miércoles, 13 de marzo de 2013

RIVER H



LOS AULLIDOS DEL HUDSON RIVER
Orlando Luis Pardo Lazo

Porque aúlla, ¿saben?

El río Hudson de madrugada aúlla. Hace como un curva bajo el puente o contra sus columnas y entonces sus aguas de metal llegan hasta la azotea donde me cobijo del frío de la antiquísima Nueva York (ciudad de mil películas en mi imaginación provinciana). Y donde huyo también un poco de una Habana que trato y trato, pero aún no se me muere en el alma.

Sería cruel que a estas alturas de la des-historia mi ciudad no me dejase olvidarla. Soy un hombre. Viví en ella 40 años. Es hora de descansar. Estoy exhausto. Mis ojos van tan tristes de tanto ver y ver, sin que me mires tú a mí. Hasta de color han cambiado, como la tarde que se apaga de puro tedio. Es hora del descanso. Habana, entiéndeme, por favor. Quédate de una puta vez atrás.

Si el río Hudson no aullara en la madrugada del fin del mundo, yo me tendría que tirar de cabeza desde un edificio de ladrillos decimonónicos. Hay gente tan linda y libre en esta ciudad. Te buscan con cierta luz de esperanza. La primavera no se amina a desvirtuar el gris de joya de Washington Heights y sus terracotas desesperados en las fachadas. Este barrio de pronto se parece al Lawton de mi infancia. Ya sé que no sé lo que digo, pero es así. Yo llevaba 40 años habitando secretamente en un recodo planetario así. Una lonja de la locura. Una visón, un mirage. Milagro. Ven ya ahora tú.

Las ventanitas de vidrio-ataúd filtran voces que llegan del piso de abajo o del próximo estado de este súper-país. Finalmente, después de tanto contar estrellas y sumarle siempre una más por Cuba (entre ese tipo de chistes crecí), no sé cuantas brillan en el rectángulo azul. La bandera norteamericana, dígamoslo antes de que se me haga más tarde, es una de las más preciosas del mundo. De milagro prefiero la cubana, no sé por qué. Acaso por su sensación de desequilibrio geométrico o incompletez.

He visto mendigos cubiertos con lonas de circo en New York y en Washington (voy a quedarme a vivir en Washington cuando sienta que mi corazón ya se va a morir: no es una ciudad, es un estadio y yo amo los espacios que rebasan su propia extensión). Muy pocos mendigos, pero por eso mismo los he visto. En las calles de Centro Habana pululan incontables veces más. Y huelen peor. Igual hace frío y la noche es larga. Me compadezco. Pienso que no tengo dinero ni para comprar una de esas lonas. Soy un maniquí recién salido de las manos de un Estado del que nadie me deja de hablar de aquí. Estoy en Nueva York de algún modo sólo para eso: para desprenderme de toda posesión y quedarme como el sueño de una simple voz. La voz de los que sí tienen voz y están ya a punto de perderla para siempre en un simulacro de país. Mi país pactado entre los altos poderes del crimen y la economía y el cacareo púrpura de quienes creen incubar a dios en el arzobispado. Y mi voz sabes bien que es tu voz porque así siempre lo ha sido, hermano, desde Cuba. Tu voz desde Cuba donde quieras que estés y ya nunca vuelva a escucharla, mi amor.

Hudson river, howllido de lobo estepario. Hay una furia de finisterra en mí tonight, que me impele a mascar el vidrio de las ventanas y ripiar cortinas y negocios allá afuera, y hundirme en la tráquea de un subway que me recuerda la luz mortecina de la ruta 23. En las cafeterías las muchachas del barrio todas son zurdas y leen a street car named desire durante horas. Yo tecleo la arritmia de una contrarrevolución antiacadémica, intolerable así en la isla como en el exilio. Inmanipulable, por eso mismo: intoolerable. Let me go home. Y voy.

Y mi hogar torna a ser mi cuerpo que aloja una mente asustada. Es obvio que el gobierno nos está cazando con grosería, afinan su puntería como si fuéramos patos que se fugan en primavera. Y lo somos. Una noche de mil novecientos algo, hace tres días, en Washington vi patos en el agua gélida del monolito. Vi también una errata en el Memorial Lincoln. Vi humo en las cloacas. Solapines del State Department. Y una soledad de claustros que me tuvo con dolor en los huesos hasta que una persona me dijo una cosa y después se rió, restaurando el orden de cosas en el universo. El universo como una bola de billar que rueda como un búfalo vil.

A veces ulula. Wail. World Wilde wail que hace indistinguible al Hudson de una ambulancia (esas ambulancias de las bandas sonoras con saxofón y sexo que yo veía cuando viví allá, al otro lado de la bahía y el cielo con copos microscópicos de fin de invierno).

Toda escritura es una despedida de duelo. New York se prepara para nuestra matanza. Nos van a aniquilar los cubanos. El desierto debe imperar, la vida sobra. Lo estoy anunciando con un placer a borbotones que no estallará sobre ti. No te dará tiempo a escaparte otra vez. En más de un sentido, hasta que no muera violentamente el último de los cubanos, Fidel Castro no se sabrá morir.

(Esta última oración es la cristalización más íntima de la belleza expuesta ante el desconcierto de quienes no sabe oir. Que me oigan entonces mis personajes. Ipatria, Olivia, Sally, en fin…)

Ya voy a parar. Llevo muchos días sin poder añadir una imagen a mi desquicie. Estoy tentado de inventar palabras. Otros nombres para otra novela. Rosemary, Samantha, Kate. Siempre chicas sin fin… De muchachos no podría escribir ni un diálogo paduresco. El muchacho soy yo y me voy desliendo con cada punto final.

Amén, queridos. Déjenme ir.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Yet, tonight it rests - the beast, the creature, the lifes bare at the edge of the soaked-in-dirt train stairs - under the moon. Not a city moon, tonight. A moon of elsewhere. A pristine moon of ignorance and silence. It rests.