jueves, 7 de noviembre de 2013

Vía azul, noche blanca




Diciembre 10. Iba siendo un día de niebla y de recuerdo de otros cumpleaños por el estilo, incluidas esas viejas canciones en armenio muchas veces puestas y pasadas de moda. Diciembre 10. Era viernes, como de costumbre, y yo descolgué el teléfono. Que nadie en el mundo marque el 71-12-10, que todo el mundo se entere de que “el número seleccionado está apagado o fuera del área de cobertura”. Diciembre 10. Puse en el tocadiscos ruso aquella baladita patria de principios de los ´80s: …vía azul y noches blancas de nuestra perdida Ereván, tralalí, tralalá…

Era suave, era fuerte. Hacía tiempo que ninguna banda de música me recordaba que era posible cantar así, besando los labios de los micrófonos todavía no estéreos, desnudando el sexo acústico de las guitarras, sin rozar apenas los platillos de la batería: puro scratch del acetato o del pentagrama y un halón de casi 20 años hacia adentro de la bocina, hacia lo hondo de su sonido o de su mudez.

Yo era un niño en 1984, pero todavía la recuerdo bien. No sólo la melodía, sino también las vías azules y las noches blancas de nuestra querida Ereván. Allá en Armenia: no en el fin, sino en el inicio del mundo.

Viajábamos en autobús. Yo tenía doce años y me alejaba de la patria por primera vez. La familia viajaba a Moscú y fue en el asiento de al lado donde la conocí. A ella, al único amor en la vida que nunca tuve pudor de decir que amé. A ella y su nombre ambiguo: Ipatrik. Tenía quince años y el pelo muy corto. Rojo. Y sus ojos. Los ojos: qué decir en definitiva, si su mirada era como descubrir de pronto que existe el resto de la realidad. Los restos de la realidad.

Caía la noche. Es un decir, en mi patria nunca cae del todo la noche. Sólo se esconde el sol, pero no anochece del todo. El cielo se pone rojo, como su pelo, y entonces naranja y entonces amarillo y entonces verde planeta y entonces lila brillante y entonces blanco y más blanco todavía, casi de mercurio, y es que ya son pasadas las doce y la medianoche comienza a desteñirse directamente en el alba. Innombrable arcoíris. Justo en ese color sin color, el ómnibus se detuvo en su aldea, Añipemza, y ella se montó sin que yo lo supiera. La vi dando tumbas hasta mi asiento con el pasaje todavía en la mano, buscando desesperada el número 666. Y entonces la vi sentarse de un tirón a mi lado. Me miró directamente a los ojos y comenzó a llorar. Y ese fue todo el inicio de mi ninguna historia con una impronunciable palabra pronunciada ipatrik.

El resto fue el amor y el sonido del amor en las voces lánguidas del grupo Asbarez, amplificado hoy en mono por las bocinas de mi tocadiscos ruso y las de aquel autobús inter-estatal: …vía azul y noches blancas de nuestra perdida Ereván, tralalí, tralalá… …tu lumbre es la luz del alma, aunque la guerra nos lleve tan lejos que la memoria no alcanza…

Así cantaban las dos vocalistas de Asbarez: pelirrojas, como la noche ya muerta y tú. Así canté yo para ti, en voz inaudible de tan baja, por supuesto, por puro desconcierto ante tus pucheros de muchacha mayor. Y así me robé o inventé para siempre aquella escena insomne del socialismo del corazón, en 1984.

Y, ¿sabes? Nunca he vuelto a ser tan real como cuando escuché aquella canción, que treinta años después parece que suena igual en mi disco de acetato, pero le falta la media mordida que, cuando dejaste por fin de llorar, me ofreciste tú:

—¿Quieres? —y le diste la primera media mordida.

Una manzana. Yo nunca había mordido una manzana mordida. Me daba asco o no sé. Y aquel asco fue la sensación más deliciosa que cabe dentro de un hombre armenio que acaba de cumplir doce años y descubre a su primera mujer de tres años —casi una vida— mayor.

