martes, 13 de agosto de 2013

CHILE Y LA MUERTE Y CUBA Y EL AMOR





IPATRIA, ALAMAR, UN CÓNDOR, LA NOCHE Y YO

1.
Hay exilios que muerden
y otros son como el fuego que consume.

Nos conocimos en la funeraria Mártires de Alamar. Su padre había muerto esa tarde, yo había entrado a beber barato nunca menos de diez cafés. Los necesitaba para paliar la ansiedad, para paliar la ansiedad, para paliar la ansiedad.
Mis noches eran largas, demasiado largas de sobrellevar. Túneles ciegos hasta poco después del alba, cuando conseguía por fin rendirme en un parque. Sólo para que un enjambre de niños con uniforme me zarandeara enseguida, haciendo añicos mi único pestañazo del día, la semana, el mes o tal vez el milenio.
Por supuesto, ese primer viernes ella aún no se llamaba Ipatria. La vi, sentada mortalmente sola en la capilla Ch, a escasos metros de la cafetería donde mis nervios me recalaban. Ni siquiera su padre muerto la acompañaba entre los cirios y el apagón. Después supe que ella misma había pedido una segunda y una tercera y una quinta y una décima autopsia: Ipatria desconfiaba o “no, ya no desconfío”, me confesaría después: “ahora estoy muy segura de lo que pasa...”
La ausencia de caja fue lo primero que me llamó la atención. Luego su pelo de un negro foráneo, cayendo al descuido sobre sus hombros de pájaro: su pelo inmóvil de ébano o araucaria o ciprés. Y luego fue su voz rajada, ríspida, cuando me llamó sin mirarme, tajante: “Ven aquí” (como a un perro). Y yo avancé hasta ella (como un perro), destruyendo así para siempre mi rutina noctámbula, por primera vez obediente en la medianoche anárquica de un cementerio obrero llamado Alamar.
“Siéntate”, me ordenó, y me puso frente a su cara. Tenía unos ojos negrísimos, peores aún que su pelo: de una noche sin noche, estrallada y hecha jirones, y yo adoré aquel picotillo de sombras en sus pupilas entre el espanto y el apagón.
“¿Vienes de afuera?”, me preguntó. “¿De afuera, de dónde?”, le pregunté. “De la noche cubana”, me dijo. “Supongo que sí”, le dije. “¿Y lo has visto, lo has oído?”, me zarandeó. “¿Visto y oído, el qué?”, me retiré de su ataque. “¡Chalado!”, me empujó hasta casi tumbarme al suelo: “el aleteo del cóndor, ¿qué más podría ser?”
Entonces hizo una mueca y se tapó la cara: estaba horrorizada por haber hablado de más. Pretendió llorar pero tampoco lo consiguió. Me miró con odio, como si yo acabara de traicionar su secreto. Yo no atinaba a nada. Me gustó imaginarla loca desde el inicio. “Por favor”, la calmé: “nunca hubo cóndores en Alamar”, y la tomé por la cintura. “O se extinguieron al inicio de la Revolución”, y le di un abrazo. A ciegas. Ella temblaba. Sus vibraciones se transmitieron a mí. Yo temblaba también. Parecíamos un par de epilépticos esperando la caja donde uno de los dos se iba a tender.
Entonces se quitó las manos del rostro y me separó de su cuerpo. Su voz volvió a ser ríspida, rajada, y me despidió sin mirarme, tajante: “Rajá de aquí” (como a un perro). Y yo me volví, por segunda vez obediente (como un perro), y eché a andar por el pasillo, de vuelta a la cafetería de la funeraria donde, a pesar de la triunfal carencia de electricidad, los conserjes aún se empeñaban en colar el café. Humo negro dentro de una humareda mayor.
Lo cierto es que ese primer viernes Ipatria nunca se llamó así. Ese 3 de diciembre me fui de ella sin saber su nombre, clave terrible para penetrar su cabeza, para colarme dentro de su seso rayado por la lija de la historia chilena y sus tiranías: antesala húmeda de su sexo ya anhidro tras tantas lágrimas repatriadas en Cuba.

