viernes, 20 de diciembre de 2013

MI NOMBRE ES WILLIAM SAROYAN



K ABAJO


Mi padre había muerto, el buen Armenak (1918-1998).

Lo tendieron en la funeraria de Calzada y K, no lejos del hospital materno municipal: el América Arias.

Capilla K: fue mi madre quien eligió la letra. Le recordaba a su patria, Armenia, que en armenio oriundo se escribe Armenika. Le recordaba a mi propio padre, el cadáver reciente de Armenak. Se recordaba de sí: una viuda súbita llamada Takuji. En ambos casos, Saroyan.

Mis padres fueron primos antes de ser amantes. La familia Saroyan los excomulgó: no toleraban libertades dentro del propio clan. Ellos insistieron.

Después fue la Armenika ocupada quien los excomulgó: tampoco toleraban libertades dentro de sus falsas fronteras impuestas por los rusos, los turcos y los iranios. Ellos insistieron.

Cruzaron en mil dos escalas el continente y el mar, hasta naufragar por azar en otra patria pequeña llamada La Habana, trayendo a Armenika de polizón, doblada mil dos veces junto a los billetes sin banca de sus bolsillos.

Ellos insistieron. Pero ahora la muerte excomulgaba por fin a estos dos primos-amantes de su tan insistente pasión por la libertad.

En la funeraria más lujosa y solitaria del Vedado, La Habana, Cuba, mi madre Takuji me lo advirtió:

—No llores a tu padre, el buen Armenak —dijo—. Llórame a mí, que no me supe morir junto a él. Llórate a ti, que tus padres te humillaron así: primero sin patria y ahora sin familia.

Takuji mi madre todo lo pronunció en armenio suave y frágil, como ella, una lengua aún más muerta que si nadie en el mundo la recordara. Era el lenguaje de la desmemoria y de la frustración como hogar: igual en la patria que en la familia, ya no sabíamos nada de nuestro sino, desterradas con tierra pero sin destino.

Takuji mi madre continuó:

—Vilniak —después de siglos, volvía a pronunciar mi nombre en armenio—, no dejes que tus hijos tengan demasiada patria, ¿sí?

—Sí, madre —le dije.

—Vilniak —insistía Takuji—, no dejes que tus hijos amen demasiado a ningún hijo de patria, ¿sí?

—Sí, madre —le dije.

—Vilniak —sosteniendo con sus manos el peso de mi cabeza, como si aún no me diera crédito del todo—, no dejes que tus hijos te escuchen demasiado. Ni a ti ni a las palabras de tu madre que se te queden por dentro, ¿sí?

—Sí, madre —le dije.

Todo pronunciado en la medianoche con su armenio suave y frágil, como sus manos ingrávidas, como Takuji mi madre toda, como la flacidez del hombre muerto que permanecía tumbado en la caja, todavía con su altanera corbata negra, de algodón de la patria, muerto pero todavía a la escucha de nosotros dos, como de costumbre, incapaz de interrumpir ni a nuestro silencio: Armenak o, como hacía siglos ya nunca yo lo llamaba, Papazik Saroyan.

A esa hora, mi madre y yo éramos los únicos habitantes de la capilla K, en el piso más alto de Calzada y calle K. En el Vedado, 1998: doce de la medianoche.

Hacía también siglos desde que el anciano Armenak se moría, lo mismo que el jovencito Armenak. Su terror a la muerte lo hacía fingirse moribundo ante sí, a pesar de haber sido siempre un hombre vital ante los demás. Así exorcizaba su pánico. Así, y con la compañía parlante de una viuda súbita llamada Takuji.

Mi madre me pidió apagar las luces de la capilla. Fui hasta el interruptor y lo pulsé. Nada ocurrió. La lámpara era permanente.

Con la lima de un cortaúñas zafé el único tornillo remanente en el brake. Halé los cables y ambos cedieron con facilidad. La luz desapareció, o se escurrió por las persianas rotas de la glamorosa habitación.

Regresé junto a mi madre y el largo cirio, fundido con las ceras del eterno panal de abejas de nuestro jardín, ya estaba flameando: Takuji lo había encendido.

—Vilniak —había olvidado todas las lenguas del mundo y ahora ya sólo contaba con el armenio: su idioma natal junto al Lago Van, 1921—, nadie muere nunca su muerte definitiva. Ahora será necesario ir muriendo a tu padre de cada objeto, de cada espacio, y de cada recuerdo, ¿sí?

—Sí, madre —le dije.

—Vilniak —insistía Takuji—, sabes que ningún hombre es bueno mientras no escuche su nombre en boca de una mujer. Y sabes que todo hombre termina creando de la nada a quien será su mujer. Lo sabes y, sin embargo, tú te resistes. Entiendes que eso pasa cuando no se ama demasiado a la realidad, ¿sí?