Una manzana. Una manzana mordida. Una manzana mordida por ti, Ipatrik. Y todo esto como parte de la madrugada de Eurasia, el gran continente arrasado. Por la guerra grande primero, demasiado breve para darnos cuenta de lo que había pasado. Y por una paz precaria después, demasiado prolongada para no darnos cuenta de lo que iba a pasar.

—Gracias —dije, entre formal y avergonzado por la sorpresa y la saliva.

Y tú sonreíste, y casi me empujas por la nuca para obligarme a tragar los pedazos. Exactamente, la papilla. Una pasta semi-digerida que me pasaste lengua a lengua directamente desde tu boca, que olía a alcoholes más que a manzana. Y que sabía justo como supe que sabía la sal acre de todas tus lágrimas de quince años, aún no supiera tu edad. Sabías a saliva virgen y a fermentación, a leche materna futura, y a memoria que es imposible dejar de amar.

¿Por qué son tan cortas las noches blancas si es tan larga tu vía azul?…, silabeaban ahora las dos cantantes de Asbarez. Yo me sentí mareado, pero nunca en el universo te dejé de besar. Ni de tragar. Hasta que de tanta alegría y falta de oxígeno, supongo que me desmayé. O algo parecido y no menos ridículo.

El autobús llegó a la frontera con Grusia y tú te quedabas allí. Lo leí en georgiano en tus ojos hechos de sidra instantánea y real. Aquella sería, en todo caso, tu pequeña patria apátrida, pues no creo que pertenecieras a ningún labio o lugar. Un cartel anunciaba que diez kilómetros al este quedaba Tbilisi: nuestra bella capital universitaria-industrial. Y, desde entonces, esa fue toda mi orientación para buscarte hasta hoy. ¿Entiendes de dónde sale mi dolor y mi indolencia hacia Georgia: mi envidia, mi nostalgia, mis celos?

Ipatrik me hizo mirar afuera, a través del vidrio calobar. La rotonda se veía azulosa, a pesar de la noche blanquecina y el coro a dos voces de mis bocinas en mono: …noches blancas que ninguna vía azul consigue alargar, sin volver ni irnos de nuestra perdida Ereván, tralalí, tralalá…

—Cada vez que estés tan solo y siempre lo vas a estar, cada vez que tengas un amor secreto y siempre lo vas a tener, cada vez que cumplas doce años más, y puede que esto pase en tu vida hasta doce veces más, cada vez que una manzana mordida te de asco y sin embargo te quieras asquear, cada vez que tragues saliva con lágrimas de quince años y no se sacie tu sed, cada vez que alguien te clave en los ojos su mirada real y tú no te puedas ver, recuerda que mi nombre fue Ipatrik y que siempre, cualquiera sea el color del cielo o del cieno, te voy a seguir amando desde el asiento 666 de un autobús inter-estatal de un país que desapareció…

Yo ya no escuchaba nada. Tan sólo dejaba sonar y sonar su voz rajada en mis oídos de armenio, mezclada con la baladita sin patria del grupo Asbarez. Todavía yo estaba en trance. Es que nunca antes nadie me había hablado así. Es que nunca antes nadie me había hablado.

Ipatrik dejó caer sus párpados, pesados como telones, y con ellos se cerró también  nuestra ninguna historia de amor o al menos de la palabra amor. Ipatrik estiró hacia mí el índice enguantado de su mano izquierda y me advirtió:

—No me busques allí —y señaló entonces con el mismo dedo hacia ninguna parte por la ventanilla, hacia el vacío de la rotonda o la ambigüedad de una frontera frágil entre las repúblicas miméticas de Georgia y Armenia.

