miércoles, 21 de agosto de 2013

ALEJANDRA DE LA MUERTE


Fue en Chile. Un Chile sádico. Nadie lo olvide.

Fue en el Chile criminal que Castro les regaló a los comunistas chilenos, forzando a ese país a elegir entre la intervención de los militares o un comunismo a perpetuidad, a la cubana. Típico de Fidel: las opciones del Comandante en Jefe siempre han sido esas dos, indistinguibles, tu muerte o mi muerte.

En los años setenta, la Revolución Cubana tenía que dejar muy claro una cosa en el plano de la intriga internacional: la Vía Chilena era una mierda, la única opción del comunismo era la guerra a muerte contra las democracias.

Allende fue el gustoso títere de la Isla y Moscú: un abogado enloquecido, cegato, con algo de García Márquez incluso físicamente, que al final debió ser ultimado por la propia seguridad cubana de La Moneda, para que no aceptara el exilio al que iba a humillarlo Pinochet.

Ella se llamaba Alejandra.

Alejandra de la Muerte. Y era más que comunista, una criminal. Como todos entonces.

Cuando cayó en las manos de los milicos, no se arriesgó ni a aguantar la primera sesión de torturas. Tampoco sabía cómo matarse (normalmente es muchísimo más fácil matar a los demás).

Fue valiente. Se rindió y punto, por adelantado. Lo aceptó todo, asumió el precio de ser un guiñapo humano con tal de llegar al futuro, con tal de llegar al Chile democrático de hoy y volverlo a dinamitar. Reveló entonces nombres falsos y algunos que ya no tenía sentido nombrar, porque la muerte había llegado primero que su delación. Pero en este punto una mente malévola la miró a los ojos y le dijo: flaca, tú serás nuestro ángel exterminador.

Y la sacaban a pasear. A pasear por un cementerio llamado Santiago de Chile, entre la montaña y el océano, en los hielos y el desierto, entre la muerte y la muerte, como le exigía Fidel a su colega Pinochet.

Escalofriante que eso haya ocurrido en América, a plena luz del día del siglo XX.

Montaban a la flaca Alejandra en un auto y la sacaban como un perro de presa a cazar, a nombrar cómplices, a destruir destinos de los sobrevivientes. Alejandra de la Muerte debía reconocer a antiguos compañeros y condenarlos a muerte con un dedo: ése, ése, ése…

A ése, a ése y a ése, Alejandra, los mataste tú.

Los sicarios sólo los cazaban por convicción, porque así es como juzgan las dictaduras, incluida la cubana: por convicción. Y los mataban gracias al ángel de Alejandra, que nunca moría porque era un ángel, y por eso sobremurió a todos y a todo, hasta profesionalizarse, a pesar de haber sido condenada a muerte esta vez por sus compañeros traicionados y todavía en el clandestinaje entre La Habana y Santiago, con un toque fúnebre entre Washington y Estocolmo.

Un carro atestado de torturadores, perfectamente un Lada rojo. Alejandra rodeada de muerte y promocionando la muerte de los chilenos gracias al Padre de la Patria cubana. Muerte más muerte más muerte: la fórmula de la fidelidad. Alejandra reconociendo libres en la calle a sus antiguos amigos, a un antiguo amor, a veces incluso señalando por pura humillación a un inocente que debía entonces morir. Todo, con tal de que su vida pudiera dar testimonio de lo que el ser humano es capaz de hacerle al ser humano en el sacro santo nombre de la Revolución.

¿Cómo se puede sobrevivir a esos límites y encima justificarse? Yo lo narro de pronto y ya tengo ganas de cometer suicidio, por ella, por Chile entero, por la Cuba a medias, por mí.


Alejandra, mátate ahora, mi amor.

martes, 20 de agosto de 2013

DISANGELIO SEGÚN ORLANDO LUIS PARDO LAZO

1Yo, que no tenía patria, he perdido mi patria.

