domingo, 3 de noviembre de 2013

Triste de tigre



( 1 )

El insondable universo, solitario y frío. Tus huellas en el cemento aún blando de nuestra acera. Tus pisadas pequeñas, próximas, probablemente perdidas: apología de la p. El mundo, la ciudad, el barrio: Cuba, La Habana, Lawton. El mar, el año. El zumbido del espacio dejado por ti. Las palabras impronunciadas, todavía al acecho. Como tigres, como yo. La tristeza de los años ceros en un país no tan desierto como desertado: destetado. 2000, 2001, 2002. Cuba, Cuba, Cuba: hipótesis de patria. 2003, 2004, 2005. Armenia, Armenia, Armenia: hipóstasis de patria. Y el chirrido rabioso del carro que dobla una esquina y se detiene ante mí. 666: es un patrullero. La justicia por fin se ha acordado de mí.

( 2 )

Media hora antes yo era un hombre libre del mundo. Media hora después yo sería un mundo libre del hombre. Ahora, por el momento, aquel uniformado me interpelaba:

—Su nombre —dijo.

Yo lo miré. Temí decirle la verdad. Titubeé. Pero al final se la dije. Y me equivoqué. Creo. O tal vez no tanto.

—William Saroyan —le dije.

El día era encantador, el barrio apacible, y su mirada era buena. Quería destruirme, es cierto, como acaso quería destruirse él mismo también. Pero incluso ahora estoy convencido de que aquel policía mulato tenía una mirada buena. Simplemente ya estaba cansado, abrumado de sí. Y de mí.

—Su carné —dijo.

Por supuesto, yo no tenía carné. De lo contrario, esta historia no hubiera existido. Se lo dije. Que yo no tenía carné porque de lo contrario nuestra historia jamás hubiera existido. Además, yo estaba sentado en el contén de Fonts y Beales, las dos calles más raras de Lawton, justo frente a mi casa. Sólo que esto último no se lo dije. Tampoco debía confesarlo todo antes de tiempo. Con la justicia es así.

—Entonces me tienes que acompañar —dijo, y comenzó a pronunciar frases cortantes por su walkie-talkie. Estaba eufórico, tal vez ya nunca olvidaría aquel día. Me alegré por él.

Acompañarlo. La idea me pareció fatal. Se lo dije. Me dio un empujón y me esposó con destreza, las manos a la espalda. Me dolió, pero permanecí en silencio. Me golpeó sin mucha fuerza en las pantorrillas. Fue una acción que nunca entendí. De hecho, que todavía no entiendo. Como si buscara algo o quisiera doblegar algo en mí. Y eso era sencillamente imposible. De hecho, todavía lo es.

Nos montamos en el patrullero 666 y el carro aceleró Fonts arriba y luego frenó Beales abajo, hasta parquearse justo frente a la Estación. A un costado del parquecito infantil, ahora ya en ruinas.

Yo era un hombre bueno y lloraba. Lloraba de felicidad.

El chofer me miraba azorado, rascándose la cabeza bajo una gorrita azul. El mulato también. No me quitaba de encima aquella mirada demencialmente buena. Se lo dije.

—Cállate ya, pareces una muchachita —dijo.

Y yo le hice caso. Y así perdimos nuestra primera posibilidad, en cincuenta o acaso quinientos años, de sostener una conversación.

No sé. Ahora supongo que aquel haya sido el precio de nuestra mutua felicidad. Muda felicidad.

( 3 )