Y saltó de mi lado, de un tirón. Tal como había llegado, casi sin yo notarlo. Ipatrik, I-patrik: la que no tiene patria, descompuse nombre para pronunciarlo mejor en voz baja. …vía azul y noches blancas de nuestra perdida Ereván… La melodía era suave, era fuerte: un dolor y un alivio a la vez. ¿No es acaso el amor mismo la única imposibilidad para amar?

El ómnibus arrancó. Grusia adentro primero y Rusia adentro después, hasta el corazón mismo de la gran capital: Volgogrado, Kuibichev, Kazán, Gorki y la Estación del Pueblo en Moscú. Días y días y noches y noches de trayecto sin ti. Mis padres me miraban con sorna y se sonreían:

—Ya no eres tan chico —me provocaba Armenak mi padre.

—Te has graduado antes de tiempo de galán de televisión —me provocaba Takuji mi madre.

Y volvían a refugiarse y a espiarme desde el asiento de atrás. Y yo también sonreía ante ellos, asumiendo el precio cómico de la situación. Sabiéndome desgraciado de por vida y ocultándoselo a mis padres, incapaz de sobrecargarlos ahora que por fin se reían juntos. Porque íbamos al hospital. Porque Armenak mi padre tenía miedo de estarse muriendo —una vez más—, como fue su costumbre a lo largo y luctuoso de una vida a la postre sin ningún diagnóstico de enfermedad.

Así mismo les sonrío a ambos hoy, apenas fallecidos los dos, incapaz de telefonear a nadie en este cumpleaños de discos armenios en un tocadiscos ruso en un reparto llamado Lawton de las afueras de La Habana, ciudad de las afueras de una isla llamada Cuba, nación de las afueras de una historia sin ilación.

Diciembre 10. Entre el recuerdo de otros cumpleaños por el estilo, un tanto desenfocados por cierta neblina antigua, muchas veces puesta y pasada de moda durante los viernes verdaderos del mundo. Diciembre 10. Y, como de costumbre, mi móvil 71-12-10 comenzó a sonar: interminables ring-rings que de milagro me decidí a contestar, para no ser descortés en mi cumpleaños. Y por si acaso aún podía ser ella, apareciéndose otra vez, simétrica, desde ningún teléfono en ninguna agenda o guía de mi memoria del mundo: I-patrik.


Era un equivocado. Se acababa el disco de Asbarez. ¿No es toda llamada eso en definitiva, un equívoco? El silencio sería espeso, insoportable, suicida. …Aunque la guerra nos lleve tan lejos que…

domingo, 3 de noviembre de 2013

Triste de tigre



( 1 )

El insondable universo, solitario y frío. Tus huellas en el cemento aún blando de nuestra acera. Tus pisadas pequeñas, próximas, probablemente perdidas: apología de la p. El mundo, la ciudad, el barrio: Cuba, La Habana, Lawton. El mar, el año. El zumbido del espacio dejado por ti. Las palabras impronunciadas, todavía al acecho. Como tigres, como yo. La tristeza de los años ceros en un país no tan desierto como desertado: destetado. 2000, 2001, 2002. Cuba, Cuba, Cuba: hipótesis de patria. 2003, 2004, 2005. Armenia, Armenia, Armenia: hipóstasis de patria. Y el chirrido rabioso del carro que dobla una esquina y se detiene ante mí. 666: es un patrullero. La justicia por fin se ha acordado de mí.

( 2 )

Media hora antes yo era un hombre libre del mundo. Media hora después yo sería un mundo libre del hombre. Ahora, por el momento, aquel uniformado me interpelaba:

—Su nombre —dijo.

Yo lo miré. Temí decirle la verdad. Titubeé. Pero al final se la dije. Y me equivoqué. Creo. O tal vez no tanto.

—William Saroyan —le dije.

El día era encantador, el barrio apacible, y su mirada era buena. Quería destruirme, es cierto, como acaso quería destruirse él mismo también. Pero incluso ahora estoy convencido de que aquel policía mulato tenía una mirada buena. Simplemente ya estaba cansado, abrumado de sí. Y de mí.