—Sí, madre —le dije.

—Vilniak –sosteniendo con las manos la falta de peso de su propia cabeza, como si aún no se diera crédito del todo–, ¿por qué ya nunca hablamos en armenio?

Tenía razón. Ya nunca hablábamos en armenio.

No tenía razón. Ya nunca hablábamos.

Arqueé las cejas. Callé. Hice una mueca con tal de sonreír.

Cerré los ojos. Me doblé sobre su sillón y sentí su aliento. Era suave y frágil, acaso cansado. Como de corteza ahumada de haya. En ese instante me despertó un alarido.

Desde la puerta de la capilla K, cierto funcionario K. pataleaba. Nos insultaba sin inmutarse, apuntándonos con el índice roñoso de su mano izquierda. ¿Cómo rayos habíamos conseguido apagar la luz...? Eso estaba terminantemente prohibido por la administración. Éramos unos irresponsables, unos transgresores, casi unos excomulgables por la institución funeraria: la vieja historia congénita de los armenios.

El señor K. trajo a otros señores K. y entre todos restauraron la luz: una bombilla de al menos un kilowatt. El cirio de cera ahora ya no iluminaba junto a la caja. Miel inútil de flores procesadas por abejas obreras.

Mi madre se escupió los dedos y lo apagó. Agradeció en cubano correcto a la comitiva estatal, y me pidió en armenio también correcto que la dejase sola un buen rato. Había un rencor funéreo en semejante corrección: un odio póstumo que yo no recordaba en ella.

—Sí, madre —le dije, y salí.

Salí de la capilla K al parquecito en cuchillo de Calzada y K, donde se alzaba el edificio de aquella funeraria republicana.

Seguía siendo El Vedado, 1998: doce y un poco de la medianoche. Decenas de hombres dormían sobre los bancos de mármol y el césped de tierra, a lo largo de la calle Calzada y casi hasta el Malecón. Su sueño parecía demasiado profundo para ser dolientes de los cadáveres tendidos en cada piso de la funeraria.

Una viejita vendía café de un termo y yo remonté por K hacia arriba alejándome del mar. Pensaba en la vida de mis padres y en la vida en general. Recordé aquellos libros de grandes caracteres armenios que me leían durante la infancia. Son treinta y ocho letras y son muy bellas de dibujar, pero aún más hermosas de pronunciar. Recordé la cúpula siempre nevada del monte Ararat, tal como se ve desde la capital Eriván: una cumbre ahora olvidada al otro lado de la falsa frontera con la Turquía de verdad. Recordé las historias del genocidio y el odio genético a la palabra otomano.

Tres cuadras después alcancé la gran avenida. Vi el parquecito en cuchillo enclavado entre Línea y K. Me acerqué al busto de bronce y era, como de costumbre, Mustafá Kemal Ataturk (1881-1938): padre de la nación turca y despedidor de duelo de la desnación armenia.

Paz en el país, paz en el mundo: decía una tarja a esa hora casi ilegible por la carencia de luz. Fui tanteando el sobrerrelieve de caracteres latinos. Pax turka, pensé, y me senté bajo el farol sin bombillo o con el bombillo fundido, no sé.

Yo pensaba y pensaba, y de tanto en tanto algún carro fúnebre bajaba sin caja rumbo a occidente, por la calle K, iluminándome con el spotlight amarillo de sus faroles. Era una paz desproporcionada y aterradora. Yo pensaba y pensaba en el amanecer de un nuevo mundo cuando por fin amaneció en el viejo mundo de este lado del Atlántico.

Los gorriones piaban con rabia, expiaban sus frustraciones de la última noche. Una pareja se posó en la calva metálica del Ataturk. Jugaban, probablemente hoy terminarían por hacer el amor. Muchas veces: rápido, pero muchas veces. Literalmente como gorriones.

El macho se limpió el pico en el busto, mostró por última vez la altanera corbata negra alrededor de su cuello, y voló hacia ningún cielo en especial.

La hembra engrifó las plumas de la cola, dejó caer una copiosa cagada líquida, y también voló en la dirección trazada por su pareja. Hacia el oriente, hacia el hospital materno municipal: el América Arias, literalmente de Armenika a América.

Volví casi al galope K abajo hasta alcanzar la capilla K de la solitaria y lujosa funeraria de la calle Calzada.

El velorio de mis padres sería ese viernes de invierno a las ocho y media de la madrugada.

Yo sería el único doliente en asistir y me resultaba imposible desistir ahora.


Sólo eso.