lunes, 16 de septiembre de 2013

PITTSBURGHABANA


PITTSBURGHABANA
Orlando Luis Pardo Lazo

Ya me voy de Pittsburgh, como quien dice ya me voy de La Habana. La ciudad de los cientos de puentes y un downtown a imitación de Manhattan y una pasta de acero coagulada en los pulmones de medio siglo XX, hasta que la mano de obra esclava en China arruinó a su industria metalera y salvó a la del puré de tomate. Y a los Pingüinos. Y Piratas. Y Steelers.

Ya me voy de Pittsburgh, como quien dice ya me voy de los Estados Unidos.

Nunca quise saber el nombre de sus ríos. Eso sería traición. Los ríos los nombro yo, cuando ellos mismos me digan sus nombres. Y me lo dijeron, uno por uno por uno. Y en los tres casos era el nombre secreto del amor. Por eso me lo callo ahora. Por piedad. Por pudor. Porque abandonar la ciudad donde se ha amado es enterrar en ella una lonja desconocida de nuestro corazón.

Ahí te lo dejo, Pittsburgh, para cuando los arqueólogos echen abajo tus colinas y abran de par en par tus casitas fósiles de parquet y ventanucas siniestras. Tus parques y autopistas todavía a escala humana. Tus hospitales donde el silencio sólo es roto por los helicópteros que trafican entre la vida y la muerte. Tus universidades, donde hasta las miradas son carnales, y donde la libertad sería tangible de no ser porque en los libros de textos se habla con culpa de la Revolución cubana (y los profesores elogian a Castro pero denigran del Departamento de Estado en la vecina Washington DC).

Ahí te dejo mi corazón de La Habana, Pittsburgh, el que no te pudiste robar del todo en varios meses de enclaustramiento. El que se iluminó con tu soledad septentrional de las madrugadas, desnudo entre las persianas de la loca luna, pero el que ahora quiere seguir al norte, siempre al norte, como quien huye a ciegas del magnetismo maléfico de una isla al sur de todos los socialismos.

La belleza de los Estados Unidos de América comienza en lo anacrónico de esta ciudad. Es que incluso se parece a Pittsburgh, pero ya no lo es. Las multitudes, los borrachos, los bares de ingenuidad casi infantil, los sitios web pornográficos, los festivales comunitarios, los tatuajes de los adolescentes (casi siempre falsos), las pastillas con que se dopan (casi siempre fatales), un dirigible que nunca se incendia y cae (como en mis pesadillas resucitadas de infancia), la comida mejor que en bastantes ciudades por ser menos norteamericana, la nieve mullida que no vi, pero que voy a volver uno de estos noviembres del mundo para hundirme hondo en ti. Como en el vientre de la persona amada.

Es difícil decir esto, pero la luz de Pittsburgh permite un estallamiento de colores que es impensable en el trópico. Los verdes aquí son efímeros y definitivos. El sol es áspero y noble. El otoño se anuncia unos días después de terminada la primavera. He usado sobretodo en agosto. He respirado polen. He comenzado la novela que pondrá fin a las novelas cubanas. He sido feliz.

Adiós, amiga. Adiós, amigo. Ni siquiera logré descifrar la gramática de tu género. No te olvides tú de mis pasos y pedaleos por el North Side, Pittsburgh. No te rías del día que oí unos fuegos artificiales y pensé que eran tiros y me tiré al piso en medio de mi habitación. El día que un shampoo me intoxicó y pensé en la inmortalidad ridícula de venir a morirme aquí, solo en una casona donde las alarmas no te dejan freír ni un fish-stick.

Debo declarar que tu aeropuerto es el más minúsculo del planeta. Y el más nervioso también. Porque por esas escalerillas van y vienen por el aire mis memorias maravillosas de la eternidad.

Nada de Museo Warhol, Pittsburgh. Tampoco nada de Casa Wright.

Tú y yo, insomnes, suicidas, cómplices del deseo y del delirio de seguir subsistiendo aquí. Lejos de la sofocante noción de patria. De incógnito con tal de no oír la voz déspota de mis compatriotas. En las antípodas de la Revolución cubana.


Pittsburghabana, mon amour.

3 comentarios:

Armienne la Puta dijo...

¿Para dónde vas, Orlando?

Omar dijo...


Buen viaje, hermano. Cuídate.

Anna Francisca Rodas Iglesias -Tuti dijo...

El regreso (partir a la inversa), y el cúmulo de recuerdos en ambos sentidos, dejan en la lectora un paisaje no sitiado y la singularidad de una narrativa que traspasa el tiempo. Vos, Orlando, hacés que los elementos cobren vida en palabras. Sos todo un talento y te felicito.

Un fuerte abrazo,

Anna Francisca