sábado, 15 de junio de 2013

MI PAPITO PATRIOTA QUE EN PAZ DESCANSE



Mi papá nunca vio en persona a los Estados Unidos. Pero hablaba de este país con idolatría. Sospecho que papá era un anexionista natural.

Su patriotismo no creía en la buena voluntad de la patria, y aspiraba así a ahorrarle un poco de horror histórico al pueblo cubano. Papá apostaba por la Ley, pero –y esto lo constató en carne propia antes, y ahora también en esa carne de su carne que un poco soy yo– intuía que la ley en Cuba es un lazo que los cubanos ponen alrededor del cuello de los cubanos.

En la República o en la Revolución (papá nació el 8 abril de 1919, un año que amo tanto como el mío: 1971), aquel hombre manso de ojos verdes y padres que fueron primos en Cudillero, Asturias, compiló informaciones comerciales sobre los Estados Unidos. Revistas de los años cincuenta, pockets-books robados de la Biblioteca Nacional, cartas y libracos de contabilidad, y mil cositas de su familia exiliada tan pronto que hasta otro hijo él perdió, en 1962: Manolito Pardo Jr., que nos escribía desde Miami hasta que mi padre murió el 13 de agosto del 2000, comido por un cáncer indiagnosticado pero sin la menor mueca de dolor.

Había que oír cómo mi padre lo decía, a la hora del desayuno, después del cafecito con leche en la casa de tablas de Lawton, y antes de prender el primer cigarro del universo: "Los Estados Unidos..."

Se llamaba Dionisio Manuel. Y era mi papá.

Hoy los Estados Unidos son un páramo para mí.

Y no sólo para mí.

Si nos falta a quien darle un abrazo oloroso a nicotina al amanecer, si ya no hay con quién fajarse por sus majaderías de demócrata radical, si la enfermedad le arrebató la panza y luego el corazón de su hijo escritor (que no le hizo caso cuando me pidió en cama que me callara hasta que muriese de viejo el último de los criminales de la Cuba de Castro), si no tiene sentido por primera vez en el mundo una pobre postalita provinciana o de baterías baratas para papá, entonces nos faltan en el alma todos los padres del universo.

Lo siento por los que mañana sí se podrán reconfortar.

Yo no puedo. Muchos no pueden tampoco.

Yo, además, no quiero.

La memoria de la muerte es nuestro talismán mejor.

miércoles, 12 de junio de 2013

LANDY Y LA LOCURA




Se me acercan los locos.

En Cuba era igual. Los Estados Unidos no tenían por qué ser la excepción.

Locos. Lindos. Mansos. Al margen de las grandes verdades que son las causas suficientes de las grandes masacres.

La cubanía, por ejemplo.

No hay genocidio más perfecto que la cubanía.

Comenzó con torturas en una escalera, y un poema malo y peor falsificado dos cientos años después. Espejos de picuencias.

¿Recuerdan la bofetada que le propinó Antonio Maceo a José Martí? No fue un piñazo, está escrito en las páginas secuestradas del Diario de Campaña de la víctima. Fue una bofetada, que es como en Cuba se le pega a las mujeres cuando se portan mal o, como en este caso, cuando no se callan y se creen en posesión de todos los argumentos.

Martí como maricón entre la machería mulata de manigua.

Maceo, con miles de muertes en su haber, en otro diario de guerra mató a una negra chivata que vendía dulces en el campamento mambí. Como no se ahorcaba porque estaba raquítica, el tirano de bronce se descolgó de su cuerpo guindado para acabarla de desnucar.

Yo amo la historia de mi país.

Mi patria linda y bonita.

Los camiones subían armas a la Sierra Maestra y bajaban café. Había que pagarle 500 pesos a los casquitos criminales que no mataban ni a una mosca (los que mataban no estaban allí, sino esperando alguna delación desde la propia Sierra Maestra para decapitar a los líderes del clandestinaje urbano).

La cosa empezó temprano, no se crean.

El tren blindado costó su dinerito, pero dio la cuenta.

Martí también parece que contrató a este o aquel anarquista para algunos asesinaticos selectivos ahí, en la mismísima metrópoli, que a la postre fueron los que ganaron la guerra contra España (la más sanguinaria que un newyorkino como él pudiera imaginar).

Nada de esto es mío, lo advierto para los lectores democratiformes que me leen con culpa, intentando excomulgarme de su pastel pacato de patria (yo de todas formas no deseo masticar esa piltrafa).

Todo es apócrifo y reniego de responsabilidad en tanto vocero. Son sólo locos. Loquitos lindos que se me acercan y me cuentan sus cosas a mí.

Así en Cuba como en los Estados Unidos.

Todavía no entiendo bien por qué.

Tal vez me lo ven en mis ojos.

Ven que mis ojos son los únicos ojos en el mundo que no se van a olvidar de su horror histórico.

Tienen razón.


Nunca.

Los amo tanto que no podría sobrevivir si un día cuerdo dejaran de acercarse a mí.

Ven ahora tú.