2.
Devorando calles galopaban
miedosas manadas vestidas de terror y asombro.

La segunda noche fue en un camello M-1: metrobuses rodantes de lata rosada incluso en pleno apagón. Ella iba sentada en los escalones de la última puerta, las rodillas recogidas por el círculo de sus manos y la maraña del pelo, en el que esa noche cabeceaba una flor como una explosión de blanco. Parecía un puño de pétalos con pistilo: un marpacífico, pensé. Aunque enseguida supe que no: “no está viva, tarado”, se burló de mí, “es sólo una patagua de plástico, Made In Chile al por mayor”.
Me quedé mirándola un par de paradas del M-1, durante tres o tal vez trece kilómetros de Vía Blanca, recordándola otra vez en la funeraria, reconociéndola por segundo viernes en el mes. Cuando el metrobús comenzó a jadear en la loma de Cojímar, me dejé caer junto a ella sobre los escaños: entre jabucos, cigarrillos prendidos, animales de crianza, pantorrillas al aire o sobre puyas. “Me llamo Sagis”, me atreví.
Ella me miró, acaso recordándome otra vez en la funeraria o reconociéndome por segundo viernes en el milenio. Entonces sonrió. “Sagis es nombre de quiltro, no de gente”, y me encañonó con su índice izquierdo, arma larga rematada en la bayoneta de una uña pintada de blanco, pétalo no menos artificial que los de su flor importada.
“Mi nombre real es Salvador”, admití. Pero ella seguía implacable: “Salvador es mucho peor”. Y se puso seria: “seguro naciste después del 73”. Me dejó pasmado su adivinanza. “Casi”, le confesé, “el 10 de diciembre de 1973: supongo que hoy sea mi cumpleaños”, y me sentí ridículo de mi patetismo. Por suerte, ella me miró compasiva. Con paciencia. Y volvió a sonreír para mí.
Entre las patadas de la muchedumbre, lucía aún más hermosa que junto a la caja inexistente de la capilla. Anochecía. Habían pasado ya siete madrugadas insomnes desde aquella otra en que me la topé. Para entonces yo pensaba no verla más. Tal vez por mi estúpida costumbre de seguir rondando la funeraria Mártires de Alamar, como si su padre pudiera morir dos veces en una semana y tras una paranoia de autopsias.
Había un ruido infernal bajo nuestros pies, humo blanco de motor incluido. Yo no podía dejar de mirarla mientras ella me sermoneaba: “En diciembre del 73 yo también hubiera tenido tu nombre, pero nací meses antes”, encogió las clavículas, como alas. “Nuestros padres estaban obsesionados por la presencia o la presidencia de algún Salvador”, dijo para azoro y diversión del público en penumbras del metrobús.
Y yo amé tanto tanto su vocabulario de evangelista política que no sé... Me hechiza la vehemencia del brillo orate. Atiné a decirle lo mucho que me intrigaba el sentido de nuestros encuentros por puro azar, y que ya no quería perderla otra vez. Porque, además, desde entonces yo dormía menos y, en consecuencia, mi ansiedad estaba peor, mi ansiedad estaba peor, mi ansiedad estaba peor.
“Feliz cumple y adiós, viejo”, me dio un beso en cada mejilla. Y enseguida me dijo que no: que no me era posible verla y que ella lo sentía de corazón, pero repudiaba la casualidad y el azar. Y yo encarnaba exactamente la casualidad y el azar: lo cual era demasiado sospechoso para su intuición. “Un poder con memoria puede usar a cualquiera para detectarte”, dijo. Ella desconfiaba. O no, ya no desconfiaba: “ahora estoy muy segura de lo que pasó”, dijo en un susurro. Y mi ignorancia no le garantizaba mi inocencia: que alguien de la Junta Militar, por ejemplo, me estuviera manipulando como a un títere de civil. Conmigo ella nunca estaría a salvo: “lo siento mucho, seas Sagis o Salvador, eres demasiado inocente para no ser culpable”, fue su remate.
“Pero, ¿a salvo de qué?”, me impacienté. Y ahora casi me miró con lástima. “Por favor, a salvo de patria: de Alamar, de un cóndor, de la noche y de ti”, dijo y saltó con la puerta a medio abrir, todavía frenando nuestro M-1. Se fugó entre rendijas, entre los ecos de su propia enumeración. Como una de esas alimañas de la noche, criaturas angélicas y escalofriantes, sin darme tiempo de actuar: de cazarla y amenazarla realmente de muerte, a ver si entonces ella reaccionaba realmente a mí.
Miré afuera un instante. La vi corriendo. Vi sus espaldas a punto de despegar, recortada contra un paisaje lunar en permanente revolución. Estábamos en el antiguo barrio de los chilenos: un páramo aún más desierto que el resto de Alamar y acaso también del país. Chile, Cuba, Santiago de La Habana: ¿cómo diferenciar bajo la mirada muerta del desamor? Además, en esa parada nunca subía ni bajaba nadie, por temor a las leyendas que, desde hacía más de diez años, asolaban esos edificios tras aquella súbita repatriación: fuga masiva y clandestina sin causa aparente, lo que invisibilizó a todos los chilenos cubanos en pocos días, a finales de los 80s. En Chile volvía por fin la democracia y ninguno quería seguir viviendo en la Cuba de la Revolución.