—Su carné —dijo.

Por supuesto, yo no tenía carné. De lo contrario, esta historia no hubiera existido. Se lo dije. Que yo no tenía carné porque de lo contrario nuestra historia jamás hubiera existido. Además, yo estaba sentado en el contén de Fonts y Beales, las dos calles más raras de Lawton, justo frente a mi casa. Sólo que esto último no se lo dije. Tampoco debía confesarlo todo antes de tiempo. Con la justicia es así.

—Entonces me tienes que acompañar —dijo, y comenzó a pronunciar frases cortantes por su walkie-talkie. Estaba eufórico, tal vez ya nunca olvidaría aquel día. Me alegré por él.

Acompañarlo. La idea me pareció fatal. Se lo dije. Me dio un empujón y me esposó con destreza, las manos a la espalda. Me dolió, pero permanecí en silencio. Me golpeó sin mucha fuerza en las pantorrillas. Fue una acción que nunca entendí. De hecho, que todavía no entiendo. Como si buscara algo o quisiera doblegar algo en mí. Y eso era sencillamente imposible. De hecho, todavía lo es.

Nos montamos en el patrullero 666 y el carro aceleró Fonts arriba y luego frenó Beales abajo, hasta parquearse justo frente a la Estación. A un costado del parquecito infantil, ahora ya en ruinas.

Yo era un hombre bueno y lloraba. Lloraba de felicidad.

El chofer me miraba azorado, rascándose la cabeza bajo una gorrita azul. El mulato también. No me quitaba de encima aquella mirada demencialmente buena. Se lo dije.

—Cállate ya, pareces una muchachita —dijo.

Y yo le hice caso. Y así perdimos nuestra primera posibilidad, en cincuenta o acaso quinientos años, de sostener una conversación.

No sé. Ahora supongo que aquel haya sido el precio de nuestra mutua felicidad. Muda felicidad.

( 3 )

¿No resulta sospechoso que exista incluso el lenguaje? ¿Y que existan, además, los vagones oxidados de Ferrocarriles de Cuba, varados en el crucero de Luyanó? ¿Y los Ómnibus Metropolitanos cruzando los rieles, rielando a la luz de la luna, moles lunáticas, como tigres muertos a punto de ser revividos de un plomazo en el corazón? ¿Y el dolor de la línea amarilla sobre una calle zigzagueante que durante el día se le ha derretido el asfalto? ¿Y los metrobuses y rastras y bicitaxis y demás partículas de la realidad? ¿Y los pies planos de los peatones, tan pedantes y perdonables como cualquier policía, tan planos como la eterna primera plana del periódico Jairenik, tan precarios como los pregones del chinito Fú a lo largo y estrecho del barrio: Jailení…, Jailení…, Jailení…? ¿Y el color azul de la noche, el mar, y los uniformes de la autoridad? ¿Y la mano extendida de los mendiguitos de fonda, sentados sin sueño en la antigua sandwichería del Lawton´s Bar, esperando no una moneda sino que nunca amanezca? ¿Y las flores naturales, como plásticas: kimilsungias de rojísimos pétalos, rositas búlgaras de abolengo obrero, tulipanes tuberculosos, y azucenas del río Pastrana? De hecho, ¿no resulta sospechoso incluso vivir? Como tu ausencia radical en La Habana, excepto en mi cuarto. Como tu foto sonriendo tristísima, descolgada desde mi pared, acaso por el cuello. Como esa sonrisa sin memoria con que, noche a noche, tú me recuerdas que justo ahora ya me estás olvidando. Desde otro barrio cualquiera del mundo, excepto Lawton. Desde Miami, México, Montevideo; desde Manila, Moscú, Milán; desde Marsella, Melbourne, Madrid o La Meca: amnesia de la m. Como la sonrisa tres veces más triste de esa mujer en blanco y negro descolgada en el lobby de la Estación Policial. Allí debajo alguien ha escrito su nombre y colocado un flor. Plástica, por supuesto. Pero la tipografía es minúscula y yo no alcanzo a leer desde el banquillo donde estoy detenido sin mayor acusación. Tal vez “Celia”, tal vez “Cielo”, tal vez “Celia en el Cielo”, o al revés. Realmente no sé. ¿Y yo, no es también sospechoso que exista incluso yo? ¿Y el tigre, bella bestia que ignora a cuál de las sucesivas jaulas recién lo han trasladado, no resulta muy sospechosa ahora esta súbita exhibición?

