jueves, 7 de noviembre de 2013

Vía azul, noche blanca




Diciembre 10. Iba siendo un día de niebla y de recuerdo de otros cumpleaños por el estilo, incluidas esas viejas canciones en armenio muchas veces puestas y pasadas de moda. Diciembre 10. Era viernes, como de costumbre, y yo descolgué el teléfono. Que nadie en el mundo marque el 71-12-10, que todo el mundo se entere de que “el número seleccionado está apagado o fuera del área de cobertura”. Diciembre 10. Puse en el tocadiscos ruso aquella baladita patria de principios de los ´80s: …vía azul y noches blancas de nuestra perdida Ereván, tralalí, tralalá…

Era suave, era fuerte. Hacía tiempo que ninguna banda de música me recordaba que era posible cantar así, besando los labios de los micrófonos todavía no estéreos, desnudando el sexo acústico de las guitarras, sin rozar apenas los platillos de la batería: puro scratch del acetato o del pentagrama y un halón de casi 20 años hacia adentro de la bocina, hacia lo hondo de su sonido o de su mudez.

Yo era un niño en 1984, pero todavía la recuerdo bien. No sólo la melodía, sino también las vías azules y las noches blancas de nuestra querida Ereván. Allá en Armenia: no en el fin, sino en el inicio del mundo.

Viajábamos en autobús. Yo tenía doce años y me alejaba de la patria por primera vez. La familia viajaba a Moscú y fue en el asiento de al lado donde la conocí. A ella, al único amor en la vida que nunca tuve pudor de decir que amé. A ella y su nombre ambiguo: Ipatrik. Tenía quince años y el pelo muy corto. Rojo. Y sus ojos. Los ojos: qué decir en definitiva, si su mirada era como descubrir de pronto que existe el resto de la realidad. Los restos de la realidad.

Caía la noche. Es un decir, en mi patria nunca cae del todo la noche. Sólo se esconde el sol, pero no anochece del todo. El cielo se pone rojo, como su pelo, y entonces naranja y entonces amarillo y entonces verde planeta y entonces lila brillante y entonces blanco y más blanco todavía, casi de mercurio, y es que ya son pasadas las doce y la medianoche comienza a desteñirse directamente en el alba. Innombrable arcoíris. Justo en ese color sin color, el ómnibus se detuvo en su aldea, Añipemza, y ella se montó sin que yo lo supiera. La vi dando tumbas hasta mi asiento con el pasaje todavía en la mano, buscando desesperada el número 666. Y entonces la vi sentarse de un tirón a mi lado. Me miró directamente a los ojos y comenzó a llorar. Y ese fue todo el inicio de mi ninguna historia con una impronunciable palabra pronunciada ipatrik.

El resto fue el amor y el sonido del amor en las voces lánguidas del grupo Asbarez, amplificado hoy en mono por las bocinas de mi tocadiscos ruso y las de aquel autobús inter-estatal: …vía azul y noches blancas de nuestra perdida Ereván, tralalí, tralalá… …tu lumbre es la luz del alma, aunque la guerra nos lleve tan lejos que la memoria no alcanza…

Así cantaban las dos vocalistas de Asbarez: pelirrojas, como la noche ya muerta y tú. Así canté yo para ti, en voz inaudible de tan baja, por supuesto, por puro desconcierto ante tus pucheros de muchacha mayor. Y así me robé o inventé para siempre aquella escena insomne del socialismo del corazón, en 1984.

Y, ¿sabes? Nunca he vuelto a ser tan real como cuando escuché aquella canción, que treinta años después parece que suena igual en mi disco de acetato, pero le falta la media mordida que, cuando dejaste por fin de llorar, me ofreciste tú:

—¿Quieres? —y le diste la primera media mordida.

Una manzana. Yo nunca había mordido una manzana mordida. Me daba asco o no sé. Y aquel asco fue la sensación más deliciosa que cabe dentro de un hombre armenio que acaba de cumplir doce años y descubre a su primera mujer de tres años —casi una vida— mayor.

Una manzana. Una manzana mordida. Una manzana mordida por ti, Ipatrik. Y todo esto como parte de la madrugada de Eurasia, el gran continente arrasado. Por la guerra grande primero, demasiado breve para darnos cuenta de lo que había pasado. Y por una paz precaria después, demasiado prolongada para no darnos cuenta de lo que iba a pasar.

—Gracias —dije, entre formal y avergonzado por la sorpresa y la saliva.

Y tú sonreíste, y casi me empujas por la nuca para obligarme a tragar los pedazos. Exactamente, la papilla. Una pasta semi-digerida que me pasaste lengua a lengua directamente desde tu boca, que olía a alcoholes más que a manzana. Y que sabía justo como supe que sabía la sal acre de todas tus lágrimas de quince años, aún no supiera tu edad. Sabías a saliva virgen y a fermentación, a leche materna futura, y a memoria que es imposible dejar de amar.

¿Por qué son tan cortas las noches blancas si es tan larga tu vía azul?…, silabeaban ahora las dos cantantes de Asbarez. Yo me sentí mareado, pero nunca en el universo te dejé de besar. Ni de tragar. Hasta que de tanta alegría y falta de oxígeno, supongo que me desmayé. O algo parecido y no menos ridículo.