3.
Extrajeron la sombra de la sombra,
dibujaron un viento con colmillos.

Sin embargo, el viernes siguiente me bajé justo allí, después de mis cafés baratos en la Mártires de Alamar. Necesitaba ver a Ipatria, aunque sólo fuera para perderla otra vez. Su zona era un desierto pétreo de alta salinidad, entre doceplantas roñosos en ruinas y murales desteñidos: en todos el mismo anciano miope, en traje y corbata pero con casco de constructor y, en la mano izquierda, una metralleta apuntando al cielo, en señal de redención o tal vez rendición.
Atravesé la cancha de baloncesto arrasada de la escuela XI Festival. Atravesé el terreno de beisbol enyerbado junto al paradero de los camellos. Y atravesé el ghetto desertado por los chilenos a finales de los 80s, de vuelta en estampida hacia su islita continental entre el desierto de Atacama, el hielo de la Antártida, el filo de los Andes, y la voracidad del Pacífico. Sólo inmigrantes ilegales, llegados desde el Santiago cubano, residían ahora allí. Sin luz ni gas ni teléfono ni documentos de identidad. A la espera de la delación que los regresara a su provincia natal para, como muelles, reorganizar las huestes familiares y reinstalarse en la capital: entre buches de prú y toques de batá.
Me la tropecé enseguida. Ipatria permanecía inmóvil, hablando en voz alta para nadie: discurseando, sentada sobre los hombros de aquel viejo busto carcomido por el salitre, del que todos alguna vez nos burlamos de niños, sin que ninguno luego de adulto se preguntara qué tipo tan solitario tendría que ser aquel. La falta de alumbrado los reducía a ambos a una sombra chinesca o, mejor, chilesca: la estatua de pie, Ipatria sentada encima declamando a horcajadas.
Parecían versos. Ella los pronunciaba sin importarle su ausencia de público. Presté atención: “En la región profunda de la patria”, todavía acercándome al conjunto, “donde gime el puma y grita el cóndor”, sus dedos crispados como garras, “heridos por los hierros y la pólvora”, me paré junto al pedestal, “las piedras, los muertos, las vasijas”, tapó los ojos del busto y lo sostuvo por el mentón, “cubriéndose de polvo y raíces negras”, como protegiéndolo de la verdad o buscando ser protegida por él, “mientras la bandera está tendida entre dos edificios”, reparé en que su cuadra estaba escoltada por dos doceplantas vandalizados, “y se infla su tela como una barriga ulcerada, una teta o una carpa de circo”, y entonces Ipatria se ovilló sobre la cariada cabeza del mártir, como si finalmente fuera a parirlo o tal vez a abortar.
Yo aplaudí. Lo hice solemnemente, tratando de no parecer sarcástico. Estaba fascinado ante aquella puesta en escena, y también por el ángulo recto en que se abrían sus piernas sobre el cogote metálico de la estatua, fuera cobre o latón. Al parecer, ella estaba decidida, porque enseguida me agredió. “Te esperaba, Sagis o Salvador, y acostumbrarme a una persecución es lo mismo que dejarme atrapar”, dijo entre la rabia y la queja: “Así le ocurrió a mi padre y, ya sabes, la consecuencia ha sido fatal”.
Yo no entendía ni me importaba entender. Me bastaban los hechos. Estábamos allí, coincidíamos: ¿no era perfecto? Y se lo dije sin pensarlo ni media vez: “Estamos aquí, coincidimos: ¿no es perfecto?” “No: primero es patético y después es muy peligroso”, se desesperó: “Tú no sabes nada y no te importa saber”. “La vida es hoy”, me justifiqué con una seguridad que yo no tenía. “Mira, cholo”, la voz se le rajó: “mataron a nuestros padres, mataron a nuestros hijos, mataron las calles, los caminos, la tierra silenciosa”, a mí me parecían versos otra vez, “mataron a los que son, a los que saben, a los que sienten, mataron la casa, el cajón, la frente del presidente, me van a matar a mí y no me importa, ¿qué te puede importar a ti?” Por mi expresión era evidente que nada. “¡Ellos ya están aquí...!”, aulló al borde de la histeria. “El poder rastrea por telepatía. Desde el Valle de Elqui lo saben todo: desde ese ombligo espiritual nos olfatean como a lauchas, hasta aplastarnos la memoria primero y el resto de la cabeza después. Es un holocausto a cuentagotas”.
