lunes, 2 de diciembre de 2013

ME DICE DICIEMBRE



Comienza diciembre en Nueva York.

La gente no lo nota, porque no son cubanos. Pero diciembre es el mes de la muerte y la ilusión. Termina un año. Todavía estamos aquí. Comienza otro año. No sabemos si será el de nuestra fecha final. La belleza y la libertad nos rodean sin otra alternativa que la tristeza. Extrañamos a algún amor.

Manhattan es eso. El sitio donde con cada nueva vida extrañamos al mismo viejo amor. Aunque la gente no lo note, porque no son cubanos, y diciembre se disimula apenas como otra excelente oportunidad comercial.

Mi nombre es Orlando Luis. Nací el 10 de este mes, en 1971. Cumpliré fuera de Cuba 42 años. Valga la ambivalencia. Tal vez cumpla fuera de Cuba mi cumpleaños 42. Tal vez sean ya 42 años desde que mi patria me deportó.

Digan lo que digan las estadísticas del Estado revolucionario y sus comparaciones cómplices con otros emigrantes, no hay un solo cubano fuera de Cuba que no haya sido deportado. Lo prueban los sueños, aunque estos no basten para llevar a los hermanos Castro a una corte internacional.

Esas pesadillas recurrentes de exilio nos reúnen alrededor del eje malévolo de lo que ha significado el castrismo para nuestros cuerpos. Ya sabemos que el pueblo cubano es una invención fascista desde antes de la independencia. Pero nuestros cuerpos colimados de pronto por los mismos sueños soberanos aún nos permiten reconocernos como nación.

Somos cubanos porque soñamos un terror equivalente, porque nos aterra nuestra tierra a la que nadie que de verdad sea cubano querría de verdad regresar.

Somos cubanos porque nuestras cabezas se columpian en comunión durante las madrugadas de sudor, temblores, sonambulismo, muecas, halitosis, carraspera, pastillas, ronquidos, apnea, y despertares con lágrimas, mientras nos damos cuenta de que se parece cantidad a La Habana, pero quien persiste perversamente allá afuera es ahora New York.

El diciembre de Manhattan es la estación más desolada y habitable del año.

Nos acordamos, también, de nuestros cadáveres abandonados al pairo con la prisa prosaica de la partida. Bien, pues, tengo malas noticias de recién llegado de nuestra isla: en los cementerios cubanos es un timo tétrico intentar recuperar nada sagrado. Muchos huesos han sido saqueados por el panteón negruno. Otros han sido secuestrados por la policía política para osteoporizar la historia de sus crímenes y, de paso, sabotear cualquier homenaje futuro a sus víctimas. Aún otros están en manos del noviciado médico y también de los artesanos en CUC de bisuterías de carey.

El resto es confusión de fosas comunes con familiares. Ni Martí ni el Ché ni ninguno de los despojos de nuestro patrimonio despótico son lo que dicen sus etiquetas. El mármol miente. Ni abuelita ni tía ni tu amor te esperan allí. Los cementerios cubanos son un crucigrama que nuestra propia fuga ha dejado sin clave para descifrar.

Se los repito no sin dolor: es muy tarde ya, no volvamos allí donde no dejamos a nadie.

La nación difusa de diciembre espera así sus primeras nieves y celebraciones de resumen anual. Las Cubitas diaspóricas poco a poco se espesan, según el exilio cubano se evaporó. Somos un fuego fatuo, un juego de luces malabares, un error óptico de refracción.

Respiremos. Traguemos el aire libre de Nueva York. Reconozcámonos entre seres extraños ante las vidrieras de un lujo casi luctuoso. Ser los maniquíes fantasmas del lado de acá. No integrarse a nada, porque de todas formas siempre estaremos con una mitad del alma a cada lado del vidrio, sombras violentamente cubanescas cuya memoria es frágil pero bien fermentada. No sólo estamos, sino que somos mitad New York y mitad Habana.

Me subo el cuello del abrigo. Hundo mis manos en los bolsillos. Parezco un personaje de algún policiaco, a medio camino entre el detective privado y el asesino en serie. Toso. La tos neoyorkina de los cubanos sin Cuba también es un síntoma residual. Tosemos por pura tozudez. Tememos por nuestros pulmones, por el ritmo reumático de nuestra respiración, pero en la práctica casi nunca enfermamos sino es para morir.

Para entonces, para cuando se agote el diciembre de Nueva York, estaremos ya arrasados, consumidos. La gente no lo notará, porque no serán cubanos. Pero diciembre habrá sido de nuevo el mes de la muerte de la ilusión. Otro año que no habrá terminado del todo. Ya no estaremos tantos aquí. Otro año que tampoco acaba nunca de comenzar, pues ninguna fecha sería capaz de culminarlo en nosotros.


La tristeza que nos rodea nos hace libres y bellos con ese brillo bárbaro y sin alternativas que implica toda verdad. Extrañamos, por supuesto, a algún amor.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Deseo para ti una ilusion tan descomunal y arrasadora que te lance al centro de la Via Lactea.

Soy cubana,porque soy capaz de otear la tristeza que inunda tus huesos y brilla con luz propia logrando que te sientas vivo.AT

Anónimo dijo...

¿Te deportaron recién nacido o en el útero de tu madre?
¿Deportaron a tus padres y con ello el bebé? O tu padre perdió sus negocios en la Isla y decidió irse para el Norte a esperar que los yanquis aniquilaran la Revolución y regresar "victoriosos" a recuperar lo nacionalizado?
¿Cuba te impide venir a vivir a la Isla? ¿O acaso eres disidente de un sistema que no conoces ni has vivido nunca en tus 42 años?
¿Acaso cumplir tus sueños significa frustar el sueño de miles de jóvenes que viven en Cuba y no quieren vivir el capitalismo anterior a 1959?
El preguntón disidente

Anónimo dijo...

Un buen corte de pelo, un afeitado y una visita al psicoanalista te harían mejor en este diciembre en Manhattan que seguir soñando el fin de la Revolución.
LokoxCuba

Anónimo dijo...

Me gusto mucho este ultimo escrito Orlando Luis! Cada vez me gusta mas lo que escribes! Espero que puedas encontra en tu alma, un poco de paz en Diciembre en New York.

Mario

Jose Alvarez dijo...

Jajajaja no cojas lucha mi hermano disfruta la vida que lo que te queda es largo. Cuando pasen 10 o 15 años ya pensaras bien distinto como nos pasa a todos ya no querras ni recordar el pasado ya lo veras