miércoles, 7 de agosto de 2013

1. LA GRAN NOVELA NORTEAMERICANA TUVE QUE ESCRIBIRLA YO


CAPÍTULO 1.
  
Entrar al Metropolitan Museum de Nueva York y quedar decepcionado ante las ruinas y estatuas. Trapos, piedras que fueron columnas, joyas oxidadas, máscaras de valor invaluable.

Escupir en una esquina, en el rincón más accesible para las cámaras de seguridad. Ser filmado. Ser visto, detectable. Qué más puede pedir un recién llegado, sino que el poder repare precisamente en uno en medio de la multitud que pasa, que pasta.

Esperar entonces a que los gendarmes de la decencia vengan por ti. Por mí. Desear la detención, provocarla. Preparar un speech de defensa, que funcione como performance en los titulares de esta misma tarde. Ser leído, comentado. Materia prima de fórums, fuego de anatemas para los preachers pacatos que conforman el concepto de esta nación. Convertirse en un autor de culto en pleno corazón de la democracia. Ser alguien. Ser. Devenir al menos una atracción de feria, criatura circense. Descubrir que somos de la noche a la mañana una referencia viral, virtual. América es el sitio donde hasta la ficción es verdad.

Carraspear. Escupir con mala intención. No sólo las baldosas pulcras, sino también la pared. El próximo paso sería vomitar sobre algún pedestrian. Pero es por gusto. Aquí nunca pasa nada. Como allá, en la Isla. Como en todas partes.

Las cámaras de seguridad también han sido abandonadas a esta hora del brunch. Habitamos en un estado de bienestar, medio siglo después del Estado de Bienestar. Pobre mi escupitajo. La saliva se congela, se retuerce en escarcha, parece como caída del cielo. Es una saliva cubana y todavía no se adapta a la nevisca de USA.

De hecho, ha sido un invierno largo, muy largo. Casi la mitad del 2013. Abril no basta para la primavera, habrá que esperar al otoño. The Weather Underground. Todo luce como ligeramente fuera de tiempo y, sin embargo, ya nada provoca nada en este país. Nadie es el nombre íntimo e intimidante de la libertad Made in New York. La libertad, que es una diosa despótica importada de China, como cada uno de los objetos que se suceden aquí. Que me suceden aquí.

Pienso en los cadáveres museables de la plaza de Tianamén. Miles de estudiantes de vacaciones por los siglos de los siglos, amén. La eternidad comienza en 1989, probablemente en verano. No hay culpables. El capital es impune, impúdico, impredecible. Los camaradas son verdugos involuntarios. Por lo demás, ellos mismos se lo buscaron, con sus flores anti-tanque a cambio de unos pocos Premios Nóbeles de la Paz. Flores funerarias, como los gladiolos que domingo tras domingo unas Damas de Blanco blanden al cielo de mi país.

Hoy pudiera serlo, no sé. Domingo. Día del Señor de la Historia y el Hijo de la Humanidad. Por favor. Por suerte, ya no tengo ningún país. Soy una dama de blanco fantasma, en blanco. No necesito ser siquiera Orlando Luis.

Entras al Metropolitan Museum de Nueva York y quedas decepcionado ante las ruinas y estatuas. Trapos, piedras que fueron columnas, joyas oxidadas, máscaras de valor invaluable. Residuos momificados. Ripios, reiteración.

Miras cada objeto como si aún fuera posible la Historia. Como si aún fuera posible la Humanidad. Como si la cultura misma no fuera otra cosa que los incontables cadáveres de un libro para niños llamado La Historia de la Humanidad.

Respirar. Recorrer con la vista los salones y espacios. Lámparas anacrónicas. Alarmas tan futuristas como ineficaces. Tragantes de antes de que fundasen a Nueva York, a cambio no de un espejo sino de una imagen (en todo caso, espejismos). Pantallas con mapas y flechas móviles y un wiki-caos de indicaciones audiovisuales. Píxeles sin patria. Imposible invisibilizarse en la Era de Google Maps. Imposible ser visto en la capital de los mil y un Apps cada 24 horas 7 días a la semana.

