sábado, 6 de julio de 2013

THINGS YOU CUBANS WOULDNT BELIEVE



DÍAS DE REINAS
Orlando Luis Pardo Lazo

El bang-bang de los trenes es permanente en la Avenida Roosevelt. Tiembla nuestra casita de Queens, refugio de inmigrantes cubanos, performance patrio de los pasaportes que Raúl Castro nos bendijo con ínfulas de Estado-Dios.

Como son trenes eléctricos, como es New York una ciudad eléctrica, cuando pasan (y pasan siempre los trenes), se va la señal telefónica de la AT&T, de manera que no sólo por el estrépito es imposible hablar. Menos aún es concebible comunicarse con Cuba, donde he abandonado a mi madre anciana y a mi joven amor.

Nada de esto ocurre en los Estados Unidos, por supuesto. Cuba se reproduce como un cáncer en nuestras cabezas. Hace meses que no consigo expresarme en inglés, excepto en algunas charlas que he dado en universidades. El decorado sigue siendo Queens y luego Brooklyn y luego Manhattan, pero los Estados Unidos es eso que todos hemos dejado allá atrás: en Cuba, se sobreentiende, en nuestra ilusión de dar un salto tras décadas de sub-socialismo y por fin escapar.

Esta zonita de Queens es un barrio de la Latinoamérica más atroz. Precios bajos, gritería nocturna, rudeza en las miradas, chinos ágrafos, accidentes en las vías férreas, olor a grasa, dominewyorkanos, policías que piden licencia de conducción (no lo veía hacer desde Cuba), castillejos enigmáticos del medioevo, teens japonesitas con sus iPads online, libertad al por mayor, gatos (cópulas y broncas de gatos en off, qué maravilla), librerías de Coronabana Vieja, frío en las madrugadas de mayo, tapones en los oídos para evitar el colapso nervioso por el bang-bang, esposas mexicanas que hacen los mandados con un joyerío rapper colgando encima, y llaveros que rechinan más que los subways aéreos de esta ciudad.

Soy un testigo absoluto, soy feliz.

Parecen los Estados Unidos. Sólo eso: se parece a los Estados Unidos, pero es otro país que los cubanos de Cuba vinimos desde siempre a imaginar. Sin nosotros, la unión norteamericana estaría incompleta. Y digo más, podría estar en riesgo de desaparecer, entre el latinazgo voraz y la candidez anónima de DC, ciudad de espías y lobby pro-Castro.

Los cubanos sin Cuba somos el equilibrio espontáneo. El fiel de la gran nación.

Me lavo los dientes. Aquí nada sabe a nada. Ni la pasta, ni las manzanas. Pero me lavo los dientes con una fruición primaveral, casi que por primera vez.

Me paso las 24 horas del mundo enganchado al wi-fi, recobro la visibilidad del planeta con un simple clic-clic (este es el país de las onomatopeyas y siglas), pienso en mi futuro de homeless, elijo desde ahora una escalera tentativa donde dormir sin que me roben la laptop. Porque pienso, también, en que a la novela cubana la voy a exterminar aquí yo, en una de esas esquinas, en la pobreza absoluta, un poco enfermo seguramente, mi genio inútil despreciado por los triunfadores cubanos (esa pandemia pragmática), escupiendo y escupido hasta por el último de mis compatriotas, mirado por encima del hombro por los voceros de dios así en la isla (aquí) como en el exilio (allá), abandonado (como será muy justo que me abandonen) por mi madre anciana y mi joven amor.

Nunca desayuno, nunca almuerzo. Espero con o más o menos suerte tu invitación a cenar. Trato de ahorrar dinero. No gasto nada. Es entretenido ver hasta dónde resistiré.

Comienzan los equívocos y las presiones. Se cortan los hilos del laberinto. Ya nadie me quiere de vuelta en Cuba, ese país extranjero en el que no tendría ni pasaporte ni un céntimo (ahora digo “céntimo, no “quilo”, y es hermosa esta deslocalización).

Mientras tecleo en secreto, al compás del bang-bang, yo mismo convertido en un tren. Mientras doy mis rafagazos mínimos en Twitter y alguna que otra columna para que parezca que sobreviví. No es cierto. Ya me largué. Me espera el sol de la medianoche y aquella larga noche polar que en mis sueños de niño soñé (creo que de niño, yo fui una niña). Una noche solitaria y de sombras hasta el horizonte, eterna y excepcional, en la que entraré sin pisadas porque aspiro a no tener nunca que regresar.

He visto cosas que ustedes, los cubanos, jamás creerían. Y estoy a punto de enumerarlas, con puntos y comas (y algunos paréntesis ocasionales), en una lengua que ustedes, los cubanos, jamás crearían.

Cosas como…


7 comentarios:

El Niño Atómico dijo...

Cuando llegué en 1970 a los 13 años, sabes lo que más me asombró? Que hubieran tantos artículos en el Kwik Chek (ahora Winn Dixie) de Coral Way y la 16 ave. Sabes lo que más me asustaba? Que se fuera a acabar todo.

Anónimo dijo...

Me enchufo a tu dolor,agonia,genio,soledad,desesperacion,grito,culpa,experimento,en un tren desvocado y roto deletreando con cada bang bang: cry me a river and you will see the northern star...cry me a river and you will smell my soul near you from far and beyond...cry me a river and you will touch the ever present abandoned child. Contigo,AT

Robert dijo...

La nostalgia muere cuando el dolor se vuelve pernicioso y en esa autodefensa lógica sucumbimos todos. Llega un momento en que no entiendes cual es la razón por la cual existen pasaportes, fronteras, gobiernos, pero ahí están. Algunos cubanos terminamos coleccionando pasaportes, ciudadanías. Sabemos que la única utilidad del pasaporte cubano es su obligatoriedad si queremos visitar la Isla, pero algunos tampoco queremos perdernos la maravillosa extensión del planta y todo se vuelve confuso. Hay un punto en que Martí, a pesar de los errores que le vas descubriendo, se vuelve una biblia de compresión. Sin patria, pero sin amo…. Siempre tendremos patria y siempre tendremos amo, porque la libertad plena no existe y la patria es ese lugar donde podemos soñar; algunas veces. Aun así, nos sentimos más libres mientras menos atados, pero el lazo es irrompible. Aprieta y duele, aunque no quede nadie, aunque ya no tengas una casa donde regresar, aun te quedan las aceras donde te rompiste las rodilla. Y entonces la línea 5 que te lleva al Bronx apesta y la maravillosa biblioteca de New York no tiene aquel libro irrelevante de la infancia, siempre disponible en la Biblioteca Nacional José Martí. Nada es tan perfecto, y nada es suficiente, por única razón, la misma que muchos compatriotas se resisten a aceptar, porque pudo haber sido diferente. Lo permitimos y es nuestra culpa.

Armienne la Puta dijo...

Nada es perfecto ni absoluto aunque la relatividad no siempre podemos aplicarla a nuestras vidas. Ya no se si tengo patria o no o si patria es donde he nacido o donde he vivido. Como en el poema, de todas partes vengo y a todas partes voy y puta soy entre las putas porque puta es lo que mas soy.

anaolema dijo...

Se parece a los Estados Unidos... se parece.......

machetico dijo...

Le llaman soga, cable, cordobán. Es duro, largo. Salvo accidente, es de final felíz porque es real. Es estar libre. Sin emoción. Sin semántica. Sin significado. Es rápido. Es fugaz. Un fogonazo entre dos infinitos, eternamente oscuros. Cógelo suave y olvídate de los amores.

Blogger dijo...

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