sábado, 30 de noviembre de 2013

FAREWELL CUBALASKA, WELCOME MANHATTABANA


Llego a la casita de Queens después de una semana en Alaska. Seis aviones intercontinentales. Menos veinte grados Celsius y el sol del mediodía asomando por el horizonte. Fui tan libre y tan feliz. Voy a amar allí, bajo las auroras boreales de Fairbanks. Allí nacerá mi hijo. Y será tan cubano como tú. O más. Porque no tendrá memoria del horror.

Llego a la casita de Queens y caigo muerto sobre el sofá. Ni desempaco. Estoy partido del hambre. Me duele la garganta. Casi no tengo voz. Si me enfermo en los Estados Unidos, tendré que curarme solo. Virar a Cuba sería un suicidio. Allá los médicos de la Seguridad del Estado me esperan para cumplir su misión.

Salgo y traigo una carne asada medio colombiana, con arroz y frijoles colorados. Le ponen una lonja de aguacate. Nada sabe a nada, pero en Estados Unidos es así. Huele, me da revolturas. Me quedo con hambre. 

En realidad, no me gusta comprarle a los latinos del barrio. Tienen una pinta mortuoria que ni los cubanos después de Castro. Entras al restaurant y se te quedan mirando como iguanas, con palillos de dientes y la ropa más chea el mundo, superada sólo por la música melosa que se disparan.

Igual ya lo compré. Mastico un rato. Luego, boto todo el sancocho a la basura. O no. Lo voy a botar, pero no alcanzo al latón de la cocina. Porque en ese instante se mete en el medio un ratoncito. 

Es gris. Está famélico. Es obvio que llevaba una semana sin mí, trancado en la casita de Queens, sin tener nada que tragar. Debe ser muy joven. Ahora casi me implora con la mirada, es como una mascota espontánea. Sería tan fácil caerle a palazos. Eso es lo que hacemos en la islita.

Pero yo le pongo las sobras sobre una jabita de nylon. Casi se las puse en la boca. Y el ratoncito comienza a comer los restos de mi comida en la casita de Queens. A cada rato me mira. Lo miro. Nos miramos. Estamos del carajo los dos. Qué solos. Qué desvalidos. Nadie se acordaría de nosotros si no nos ayudamos él y yo.

Me tiro de vuelta sobre el sofá. El exilio es eso. Sustituir lo que en Cuba hubiera sido una muerte sangrienta por una pizca de lástima mutua y solidaridad.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Tenemos guayabitos en la azotea y preferimos alimentarlos para ver con mas claridad.

En Cuba, los animales salvajes andan sueltos y sin vacunar, por eso son tan rabiosos. AT

PD-gargaras de sal y vinagre para la garganta repleta de complicidad y carino. MUA!

Anónimo dijo...

Para ser cubano basta: comer yuca con mojo, puerco asado, tomar ron, jugar dominó y armar lío, saber a qué hora mataron a Lola, montar bicicleta con la novia en la parrilla, bailar casino y reguetón, amar la pelota y el boxeo, aunque también ser fan del futbol, el voleibol, el atletismo, judo, lucha...
Ser cubano es una condición del alma, no de un disidente alucinado y esquizofrénico hebefrénico. Tu hijo, nacido en Alaska será cubano si tiene la gracia del cubano, no importa donde nazca, pero si no, seguramente sera... ¡Esquimal! que es el signo que le toca por geografía y no jugará pelota, no bailará son ni casino porque no lo entenderá, no comerá puerco asado, yuca con mojo, congrí, ron... en fin ¿se puede ser cubano sin saber qué es Cuba?
Cubanito100x100