2La patria es, por supuesto, el sitio donde tu vecino velará tu cadáver. 3Y yo nunca quise. 4Me resistía desde que abrí los ojos y vi. 5Todo era tan feo, tan falso, tan cubano a mi alrededor. 6Que nunca quise entregarles lo único que me hacía bueno y real. 7Mi cuerpo.

8En la noche muda de la infancia. 9En la luz mortecina de la adolescencia. 10En las madrugadas de desnudos en escaleras y pasillos de barrio. 11En la juventud arrasada por la pesadilla de los años noventa. 12En los dos mil nada, cuando ya habían muerto todos los que iban a morir y todavía no aparecía el amor. 13Ahora. 14Cuando menos quiero que me velen en mi país o le pongan mi nombre a una de las calles en democracia.

15No quiero que me velen. 16En serio. 17Pero menos quiero un país. 18Por favor.

19La vida es demasiado vida para humillarla a culminar con la muerte. 20Si la vida termina en velorio, entonces no valía la pena vivirla. 21La vida se abre a la vida o nunca será vida en absoluto. 22Y yo deseo vivir.

23Voy a repetirlo despacio, porque son dos verbos que los cubanos no supimos ejecutar desde esa arrogancia propia de los seres en libertad: deseo, vivir. 24Los cubanos, que nos masacramos en un rapto místico llamado Patria, para conseguir nuestro más heroico estado de esclavitud.

25Ni desean. 26Ni viven.

27La policía política cubana es el órgano (qué escalofriante palabra: órgano) encargado de eludir diplomática y criminalmente esos dos verbos vitales, de hacerlos olvidar a base de puro patriotismo y terror, de manipularlos a su imagen y conveniencia para escamotear nuestro tiempo y humanidad. 28Por eso el pueblo cubano no existe. 29Porque no tiene cuerpo, sólo masa. 30Porque no nos integramos en nosotros mismos como un todo, como un algo, como un organismo vivo. 31Porque sólo somos eso, órganos dispersos. 32Decrépitos. 33Vísceras sin vida.

34Por eso la Revolución y el castrismo no tendrán un día después de. 35Es imposible resucitar lo que ni siquiera ha muerto, sino que continúa condenado a vivir a perpetuidad. 36Una vida invivible.

37La letra del Himno Nacional era premonitoria en este sentido. 38Una canción macabra, de encarnación del Mal en los hombres y mujeres que ya se iban y en los que aún deberían venir. 39Marcha demoniaca, como la apariencia de su autor sobre un caballo, en las afueras de una ciudad que debió ser capital y terminó siendo holocausto. 40Música mortuoria, compuesta precisamente sobre un Caballo, bestia apocalíptica que en menos de un siglo pondría en práctica ese mismo himno hasta sus últimas consecuencias poéticas.

41La poesía, y no la política cubana, ha sido la mayor pulsión genocida en el que estuvo a punto de ser mi país. 42Cuba, cadalso.

43La palabra patria no es mejor que la palabra impiedad. 44Alguien tenía que pronunciarlo por ustedes, cubanos. 45La palabra esperanza no es estéril, pero engendra exclusivamente esterilidad.

46En la línea claustrofóbica del horizonte. 47En la penumbra planetaria de los mil y novecientos cincuenta y nueve exilios. 48En los cuerpos abandonados en la estampida. 49En el amor puntualmente traicionado. 50En la belleza invisible. 51En la familia que se esfumó. 52En el hogar ingrávido. 53En el cuerpo cubano constantemente constreñido al cadáver que lo habitará.

54Hombres y mujeres de mi país, los he amado desde la distancia del espacio interior más intimidante. 55Desde esas tráqueas e intestinos he visto cosas que ustedes, los cubanos, jamás creerían.

56La misericordia no alcanza. 57Ustedes, que nunca tuvieron patria, no perderán la patria jamás. 58Y ese dolor es indecible.


59Queden, pues, en la paz póstuma de mis palabras.