En el cuerpo no se siente ni rastro de calefacción. El cuerpo es puro entumecimiento. Como la memoria, como la mudez. Casi termina The Spring y todavía hace un frío que cala. Pero de todas partes siguen saliendo esos mismos enanos con ropa de sport, que sonríen a sus ocho o nueve años como si de verdad tuvieran la vida entera por delante. Ellos no saben, no vienen de donde yo. Es mejor que no sepan, que no vayan a donde yo.

Los miro. No con malicia sino con maldad, que es la mejor manera de imponerles la miseria que es toda misericordia. Usan gafitas innecesarias. Mastican gomas aromáticas, ostentan tatuajes de recycle bin, beben un líquido fuscia en termos habilitados para resistir al invierno nuclear. Toman pastillas para prestar todavía menos atención a su entorno y, sin embargo, apuntan cada detalle con minuciosidad. Lo teclean en sus iPhones o iPads. Parecen alienígenas que debieran reconstituir nuestra civilización en otro planeta o resignarse a suspender humillantemente el homework.

Las mandíbulas se les caen de éxtasis estético o idiotez intelectual. Revolución del Ritalin, respiración por la boca. Nunca paran de moverse entre los cuadros. Cuando se sientan de súbito en algún quicio, entonces leen puntualmente y así lo harán hasta el fin del universo la más reciente edición de lujo de La Historia de la Humanidad. Lunáticos de Van Loon.

Tapa dura y papel cromado. Solapas. Esos volúmenes deben pesar más de una tonelada en sus manos. Mejor ni pensar el precio. Los observo pasar las páginas, hiperquinéticos, con esa arrogancia propia de quien practica una óptima dicción escolar. Ballet de la barbarie. Seguramente nacen bilingües, trilingües, plurilingües. Hacen highlight de frases con marcadores de color acqua, recurso mnemotécnico para ganarse desde ahora la beca que les abrirá las puertas de un PhD de copy-and-paste. De la cuna a la academia al condominio.

Leer a esa edad es, por supuesto, leer en voz alta, forcejeando entre el spelling y la ortodoncia obligatoria del seguro dental. Leen como pequeños imanes orándole a un dios matérico. La piel híper-higienizada con alcoholes sintéticos, gloria de la química carcinogénica de esta nación. La Edad del Horror: who´s afraid of José Martí? No son niños, son la esperanza del mundo. La Humanidad los espera para hacer de ellos Historia.

El olor a cosa aséptica emana de cada párrafo. De cada imagen impresa con tinta orgánica o tal vez transgénica, imposible distinguir. Imposible cualquier cosa cuando se tiene hambre y los relojes acaban de dar las trece, aunque en todo el bendito museo metropolitano nadie sepa llamar a nadie Winston Smith.

En Estados Unidos, el exceso de bibliotecas públicas garantiza el derecho a no tener que leer. Además, a los cubanos nadie nos llama nada. Se nos pasó incluso el año 1984. Somos anacrónicos. A los cubanos, a lo sumo, los niños norteamericanos nos preguntan si somos de Miami o de Fidel. Como si fuera posible la diferencia. Los exiliados son blanco fácil de estos niños norteamericanos que hacen una pregunta políticamente improper porque no tiene respuesta polite. Pinga.

New York, New York: ¿por qué nos has abandonado?


Trago en seco. No más grosería ni gargajos. La luz de abril es amable. En La Habana hace apenas unos días me golpeaba un sol criminal. Una luz ahistórica, insolidaria, transparente al punto del asesinato en pleno domingo del Señor. Habanada nuestra de cada día y delirio. Fidelidad, fascismo, fotogramas que muy pronto formarán parte del tour turístico al museo más mentiroso de los cincuenta estados de la Unión.

2 comentarios:

Angélica Mora dijo...

Que pena

Anónimo dijo...

Ay Landy de mi alma. Ya eres alguien: unico,irrepetible, como todo ser humano. Ademas, todo lo que crea una persona es subjetivo.
Tu encanto, no radica en la provocacion, o en la incontenible necesidad de ser foco de atencion.AT