El autobús llegó a la frontera con Grusia y tú te quedabas allí. Lo leí en georgiano en tus ojos hechos de sidra instantánea y real. Aquella sería, en todo caso, tu pequeña patria apátrida, pues no creo que pertenecieras a ningún labio o lugar. Un cartel anunciaba que diez kilómetros al este quedaba Tbilisi: nuestra bella capital universitaria-industrial. Y, desde entonces, esa fue toda mi orientación para buscarte hasta hoy. ¿Entiendes de dónde sale mi dolor y mi indolencia hacia Georgia: mi envidia, mi nostalgia, mis celos?

Ipatrik me hizo mirar afuera, a través del vidrio calobar. La rotonda se veía azulosa, a pesar de la noche blanquecina y el coro a dos voces de mis bocinas en mono: …noches blancas que ninguna vía azul consigue alargar, sin volver ni irnos de nuestra perdida Ereván, tralalí, tralalá…

—Cada vez que estés tan solo y siempre lo vas a estar, cada vez que tengas un amor secreto y siempre lo vas a tener, cada vez que cumplas doce años más, y puede que esto pase en tu vida hasta doce veces más, cada vez que una manzana mordida te de asco y sin embargo te quieras asquear, cada vez que tragues saliva con lágrimas de quince años y no se sacie tu sed, cada vez que alguien te clave en los ojos su mirada real y tú no te puedas ver, recuerda que mi nombre fue Ipatrik y que siempre, cualquiera sea el color del cielo o del cieno, te voy a seguir amando desde el asiento 666 de un autobús inter-estatal de un país que desapareció…

Yo ya no escuchaba nada. Tan sólo dejaba sonar y sonar su voz rajada en mis oídos de armenio, mezclada con la baladita sin patria del grupo Asbarez. Todavía yo estaba en trance. Es que nunca antes nadie me había hablado así. Es que nunca antes nadie me había hablado.

Ipatrik dejó caer sus párpados, pesados como telones, y con ellos se cerró también  nuestra ninguna historia de amor o al menos de la palabra amor. Ipatrik estiró hacia mí el índice enguantado de su mano izquierda y me advirtió:

—No me busques allí —y señaló entonces con el mismo dedo hacia ninguna parte por la ventanilla, hacia el vacío de la rotonda o la ambigüedad de una frontera frágil entre las repúblicas miméticas de Georgia y Armenia.

Y saltó de mi lado, de un tirón. Tal como había llegado, casi sin yo notarlo. Ipatrik, I-patrik: la que no tiene patria, descompuse nombre para pronunciarlo mejor en voz baja. …vía azul y noches blancas de nuestra perdida Ereván… La melodía era suave, era fuerte: un dolor y un alivio a la vez. ¿No es acaso el amor mismo la única imposibilidad para amar?

El ómnibus arrancó. Grusia adentro primero y Rusia adentro después, hasta el corazón mismo de la gran capital: Volgogrado, Kuibichev, Kazán, Gorki y la Estación del Pueblo en Moscú. Días y días y noches y noches de trayecto sin ti. Mis padres me miraban con sorna y se sonreían:

—Ya no eres tan chico —me provocaba Armenak mi padre.

—Te has graduado antes de tiempo de galán de televisión —me provocaba Takuji mi madre.

Y volvían a refugiarse y a espiarme desde el asiento de atrás. Y yo también sonreía ante ellos, asumiendo el precio cómico de la situación. Sabiéndome desgraciado de por vida y ocultándoselo a mis padres, incapaz de sobrecargarlos ahora que por fin se reían juntos. Porque íbamos al hospital. Porque Armenak mi padre tenía miedo de estarse muriendo —una vez más—, como fue su costumbre a lo largo y luctuoso de una vida a la postre sin ningún diagnóstico de enfermedad.

Así mismo les sonrío a ambos hoy, apenas fallecidos los dos, incapaz de telefonear a nadie en este cumpleaños de discos armenios en un tocadiscos ruso en un reparto llamado Lawton de las afueras de La Habana, ciudad de las afueras de una isla llamada Cuba, nación de las afueras de una historia sin ilación.

Diciembre 10. Entre el recuerdo de otros cumpleaños por el estilo, un tanto desenfocados por cierta neblina antigua, muchas veces puesta y pasada de moda durante los viernes verdaderos del mundo. Diciembre 10. Y, como de costumbre, mi móvil 71-12-10 comenzó a sonar: interminables ring-rings que de milagro me decidí a contestar, para no ser descortés en mi cumpleaños. Y por si acaso aún podía ser ella, apareciéndose otra vez, simétrica, desde ningún teléfono en ninguna agenda o guía de mi memoria del mundo: I-patrik.


Era un equivocado. Se acababa el disco de Asbarez. ¿No es toda llamada eso en definitiva, un equívoco? El silencio sería espeso, insoportable, suicida. …Aunque la guerra nos lleve tan lejos que…

2 comentarios:

Anónimo dijo...

no puedo evitar pensar, que en tus cuentos siempre hay un trasfondo de tragedia, de melancolia trasmutada y lacerante que provoca en mi la urgencia de mecerte y mecerte cantandote una nana sanadora.
Me gustaria que el proximo 10 de diciembre,en tu cumpleanos sientas la exorbitante pulsion de estar vivo,acompanado y querido. ATmariposa.

Omar Requena dijo...


Qué bien sabes decir lo que está lejos, lo que duele como un cofre cerrado y que sólo abre por dentro.

Te leo. Nos leo.

Un abrazo, mi brother.