Para mí era suficiente. Exploté: “¡¿Pero ellos quién, coño?!”, me pegué al busto y la cogí por las pantorrillas, intentando bajarla de esa tribuna sin cordura pero con tanta cuerda. Ella intentó defenderse con aquella mirada suya tan vaciada de caos y de significado. Mas no me importó. De un tirón la bajé. Y con el impulso de tumbarla, rodamos juntos sobre las piedras de lo que, diez años atrás, bien pudo ser el jardín de lujo de algún alto miembro del PCChile. Quedamos a los pies de un tronco con tarja. Era un álamo de importación, leí en el oxidado metal, sembrado en mil novecientos setenta y algo por no sé cuál poeta antifascista, si bien el monumento ya era sólo una tarja sobre el tocón.
“¿Qué te pasa, loca?” Ella en silencio. “¿Qué te pasa, Ipatria?” Ella en silencio. “¿Qué te pasa, mi amor?” Ella en silencio. Y entonces salté sobre sus caderas y allí me instalé: ella todavía en silencio. Y la estremecí como a un animal rabioso, maniatándola bajo mi peso y moviéndome casi al galope contra una resistencia que al final nunca surgió: ella siempre en silencio.
Tuve una erección obscena y no la disimulé, sino que hinqué aún más mi bulto en su entrepierna. La fui a besar en la boca y ella me escupió. Le grité: “¿qué pinga te pasa, chiloca, te da pánico la tortura?” Ipatria rechinó los dientes, yo amé su absoluta vulnerabilidad. Tuve ganas de penetrarla allí mismo. “¿Qué te pasa, no es mejor que te delate después de hacer el amor?” Y entonces ella por fin reaccionó: simplemente tuvo un desmayo. Aquel era el triunfo de su defensa. Y también mi humillación de imbécil verdugo nacional.
Perdí la erección y mis músculos todos se relajaron, también mi cerebro saturado de ganas, lástima y café funerario. Me dio pena: me di pena. Hubiera podido correr, pero la vergüenza me paralizó. Me di cuenta de que el único loco de aquellas escenas de viernes era yo, que casi destruyo al único ser que en mis noches de insomnio alguna vez me miró. Tuve deseos de cantar para pedirle que me perdonara. Y canté para pedirle perdón. Le susurré nanas infantiles tan tiernas como tétricas: son las únicas letras que recuerdo, aunque con erratas. “Dame la mano y danzaremos, dame la mano y me amarás”, canté para Ipatria, tan desafinado como no pude evitarlo: “porque seremos en la danza como un horror y nada más”.
Un pájaro nos pasó por encima y graznó. O un murciélago: ¿cómo distinguir a mitad de apagón? Igual fue escalofriante. Dejé de cantar y me senté a su lado a esperar que volviera en sí. Tuve miedo de que se estuviera asfixiando y le di un boca a boca desde el fondo de mis pulmones. Ipatria comenzó a respirar mejor, recuperó el descolor de su piel perfecta, y al poco rato se incorporó, casi abrazada a mí. Su larga bata de tela blanca, como de nylon, le quedaba preciosa. Parecía un ave de rapiña a la que hubieran obligado a volar hasta caer abatida. Tenía saliva alrededor de la boca. Se la quitó, y también descorrió un mechón de pelos que le borraba los ojos. Me miró desde una recóndita paz. Su frente sudaba, a pesar de que hacía frialdad. ¿Sería epiléptica? Y entonces no sé si dio una orden o me lo imploró: “Sagis o Salvador, llévame ahora al mar”.
Y yo la cargué hasta la costa: el estéril dienteperro cubano de La Playita de los Chilenos. La luna salía entre las azoteas y rebotaba enseguida en el cenit, tras nubes de guata y algodones de rojo rubí. Me arrodillé con Ipatria en brazos, si es que Ipatria se llamaría por fin, incapaz de lanzarla y lanzarme al agua con ella, hasta desempercudir su pánico y mi ansiedad. La deposité con cuidado sobre la línea de espuma. La sombra fatua del pájaro todo el tiempo nos acompañó. Tenía un cuello larguísimo, al estilo de un cañón, y se movía en círculos cada vez más abiertos, en contra de las manecillas del reloj, hasta diluir sus giros en contra de la madrugada, retrasando así el final de aquel viernes 17 que en mi memoria nunca llegó a ser sábado.
Volví a besar a Ipatria, en la boca. Fue apenas un roce. O aún menos: una premonición. Su aliento era tibio y gentil, pero también muy tajante y gélido, sin paradoja ni contradicción. Olía a frutas foráneas fermentadas. Le estreché las manos en un gesto de adiós con el que en realidad le pedía que, al menos por una noche, ninguno dijera de nuevo adiós. Pero la vi sonreír sin mover un solo músculo de la cara. Algo siniestro hacía evidente que, sin necesidad de palabras, su cuerpo le estaba imponiendo al mío que ya no siguiera allí, que ya no la siguiera a ella.