( 4 )

Me tomaron las huellas digitales. No había tinta y lo hicieron con el repuesto abierto de un bolígrafo. Tinta azul, como la gorrita del chofer, y el firmamento espléndido de aquel enero, y los uniformes de todos los hombres allí. Hombres buenos obligados a gustar del mismo color de tela.

Me tomaron las huellas digitales. Por primera vez vi mis huellas. Toda huella se parece a la de un criminal. Pero incluso los criminales no pueden evitar seguir siendo buenos, a pesar de sus manchones de tinta en la esquina superior derecha de una Planilla de Detención. O Defunción.

A mi lado una anciana temblaba, las manos abriendo y cerrando el zíper de su bolsón. Una bolsa de nylon, repleta de nadie podría imaginar ahora qué. Cubanacán S.A., Made in Armenia.

A mi otro lado, apretujadas en la punta del banco, dos chiquillas de quince o dieciséis años miraban a Celia o acaso al cielo raso de la habitación. En cualquier caso, las dos con rabia. Chicas buenas atrapadas por la catalina equitativa del odio. Negras. La anciana era blanca. Tres tristes rostros y ni rastro del tigre. Simplemente yo no existía. Y está bien así. De yo haber existido entonces, esta historia no existiría después.

Por el momento, afuera los niños escandalizaban, divertidos en su parquecito o paraíso ya en ruinas. Un señor vestido de civil caminó hasta mí. Se arrodilló frente al banco y me miró con toda la benevolencia del nuevo año, siglo y milenio. Después de aquella mirada sin saña, podía venir incluso el Armagedón: igual la humanidad ya estaba salvada. Intuí que aquel señor era un santo y que estaba mucho más allá del bien y del mal.

—Me han dicho que su nombre es William Saroyan —dijo.

Asentí.

—¿Podemos confiar en su palabra? —dijo.

Asentí.

—¿Y en la fiereza de su mirada? —dijo, y sonrió.

Asentí, y yo también sonreí.

Y, sin darnos cuenta, ya estábamos dándonos un largo abrazo ante el espanto de todos. Incapaces de la menor reconciliación, ellos; incapaces de mayor rencor, nosotros. Todo no había sido más que un error. El horror siempre lo es. Y, entonces, el señor vestido de civil me susurró como quien te dice que te ama al oído:

—Queda usted detenido.

Definitivamente, aquel era un inmortal.

O yo lo amaba.

O ambas cosas a la misma vez.

( 5 )

Y, en definitiva, no son sino días del universo a ras de enero, tiempo escamoteado por el tedio de mirarlo todo al revés. Una navaja Sputnik, una olla Input, un zapato Amadeo. Nada asienta, todo se evapora en la leche condensada de la realidad. Nata Nela. Yo tenía una cámara Polaroid, y el mundo me recordaba a ratos un escenario instantáneo y a ratos un instante muy escénico. Yo tomaba fotos. Naderías, naterías. Objetos dejados atrás. Libros sin letras. Niños que se murieron conmigo. Promesas cascadas. Deseos de sentir deseos. Miradas vacías, vaciadas por el tedio de enrevesarlo todo al mirar. La mía en una azotea de Lawton, por ejemplo. La tuya en un pasillo de Armenia, por ejemplo. Tu mirada humillada por otra cámara Polaroid allá lejos, al otro lado del océano, a apenas dos o tres metros de distancia: descolgada, acaso por el cuello, sobre la pared más solitaria del cuarto y mi casa. El mar Caribe, el año del Caballo. El azul índigo, el azul uniformado del equipo Industriales. Nada sedimenta, toda memoria flota como la baba. Y, en definitiva, no son sino días de enero a ras del universo: tiempo de descuento o, mejor aún, un cuento a destiempo.

