martes, 2 de julio de 2013

TODOS SOMOS EXTRAS DEL TOTALITARIADO



El evangelio según los extras
(extravangelio inisecular)
Orlando Luis Pardo Lazo
(plagiado del e-zine de escritura irregular THE REVOLUTION EVENING POST, episodio 2)


Soy foto-fija de cine y televisión, dos fenómenos que todavía se dan en Cuba. Uso una camarita digital de 4,2 megas y con esa baratija voy tirando entre fotógrafos clásicos que en los sesenta fundaron el ICAIC y el ICRT, hoy todos millonarios dinosaurios del Adobe Photoshop. De este part-time job sale mi inquietud civil por ese otro fenómeno colateral que ya rebasa los límites del cine y la televisión. Me refiero a los extras.

Los extras, ah. Ese ejército de resistencia fantasmal. Esa conspiración iletrada y acéfala que se multiplica a la sombra de. Bajo las mismas narices de. Una suerte de extrarquía que aún no se atreve a. Teoría del complot en el crepúsculo del proceso rextravolucionario cubano. Expedientes X en el lobby militarizado del ICRT, acaso IXRT. Extrambóticas viditas paralelas en los rodajes de los films más emblemáticos del ICAIC, acaso ICAIX. Expeditos expedientes que la Seguridad del Estado cubana nunca sabrá leer tan bien como yo (son vidas para leerlas). Y es que yo los he colimado a través de mi lentilla plástica. In vivo. Clic. Día a día. Flash. In fraganti. Ah, los extras. Esa formidable oposición a nuestro extrablishment y extratu-quo.

Por ejemplo, yo los he visto apiñarse entre la orden de "acción" y la de "corten", siempre en busca de obtener más luz (opacos Goethes de provincia) y así estar más visibles dentro de cada encuadre de cámara. Los he visto alardear a voz en cuello de sus extensísimos currículos de talla extra. Los he visto hacer gala fuera de escena de sus potencialidades histriónicas, las que por supuesto ningún director todavía ha tenido el talento de descubrir. Y los he visto lamentarse, con el corazón en la mano, del encasillamiento al que injustamente los somete la institución audiovisual (siempre deben interpretar a extras, cuando en realidad ninguno se considera como tal).

Yo los he visto polemizar texto-a-texto y tête-à-tête con guionistas multipremiados como Eduardo del Llano y Senel Paz, ambos escritores en un inicio, ya no más. Incluso los he visto corregir este o aquel acting de nuestras protagonistas estrellas. Una vez fue en un teatro con Eslinda Núñez, ángel tan afable que casi acepta los consejos que le dieron no uno sino varios extras. Y otra vez fue en un teleplay con Isabel Santos, demonio justiciero que expulsó a pinga y cojones a aquella jauría del set, lo que provocó un retardo de dos días en la filmación, pues casi hubo una huelga de extras en solidaridad contra el despotismo actoral de los protagónicos (y hasta el sindicato los apoyó: a los extras, se sobreentiende): El poder del extra, ¡ese sí es poder!

Yo he visto, además, cómo comen. Y es una experiencia excepcional. Acumulan alimentos para después de la guerra con. Saben que todo tiempo futuro por fuerza ha de ser peor. Son agoreros agónicos. Los extras son aquellos come-coles del film cubano "Madagascar", empezando por Jorge Molina (quien también come lombrices y fichas de dominó, y encima delira en su empeño de dirigir y ser profesor de algo llamado Facultad de Cine y Televisión).

Los extras usan cordelitos y ligas y periódicos y trapos sucios para envolver (no es un símbolo, sino un arsenal de combate). Y usan jabitas de nylon reciclado y cucharillas de aluminio y platillos de comedor y canecas plásticas diseñadas como juguetería durante el Quinquenio o acaso ya el Quincuagenio Gris. No les falta nada a su genoma de altísima adaptación. En este sentido, los extras serán los únicos sobrevivientes en caso del siempre pospuesto holocausto nuclear que casi nos coge en octubre de 1962 (a lo peor, todos los cubanos somos extras, pero aún no tenemos el talento de interpretarnos como tal).