4.
Me detuve en el capítulo de tus héroes,
en voz alta dije la página de tus vinos.

El 24 fue nuestra noche peor. El fulgor de tantas fogatas por cuadra, inútilmente pujando contra el apagón general, casi me conmovió: la angustia se me coagulaba en los pómulos y no me dejaba participar de aquel espectáculo. Yo caminaba bajo el semáforo ciego de Vía Blanca, a esa hora devenida Vía Oscura, y pensaba en el destino de Ipatria una semana atrás: gata combada entre mis brazos y el dienteperro, tensa como una lira desafinada de música y de pavor, con los puños y el rostro crispados por quién sabe cuál pesadilla mitad insurgente y mitad oficial.
En la caseta de tráfico roncaba un policía. Lo iluminaba sólo una vela y usaba un periódico de letras rojas en lugar de una manta: El Mercurio, pude leer. En su radiecito de pilas, aún se malescuchaba un juego de beisbol. Desde el Estadio Nacional, único escenario con luz del reparto, el equipo Metropolitanos perdía, como de costumbre, por un denigrante score. El narrador hablaba de una “última oportunidad para la esperanza roja de la capital” y yo seguí de largo hacia La Siberia, la zona cero de Alamar: por esta vez quería volver a mi escondite antes que la medianoche me sorprendiera tan triste en medio de la Nochebuena popular.
“¡Ellos están aquí!”, fui recordando entonces los barboteos de Ipatria siete noches atrás, donde “ellos” eran los “provocadores del VOP y el MIR”, me dijo, “y los cadáveres del Caleuche resucitados en Villa Grimaldi”, me dijo, “y el Cochero de la Muerte paseando a los agitadores del Radical y a los del Plan Zeta y el Alfa”, me dijo, “de la mano con los momios de la Concertación y los Chicago Boys del Senador Vitalicio”, me dijo, “y los monjes de la Colonia Dignidad y los de la Recta Provincia y los de Patria y Libertad y los del FPMR y los de la Escuela de Mecánica”, me dijo, “y los buitres del tacnazo y los del tancazo”, me dijo, hasta que me fue literalmente imposible retener tantos nombres, alias y apellidos entresacados de sus dientes de piedra lunar: “Veaux, Mongliocchetti, McAntyre, Lotz, von Schouwen, Ayrwin, Edwards, Salvattori y Superonfray”, entre tantos y tantos de aquella Primavera Rota o Roja, ya no entendí muy bien, en lo que parecía ser otra rimita infantil al estilo de “dame la mano y matarás”. Pero igual no había nada que entender en Ipatria, que tal vez nunca se llamaría así. Bastaba con respirar su aliento cetónico para comprender el brillo desesperado de sus nervios, tan largos y frágiles como sus extremidades. Y tan fríos.
Ese viernes 24, los doceplantas sin luz parecían mogotes de la era jurásica: geometría elemental sin memoria ni amnesia. Media cuadra antes de llegar a mi refugio la vi, sentada sobre el contén, bajo una pancarta de fe o al menos de fidelidad al futuro. Iba pelada al rape, calva de remate, y al parecer esperaba por mí. La reconocí al vuelo: el color de su piel lánguida la delataba, como una explosión de neón importado desde algún pico cianótico del Cono Sur. Sentí euforia al verla: una alegría imposible de reprimir medio paso o medio silencio más. Y reí, llegando de un salto hasta ella, que me extendió un papel muy seria, como si nuestro azar no significara nada precisamente por tanto significar. Así, por primer y único viernes, pude recorrer el mapa neurótico de su caligrafía. Ipatria me había escrito: “un pájaro echado a la intemperie se convirtió en un bosque suave y nada ni el asombro y nunca ni la duda y nadie ni la noche destrozó aquel aire”.
Era bello. La agarré. Quise darle un abrazo. Oler sus poros. Que me pasara una parte de su locura esplendente: la mía se iba haciendo tan pobre que... Sentí su mano fría en la mano aún más fría con que yo sostenía la suya, solitarios a dúo en un contén de La Siberia cubana. Con mi frente acaricié su cabeza de huevo, y me pareció que ese cráneo andino bien podía estallar como una granada: pedazos de piel entre pedazos de las fachadas de Alamar. Era obvio que no nos quedaba nada. Ni nadie. Y que nunca iba a ser nuestro último viernes para coincidir por casualidad en un dormitorio obrero llamado La Habanazar.
Entonces me lanzó un reto y una profecía: “El próximo viernes te espero en el bloque Ch-73”. Y lanzó un beso al aire casi rozando mi boca. Tragué su hálito dulzón y fétido, como la respiración asmática de los 666 volcanes que recortan a Chile del resto de América: de los restos de América. Y se paró de un salto y, por supuesto, de otro salto se fue, devorada por la incipiente madrugada y por mi indecisión al borde de la indolencia: ella siempre partiendo y yo sin atreverme nunca a partir a nada. Aunque no fueran más que las tres sílabas de aquella palabra: I-pa-tria...

5.
Pero la sangre era árbol vestido de piedra.
Pero la mano era ala nacida en la piedra.
Pero la noche era fuego apegado a la piedra.