¿No resulta sospechoso que exista incluso el lenguaje? ¿Y que existan, además, los vagones oxidados de Ferrocarriles de Cuba, varados en el crucero de Luyanó? ¿Y los Ómnibus Metropolitanos cruzando los rieles, rielando a la luz de la luna, moles lunáticas, como tigres muertos a punto de ser revividos de un plomazo en el corazón? ¿Y el dolor de la línea amarilla sobre una calle zigzagueante que durante el día se le ha derretido el asfalto? ¿Y los metrobuses y rastras y bicitaxis y demás partículas de la realidad? ¿Y los pies planos de los peatones, tan pedantes y perdonables como cualquier policía, tan planos como la eterna primera plana del periódico Jairenik, tan precarios como los pregones del chinito Fú a lo largo y estrecho del barrio: Jailení…, Jailení…, Jailení…? ¿Y el color azul de la noche, el mar, y los uniformes de la autoridad? ¿Y la mano extendida de los mendiguitos de fonda, sentados sin sueño en la antigua sandwichería del Lawton´s Bar, esperando no una moneda sino que nunca amanezca? ¿Y las flores naturales, como plásticas: kimilsungias de rojísimos pétalos, rositas búlgaras de abolengo obrero, tulipanes tuberculosos, y azucenas del río Pastrana? De hecho, ¿no resulta sospechoso incluso vivir? Como tu ausencia radical en La Habana, excepto en mi cuarto. Como tu foto sonriendo tristísima, descolgada desde mi pared, acaso por el cuello. Como esa sonrisa sin memoria con que, noche a noche, tú me recuerdas que justo ahora ya me estás olvidando. Desde otro barrio cualquiera del mundo, excepto Lawton. Desde Miami, México, Montevideo; desde Manila, Moscú, Milán; desde Marsella, Melbourne, Madrid o La Meca: amnesia de la m. Como la sonrisa tres veces más triste de esa mujer en blanco y negro descolgada en el lobby de la Estación Policial. Allí debajo alguien ha escrito su nombre y colocado un flor. Plástica, por supuesto. Pero la tipografía es minúscula y yo no alcanzo a leer desde el banquillo donde estoy detenido sin mayor acusación. Tal vez “Celia”, tal vez “Cielo”, tal vez “Celia en el Cielo”, o al revés. Realmente no sé. ¿Y yo, no es también sospechoso que exista incluso yo? ¿Y el tigre, bella bestia que ignora a cuál de las sucesivas jaulas recién lo han trasladado, no resulta muy sospechosa ahora esta súbita exhibición?

( 4 )

Me tomaron las huellas digitales. No había tinta y lo hicieron con el repuesto abierto de un bolígrafo. Tinta azul, como la gorrita del chofer, y el firmamento espléndido de aquel enero, y los uniformes de todos los hombres allí. Hombres buenos obligados a gustar del mismo color de tela.

Me tomaron las huellas digitales. Por primera vez vi mis huellas. Toda huella se parece a la de un criminal. Pero incluso los criminales no pueden evitar seguir siendo buenos, a pesar de sus manchones de tinta en la esquina superior derecha de una Planilla de Detención. O Defunción.

A mi lado una anciana temblaba, las manos abriendo y cerrando el zíper de su bolsón. Una bolsa de nylon, repleta de nadie podría imaginar ahora qué. Cubanacán S.A., Made in Armenia.

A mi otro lado, apretujadas en la punta del banco, dos chiquillas de quince o dieciséis años miraban a Celia o acaso al cielo raso de la habitación. En cualquier caso, las dos con rabia. Chicas buenas atrapadas por la catalina equitativa del odio. Negras. La anciana era blanca. Tres tristes rostros y ni rastro del tigre. Simplemente yo no existía. Y está bien así. De yo haber existido entonces, esta historia no existiría después.

Por el momento, afuera los niños escandalizaban, divertidos en su parquecito o paraíso ya en ruinas. Un señor vestido de civil caminó hasta mí. Se arrodilló frente al banco y me miró con toda la benevolencia del nuevo año, siglo y milenio. Después de aquella mirada sin saña, podía venir incluso el Armagedón: igual la humanidad ya estaba salvada. Intuí que aquel señor era un santo y que estaba mucho más allá del bien y del mal.

—Me han dicho que su nombre es William Saroyan —dijo.

Asentí.

—¿Podemos confiar en su palabra? —dijo.

Asentí.

—¿Y en la fiereza de su mirada? —dijo, y sonrió.

Asentí, y yo también sonreí.

Y, sin darnos cuenta, ya estábamos dándonos un largo abrazo ante el espanto de todos. Incapaces de la menor reconciliación, ellos; incapaces de mayor rencor, nosotros. Todo no había sido más que un error. El horror siempre lo es. Y, entonces, el señor vestido de civil me susurró como quien te dice que te ama al oído:

—Queda usted detenido.

Definitivamente, aquel era un inmortal.

O yo lo amaba.

O ambas cosas a la misma vez.