Por lo demás, los extras jamás levantan la vista. Como los gatos, desdeñan la mano que les dio la bandeja obrera. Los extras desarrollan extrambóticas habilidades acrobáticas (vi a un casi anciano pasarse la madrugada haciendo el triple salto mortal, justo en la misma piscina donde el resto del equipo intentaba filmar) y en muchos de ellos se manifiesta cierto soplo poético espontáneo (un mulatico me regaló esta composición de despecho cuyo extrafalario título era "Ella deseó mi suerte y me dijo mucho cuídate": Mi mujer necesita estar / junto al que está con el dinero / y yo morir / por la naturaleza de las cosas: / adiós, malandra, / ya te amaba): el poeta ya no como el fingidor de Pessoa, sino como un extra más, en la muda y burocrática nómina del ICRT/ICAIC.

Los extras tienden a no poseer dientes desde muy jóvenes (a lo mejor nunca le salen, como si fueran una subespecie mutante: digamos, el Homo Xtrapiens). La semana pasada (octubre de 2008), con gusto me hubiera casado con una chica extra de diecitantos, una niñita abandonada como tramoya, de no haberla visto sacarse la prótesis dental después del almuerzo y lavarla fríamente en un bebedero de la locación. En ese momento pensé (aunque todavía no sepa qué pueda esto significar): "Dios mío, esa criatura virgen es la muerte. La mía. La tuya. La del universo entero. La de Wall Extreet y la de Cuba Zoocialista por lo demás".

Los extras no sobran ni rellenan nada. Los extras son. Funcionan como el indeseable pero inevitable contexto de cualquier producto estético nacional. Y, si por casualidad hay una secuencia de desnudos, ahí sí hay que barrerlos como moscas muertas del set. Se hacen los bobos, mitad profesionales y mitad liberales, pero al cabo son voyeuristas y tiradores natos, ultraconservadores de paja en pecho, y déspotas desde el lenguaje que usan para desestimar a quienes se exhiben ante cualquiera (escenas de "encuerismo", le llaman ellos).

Por cierto, los extras tienden a aparejarse entre sí de rodaje en rodaje y sé, de primera mano, que ninguno aceptaría un rol sin ropas en cámara. Los extras ya no tienen cuerpo, son fantasmas como aquella época en que en la televisión salía Fidel. Y en esto no creo que les falte tino, pues el resto del team técnico de la TV no hace más que babearse al ver a un actor (¡o una actriz!) desvestirse: supongo que este sea el síndrome del demasiado uniforme, que embiste e inviste a todo cubano desde la fundación de las milicias (no recuerdo si antes o después de octubre de 1962). Es el síndrome de un socialismo de sotana que se dará banquete cuando se abra la caja cardenalicia de una patria llamada Pandora.

Toda vez expulsados por los altavoces, los extras se aglomeran entonces frente a los monitores del rodaje, para así al menos ver en diferido la cosa en sí (la cosa en sex): más que adánicos, ellos son lectores desnúdicos (entes húmedos y eréctiles). Diríase que son una plaga y un síntoma a nivel micro de lo que sucede en el resto de los cines y pantallitas de la nación, computadores oficiales incluidas, donde el cubano es un hipócrita depravado que paradójicamente le tiene miedo al cuerpo de los demás.

Hoy por hoy, tras el TV-exorcismo de Luispavones y Papitosergueras, nadie debería olvidar que fueron los extras de la Papelera de Puentes Grandes los primeros que reaccionaron en la prensa contra el filme "contrarrevolucionario" Alicia en el pueblo de Maravillas (1991, año capicúa), del entonces realizador Daniel Díaz, acaparando para ellos solos la voz indignada de todo un pueblo, populacho que no estaba para humoradas por culpa del hambre y de la imaginaria amenaza de una invasión yanqui de storyboard. 

En ocasiones, he pensado en el concepto marxista de "pueblo" como justo eso: un comando élite de extras que son llamados a escena según la conveniencia del director.