Cogió el cinturón y se lo abrochó a la cadera, desnuda. Entonces colgó la afilada hoja a su izquierda, adoptó una cómica pose de caballero andante del siglo XXI (“caballero anodino”, según ella), anunció solemnemente que “mi patria es la espada inglesa de América”, y comenzó a marchar con estilo de cadete republicana. Iba de una pared a otra de su habitación, abriendo en ángulo recto las piernas, como tijeras de jardinería militar.
Yo sólo miraba, sin interferir con aquel alef maléfico. Veía sus músculos tensos, tironeando la piel blanquísima y su sexo invisible en el medio: estaba depilada con precisión citostática. Veía sus senos, dos círculos dobles tatuados a cada lado del esternón. Veía la punta del desnudo metal, rozando a ras del tobillo y raspando un crucigrama de tajos que adornaba su pie: las cuentas de sangre goteando sobre las frías baldosas. La veía a ella y me veía también a mí, tiritando: a un tiempo títeres y titiriteros, sin retablo ni indumentaria. Y vi el discurso imposible con que ni ella ni yo alcanzaríamos a describir todo aquello: escenario molecular dispuesto para ningún espectador, dentro o afuera de su apartamento en la Isla. Para nuestra historia de dos, ya no quedaba público. Acaso el público para cualquier historia siempre había sido eso: una reconfortante ilusión.
Estábamos en su sala, en un duodécimo piso indistinguible de los duodécimos pisos del Reparto Chileno: desde 1989, un suburbio secreto dentro de Alamar. Me esperó sentada en los escalones y me invitó a subir con un gesto. Yo la seguí medio metro detrás, por las escaleras tachadas bajo el impoluto apagón: aguinaldo estatal por ese día 31 en que se acababan el mes, el año y también el siglo y el milenio. Me guiaban sus pisadas y el blanco fosforescente de su chamal: telilla fantasmagórica como la huella de una flor o un pájaro que nadie nunca se atreve a nombrar.
Empujó la puerta y entramos: estaba entreabierta. “¿Te convences ahora, Sagis o Salvador?”, parecía complacida con la supuesta demostración: “ellos estuvieron aquí, seguro robaron la papelería”, y se alejó para regresar enseguida con un gran mazo de velas. Las encendió, una a una, durante cinco o cincuenta o cinco mil minutos, hasta que el humo casi nos asfixió. Comencé a toser ridículamente y ella misma me condujo al balcón. Respiré. Hondo, hondo, hondo. Y desde allí noté que adentro no había muebles, excepto el televisor o una sombra sin patas que simulaba ser un televisor: el piso, las paredes y el techo parecían de attrezzo, utilería removible para dejar que la casa flotara de cuando en cuando en el aire.
Desde mi altura vi nuestra propia sombra proyectada al vacío. En el cuello sentí el fragor tibio de las velas. En la cara me golpeaba la frialdad de un fin de año asomado al borde del planeta. Ipatria se había desnudado sin pronunciar palabra y se sentó sobre la barandita. Me asustó su desequilibrio y quise sostenerla al menos por el talón, pero ella me rechazó con una patada de juguete, y al tacto noté el duro postillaje, o tal vez ya espuela, que crecía en su tobillo izquierdo.
Allí estaba Ipatria entera para mí, diáfana más que desnuda. Ya era sólo cuestión de saber leerla entre mi desasosiego y su desamor: enciclopedia del vértigo y del naufragio. La única vida del paisaje eran las luminarias con baterías del Estadio Nacional, donde seguramente Metropolitanos aún perdía jugando al beisbol. Ipatria señaló el estadio para mí: “¿cuántos grimillones de cuerpos cabrán allí?”. “Ni uno solo”, le dije, “se compite para que existan la radio y la televisión”. “Te confías demasiado de tu ignorancia, Sagis o Salvador”, no le hizo caso a mi ironía, “pero tarde o temprano, por la razón o la fuerza, en ese estadio hasta los cubanos irán a parar”.
Fue entonces cuando se armó de cinturón y espada. Se lo abrochó a la cadera y se colgó la hoja a la izquierda. Hizo un chiste sobre las oscuras leyendas de un “caballero andino” que vagaba sin pies ni párpados de un polo a otro de Chile, según las madres se acordaban de él para asustar a sus guaguas, y entonces Ipatria me habló de la suya: “Es la luna quien succiona mi cuerpo”, declamó mientras aún marchaba. “Mitad sombra, mitad grito: asciendo en espiral entre viscosos líquidos que me perfuman”. Me miró orgullosa: sus labios una línea apretada, sugerida apenas, como la tábula rasa de su entrepierna. “Son versos de mi madre, tarado”, se cuadró en firme: “todas las palabras del mundo mi madre las dijo antes por mí”.
Y me contó detalles de aquella mujer, su madre mártir, mientras volvía a recorrer en círculos la habitación: sus piernas, un par de tijeras sobre la bisectriz de su sexo; sus tobillos sangrantes a la luz de las velas que simulaban un estudio paleolítico de televisión. “La espada es mi patria inglesa de América”, repitió pervirtiendo la frase, y se subió otra vez en la barandita. Yo me puse igual nervioso, pero no intenté sujetarla ahora. Ipatria cruzó ambas piernas sobre el arma y se acarició la entrepierna con el filo fácil de aquel metal. Movía la espada en uno y otro sentido, en un abrazo cada vez más estrecho y rápido. Al final la hundió dura y mansamente en su sexo y gritó: “¡Esto fue lo último que mi madre sintió: el frío de los milicos por dentro!”
Estaba loca. No entendí ni pretendí comprender. Yo estaba loco también, ¿y qué? Igual la deseaba con toda su insania y mi indolencia, en cualquier orden y en ninguno. Tuve una erección clínica. Como en la funeraria al tomar café y oír los gimoteos de los dolientes de los mártires de Alamar. Como en la noche de la estatua. En un arranque de acción pura, me saqué la ropa y se la entregué: quería decirle algo con aquel gesto, pero aún no imagino qué o para qué. Que me viera convertido en mi propia bestia, quizá. Que supiera cosas dolorosamente reales de mí. Que no me expulsara este viernes a la soledad popular que lo rebosaba todo allá afuera, rebasando mi resistencia para sobremorir. Que me amara, supongo, hasta que yo pudiera resucitar para amarla, supongo, y resucitarla a ella después. Que bebiera de mí y me hiciera reventar, la muy puta de importación Made In Chile en 1973, la muy angelito condenado en venganza por la Inteligencia de su país. Que se alimentara de mis líquidos coagulados y de mi carne insomne ya a punto de incendio como un palacio presidencial. Que fuera un poco yo para siempre y yo ser siempre un poco de Ipatria. No sé. El lenguaje por momentos no alcanza.
