lunes, 18 de noviembre de 2013

Queridos amiguitos, papaítos y abuelitos



Como toda patria que se respete, la nuestra es un cementerio cruel. Uno a uno dejamos ir apagando los hombres y mujeres que marcaron la historia, los que brillaron con luz personalísima en la historia de la Cuba de verdad, la del corazón que duele y jamás olvida: la historia íntima del alma de lo que se ha vivido como nación, sueño susurrante y secreto. No esa otra demagogia a gritos, mitad guerrerista y mitad popularecha, que aún es tildada de “Revolución” por una élite de estilo mafia, asombrosa aleación de guajiros bárbaros fundacionales con burguesones arribistas de último minuto.

Como todo totalitarismo que se respete, tuvimos horarios estrictos que aún se conservarían en todo el territorio nacional, de no ser porque el socialismo tuvo la decencia tardía de suicidarse para nunca más retoñar. Al menos no en Cuba. Y uno de esos horarios implicaba a las mañanitas de los domingos más tristes del mundo, los domingos perdidos para siempre en una Isla que ya sólo existe en nuestra imaginación que se apaga de uno en uno. Tú sabes, estoy hablando de La Comedia Silente, de Armando Calderón.

Nunca mejor dicho, porque La Comedia Silente no eran ni remotamente los metrajes del Charlot de los años mil novecientos diecitantos con la First National, la Keystone Comedy Film o la Mutual Film Corporation. Ni tampoco los clásicos de Buster Keaton, ni mucho menos El Gordo y el Flaco, entre otros genios mudos todavía anónimos en mi ignorancia de infancia que nunca creció. La Comedia Silente a la que asistíamos maravillados en aquella Cuba desaparecida, en nuestros televisores soviéticos de horrenda factura, era obra y gracia de su exclusivo autor, un señor en traje y corbata llamado Armando Calderón, a veces con un primitivo reloj digital ponchado a su derecha.

El “hombre de las 1000 voces” tuvo en realidad mucho más de mil. Su gama vocal, de escaso matiz fónico, era increíblemente infinita. Con su único registro bipolar de damisela raptada o de matón gratuito, este anciano jamás narró dos veces igual un mismo episodio, que editaba como al azar, manipulando las cintas según estas se iban pudriendo en los archivos de un sistema con dinero para poner a un soldado a cantinflear en el cosmos, pero no para cuidar de un tesoro que es patrimonio universal.

Para colmo de talento si se compara con hoy, donde ningún locutor cubano es capaz de pronunciar una frase sin leerla sobreactuadamente (el peor ejemplo sería el simiesco Serrano a sueldo del NTV), Armando Calderón grababa en vivo sus disparates, sus broncas de merengues y fotingos destimbalados entre los vecinos de la Calle de la Paz, sus novias lánguidas art-nouveau, sus pillines y policías, toda una crónica anacrónica de esa utopía llamada los Estados Unidos de América, nada menos que en un paísito despótico donde el monopartido comunista te sancionaba de por vida si “mantenías correspondencia con familiares en el extranjero” y no lo confesabas en cada interrogatorio laboral o escolar.

Todos los domingos, como en la canción de Carlos Varela, amanecíamos en otra ciudad. Una ciudad paupérrima como La Habana ruralizada de entonces, pero donde el sentido de la aventura fílmica aún nos permitía respirar. Nuestros dioses, como en otra canción del mismo trovador, eran Charles, Cara de Globo, Soplete, Barrilito y Barrilón, el gordo Matasiete, Pellejito, el Conde de la Luz Brillante y el inevitable charlestón.

Armando Calderón se consumía ante nuestros ojos y no lo notábamos. Aullaba, sonaba latas y cascos, soplaba armónica y a veces sólo el aire de una sirena, tintineaba alambritos recogidos en algún Plan Tareco, disparaba tiros gang-gang, fingía suspiros de orgasmos antes de que nadie en su audiencia mocosa hubiera tenido uno, chasqueaba la lengua entrenada quién sabe en qué oficios del capitalismo republicano, mientras se le iba rayendo su eterno traje y la corbata le colgaba como un nudo mal hecho de ahorcado.

Nuestro caballero renacentista que se hacía un cáncamo en cámara, carecía del presupuesto británico de la futura serie de El Narrador de Cuentos y, sin embargo, no tenía nada que envidiarle en términos de motivación creativa. Así y todo, la más mediocre y represiva de las instituciones culturales cubanas, la que puso sus antenas desde el inicio en manos del Hegémono en Jefe de nuestra Historia, se dio el lujo de sancionarlo más de una vez, acaso para que acabara de momificarse y despedir al cabo su duelo en silencio, como le correspondía a este mago de mudez.

Su época técnicamente se había acabado: comenzaba, después de un atraso humillante para la patria número dos de la televisión en América, la transmisión en colores en Cuba. De manera que los necios adolescentes que éramos tampoco íbamos a tolerar ni un segundo más de la mejor fotografía del cine.

Fuera el alcoholifán de bodega o fuera un cáncer en las cuerdas vocales por el esfuerzo de décadas, simplemente no nos dábamos cuenta de su metamorfosis. El dueño de nuestra divina Comedia local se diluía en uno de sus personajes muertos durante casi un siglo, pero la vida era entonces eterna para mi generación, y el destino de las mañanitas de domingo no nos importaba ni pinga a sus queridos amiguitos.

Del clarín escuchad el silencio.

2 comentarios:

El Lapón Libre dijo...

Estimado OLP. Me has dejado sin palabras !Oh dios! !Que sensibilidad! Te acompaño en le sentimiento. Yo era uno de esos fiñes que ni a palos me perdía la comedia silente. La veía muerto de sueño y después me volvía a acostar después de la pequeña tandita de "muñes" americanos que nos dejeban pasar;NBetty Boob, El Pájaro Loco, Porky, Scrappy y su her,naitao, Las dos Urracas... Tuvimos una infnacia -casi- linda y no lo supimos. El Lapón Libre.

Anónimo dijo...

Genial. Melancolico. Parte de los que vivimos eso. Si era asi, algo magico, un escape de Cuba aunque fuera a los principios de siglo de cualquier otro lugar.

Yo le he "doblado" peliculas del ingles al español a mi madre en el magnifico estilo de La Comedia Silente.

Mi mama se rie con mi payasada, y yo me siento feliz de darle esa felicidad.

Mercedes