( 5 )

Y, en definitiva, no son sino días del universo a ras de enero, tiempo escamoteado por el tedio de mirarlo todo al revés. Una navaja Sputnik, una olla Input, un zapato Amadeo. Nada asienta, todo se evapora en la leche condensada de la realidad. Nata Nela. Yo tenía una cámara Polaroid, y el mundo me recordaba a ratos un escenario instantáneo y a ratos un instante muy escénico. Yo tomaba fotos. Naderías, naterías. Objetos dejados atrás. Libros sin letras. Niños que se murieron conmigo. Promesas cascadas. Deseos de sentir deseos. Miradas vacías, vaciadas por el tedio de enrevesarlo todo al mirar. La mía en una azotea de Lawton, por ejemplo. La tuya en un pasillo de Armenia, por ejemplo. Tu mirada humillada por otra cámara Polaroid allá lejos, al otro lado del océano, a apenas dos o tres metros de distancia: descolgada, acaso por el cuello, sobre la pared más solitaria del cuarto y mi casa. El mar Caribe, el año del Caballo. El azul índigo, el azul uniformado del equipo Industriales. Nada sedimenta, toda memoria flota como la baba. Y, en definitiva, no son sino días de enero a ras del universo: tiempo de descuento o, mejor aún, un cuento a destiempo.

( 6 )

—William Saroyan, ¿no es tu verdadero nombre Rock Wagram? —dijo el investigador número uno.

—No —dije yo.

—William Saroyan, ¿no es tu verdadero nombre Arak Vagramian? —dijo el investigador número dos.

—No —dije yo.

—William Saroyan, ¿no es tu verdadero nombre Aram Garoglanián? —dijo el investigador número tres.

—No —dije yo.

—William Saroyan, ¿no es tu verdadero nombre Wesley Jackson? —dijo el investigador número cuatro.

—No —dije yo.

—William Saroyan, ¿no es tu verdadero nombre Ulises Macauley? —dijo el investigador número cinco.

—No —dije yo.

—William Saroyan, ¿no es tu verdadero nombre Armenak Saroyan? —dijo el investigador número seis.

—No —dije yo—. Ese es solo el nombre de mi padre.

—William Saroyan, ¿no es tu verdadero nombre Takuji Saroyan? —dijo el investigador número siete.

—No —dije yo—. Ese es solo el nombre de mi madre.

—William Saroyan, ¿jura usted entonces llamarse William Saroyan y nada más que William Saroyan? —me sacudió por los hombros el señor vestido de civil.

—No —dije yo—. Ese es solo mi nombre.

( 7 )

Todo hombre es siempre un buen hombre en un mundo equivocado. Ningún hombre es capaz de cambiar ni media historia a su alrededor. Ni palabra. Ni sílaba. Ni silencio. La soledad y la tristeza son el tributo y el fracaso de todo hombre de bien. Por eso somos trágicos e inocentes, y tenemos amores distantes que nunca nos abandonarán. Incluso si caemos presos porque la justicia, por fin, se ha acordado de nosotros y nos pide ahora confesar algún nombre, incluso uno falso. Preferiblemente uno falso, pero verosímil: ¿quién se atreve a profanar ahora a la palabra verdad? Es como un silencio tan bello que al final siempre nos obliga a participar. Nos imbrica e implica. De ahí, primero, nuestra connotada culpabilidad. De ahí, después, nuestra culpable connotabilidad. Estas son las reglas del juego. Leyes buenas, como toda ley siempre lo ha sido.

( 8 )

Salí libre, bajo palabra. Es decir, bajo silencio. Me pidieron que no contara nada de lo sucedido. Fue inútil convencerlos de que en verdad nada había sucedido, y que era justamente ahí donde radicaba mi historia. Salí incluso sin fianza, por pura confianza de la institución policial.

Cuando llegué a mi casa ya me estaban velando. Mi madre, que aún no había muerto, otra vez hacía pucheros. Y mi padre, muerto en mil novecientos noventa y nada, la consolaba tan mal como le era imposible:

—No llores, Takuji . Nuestro hijito pronto se pondrá muy bien —repetía.

Los vecinos los miraban como si ambos estuvieran locos de atar. Y lo estaban. Después me miraron a mí, como si de pronto ellos se hubieran convertido en los locos de atar. Y se habían. Y, aún después, todos se escabulleron en estampida de mi velorio, los más histéricos pegando gritos de “¡aleluya, ha resucitado!”. Pero yo sólo le di un beso a mi madre y un apretón a papá. Hacía tanto que los desconocía que supongo fuera mejor así. Les aseguré que no existía el horror:

—Queridos padres: aquí no ha pasado nada —les mentí para consolarlos—. Todo ha sido un error.

