viernes, 1 de marzo de 2013

AS I WRITE DYING



A la Revolución le quedan dos o tres fines de semana. Luego, antes o después de esa metáfora mala que es la llegada de la primavera, estaremos viviendo en pleno en el holocausto. El Estado tendrá que necesariamente matar a mansalva para sobrevivir dos o tres fines de semana más. A los exiliados, será más bien fácil enredarlos en laberintos de muerte que en apariencia serán casuales. Es tan violento el mundo que. Pero dentro de la isla, habrá que pagar cierto precio político, lo que a estas alturas de la historia ya a los verdugos (y un poco también a sus víctimas) les da absolutamente igual.

Ayer en Cuba cayó una lloviznita colorada y un poeta del exilio que iba a morir de muerte natural, no murió. El cielo bajó muchísimo, las nubes se encarnaron, y la chimenea de la refinería de Regla se reflejaba roja a más no poder, como una hoguera lujuriosa de carne, que a su vez se reflejaba invertida sobre las aguas oleosas de la bahía (oleosas, de aceite; no de olas). Desde mi escalinata lo veo.

Muchas veces me desnudo de noche. De lo contrario, una opresión en el pecho no me deja dormir. Me toco. Me ausculto. Me izo. Me hago. Me vienen visiones apocubalípticas. Veo autos pasar a toda carrera. Veo a mis mejores amigos muertos (esto ya ocurrió en la vida real), tendidos dentro de ambulancias transparentes que, por algún inexplicado motivo, siempre bajan ululando por la calle Reforma de Luyanó, donde nunca he vivido ni he hecho el amor. Aunque casi. En la esquina de Enna con Fábrica, a los pies de una flamboyán por supuesto rojísimo.

Otras veces caigo rendido temprano sin destender la cama, las orejas calientes y un embotamiento de tres pares de cojones en la cabeza. Dormido en vida. Narcolepsia. La presión reventando mis venas. Me pregunto por qué nunca muero de madrugada. Y entonces salto como un muelle y ya no puedo dormir hasta poco después del amanecer. Me pongo a revisar libros y pdf´s el eterno Capítulo 1 de mi novela de culto (todas las noches lo descarto y escribo otro, ese el culto). Esta última temporada tiene un título plagiado del único amor de José Martí, porque él era un tipo demasiado calculador como para atreverse a abrirse y contarnos por fin algo de su vida, sin estridencias ni subordinadas disciplinarias: mi novela con suerte se llamará simplemente “Tu niña”.

Aunque este Capítulo 1 trate en realidad de mi niña.

Trenes. Los balidos desvalidos de los trenes llegan hasta mi rincón de Lawton. La iglesia parece un fósil de dinosaurio. Un iglesia donde el año pasado retraté al Cardenal cubano rodeado por la Seguridad del Estado, casi titiritado por ella, mientras un pueblo churroso, e ignorante hasta la fanaticada, cargaba a una muñequita de madera y trapos brillantes, y se caían literalmente a piñazos para tocarla y que el icono inerte los curara o los sacara de una puta vez de este país. Que los sacara cuanto antes, antes del Día F, por ejemplo, preferiblemente que los saque ahora mismo, antes de que estalle la guerra con los esquimales. Porque la literatura norteamericana jamás miente: habrá una guerra a muerte con los esquimales. De hecho, ya todos habitamos en nuestro iglú (frío en la mente, frío en el alma, frío en el corazón: somos asesinos en serie).

Será tan fácil como comenzar a escachar cráneos con herramientas de hielo, las únicas que no dejan huellas periciales. Así ya están matando a los cubanos, como experimentación política y ajuste de parámetros medioambientales. Pero, como es un exterminio a título de las instituciones cubanas, tan chapuceras por su bajos salarios, siempre quedan trazas de su criminalidad (si bien a nadie le importa, es obvio, porque sin cadáveres Cuba sería un caos).

Los barcos varados en la bahía también se oyen tronitronar desde mi cuarto. La luna es absoluta y la mata de mango parece viva (no lo está, ninguna vida lo está). Quisiera que este instante no saliera nunca de mi ventana. El sol sería, a estos efectos, como el insulto de un escupitajo.

El futuro acecha. No nos damos cuenta porque hemos trabajado honesta y humildemente para humillarnos. Hemos dado lo mejor de cada cual para asegurar que al menos nuestros hijos puedan ser cómodamente esclavos. Así son los genes de la isla: mansos, como gorjeaba en su jardín a punto de decomiso la poeta Dulce María Loynaz (que todavía vive, por cierto, y esa persistencia de la palabra es hoy su infierno).

No hay un solo líder que no esté agonizando. No hay un solo libro que pueda ser terminado antes de despedir el duelo de su autor. La esperanza es que nadie resucite. Que se acabe de vaciar esta lonja de planeta. Renovar la raza. Correr, correr sin piernas en un maratón de lisiados por el cáncer. Danzar sobre un tabloncillo de yeso hecho con santos varones sacrificados a cambio de qué.

La democracia es una pistola caliente. La línea del Trópico de Cáncer hiede a decadencias corporales. Nos podrimos. El tiempo es una tara que arrastramos por ser incapaces de saltar desde nuestro balcón (las escalinatas de Lawton pueden ser muy altas, como observatorios planetarios para que ninguna lluvia de cambolos cósmicos nos sorprenda). Cabeceo. Me comienzo a quedar dormido con los más horizontes rayitos del sol socialista, que quema como un ácido de pH cero.

Me voy. Mis sueños de Cuba que se le posen encima a cualquier otro cubano criminal. Yo no quiero participar ni un muerto más de esta orgía. Toda orgía es groseramente infantil, tétrico teatro. Y yo quería crecer. Querer.

Quiero advertirles, por último,  que entre mis libros hay varios manuales de guerrilleros guevaristas. Están escritos con los pies, pero son tajantes. Lapidarios, olvidables, otra vez infantiles (como toda muerte lo es). Materialismo para matarifes con una metafísica de vida. Y esa ósmosis es siempre buena para quien flota disuelto en la burbuja de los días. De dios.

¿Por qué me siento tan feliz? Si no te puedo olvidar.

Basta, voz.

1 comentario:

Armienne la Puta dijo...

No te atormentes tanto, Orlandito.