martes, 10 de septiembre de 2013

GIA, MIAUMOR



(HARÁ TAN PRONTO YA DOS AÑOS, Y TÚ SIGUES IDÉNTICA ALLÁ ENTERRADA EN LA TIERRITA TOTALITÁRIDA DE LAWTON, MI AMOR, PERDÓNAME, PERDÓNANOS: TÚ NOS AVISASTE DE QUE LA MUERTE VENDRÍA MUY PRONTO POR TODOS NOSOTROS, QUE LA REVOLUCIÓN ES VÓMITO DE MUERTE, Y ENCIMA NOS PUSISTE A SALVO CON TU CORAZÓN DE MAMÁ BUENA, TE AMO, TE AMAMOS.)

Los ojos de Gia eran Tierras, planetas Tierras en miniatura. Hace poco Silvia me preguntó: ¿Están habitados los ojos de Gia?

Gia, bendición que no nos merecíamos. Al menos no en este país. Esta patria emputecida de muerte y maldad. En ese orden: primero la muerte, después la maldad de mentir sobre cómo mataron. Porque están matando a mansalva. Nadie lo dude. 

Gia llegó y se fue en el 2011, como los ángeles más efímeros que ya nunca se animan a visitar nuestra isla. Nuestra islita inicua. Nuestro archipiélago arcaico. Nuestra miseria, nuestro miedo, nuestra mezquindad, nuestra tan mierda.

Pero Gia fue generosa. En ese tiempo se hizo mamá. Y fue mi mamá. Y mía. Miau. Por eso mismo me la mataron.

Esperó casi cinco horas. Moribunda. Entre la tierra de bibijaguas y su sangre de otro planeta. Bajo la lluvia de invierno otoñal. Sola.

Era octubre y era el 2011. Acababan de matar a Laura Pollán, también sola, excepto por la complicidad de sus supuestos seres más allegados y de toda la disidencia asesina cubana.

"Laura, muérete", le dijo el Estado cubano. "Laura, muérete", repetimos a coro sus cómplices criminales, al dejarla en manos de un doctor carnicero que apenas ella murió, fue corriendo a cumplir la orden de delatar su expediente clínico ante las cámaras de televisión: "Laura se tenía que morir, pobrecita, aunque la Revolución hizo todo lo que pudo en su caso (y gratis)", casi dijo el doctor-verdugo, "porque estaba muy complicada".

Y no mentía. Laura se tenía que morir. Y la Revolución hizo todo lo que pudo en su caso. Seguro que había incluso un papel firmado con su sentencia. En Cuba jamás ha ocurrido una sentencia extrajudicial. No hay improvisación, como en las dictadurcitas de derecha. En Cuba sólo hay disciplina. Ordena y manda. Ordena y mata. Como le dijo una uniformada de verde olivo a Oswaldo Payá (¡con testigos!): "antes de que la Revolución se caiga, te vamos a matar".

La sinceridad del Estado cubano es conmovedora.

Gia murió a golpes. Con la memoria intacta de la violencia que un cubano de barrio ejerció sobre su cuerpo de gata, sin quejarse. Nunca se hubiera ido sin despedirse. Gia no era así. Mi amor no es así. Ya nunca será así.

Tenía un tajazo en el bajo vientre. Qué iba a pensar yo. El doctor fue laxo y sin entusiasmo. No hay anestesia. Te voy a resolver, pero sin esperanzas. La abrió. "Esto es un desastre", dijo: "Tiene no sé cuántos órganos perforados. No sé ni cómo está viva. Va a sufrir". El veterinario se parecía físicamente a Fernando Ravsberg. Y decía lo mismo que él, cuando este blogger (bloG2er) le mintió al mundo diciendo lo que ni a la familia de Oswaldo Payá aún se le ha comunicado: que el cuerpo había sido hecho papilla por el accidente.

También por accidente me mataron a Gia. Por ser mía. Mi amor.