( 6 )

—William Saroyan, ¿no es tu verdadero nombre Rock Wagram? —dijo el investigador número uno.

—No —dije yo.

—William Saroyan, ¿no es tu verdadero nombre Arak Vagramian? —dijo el investigador número dos.

—No —dije yo.

—William Saroyan, ¿no es tu verdadero nombre Aram Garoglanián? —dijo el investigador número tres.

—No —dije yo.

—William Saroyan, ¿no es tu verdadero nombre Wesley Jackson? —dijo el investigador número cuatro.

—No —dije yo.

—William Saroyan, ¿no es tu verdadero nombre Ulises Macauley? —dijo el investigador número cinco.

—No —dije yo.

—William Saroyan, ¿no es tu verdadero nombre Armenak Saroyan? —dijo el investigador número seis.

—No —dije yo—. Ese es solo el nombre de mi padre.

—William Saroyan, ¿no es tu verdadero nombre Takuji Saroyan? —dijo el investigador número siete.

—No —dije yo—. Ese es solo el nombre de mi madre.

—William Saroyan, ¿jura usted entonces llamarse William Saroyan y nada más que William Saroyan? —me sacudió por los hombros el señor vestido de civil.

—No —dije yo—. Ese es solo mi nombre.

( 7 )

Todo hombre es siempre un buen hombre en un mundo equivocado. Ningún hombre es capaz de cambiar ni media historia a su alrededor. Ni palabra. Ni sílaba. Ni silencio. La soledad y la tristeza son el tributo y el fracaso de todo hombre de bien. Por eso somos trágicos e inocentes, y tenemos amores distantes que nunca nos abandonarán. Incluso si caemos presos porque la justicia, por fin, se ha acordado de nosotros y nos pide ahora confesar algún nombre, incluso uno falso. Preferiblemente uno falso, pero verosímil: ¿quién se atreve a profanar ahora a la palabra verdad? Es como un silencio tan bello que al final siempre nos obliga a participar. Nos imbrica e implica. De ahí, primero, nuestra connotada culpabilidad. De ahí, después, nuestra culpable connotabilidad. Estas son las reglas del juego. Leyes buenas, como toda ley siempre lo ha sido.

( 8 )

Salí libre, bajo palabra. Es decir, bajo silencio. Me pidieron que no contara nada de lo sucedido. Fue inútil convencerlos de que en verdad nada había sucedido, y que era justamente ahí donde radicaba mi historia. Salí incluso sin fianza, por pura confianza de la institución policial.

Cuando llegué a mi casa ya me estaban velando. Mi madre, que aún no había muerto, otra vez hacía pucheros. Y mi padre, muerto en mil novecientos noventa y nada, la consolaba tan mal como le era imposible:

—No llores, Takuji . Nuestro hijito pronto se pondrá muy bien —repetía.

Los vecinos los miraban como si ambos estuvieran locos de atar. Y lo estaban. Después me miraron a mí, como si de pronto ellos se hubieran convertido en los locos de atar. Y se habían. Y, aún después, todos se escabulleron en estampida de mi velorio, los más histéricos pegando gritos de “¡aleluya, ha resucitado!”. Pero yo sólo le di un beso a mi madre y un apretón a papá. Hacía tanto que los desconocía que supongo fuera mejor así. Les aseguré que no existía el horror:

—Queridos padres: aquí no ha pasado nada —les mentí para consolarlos—. Todo ha sido un error.