Y entonces avancé por la casona de Fonts y Beales, recto por el pasillo más largo y estrecho del mundo, y me tranqué en mi cuarto a llorar. Un llanto de invierno: la estación más seca del año, del viejo siglo, y del nuevo milenio. Así que ni una sola lágrima derramé.

Miré la foto de mi antiguo amor, también en blanco y negro. Como la de Celia o Cielo o tal vez Celia en el Cielo, o al revés, en la Estación Policial. Como el cieno acumulado en la acera tras las sucesivas estaciones del mundo. Y en este punto sonó el teléfono y resultó que era ella.

Ella, ella, ella.

Después de exactamente una década, yo volvía a escuchar su voz. La voz de mi antiguo amor o, al menos, mi propia voz otra vez pronunciando aquella antigua palabra: amor.

( 9 )

Todo hombre ha de vivir sin amor si es que ha de buscar al amor. Ningún hombre puede vivir en el amor durante demasiado tiempo, ni tampoco lo desea aún cuando así lo desee. Y, a su vez, el amor se aburre demasiado pronto de cualquier historia de hombre. Estas son, también, las reglas del juego. Leyes magníficas para una magnífica criatura. El resto es sólo literatura: literalmente, letra dura. Exquisito cadáver.

( 10 )

—Te he extrañado mucho —me habló en armenio de Ereván.

—Yo más —le respondí en armenio de Lawton.

Hacía mucho tiempo que yo no hablaba en mi lengua natal. Igual bastó con media frase para restaurarme la patria. Recordé los primeros versos del himno: “Oh, Armenia, /el mar ausente bajo tus picos azules en el horizonte/ son suficiente promesa de mi adoración”.

—Y yo te adoro también —me respondió al instante, hablando ahora en cubano de Europa—. Se está acabando mi tarjeta magnética: así que mejor mañana yo te vuelvo a llamar.

Mejor mañana.

Y colgó.

Mi antiguo amor colgó, colgó, colgó.

Dejándome con el silencio en la boca. Quedándose otra vez descolgada tan sólo desde mi pared, acaso por el cuello. Tan sonriente y triste como si mi cuarto fuera el lobby de una Estación Policial.

Y ni siquiera me dio tiempo de contestarle en cubano de Cuba. Se me hizo un nudo en el cerebro antes que en la garganta. Hacía mucho tiempo que yo tampoco hablaba en mi lengua prestada. Parásita. En ocasiones, no basta ni con medio millón de frases para callar.

( 11 )


El solitario frío, insondable y universal. Tus huellas en el cemento ya rígido de nuestra acera: rigor mortis. Tus pisadas disecadas, distantes, definitivamente desconocidas: decepción de la d. Lo mudo, la inicuidad, el barro: Cuba, La Habana, Lawton. El mar, el año. El repique del silencio dejado por ti. Nunca preguntes por quién callan las campanas. Las palabras pronunciadas de más, todavía al acecho. Como tigres, como yo. La tristeza de los años ceros en un país no tan desierto como desertado: detestado. 2000, 2001, 2002. Armenia, Armenia, Armenia: apósito de patria. 2003, 2004, 2005. Cuba, Cuba, Cuba: apóstrofe de patria. Y el mutismo entrañable del carro que dobla una línea y se detiene ante mí: la burla de la campanilla anunciándome que se ha acabado el papel. Las teclas oxidadas de mi vieja Underwood todavía doblando a rebato. Al abordaje. Al aborto. Hasta que por fin uno se olvida de la justicia. Lo bueno bien puede prescindir de lo justo. Es tan fácil como disponer de un principio, de ninguna historia, y de simular un final. Irreparables leyes para ir paliando, sin demasiado éxito, la noble excelencia de nuestra irrealidad. Leyes buenas, por supuesto, como toda ley siempre lo habrá de ser.

2 comentarios:

Armienne la Puta dijo...

A veces me resulta difícil seguir tus alucinaciones.

Anónimo dijo...

PARA MI, NO RESULTA DIFICIL LEERTE, SIMPLEMENTE ERES GENIAL, UN SALUDO.