miércoles, 5 de junio de 2013

TODOS ESTAMOS AQUI


TODOS ESTAMOS AQUI PERO NO NOS HEMOS IDO
Orlando Luis Pardo Lazo

La noche tucumana de Miami me agarra con hambre y sin ganas de salir del hotel. Estoy solo. Ya me olvidaron, por suerte. Ya me olvidé de mí. El amor no espera por mí allá afuera. No todavía. No hoy. Mañana ya veremos.

Pongo la internet. Un poco de videos locos. Un poco de cultura cubana. Un poco de música desconocida. Preparo mi próximo mes aquí. Oigo el metro que corre por los elevados. Oigo la luna rotando, y no es la luna nórdica que tan bien conozco de los Estados Unidos. No estamos allí. Oigo el sonido náufrago de mi smartphone AT&T.

Unos amigos de la barbarie me llaman al móvil. Son más de las diez. Pero la barbarie siempre está a punto de tocar a mi puerta. Y los oigo, divertidos, recontracubanos, repitiendo los chistes maravillosos y mierderos de dos décadas atrás. Son Erick y Nelson y ya vienen manejando por mí. Por el Palmetto. No hay opción. Les digo: "no se aparezcan sin un buen plato de espaguetis". Y frutas.

Mi hotel de lujo es un boarding home. No hago nada. Estoy homeless en Miami. Pero todavía no en plena calle. Hago contactos con la llamada contrarrevolución. Qué privilegio. Me hago intolerable para la Seguridad del Estado, garantizo mi Lada rojo criminal que me quitará la vida en Bayamo o en Boston o en cualquiera de estos hoteles transparentes para la mafia de La Habana. Me pregunto cómo aún no preside este país un agente de la inteligencia cubana. No dudo que me hayan puesto una cámara oculta en el cuarto para chantajearme cuando regrese. O un alfiler radiactivo para garantizar mi cáncer según la filial cubana de la KGB. Pobrecitos los asesinos.

Es cuestión de esperar. Por el momento, tecleo. Bajo al lobby y por fin me trago los espaguetis con desesperación. Tenía hambre, cojones. Es hermoso pasar hambre. No sientan lástima de Orlando Luis. En Cuba estaba hastiado de tragar y tragar. La comida cubana hoy sobra. Es sobra. El hambre es un invento de la disidencia cuando no sabe tener otra visión, cuando no piensa. Vine a los Estados Unidos a ver si podía parar de comer en Cuba. Y lo estoy logrando desde que el 5 de marzo pisé un parque precioso de Nueva York.

Con Erick y Nelson hablamos de nuestros trabajos allá en la Isla. Éramos científicos. Éramos excelentes. Éramos un desastre.

Todo era cómico y maquiavélico. Salimos del hotel como salimos de Cuba. Compramos cositas para beber. La ciudad luce como un aeropuerto desierto. A estas horas de la madrugada sigo más que convencido que no se trata en absoluto de Miami. Esto es Berlín Oeste y nosotros, los recién aparecidos de la barbarie, vamos a desquiciar su lógica urbana con tantos cubanos escapando hacia aquí.

Es un afgano el que nos atiende. El tipo no sabe español en Miami. Nada más que por eso se merece de manera automática la deportación. A Guantánamo, por supuesto. 
Por un momento, consideramos seriamente en denunciarlo. Por ningún motivo en específico. Para joder. Para que pase algo en nuestras vidas además del exilio.

Seguimos conversando de la Era Biotecnológica en Cuba. Mis amigos no pueden pasarse de las doce. Mañana trabajan. Yo sólo soy un testigo. Para esto fue para lo que me sacaron del hotel. Para que dé testimonio sobre sus vidas. Soy un rehén.

Media Habana está de paso ahora por Miami. Esta será la evidencia final del castrismo como medida de todas las cosas, como criterio de la verdad. Una de las dos ciudades no existe. Se anularían de coincidir en el mismo tiempo. Una de las dos ciudades tendrá que morir. Y yo quiero estar en ella en ese momento.

Ninguna de nuestras mil y una vidas tampoco está aquí. Todos dejamos una llamada telefónica muy importante que nos quedó por hacer. O nos dio ocupado entonces y por eso tenemos que intentarlo otra vez. Ninguno de nosotros ha llegado todavía del todo aquí. Ninguno merece la milésima y una muerte de regresar allí.

La risa me ha empachado un poco. Me manejan de vuelta hasta el hotel y, en el bañito de la habitación, intento sin resultado devolver los espaguetis con la cabeza metida en la taza. Ni eso. Los digerí demasiado rápido. Se llama vértigo. Quisiera que nada de esto nos hubiera pasado. Quisiera que estuviéramos todos despiertos, pero las pesadillas se nos pegan como un mal slogan. Quisiera no dejarlo de decir yo ahora y aquí, ese imposible.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Landy querido, alla en el fondo del tunel saca la lengua el aburrimiento. Cierra los ojos para no ver el cementerio de los elefantes. Quiere dormir un largo sueno al otro lado de la orilla para morir en paz, para no revivir la pesadilla de ser un alma en pena colgada,suspendida del amanecer anhelado. AT

Anónimo dijo...

Más que escribir, esto es saber comunicar. Un placer, como siempre.

Ancapi dijo...

Magnífico, Orlando. Y terrible.