Y entonces avancé por la casona de Fonts y Beales, recto por el pasillo más largo y estrecho del mundo, y me tranqué en mi cuarto a llorar. Un llanto de invierno: la estación más seca del año, del viejo siglo, y del nuevo milenio. Así que ni una sola lágrima derramé.

Miré la foto de mi antiguo amor, también en blanco y negro. Como la de Celia o Cielo o tal vez Celia en el Cielo, o al revés, en la Estación Policial. Como el cieno acumulado en la acera tras las sucesivas estaciones del mundo. Y en este punto sonó el teléfono y resultó que era ella.

Ella, ella, ella.

Después de exactamente una década, yo volvía a escuchar su voz. La voz de mi antiguo amor o, al menos, mi propia voz otra vez pronunciando aquella antigua palabra: amor.

( 9 )

Todo hombre ha de vivir sin amor si es que ha de buscar al amor. Ningún hombre puede vivir en el amor durante demasiado tiempo, ni tampoco lo desea aún cuando así lo desee. Y, a su vez, el amor se aburre demasiado pronto de cualquier historia de hombre. Estas son, también, las reglas del juego. Leyes magníficas para una magnífica criatura. El resto es sólo literatura: literalmente, letra dura. Exquisito cadáver.

( 10 )

—Te he extrañado mucho —me habló en armenio de Ereván.

—Yo más —le respondí en armenio de Lawton.

Hacía mucho tiempo que yo no hablaba en mi lengua natal. Igual bastó con media frase para restaurarme la patria. Recordé los primeros versos del himno: “Oh, Armenia, /el mar ausente bajo tus picos azules en el horizonte/ son suficiente promesa de mi adoración”.

—Y yo te adoro también —me respondió al instante, hablando ahora en cubano de Europa—. Se está acabando mi tarjeta magnética: así que mejor mañana yo te vuelvo a llamar.

Mejor mañana.

Y colgó.

Mi antiguo amor colgó, colgó, colgó.

Dejándome con el silencio en la boca. Quedándose otra vez descolgada tan sólo desde mi pared, acaso por el cuello. Tan sonriente y triste como si mi cuarto fuera el lobby de una Estación Policial.

Y ni siquiera me dio tiempo de contestarle en cubano de Cuba. Se me hizo un nudo en el cerebro antes que en la garganta. Hacía mucho tiempo que yo tampoco hablaba en mi lengua prestada. Parásita. En ocasiones, no basta ni con medio millón de frases para callar.

( 11 )


El solitario frío, insondable y universal. Tus huellas en el cemento ya rígido de nuestra acera: rigor mortis. Tus pisadas disecadas, distantes, definitivamente desconocidas: decepción de la d. Lo mudo, la inicuidad, el barro: Cuba, La Habana, Lawton. El mar, el año. El repique del silencio dejado por ti. Nunca preguntes por quién callan las campanas. Las palabras pronunciadas de más, todavía al acecho. Como tigres, como yo. La tristeza de los años ceros en un país no tan desierto como desertado: detestado. 2000, 2001, 2002. Armenia, Armenia, Armenia: apósito de patria. 2003, 2004, 2005. Cuba, Cuba, Cuba: apóstrofe de patria. Y el mutismo entrañable del carro que dobla una línea y se detiene ante mí: la burla de la campanilla anunciándome que se ha acabado el papel. Las teclas oxidadas de mi vieja Underwood todavía doblando a rebato. Al abordaje. Al aborto. Hasta que por fin uno se olvida de la justicia. Lo bueno bien puede prescindir de lo justo. Es tan fácil como disponer de un principio, de ninguna historia, y de simular un final. Irreparables leyes para ir paliando, sin demasiado éxito, la noble excelencia de nuestra irrealidad. Leyes buenas, por supuesto, como toda ley siempre lo habrá de ser.