No quisiera abundar aquí en los extras cautivos, esos pobres sancionaditos que, domingo tras domingo, son forzados a sentarse por una miseria de salario en los palcos sonrientes del programa Palmas y Cañas (verdadera mazorra reTVolucionaria, sólo que con mejores condiciones de audio e iluminación). Tampoco es mi deseo caer en columnismos de calumnias políticas de este o aquel signo, género tan de moda en cualquier tema que toque los derechos humanos en la Cuba caótica de la Revolución. Pero los extras, compañeros, están beyond my control.

De todo lo anterior, por supuesto, no queda huella testimonial alguna, pues hay una suerte de pacto de secta entre los extras y, además, ellos nunca se dejan fotografiar de cerca (al menos no por mi camarita digital). Da la impresión de que los extras son convocados no por la productora, sino por un cuarto o un quinto poder.

Sextocolumnistas por excelencia tras bambalinas, ellos son tan inmediatos y ubicuos que apenas acatan instrucción alguna de la autoridad. Al contrario, ellos disienten de todo y así generan la mayor cantidad de cortes y repeticiones por minuto editado de filmación. Al respecto, los extras serían la única causa cuántica de variabilidad nacional (motor molecular de la evolución biológica) y también son la crítica más tempranera a todo intento de representación extética Made In Cuba hoy por hoy.

Incluso sospecho que aún podrían ser mucho más. Acaso sean la democracia desenfocada que se incuba por los cuatro canales y por las decenas de películas más o menos ñoñas que se han rodado en este país. Los extras son algo así como la Cuba Secreta que en el siglo XX ni María Zambrano ni Gaspar Pumarejo advirtió. De manera que sólo los extras podrían protagonizar el auténtico cine independiente y underground, así como nuestra inminente televisión privada (sea por cable robado o por alquiler de casetes VHS).

Sólo los extras ya han perdido foucaultianamente su nombre (hasta en los créditos) y su rostro (en cada plano). Sólo los extras filman deleuzianamente como quien cava su tumba o su mausoleo: literalmente a ciegas, pues a raíz de cierto escandalito de plagio, está vigente ahora una resolución ministerial que prohibe enseñarle a un extra el guión. 

Así, el extra-proletariado cubano nunca sabe en qué proyecto los ha enrolado el Estado (único productor, o coproductor cuando se trata de capital extranjero). Los extras son, pues, como los ciegos cínicos de Sobre héroes y tumbas, la novela necro de Ernesto Sábato. Y esta situación es tan alienada como la del proletariado decimonónico ficcinado en El Manifiesto Comunista, por lo que no sería de extrañar que en Cuba ocurriera pronto una "revolución dentro de la revolución", como la descrita por Regis Debray, pero con extras histriónicos y no con guerrilleros heroicos en el rol de los asesinos con Diario de Campaña.

El propio ex-presidente Fidel Castro Ruz, fallecido varias veces en las redes sociales mientras deforesta al resto de la población nacional, y en el mal sentido catalogado mundialmente como un líder extra-ordinario, se ha referido a estos fenómenos de manera más o menos velada a lo largo de sus discursos, aunque ningún taquígrafo del Consejo de Estado parezca reparar en ello. Pero los extras sí saben interpretarlo y, de hecho, son los únicos aún en Cuba que confían en su resurrección como instinto de conservación laboral.

En cualquier caso, lo mío no es conceptualizar, sino disparar fotofijas de cine y televisión, dos fenómenos que todavía se dan en la Cuba del siglo XXI. Para semejante part-time job, con mis 4,2 megas digitales me basta y me sobra para codearme con los clásicos que en los años sesenta fundaron el ICAIC y el ICRT avant-le-photoshop. El resto son apenas mis inquietudes civiles colaterales. No por importantes menos intrascendentales.

Consummatum extra.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Embrollo sideral en la cabeza humeante con los murcielagos engullidos por ese harapo andante nada extra,nada de nada que es el harapo petrificado de Ozzy Osbourne. Leo y leo y el seso estalla arrinconado en la alucinacion de OLPL provocateur provocado por los centinelas de una noche interminable toda oscura toda Cuba. AT