas alturas él no necesitaba nada). La semana siguiente lo llevarían a un asilo médico gracias a una gestión con algunas monjas católicas, creí entender. Me colgué de su cuello y le aseguré que todo iba a estar bien, que no temiera, como hasta ahora, que pronto lo volvería a ver.

Hoy recibo un sms desde probablemente un ciclotrón de verdad, en Suiza. Su muerte me llega a varias veces la velocidad de la luz desde allí, desde un mundo donde la Física no depende de la Fidelidad. Adiós, Profe. Adiós, ING DURÁN (ingeniero o ignacio, ahora da igual). Adiós, Orlando.

1 comentario:

Laz Red dijo...

tristisimo. como tantos casos. por estos dias le dieron algun premio a la dra. vigil. recuerdo perfectamente al ing. duran del laboratorio de mecanica donde implacablemente nos hacia repetir una y otra vez los experimentos que corroboraban las leyes de newton con carritos de madera construidos por el mismo. con el empece a entender la importancia de los “detalles” que tanto menosprecian los portadores del gen de la indigencia conceptual concreta.