Pero ella no pareció notarlo. Nada de nada. Su única reacción fue oler mi bulto de zapatos y ropas durante el minuto más eterno de América, antes de lanzarlo en parábola hacia afuera, en picada libre al otro lado de la barandita, donde lo vi flotar inútilmente en la brisa marina hasta ser tragado doce pisos más abajo por la fuerza de gravedad. “Así mismo voló mi madre”, me apuntó con el índice izquierdo: “así los peritos la volaron encima del mar, y desde aquella primavera de septiembre nadie nunca la vio”, dijo arqueando las cejas. De manera que ella y su padre aún más huérfano que ella salieron, a través del costurón de montañas, hacia una pampa de gauchos insufribles y pésimos aires. Y desde allí se montaron en un carrusel de exilios que desembocaría justo en aquel piso doce del bloque Ch-73.
Ipatria se tiró de la barandita, espada en ristre, y me haló sala adentro hasta tumbarme sobre el chasis sin patas del televisor, que no era un televisor sino una maleta: ataúd de álamo o tal vez araucaria. “La revolución portátil de mis padres está presa completa aquí: es el archivo más buscado de los 80s”, sonrió Ipatria y se me encimó. Se sentó a horcajadas sobre mi cuerpo y crispó una mano en mi nuca. Enarcó las piernas y se clavó, como hiciera una escena antes con el mudo metal. De hecho, todavía sangraban sus muslos, a cuentagotas. Con la otra mano se dio impulso en mi pelvis, moviéndose limpiamente dentro y fuera de mí, penetrada seca y duro hasta bien abajo y adentro. Yo no intenté movimiento alguno: era tan excitante contemplar inerte su ejecución que... Además, tenía un cuerpo bello y desesperado. Además, yo no la conocía en absoluto y hacía mucho que ningún cuerpo se me acercaba sin tasar un precio primero. Entonces la madera crujió bajo mis nalgas y la maleta cedió de súbito con un quejido de ave rapaz.
Nos revolcamos con la explosión, cuerpo a cuerpo. El piso era hielo que hincaba y un escalofrío me recorrió de las plantas a la columna a los parietales al esternón. En uno de los giros, sin querer empujé a un lado su cabeza de piedra lisa y fue entonces que definitivamente lo vi. Lo vi. Y pegué un chillido de pánico, de pájaro: “¡allí!” Y ella saltó a mi cuello como un bebé: “¿Allí qué, Salvador, allí quién, Sagis, allí dónde, por favor?”, y en la brusquedad de los tironeos, su espada lasqueó mi pierna. Me doblé de dolor. Abrí la boca en forma de letra O, acaso de número 0, pero no pude pronunciar ni una sílaba entre tanta imagen y tanta imposibilidad.
“¡Allí, un pájaro, o yo qué sé!", dije al rato y la desprendí de mi tráquea, para que no me asfixiara con su histerismo. Intenté pararme, mas la rodilla cortada me lo impidió. Miré mejor y, en efecto, sería un ave gigante o su silueta, en la misma pose de Ipatria antes sobre la barandita. Sería el espectro de su madre mártir, no sé. Ni me interesa. Lo cierto es que Ipatria ya rebotaba con rabia contra mi garganta, muchacha de muelles retorcidos a base de puro pavor. Así que tuve que pegarle en la cara y, como aún seguía sin reaccionar, la empujé tan lejos de mí como pude, como quien lanza al infinito una bala o un balón. Y con el gesto sentí que estaba desprendiéndome de algo que yo no sabía cuánto me deshabitaría por dentro después.
Ipatria salió desprendida con demasiada inercia por encima del balcón, como si fuera otro bulto de zapatos y ropas. Como si fuera su madre poeta tres o trece décadas antes, arrojada a ras de la Antártida por un coleóptero artillado del Ejército Nacional. O como si Ipatria fuera la sombra de aquel pájaro repentino que, sin abrir las alas, también se dejó caer: los dos cuerpos rebasaron la barandita que ya no contenía al vacío del otro lado, y fueron tragados en un pestañazo por el fin de año iluminado sólo por las velas de su apartamento y las torres del estadio de beisbol, donde Metropolitanos aún no se aburría de agonizar bajo un denigrante score.
Me quedé hueco a mitad de sala. Mi rodilla abierta de un tajo no me hubiera permitido asomarme al balcón, pero el inminente cambio de fecha tampoco me ilusionaba: de los mil novecientos noventitantos a los dos mil nada, los años cero. Casi me convenzo de que ese viernes 31 allí no había ocurrido absolutamente nada, excepto la descripción de los incontables objetos que la maleta había dispersado sobre las baldosas cuando se rompió. Eran iconos de la mentira mundial por la que se sacrificaron los padres de Ipatria: banderines, posters, recortes de titulares, fotos, volantes, folletines y mamotretos, bonos, boletas y brazaletes, pegatinas, entre otros objetos más difíciles de identificar. Por suerte, recorrer con la vista aquella parafernalia de esquirlas me sosegó: asumí que diciembre entero había sido escrupulosamente real y que eso justificaba aún más su verosímil irrealidad. Empezando por aquel nombre de tres sílabas que yo acababa de lanzar a la nada chilecubana de Alamar: I-pa-tria.
La vista se me nubló. Sentí frío, arqueadas, náuseas. Después, sólo ganas de dormir y de no despertar hasta el próximo siglo veinte. Era absurdo. ¿Me estaría desangrando, a cuentagotas, como los muslos y el pie izquierdo de Ipatria? ¿O mi cabeza rayada por la lija de esta historia me hacía trampas, con tal de no regresar a La Siberia ni a la Mártires de Alamar?

