viernes, 1 de noviembre de 2013

HALLOWEEN



Recuerdo cómo se doblaba mi madre en Cuba sobre la jarra de leche caliente y la soplaba, para enfriármela, haciendo un sonido de ángel.

Recuerdo cómo se doblaba mi padre en Cuba sobre un papelito amarillo forrado en nylon con la Oración a San Luis Beltrán, cada viernes por la mañana.

Mi infancia fueron esos dos gestos, seguramente insoportables en su momento. Y hoy lo único que me ha quedado de La Habana de los años 70.

Manhattan del año 2013 tiene mucho de aquella ciudad. El mismo desamparo, la misma sensación de vacío, las multitudes mudas. Todo es parodia y alegoría. Hasta se parece a New York. Incluso se parecen muchísimos los otoños, que décadas atrás aún eran una estación verdadera en Cuba.

Cierro los ojos en el tren 7 y no me es difícil verme en la ruta 7.

Entonces yo miraba la noche infantil cubana y veía estos mismos edificios de Nueva York, fuera a la altura de San Francisco de Paula o de San Miguel del Padrón. “Un microclima”, decían mis padres y me cerraban la ventanilla.

De niño yo era un alucinado.

No podía saber que estaba mirándome a mí mismo muerto ya en el futuro, hoy, en los elevados de Queens, en un Tercer Mundo de tercera generación.

Yo pensaba que no iba a crecer. Y tuve razón. Solamente crecí.

La leche no es leche en los Estados Unidos. Y calentarla en el microwave es hacerla un líquido inenfriable después.

No hay manera de rezar con realismo en los Estados Unidos. God is money.

Estoy absolutamente abandonado.

Estoy a punto de ser feliz.