Una vez le hice el amor. Casi corporalmente el amor. Gia estaba descompuesta y aún era virgen. El siamés y el barcino se disputaban sus feromonas felinas. Yo jugaba a competir con los machos (mis ojos son más de gatos que los de ambos). Y les escondía a Gia en un cuarto, para que se desesperaran un poco los otros dos. Para que cantaran la canción desafinada del deseo. Para que Gia se entregara por primera vez a mí. Y se entregó.

Me mordisqueaba las axilas y paraba la cola de peluche y Gia se hizo toda invitación a ser poseída por Landy. Y la abracé duro y adentro y halé sus bigotes tan femeninos como sus cejas y olí su saliva tan pulcra y besé su naricita de piedra lunar y me comí sus labios de emo gótica (tan negros, tan negros) y le prometí que uno de sus gaticos sería mío, sólo mío y de ella, una alianza genética que nos salvara de la traición y el olvido y que nos hiciera una raza mejor, una especie que no se cruzara con la tara tétrica de los cubanos.

Y sólo entonces liberé a Gia para que el siamés y el barcino se repartieran los óvulos remanentes. Pero el primero fue mío. Mío de miamor.

Hasta que el doctor la puso a dormir. Eso es lo que hace desde hace décadas la medicina cubana: poner a dormir para siempre a sus pacientes. Gia tuvo un estertor con el cloruro de potasio. En realidad, dos. Lo hice jurar que eran sólo reflejos involuntarios, inconscientes, que no sufrió. Tenía ganas de clavarle otra jeringuilla a él en el corazón. Matarlo. Que me devolviera mi gesto cobarde de eutanasia. Porque a Gia, un segundo después de traicionarle la vida, le quedaba aún más vida conmigo, justo ahora que terminaba de lactar a sus tres gaticos (uno mío, uno del Moris, uno de Jacobete), justo ahora que podíamos volver a concentrarnos en ser sólo ella y yo. Silvia, ella y yo.

Ya no queda nadie. Nadie de nadie.

Ni Silva.

Ni Gia.

Ni yo.

La enterré en Lawton, bien profundo, 24 horas después. Estaba dura, pero igual de preciosa. Princesa. No había cambiado en nada. Igualita, pero de roca. Mi gatica de cristal. 

Le besé los labios. Por si las mentiras de muerte de los cuentos infantiles que me leía mi padre tenían aún algún resquicio de realidad. Ni pinga. La muerte es lo único que es verdad.

Silvia no quiso verla, no sé por qué. Yo sabía que Gia seguiría siendo Gia mientras no la pusiéramos a podrirse lejos de nuestra vista. Que resistiría a la descomposición. Que era una santa mejor mil veces que la virgencita de cualquier caridad. Porque Gia era nuestra y no popular. Porque patria es la palabra más perversa en que los cubanos podamos pensar.

Los ojos de Gia eran Tierras, planetas Tierras en miniatura. ¿Qué me va a preguntar Silvia ahora? ¿Que si estarán habitados los ojos de Gia bajo la tierra?

Tú sabes que sí, Silvia.

Tú sabes que sí, Landy.

Tú sabes que sí, Gia.

Sí de siempre, miaumor.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me matas! Ay Gia,como no le lamiste a Landy tanto dolor acumulado,tanto espanto. Pero te doy las gracias porque si supiste quererle y mimarlo. Arruyarle un poquito las penas,maullarle tu belleza. Recordarle,por un instante,que si existe a pesar de los pesares.
Confieso,que he llorado mas algunos de mis perros que la muerte de seres humanos. AT

Omar dijo...


Angelitos como Gia pasan como efímeros ronroneos por las miserias de este mundo.
Terminé de leerlo con lágrimas en los ojos.
Coño, brother. La vida, la muerte.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

Precioso. Me saco hasta los mocos, que cosa tan linda.


Anónimo dijo...

Desgarrador... hasta el bestialismo:

BESTIALISMO Y MUERTE!!!
VOMITAREMOS!!!