domingo, 23 de junio de 2013

ADIOS A LAS ALMAS




La primera vez que vi La Habana fue cuando la caminé de tu mano.

La ciudad olía a capitalismo grosero, a tragos y comidas repentinamente muy caros, a atardecer transparente, a luz lateral, a pancartas que ya nadie renovaría, a Fidel Castro cadáver, a gris sucio, a estampida de guayabera y corbata, a locura límite, al aire acondicionado de los autos modernos de la policía política, que huelen idénticos a los autos modernos del exilio cubano.

La tiranía del mercado es universal.

La primera vez que caminé La Habana de tu mano entendí que la estaba perdiendo para siempre.

Tú no sabías nada. Tú no sabes nada todavía. Pero, sí, todo era una trampa.

El castrismo en Cuba es una cuestión genética y se lleva al futuro como una maldición de fobia al hombre, al diferente, al otro. Miedos y mediocridades que nos hacen mezquinos, malos, muy malos, precisamente contra lo que más queremos y menos queremos ver riendo con la risa rabiosa de la libertad.

El alma de los cubanos es una cárcel a cielo abierto. Ese es ya el más inmortal legado de la Revolución cubana. No hay totalitarismo en absoluto, sino sólo tristeza.

Tú y tu saya de telita blanca se parecían a la eternidad.

Y la eternidad es efímera, ya lo sabemos. Una visión.

La Habana pasaba lenta a nuestro lado y no nos tocaba, no le hubiéramos permitido tocarnos. Ciudad cobarde, mierdera, abusiva, ignorante, donde es imposible decir “te amo”.

La ciudad era sólo un escenario. Calles de cartón tabla. Fachadas de bagazo. Arcos de utilería. Dictadura de tramoya donde sólo los asesinos sobreviven. Hombrecitos de guata.

Porque únicamente la muerte podía seguir siendo real.

La muerte como un brillo de sabiduría en nuestras miradas.

La muerte como promesa de que La Habana sea pronto un planeta deshabitado.

La muerte como ese hálito que nos faltaba.

La muerte como el sentido mismo para el amor.

La muerte como el mar muerto de la bahía de La Habana, donde las chimeneas izan su bandera de incienso apestoso, coctelitos de iglesias y animales decapitados en plena calle en el nombre anónimo de un dios.

Ah.

Yo me miraba las manos, con las tuyas metidas dentro, y me decía: no puede ser.

Yo lloraba bajo la lluvia de un frente frío tras otro, las lágrimas se nos confundían con esa agüita tan tardía del cielo, y yo te hablaba y hablaba de naves de combate incendiadas en mi imaginación, en una novela cubana que se desarrollaría en aquellas estrellas que mirábamos morir allá arriba, en la espada pélvica de Orión; yo te hablaba y hablaba de rayos infrarrojos restallando en las afueras de la puerta principal del Cementerio Colón; te hablaba y hablaba con un delirio sacado del fin de los tiempos pero que pretendía ser el comienzo de otro tiempo, otro mundo, otras almas, otros cuerpos, otra Cuba que de ser posible ya no fuera posible, por favor; y te hablaba y hablaba de cosas que ustedes, los cubanos, jamás creerían.

Todas esas palabras, como la lluvia de los Estados Unidos, que se anuncia bilingüe antes de caer por las emisoras de costa a costa.

Todas esas palabras, como los mapas digitales que regeneran una realidad rala, cognoscible e irreconocible.

Todas esas palabras, pronunciadas por última vez, y a partir de ellas el silencio ante el resto de ustedes, los cubanos, que igual jamás las podrían creer.

No pueden. No quieren.

La última vez que vi La Habana fue cuando me soltaste la mano.

La ciudad olía a infancia, a madre abandonada, a genocidio. No me importó.

No me importa todavía.

A salir de la trampa, también, se aprende saliendo de la trampa.


Queden, pues, en la paz póstuma de los perplejos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

What have you seen? Hace tiempo lo estas anunciando...genetica?
Quiero limpiar tus ojos con la risa cristalina de los ninos para que puedas estrenar una alma nueva.
Quiero que camines renovado con rosas en las manos.
Quiero que el espanto se quede perplejo ante la paz de tu Corazon.
Quiero, por un instante, verte feliz. AT