Respiré. Hondo, hondo, hondo. Aún tenía que recorrer la madrugada infartada de América, hasta ubicar un policlínico donde alguien me deseara “feliz año nuevo” antes de fingir interés en mi sutura. Aún tenía que arrastrarme piso a piso por las doce escaleras, antes de encontrar mis ropas alfombrando el jardín ruinoso allá abajo, o tal vez guareciendo la desnudez mortal de la estatua con gafas: cariada de óxido rojo, pero alzando una metralleta como advertencia. Aún tenía que exorcizar sin tanto patetismo retórico la mirada muerta del desamor: esa angustia antigua que sedimenta en mis pómulos y en mi tráquea, paralizando cualquier acto de cercanía con alguien que no sea yo. Aún tenía que alejarme de aquel reparto y ya ir pensando en mi siguiente sesión de viernes, a ras de unas semanas tan largas como mis noches, demasiado largas de sobrellevar: túneles ciegos hasta poco después del alba, cuando consigo por fin rendirme en un parque, sólo para que un enjambre de niños con uniforme me zarandee enseguida hasta hacer añicos mi pestañazo y dispersar mi ansiedad, dispersar mi ansiedad, dispersar mi ansiedad. Aún tenía que decidir si Ipatria había sido en definitiva su nombre, o si la palabra quedaba libre en mi mente para cuando apareciera o desapareciera alguien más. Aún...

1 comentario:

El Lapón Libre. dijo...

Viví por muchos años en Alamar. Entre niños chilenos, salvadoreños, nicaraguenses, uruguayos... todos con una niñ ez rota, triste, incomprendida y sin color a pesar del blanco y azul -luego rojo- de su forzadas panoletas. Eran distintos a nosotros los cubanos; jóvenes de edad, pero tan "viejos" de ideas y pensamientos. Hoy, como emigrante -casi forzoso- los entiendo y los bendigo. Casi todos se han ido de Cuba para un país bien distinto al de su nacimiento y, aún en el suyo; con esa no pertenecia permanente y esa busqueda constante de su perdida identidad. Gracias OLP por tan magistral narración del horror sin fin. El Lapón Libre.